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Señor Valdés, quiero el divorcio

Señor Valdés, quiero el divorcio

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5. Creen que está de viaje

Gabriel y Elena apenas se habían visto durante los últimos años.

Pero aquellas pocas veces le habían bastado para notar cuánto había cambiado. La joven segura de sus ideas, entusiasmada con cada proyecto, parecía haberse acostumbrado a dudar de sí misma.

Nunca habría imaginado verla así.

Sabía poco de su matrimonio, aunque conocía lo suficiente para sospechar de dónde venía ese cambio.

No lo dijo.

—Haber perdido tiempo no significa que lo hayas perdido todo —le explicó—. Tienes una capacidad y un talento extraordinarios. Si todavía quieres dedicarte a esto, puedes empezar de nuevo.

Elena lo escuchó mientras rodeaba la taza de café con ambas manos.

—No olvides que eres la alumna de la que más orgulloso está el profesor Navarro.

Ella sonrió.

—Si te oyera, diría que tampoco tenía mucho de dónde elegir.

Los dos recordaron al profesor: educado, exigente y capaz de reducir una semana de trabajo a una sola observación demoledora.

A Elena se le apagó un poco la sonrisa.

—Lo vi en las noticias. Vino a la celebración. ¿Está bien?

—Muy bien. Salvo cuando aparecemos sus alumnos para darle nuevas razones de avergonzarse de nosotros.

Ella soltó una risa.

Extrañaba incluso aquellas tardes interminables corrigiendo artículos bajo la mirada del profesor.

Gabriel volvió a mirarla.

—Regresa, Elena.

Había pasado años buscando la atención de Adrián. Ahora Gabriel le estaba pidiendo que volviera porque necesitaba su trabajo.

Elena apretó la taza.

Todavía tenía miedo de haber perdido demasiado tiempo. Aun así, levantó la vista.

—Está bien. Voy a volver.

Volvería como directora de desarrollo de software de la empresa que había cofundado.

Había empezado a interesarse por la inteligencia artificial desde niña. No era solo algo que se le daba bien: era lo que amaba hacer.

Por Adrián había dejado a un lado sus propios sueños durante años.

Recuperar ese tiempo exigiría esfuerzo. Pero todavía podía intentarlo.

—¿Cuándo podrías incorporarte? —preguntó Gabriel.

—Tengo que entregar mis tareas en el trabajo actual. Puede tardar un poco.

—No importa. Podemos esperar.

Continuaron conversando hasta que Gabriel miró el reloj.

—Me recomendaron a alguien con mucho talento para los algoritmos. Acaba de volver del extranjero y quedamos en vernos dentro de un rato. ¿Quieres venir?

Elena negó con la cabeza.

—Hoy prefiero no. En otra ocasión.

—Como quieras.

Después de que Gabriel se marchara, Elena vio acercarse a Beatriz Valdés, la hermana de Adrián.

También la había visto en las fotografías de la celebración. No esperaba encontrarla allí.

—Hola, Beatriz.

Su cuñada no respondió al saludo.

—¿Qué haces aquí?

—Vine por el centenario de la universidad.

Beatriz había olvidado que Elena también había estudiado allí.

Muchos de quienes regresaban ese día eran antiguos alumnos invitados por sus logros. Le pareció que Elena no tenía nada que hacer entre ellos.

Decidió no discutirlo. Mientras no dijera algo que avergonzara a la familia Valdés, le daba igual.

—Nicolás dice que extraña tu comida. Más tarde voy a pedir que lo lleven a tu casa.

Nicolás, su hijo, era uno o dos años mayor que los mellizos.

Beatriz y su esposo tenían una relación difícil. Durante años, ella había trabajado tanto que apenas se ocupaba del niño. Ahora que quería imponerle límites, le resultaba cada vez más complicado.

Como a Nicolás le gustaba lo que cocinaba Elena, lo enviaba a menudo a casa de su hermano.

Salvo Carmen, la abuela de Adrián, nadie en la familia le tenía verdadero respeto a Elena. Nicolás había aprendido a tratarla del mismo modo.

Comía lo que ella preparaba y le pedía cosas como si estuviera allí para atenderlo.

Ahora Beatriz volvía a anunciar que se lo enviaría, sin preguntarle siquiera si estaba disponible.

Antes, Elena lo había atendido con paciencia por amor a Adrián.

Ya no quería seguir haciéndolo.

—Lo siento, Beatriz. No voy a poder. Tampoco estaré disponible mañana.

Si iba a volver a su profesión, necesitaría dedicarle tiempo. No pensaba seguir dejando sus asuntos para complacer a la familia de su marido.

Beatriz se sorprendió.

Elena nunca rechazaba una oportunidad de ganarse su favor. Supuso que, si decía estar ocupada, tendría algún compromiso.

Aun así, le molestó.

—Adrián y los niños ni siquiera están aquí. ¿Qué puedes tener tan importante que hacer?

Elena sintió una punzada de vergüenza.

Había pasado tantos años organizando su vida alrededor de su esposo y de sus hijos que los demás ya no imaginaban que pudiera tener algo propio.

No quería seguir viviendo así.

Antes de que respondiera, varias personas se acercaron.

—¡Señorita Valdés!

Miraron a Elena con curiosidad.

—¿Quién la acompaña?

Beatriz no miró a Elena.

—Una amiga —contestó con frialdad.

Llevaba casi siete años casada con su hermano. Delante de aquellas personas, seguía siendo solo una amiga.

Los recién llegados habían pensado que quizá se trataba de alguien importante. El tono de Beatriz les quitó el interés. Uno de ellos siguió mirando a Elena por su belleza; los demás pasaron a otra conversación.

Se llevaron a Beatriz entre comentarios y saludos.

Antes, que su cuñada se negara a reconocerla como parte de la familia le habría dolido.

Ese día, Elena solo tomó su bolso y se marchó. Al salir se acomodó el suéter azul claro sobre los hombros. Era una prenda sencilla y cómoda; no la había elegido para impresionar a nadie.

***

El avión de Adrián aterrizó en México cerca de las diez de la noche. Cuando llegaron a casa, era casi medianoche.

Los mellizos se habían dormido durante el trayecto.

Adrián subió con Lucía en brazos. Una empleada lo siguió con Mateo. Al pasar frente al dormitorio principal, él vio la puerta abierta y el interior a oscuras.

Después de acostar a su hija, comprobó que Mateo también estuviera instalado y volvió a su habitación.

Encendió una luz tenue.

La cama estaba vacía.

El mayordomo apareció con su equipaje.

Adrián se aflojó la corbata.

—¿Dónde está Elena?

—La señora salió de viaje por trabajo.

Dos semanas antes, cuando Elena se marchó, el mayordomo no estaba. Los otros empleados le habían contado que salió con una maleta y él había supuesto que era un viaje de trabajo.

Le extrañaba que tardara tanto. Normalmente, esos viajes duraban apenas dos o tres días.

Adrián respondió con un sonido breve.

No hizo más preguntas.

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