Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 10: El Amanecer de las Confesiones
El primer destello dorado de la alborada penetró a través de los ventanales góticos del ala este del castillo, cortando la penumbra de la estancia y proyectando una luz cálida sobre el gran lecho ducal.
Fernando fue el primero en despertar. El efecto pesado de la adormidera y el dolor sordo de la conmoción cerebral habían desaparecido por completo, dejando en su lugar una claridad mental tan nítida y vibrante como jamás había experimentado. Sin embargo, antes de abrir del todo los ojos, sintió el calor humano pegado a su pecho, la suavidad de una cabellera dorada rozando su barbilla y el ritmo acompasado de un aliento tibio sobre su piel.
Alfonso —ahora afianzado plenamente en el cuerpo y los recuerdos del duque Fernando— bajó la mirada. Allí, atrapado plácidamente entre sus brazos, yacía el príncipe Anthony. El rostro del joven príncipe lucía relajado, despojado de las máscaras de gravedad que imponía la etiqueta real; sus labios estaban levemente entreabiertos y sus largas pestañas rubias proyectaban sombras suaves sobre sus pómulos aún sonrojados.
Un sentimiento de inmensa protección y ternura oprimió el pecho de Fernando. No había sido un delirio febril ni una alucinación previa a la muerte. Había cruzado el velo de la existencia para salvar a la única persona que había conmovido su alma en las sombras de su vida pasada.
Un ligero movimiento del duque hizo que Anthony se removiera sobre las sábanas. El príncipe parpadeó lentamente, ajustando sus ojos dorados a la luz de la mañana. Durante un segundo, pareció desorientado, pero al encontrarse frente a frente con la mirada intensa, profunda y devota de Fernando, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
En un instante, los recuerdos de la noche anterior regresaron en tropel a la mente de Anthony: los besos devoradores, la pasión desinhibida, los gemidos compartidos en la oscuridad y las ardientes palabras de amor pronunciadas antes de caer en el sueño. Un rubor escarlata se extendió instantáneamente desde el cuello del príncipe hasta la punta de sus orejas.
—Fer... Fernando... —articuló Anthony en un susurro ahogado, intentando instintivamente deslizarse hacia atrás para recuperar la compostura, abrumado por una mezcla de vergüenza y timidez.
Pero Fernando no lo permitió. Rodeó la cintura del príncipe con firmeza y ternura, impidiéndole alejarse un solo centímetro.
—Quédate aquí —pidió Fernando con su voz profunda y rasposa de las mañanas, acariciando suavemente la espalda desnuda del príncipe con la palma de su mano.
—Yo... yo no sé qué decir... —murmuró Anthony, bajando la mirada hacia el pecho del duque, incapaz de sostener aquella inspección tan directa—. Lo que pasó anoche... Fernando, yo no sé qué fue lo que te impulsó a actuar de esa manera. Estabas bajo los efectos de la medicina, estabas confundido por el golpe... Si fui una molestia, o si me aproveché de tu estado de debilidad, yo...
—Mírame, Anthony —lo interrumpió Fernando con tono suave pero categórico.
Con delicadeza, tomó la barbilla del príncipe entre sus dedos, obligándolo a levantar el rostro.
—No había medicina en el mundo que guiara mis manos ni mis labios —continuó el duque, mirando directo a las pupilas doradas del joven—. Todo lo que hice, todo lo que dije y cada beso que te di fue guiado por la verdad más pura de mi corazón. No estaba confundido. Por primera vez en mi vida, mi mente está perfectamente clara.
Anthony contuvo el aliento, sus labios temblaron levemente.
—Pero... tú... Antonella... —balbuceó el príncipe, dejando al descubierto la herida que había guardado durante años en el alma—. Siempre pensé que estabas enamorado de mi hermana. En la corte, en las cenas de gala... siempre te mostrabas tan atenta con ella, tan dedicado. Yo estaba convencido de que la pretendías a ella. Por eso... por eso me prometí a mí mismo sofocar esto que siento por ti. Decidí que me mantendría a tu lado solo como un amigo, ayudándote a ser feliz con ella aunque eso significara destruir mi propio corazón.
Escuchar la confirmación de la tragedia original de boca del propio Anthony conmovió a Fernando hasta las lágrimas. La nobleza de aquel muchacho, dispuesto a sacrificar su propia existencia por la felicidad ajena, era algo que Fernando no pensaba permitir por más tiempo.
—Antonella es una mujer astuta y noble, y siempre le tendré el respeto que se merece una dama de la realeza —explicó Fernando con seriedad transparente—. Pero jamás la he amado como hombre. Todo trato cordial con ella fue mera cortesía y protocolo social. La única persona que ha ocupado mis pensamientos, la única por la que mi alma ha clamado en medio de la soledad de este castillo... eres tú, Anthony. Siempre has sido tú.
Las lágrimas que Anthony había contenido durante años de amor silencioso finalmente brotaron, rodando calientes por sus pómulos. Pero no eran lágrimas de dolor; eran de una alivio tan rotundo que amenazaba con hacerle perder el sentido.
—¿De verdad...? —susurró el príncipe, buscando en los ojos de Fernando la menor chispa de engaño.
—De verdad —afirmó Fernando. Se inclinó y besó con extrema dulzura cada una de las lágrimas que surcaban las mejillas de Anthony, antes de posar sus labios sobre los del príncipe en un beso sereno, profundo y cargado de una promesa eterna.