Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 12
Capítulo 12. Solo tú puedes tener a mi hijo
Isabel se quedó pasmada. Cuando reaccionó, soltó una risa fría.
—¿Que yo te pida perdón? ¿Y tú quién te crees?
—Si cree que no estoy a su altura, ¿se atreve a apostar conmigo?
La pregunta de Elena despertó de inmediato el interés de todos.
—¿Apostar qué? —preguntó Isabel, intrigada.
—Si yo desarrollé ese medicamento, usted se da bofetadas y me pide perdón. Si lo compré, me divorcio del señor Montenegro y, además...
Elena endureció la mirada y dio más peso a cada palabra:
—Me voy de esta casa arrastrándome.
Un murmullo estalló en la sala. Todos miraron a Isabel, dispuestos a disfrutar del espectáculo.
Hasta entonces había estado convencida de que Elena mentía. Ahora vaciló.
Isabel llevaba años ocupando un lugar privilegiado entre los Montenegro. Darse bofetadas en público sería una humillación intolerable para alguien de su posición.
Pero recordó cómo Elena había intentado arrebatarle el medicamento. Se convenció de nuevo de que solo estaba fingiendo una seguridad que no tenía.
Sonrió al instante.
—Muy bien. Si quieres humillarte sola, después no me culpes.
Para evitar que luego se negara a cumplir, Elena levantó la voz deliberadamente:
—Todos la han oído. No se echará atrás después, ¿verdad?
—Soy la señora Montenegro. Por supuesto que cumplo mi palabra.
Isabel rebosaba superioridad. Después soltó una risita desdeñosa.
—La que no debe negarse a cumplir eres tú.
—Si me niego, podrá hacer conmigo lo que quiera.
—¡Tú lo dijiste!
Una luz maliciosa le brilló a Isabel en los ojos.
Toda la ropa sencilla de Elena junta no valía ni un pequeño detalle del atuendo de aquella mujer. Sin embargo, no mostró miedo. Había en ella una terquedad que se resistía a agachar la cabeza ante el poder.
No dijo nada más. Se agachó y recogió sus cosas del suelo, una por una, para guardarlas en la mochila.
Solo al final miró el paquete de toallas sanitarias junto a los pies de Alejandro.
La vergüenza que había sentido se había consumido bajo la rabia. Se acercó sin vacilar, recogió el paquete y lo guardó. Después fue hacia su maleta.
Alejandro se despidió de su abuela con un breve gesto y se volvió para salir.
Elena tomó la maleta y lo siguió enseguida.
*
La puerta de un dormitorio del segundo piso se abrió. Alejandro entró primero y Elena detrás.
Ella estaba observando la habitación cuando él se detuvo de pronto y se volvió.
Elena bajó los ojos al instante, evitando su mirada.
No se le había olvidado. Acababa de estar a punto de morir estrangulada entre sus manos. No tenía ninguna gana de hablarle.
Pero sentía que él seguía observándola.
Su mirada llevaba consigo la presión de alguien acostumbrado a mandar. Por fuera, Elena parecía tranquila. Por dentro, sus defensas se venían abajo. No dejaba de raspar con el pulgar el asa telescópica de la maleta.
Cuando estaba a punto de no aguantar más, oyó su voz grave y pausada:
—Perdón.
Elena se quedó inmóvil. Levantó los ojos hacia aquel hombre, que estaba a unos pasos y desprendía una elegancia inaccesible.
—¿Qué dijiste? No te oí bien...
—Te pido disculpas por haber perdido el control hace un momento.
La disculpa no redujo en absoluto su presencia imponente. Al contrario, añadió algo a su atractivo. A Elena le pareció que aquel hombre tan reservado tenía un lado más humano de lo que mostraba.
Ya que él se había disculpado, tampoco iba a aferrarse al rencor.
—Ejem...
Se aclaró suavemente la garganta e intentó sonar magnánima.
—Aunque casi me estrangulas, puedo entender por qué reaccionaste así.
Alejandro no añadió nada. Empezó a caminar hacia la puerta.
Cuando iba a pasar junto a ella, Elena habló:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí.
Él se detuvo y la miró.
—No entiendo por qué estabas dispuesto a renunciar a dirigir la familia con tal de no divorciarte de mí. —Elena frunció el ceño—. Aunque nos divorciáramos y yo interrumpiera el embarazo, podrías tener un hijo con otra mujer. Pero solo hay un puesto al frente de tu familia.
Alejandro la observó durante unos segundos con aquellos ojos imposibles de descifrar.
—Solo tú puedes tener a mi hijo.
—¿Solo... yo?
Elena parpadeó, completamente confundida.
—¿Qué significa eso?
Él no respondió. Se volvió y se marchó.
Elena seguía pensando en aquella frase cuando una vocecita infantil sonó a su lado:
—¡Tía Elena!
Se volvió. Lucía estaba en la puerta. De inmediato recordó la información que había leído en el coche.
La niña era hija de Adrián Montenegro, el hermano mayor de Alejandro. Cuando Lucía tenía tres años, Adrián y su esposa habían tomado un avión privado para negociar un acuerdo en Rovina. El aparato había explotado en pleno viaje. Cuando los encontraron, ambos estaban muertos.
Doña Mercedes adoraba a Lucía y la consentía, apenada por haberla visto quedarse sin padres tan pequeña. Alejandro la trataba como a una hija propia. Era la niña mimada de los Montenegro; todos la cuidaban como si fuera de cristal.
A Elena le resultó extraño que la llamara tía, pero no la corrigió. Se acercó a ella.
—Hola, Luci. Me llamo Elena Salazar.
La niña ladeó la cabeza.
—Tía, ¿sabes hacer galletas de mantequilla?
—Sí.
—¿Me enseñas?
—Claro que sí.
—¡Qué bien! ¡Enséñame ahora!
Sin poder esperar, Lucía la tomó de la mano y la llevó fuera del cuarto.
Al mismo tiempo, el Rolls-Royce Phantom negro salía lentamente de la propiedad.
Alejandro iba sentado dentro con su elegancia habitual.
Desde el asiento del copiloto, Diego se volvió para informarle:
—Señor Montenegro, ya hice correr la noticia de su matrimonio, tal como me indicó.
—Muy bien.
—¿Lo hizo para evitar casarse con la hija del senador Zárate?
—Zárate quiere que sea su yerno para que yo financie gratis su campaña presidencial.
Ni la voz ni el rostro de Alejandro dejaron ver la menor emoción. Parecía estar exponiendo un asunto ajeno con absoluta objetividad.
—Sus cálculos son buenos. Pero yo soy un hombre de negocios. Nunca cierro un trato en el que vaya a perder.
Diego mostró cierta preocupación.
—¿No se arriesga a ofenderlo?
—Si me ataca, lo único que hará será empujarme hacia su rival.
—No había sabido verlo. —El rostro de Diego se llenó de admiración—. Así que cuando aceptó casarse con la señorita Salazar, ya lo tenía todo planeado. Pero todavía hay algo que no entiendo. ¿Podría aclarármelo?
—¿Qué cosa?
Diego vaciló antes de preguntar:
—Tanto por su origen familiar como por sus cualidades genéticas, la señorita Salazar está a un abismo de distancia de usted.
—¿Por qué permitió que fuera ella... quien tuviera a su hijo?