Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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La llamada que encendió la guerra
El eco de la moto de Axel alejándose por el callejón se desvaneció lentamente en la madrugada, dejándome de pie en medio de la habitación con el corazón latiéndome a mil por hora. Miré hacia el balcón con una mezcla de incredulidad y diversión. Aquel hombre, capaz de erizarme la piel con una sola mirada, había tenido que saltar entre macetas y huir como un delincuente juvenil solo porque a mi querido hermano se le había ocurrido aparecer buscando un cargador.
—Idiota... —murmuré para mí misma, negando con la cabeza mientras una sonrisa inevitable se dibujaba en mis labios.
Cerré la puerta corrediza de cristal, pasé el seguro y me dejé caer sobre la cama. La adrenalina de la situación se transformó poco a poco en una pesada carga mental. Divertirme con Axel estaba bien para despejar la cabeza, pero la verdadera partida —la que llevaba jugando en solitario desde los quince años— exigía mi máxima concentración.
Jamás me había tragado la versión del «accidente» de nuestros padres. Tenía esa espina clavada desde la noche en que ocurrió todo, una corazonada oscura que se negaba a desaparecer. Sin embargo, cuanto más investigaba por mi cuenta, más me daba cuenta de lo vacías que estaban mis manos: no tenía pruebas sólidas, ni un nombre claro, ni la certeza de que aquello guardara relación con la constructora o con alguna deuda mercantil. Lo único que rondaba mi cabeza eran sospechas vagas, cabos sueltos y la intuición escalofriante de que a mis padres los habían mandado a matar por algo ajeno al mundo corporativo que mis hermanos creían dominar. Fabián y Noah vivían en su burbuja de protección, enfocados en sus proyectos y en mantener el imperio a flote, mientras yo me ahogaba en un mar de dudas. Cada paso que daba y cada ficha que movía en este tablero oculto tenía un solo propósito: encontrar la verdad, por más turbia que fuera.
Al día siguiente, la rutina volvió a arrastrarme. La mañana transcurrió entre llamadas de la revista Tiffany para la campaña de los labiales tropicales y una revisión de los documentos que Fabián me había enviado. La presencia de Damián —el mismo tipo con el que tuve aquel fugaz y salvaje encuentro en el club de Estados Unidos meses atrás, y que ahora era el socio sustituto— prometía mantener las cosas interesantes en la oficina, recordándome que el mundo de los negocios y el placer siempre terminaban cruzándose.
A eso de las dos de la tarde, bajé a la cocina para despejar la mente y encontré a Laila sentada en la isla central tomando té. Su rostro mostraba una mejoría notable; los moretones habían comenzado a desvanecerse y, aunque la sombra de lo ocurrido con su padre seguía allí, al menos sonreía.
—Vaya, miren quién decidió aparecer —le dije con una sonrisa cómplice mientras me servía un vaso de agua—. ¿Cómo va esa recuperación, bonita?
Laila soltó una pequeña risa.
—Mucho mejor, Natalia. Aunque te juro que si vuelvo a ver a mi padre cerca, soy capaz de envenenarle el café.
—Me parece un excelente plan de vida, te apoyo al cien por ciento —bromeé.
Pasamos la tarde entre charlas, pero conforme cayó la noche, la inquietud volvió a instalarse en mi pecho. Noah seguía sin aparecer tras su misteriosa salida y la casa se sentía demasiado silenciosa.
Cuando el reloj marcó las ocho, salí al jardín a tomar aire fresco. La brisa nocturna movía las copas de los árboles. Caminé descalza por el césped, dándole vueltas a los cabos sueltos sobre la muerte de mis padres, intentando armar un rompecabezas cuyas piezas principales parecían pertenecer a una historia completamente distinta.
—Vaya, parece que la reina del ajedrez se ha quedado sin jugadas —resonó una voz ronca y profundamente familiar a mis espaldas.
Me giré de golpe. Allí estaba Axel, apoyado contra el marco de la puerta trasera, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa burlona.
—¿Acaso no tienes casa propia, o te gustó tanto la ruta de escape por el balcón? —le solté a quemarropa, cruzándome de brazos.
Axel dio un paso hacia mí, acortando la distancia con esa arrogancia que tanto me exasperaba.
—Digamos que vine a cobrar una partida pendiente —respondió, deteniéndose a escasos centímetros—. Tu hermano me pidió el favor de traer unos documentos. Pero al llegar aquí, me encontré con la única pieza que realmente me interesa mover.
Lo miré fijamente, sintiendo el calor de su presencia. La partida no había terminado, y mientras él intentaba distraerme con sus juegos de seducción, yo tenía claro que nadie me apartaría de mi objetivo.
Sin embargo, en este preciso instante, la cercanía de Axel agotó el poco margen de paciencia que me quedaba. Tenía la cabeza demasiado llena de sombras como para prestarme a sus dinámicas de chico malo.
—¿De verdad crees que vine solo a jugar, Natalia? —susurró él, bajando la voz mientras su mirada oscura recorría mis labios con una lentitud desesperante, acercándose hasta que su aliento cálido rozó mi piel—. Porque anoche me diste a entender algo muy diferente antes de que tu hermano interrumpiera la función.
Levanté la barbilla con una sonrisa lenta y calculada, dejando que mis ojos brillaran con puro desafío. Con absoluta calma, apoyé la punta de mis dedos sobre el cuero de su chaqueta, sintiendo la firmeza de su pecho, y subí despacio hasta rozar la línea de su mandíbula. Sentí cómo contenía el aliento mientras sus manos se posaban instintivamente en mi cintura, atrapándome con una urgencia apenas disimulada.
—Anoche las circunstancias eran otras, cachorro —le susurré de la manera más sugerente posible, dejando que mi voz flotara en el aire como una promesa incumplida—. Y reconozco que estabas haciendo un trabajo excelente...
—¿Entonces? —preguntó él con la voz ronca, con los ojos fijos en los míos, claramente a mi merced.
—Entonces... que hoy tengo la noche ocupada —dije con una falsa mueca de pesar, deslizando mis manos lentamente por su pecho hasta apartarme de su agarre con total elegancia—. Los documentos de Noah están sobre la mesa de la entrada, por si te interesa cumplir con tu encargo. Será mejor que te vayas antes de que me arrepienta... o antes de que decida que sí tengo tiempo para ti.
Axel se quedó completamente paralizado un segundo, procesando el movimiento con incredulidad antes de que una sonrisa torcida, mitad divertida y mitad frustrada, se dibujara en su rostro. Lo había dejado allí, con las ganas a flor de piel y con la miel en los labios, exactamente como quería.
—Juegas con un fuego muy peligroso, Natalia —advirtió con un brillo de fascinación en la mirada, sabiendo perfectamente que había vuelto a caer en mi red.
—Lo sé —le respondí guiñándole un ojo con total descaro—, y te encanta. Buenas noches, Axel.
Me di media vuelta con paso firme y una sonrisa de absoluta victoria, dejándolo plantado en medio del jardín. Alejarlo de esa forma no solo alimentaba su obsesión, sino que me recordaba que, en este juego de engaños y verdades a medias, las reglas las imponía yo.
El sonido de los pasos de Axel alejándose a regañadientes por el sendero fue la mejor melodía que mis oídos pudieron escuchar en toda la noche. Dejarlo allí, con las manos vacías y la temperatura por las nubes, había sido un recordatorio delicioso de que el control me pertenecía.
Caminé hacia el interior de la mansión con paso tranquilo, cruzando la sala principal hasta llegar a la mesa del recibidor. Efectivamente, allí estaban los expedientes y permisos que Noah le había pedido traer. Los tomé entre mis manos, hojeándolos por pura costumbre en busca de alguna firma o sello que me diera pistas sobre los contactos de mis hermanos. Pero nada. Todo parecía limpio en el papel, demasiado impecable. Y eso me confirmaba lo que ya sabía: el mundo corporativo de los Prescott, las torres de oficinas y los socios como Damián eran una fachada respetable. El verdadero peligro, la oscuridad que me obsesionaba desde los quince años, venía de un lugar ajeno a los negocios familiares.
Subí a mi habitación con los expedientes, dispuesta a guardarlos en el cajón con doble fondo de mi escritorio, el mismo compartimento donde guardaba notas personales, recortes de periódicos viejos y apuntes desordenados sobre el trágico final de mis padres. Aquella investigación clandestina era un universo paralelo del que mis hermanos no sabían nada; ellos creían que mi rebeldía era solo una fachada de niña consentida que buscaba atención en las revistas de moda y en las fiestas exclusivas.
Dejé los papeles sobre el escritorio y me acerqué a la ventana. La brisa nocturna mecía las ramas de los árboles, proyectando sombras alargadas sobre el césped. Mi mente no lograba encontrar la paz. Recordaba las palabras del informe policial archivado años atrás: «Falla mecánica en el sistema de frenos en la autopista del este; sin sobrevivientes».
Una mentira absurda que insultaba mi inteligencia. Mis padres no eran descuidados; el mantenimiento de sus vehículos se realizaba con rigor, y el auto en el que viajaban aquella noche fatal había salido del taller horas antes. Alguien lo había manipulado. Alguien había pagado una fortuna para asegurarse de que no quedara rastro. Lo que más me atormentaba era la absoluta falta de certeza: no tenía un rostro, ni un nombre, y estaba convencida de que aquello no guardaba relación con la constructora. Era algo más oscuro y personal que venía de los rincones más turbios del pasado. Lo único claro era que alguien había decidido borrarlos del mapa, y yo juré sobre sus tumbas que encontraría al responsable, me tomara el tiempo que me tomara.
El timbre de mi teléfono celular interrumpió el hilo de mis pensamientos. Miré la pantalla con recelo: un número desconocido parpadeaba en la interfaz.
Fruncí el ceño. A estas horas, muy pocas personas tenían mi número privado.
—¿Diga? —contesté con voz firme, adoptando inmediatamente una postura defensiva.
Del otro lado de la línea solo se escuchaba un silencio pesado, roto únicamente por una respiración pausada y constante. Estuve a punto de colgar, pensando que se trataba de una broma pesada, cuando una voz grave y ligeramente distorsionada resonó en el auricular:
—Dile a tus hermanos que dejen de escarbar donde no deben, Natalia... o la próxima que terminará con los frenos rotos no será la memoria de tus padres, sino alguien mucho más cercano a ti. Laila, por ejemplo, está muy expuesta últimamente, ¿no crees?
El corazón se me detuvo en seco. La sangre pareció congelarse en mis venas y el aire desapareció de mis pulmones. El teléfono estuvo a punto de resbalar de mis dedos.
—¿Quién diablos habla? —exclamé con furia y terror a partes iguales, apretando el aparato contra mi oreja—. ¡Da la cara, cobarde!
—Un amigo que te aconseja cuidar de los tuyos... por ahora —respondió la voz con una calma sádica antes de cortar la comunicación, dejando sonar el tono seco de la línea muerta.
Me quedé inmóvil en medio de la habitación en silencio, mirando la pantalla oscura del celular como si fuera una sentencia. El pánico inicial dio paso rápidamente a una rabia sorda, un fuego ardiente que me recorrió el cuerpo entero.
No sabían con quién se estaban metiendo. Si creían que una llamada anónima me asustaría o frenaría mi búsqueda, estaban muy equivocados. Al contrario: acababan de confirmarme que mis sospechas eran reales. El «accidente» de mis padres y esta amenaza estaban conectados. Y lo más peligroso de todo: alguien nos observaba muy de cerca, dispuesto a atacar donde más nos dolía.