—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 7
Capítulo 7: La mochila
Maite traía la mochila tan llena de libros que las correas le cortaban los hombros, y lo agradecía: el peso no la dejaba pensar en otra cosa.
Llevaba cuatro días así. Estudiar, turno en la cafetería, estudiar. Había pedido dos turnos extra para no quedarse sola en el cuarto con el saco de él doblado en la cabecera de la cama. Rodrigo no había escrito. Había dicho que le iba a dar tiempo, y un hombre así cumplía hasta eso.
Lo malo eran las clases. Daniela se sentaba tres filas adelante, y cada vez que volteaba a buscar a Karla, Maite veía los mismos ojos. Oscuros, rectos, de pestañas cortas. Los ojos del papá.
Híjole. Así no se podía estudiar.
* * *
El miércoles, a las doce y diez, cortó por detrás del gimnasio para alcanzar el camión de la una. Brandon estaba recargado en la barda, a la sombra, como si la hubiera estado esperando. Probablemente sí.
—Hermosa. —Se despegó de la pared con una sonrisa de comercial—. Ya ni saludas.
Maite metió la mano en la bolsa del pantalón. Tocó el celular, deslizó el pulgar por la pantalla sin sacarlo. Desde diciembre había aprendido a grabar antes de contestar.
—¿Qué quieres, Brandon?
—Platicar. Neta. —Se le puso enfrente, cerrándole el paso—. Oye, lo de Yesi… sí, le pedí a Yesi tu celular, ¿y qué? Ya pedí perdón en redes, ya me regañaron, ya estuvo.
—¿Y qué?
—Que ahora estamos parejos. —Se rascó la nuca—. La Solana ya no me pasa ni un peso. Su papá la trae cortita, y yo tengo gastos, ¿me entiendes?
Maite no contestó. Él tomó el silencio como invitación.
—Mira, tengo una idea. Tú haces como que andas conmigo. Dani se pone celosa, regresa, y regresa con la lana. —Bajó la voz—. O mejor todavía. Dicen que el viejo Solana hasta te pidió perdón, hermosa. Te debe una. Sácale. Y tú y yo, a escondidas…
La mochila salió del hombro de Maite antes de que ella lo decidiera.
Le dio de lleno en la cara. Cinco libros, un diccionario de pasta dura y el termo vacío. Brandon se fue para atrás, se agarró la nariz y soltó un grito que no le quedaba nada a su sonrisa de comercial.
—¡¿Estás loca?!
Maite volvió a levantar la mochila.
Brandon corrió.
Ella corrió detrás. Salieron de la sombra del gimnasio a la explanada, a mediodía, con el sol cayendo derecho. Brandon esquivaba gente con una mano en la nariz. Maite no gritaba. Solo corría, y cada vez que lo alcanzaba, la mochila le caía en la espalda.
—¡Ya, güey! ¡Ya! ¡Me va a matar!
Alguien se rio. Luego otros diez. Los celulares se levantaron como girasoles. En la escalinata de la biblioteca, un grupo de Ingeniería empezó a aplaudir con cada golpe.
Brandon no vio la orilla de la jardinera. El pie se le fue, y el galán de la facultad cayó de nalgas sobre las petunias, con la cara roja y los tenis blancos llenos de tierra.
Maite se detuvo frente a él. Respiraba por la boca. El pelo se le había salido de la liga.
—La próxima vez que me hables de sacarle dinero a alguien —dijo—, te lo digo con el diccionario.
Se acomodó la mochila y se fue. Nadie la detuvo.
Esa noche el video ya tenía título: La becada vs. el galán de la facu. A las once llevaba doscientas mil reproducciones. En los comentarios, alguien había escrito: Esa mochila tiene más dignidad que toda la facultad.
Maite salía de las regaderas del pasillo cuando le vibró el celular.
Vi el video. Mi nena tiene brazo de pitcher.
Se detuvo en seco, con la toalla en la cabeza. Se tapó la boca. No sirvió. Se rio ahí mismo, sola en el pasillo de la residencia, tan fuerte que una muchacha asomó la cabeza desde su cuarto.
Tecleó: No es gracioso.
Lo borró. Tecleó otra vez.
Un poquito.
* * *
El jueves, la maestra Rangel la acompañó a la Coordinación. Maite llevaba el video en una memoria y la grabación de la mañana anterior en el celular.
—¿Estás segura de querer meter todo? —preguntó Rangel en el pasillo.
—Todo, maestra. Él lo dijo, yo lo grabé.
Rangel asintió despacio. No dijo lo que Maite sabía que estaba pensando: que en noviembre no la había acompañado a ningún lado.
La coordinadora escuchó la grabación con los audífonos puestos. A la mitad se los quitó.
—Con esto no hay mucho que discutir.
A la salida, Rangel bajó la voz.
—Y otra cosa. Llegó a Rectoría un oficio del despacho del licenciado Villarreal. Pide que todo se haga conforme al reglamento. Nada más eso. Pero aquí ya nadie quiere archivar nada.
Maite apretó la memoria en el puño.
* * *
El viernes a las diez le llegó el correo del Comité. A las diez y cuarto ya estaba en Confesiones UCN. Brandon Lozano Villegas: suspensión de dos semanas, del 26 de mayo al 6 de junio. Apercibimiento: si volvía a acercarse a la alumna afectada, baja definitiva.
Dos semanas que le comían los primeros finales. Tendría que presentar extraordinarios.
Afuera del salón había un grupito con el celular en la mano.
—Se va a extraordinario el galán.
—Y la Solana defendiéndolo en marzo. Enamorada de un patán, pobre.
—La becada sí estuvo lista. Le bajó los humos con todo y mochila.
Maite pasó de largo con los ojos en el piso. En el pasillo del segundo piso, Daniela se le paró enfrente.
Traía los lentes de sol puestos adentro del edificio. Karla y Fernanda a los lados, como siempre.
—¿Tú también te estás riendo de mí?
Maite la miró. Por un segundo vio los ojos del sábado, en la sierra, bajo el poste de luz. Parpadeó.
—No tengo tiempo para reírme de nadie, Daniela.
—Ay, qué digna… —empezó Karla.
—Déjenla. —Daniela ni la volteó a ver—. Mi papá dijo que si alguien la vuelve a molestar, me quita todo.
—¿Los sesenta mil? —soltó Fernanda.
Daniela la fulminó con la mirada. Fernanda se hizo chiquita.
Sesenta mil. Al mes. Maite hizo la cuenta sin querer: cinco mil camiones.
Daniela se dio la vuelta para irse, pero antes les habló bajito a sus amigas. No tan bajito.
—Y alguien me dijo que mi papá podría tener hijos por ahí.
Las tres se alejaron. Maite se quedó en el pasillo con la mano en la correa de la mochila. Algo se le apretó abajo de las costillas, y no supo si era por Daniela, por el papá de Daniela o por ella misma.
* * *
A las nueve de la noche, la señora de la recepción la llamó por el interfón.
—Guzmán, te buscan. Un muchacho con un encargo.
En el vestíbulo esperaba un mandadero con casco de moto y un termo de acero en las manos.
—¿Maite Guzmán? De parte de su tío.
Sus dos compañeras de cuarto venían bajando detrás de ella para ir por unos tacos. Se detuvieron en el último escalón.
—¿Tu tío? —dijo una—. ¿Cuál tío?
Maite recibió el termo. Estaba caliente. Pegado a la tapa con cinta había un papel doblado, letra apretada, derecha:
Lo hice yo. Si está salado, no me digas.
—Mi tío —dijo.
Se sentó en la banca del vestíbulo y desenroscó la tapa. El vapor le subió a la cara. Caldo de pollo con verduras: papa, zanahoria, calabacita, un pedazo de elote. Olía a cocina de domingo. Olía a la de su amá.
Se lo tomó despacio, a sorbos, en la tapa del termo. Estaba un poquito salado. No se lo iba a decir.
Las compañeras se sentaron a los lados sin preguntarle nada más. Una le pasó una servilleta cuando a Maite se le salieron las lágrimas.
—El señor dijo que el termo se queda —avisó el mandadero—. Que si había algo para él, me lo llevo.
Maite subió corriendo. El saco estaba donde había estado seis días: en la cabecera, lavado a mano, planchado con la plancha prestada del cuarto de enfrente, doblado en cuatro. Lo metió en una bolsa de papel y bajó.
—Esto es del señor.
Cuando el mandadero se fue, le tomó una foto al termo vacío, sobre el escritorio del cuarto, y se la mandó.
La respuesta llegó en un minuto.
Mañana otro.
Maite sonrió a la pantalla como una tonta. Después entró el segundo mensaje.
El martes no me busques, nena. Tengo que arreglar algo de familia.