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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15: Hasta que no tengas miedo

La besó despacio.

Primero apenas un roce, labios contra labios, para que ella pudiera retirarse si quería. No se retiró. Se quedó quieta, con los ojos cerrados y la respiración detenida, y luego respiró, y ese aire tibio contra su boca fue lo que le quitó a Leonardo la última duda.

Volvió a besarla. Esta vez de verdad.

Le sostuvo la cara con una mano, el pulgar en la línea de la mandíbula, sin prisa, aprendiéndola.

Ella tardó en responder y luego respondió toda de golpe, con una torpeza que a él le apretó algo en el pecho: no sabía dónde poner la nariz, se chocaron una vez, ella soltó una risita contra su boca y volvió a buscarlo.

Ella le subió las manos a los hombros. Luego una bajó y le agarró la camisa por el frente, en un puño, igual que había agarrado la corbata aquella noche en la escalera, pero ahora no para jalarlo lejos.

Sabía a canela y a algo dulce, al pan de muerto de la ofrenda. La veladora les tiraba sombras en la cara.

De pronto ella le mordió el labio de abajo.

No fuerte. Lo justo.

Leonardo aspiró de golpe, entre dientes. Se apartó un centímetro. Tenía el corazón como después de cinco minutos de combate.

—Llevo mucho aguantándome, ¿sabes? —le dijo contra la boca.

Ella abrió los ojos. Estaban oscuros, brillantes, un poco asustados de sí mismos. No contestó. Le sostuvo la mirada.

Él se puso de pie con ella en brazos. Fueron tres pasos hasta el sillón gris. La dejó ahí, sobre los cojines, y se inclinó encima, con las manos apoyadas a los lados de su cabeza, sin dejarle caer su peso.

—¿Y todavía me muerdes?

A ella se le escapó una risa que era casi un jadeo. Le jaló la camisa otra vez, hacia abajo.

La besó más hondo. Le pasó una mano por la nuca, por el nacimiento del pelo, siguió la línea del cuello hasta la clavícula. Ella se arqueó apenas contra él. Tenía la piel caliente.

La mano de Leonardo bajó por su costado hasta el borde del suéter, y sus dedos encontraron piel, la cintura, un poco de piel tibia entre el suéter y el pantalón.

Ella contuvo el aire.

Y un segundo después, todo cambió.

Lo sintió primero en las manos de ella. Las que le agarraban la camisa empezaron a temblar. No era el temblor de antes. Era otro, más fino, más frío, el que él conocía de alguien que está a punto de perder en el tatami y no quiere que se note.

—Leo… —La voz le salió muy chica—. ¿Podemos parar?

Él paró.

Todo. La mano salió del suéter y se quedó en el aire, lejos de ella. Se apoyó en el codo para quitarle cualquier peso de encima. No se levantó; no quería que eso pareciera un castigo.

—Mírame.

Ella lo miró. Tenía los ojos húmedos.

—¿Tienes miedo?

Ximena tragó saliva. Tardó.

—No sé cómo se hace esto.

—Entonces no lo hacemos. —Lo dijo sin un milímetro de duda—. Confía en mí. Cuando digas que pare, paro.

Ella soltó el aire como si lo hubiera tenido guardado toda la noche. Una lágrima se le fue de lado, hacia la oreja. Él no la limpió; esperó.

—¿Estás enojado? —preguntó ella.

—No.

—Tienes la quijada apretada.

Leonardo aflojó la quijada. No se había dado cuenta.

—Eso no es enojo —dijo—. Es lo que cuesta parar. Y lo pago con gusto.

Ella lo estudió un momento, como estudiaba un documento antes de creerle.

—¿Y si no soy suficiente? —dijo ella, tan bajo que él casi no la oyó—. ¿Y si no soy suficiente y te vas?

Ahí estaba. Eso era.

Leonardo bajó la cabeza y le besó la sien, donde había ido a dar la lágrima. Luego la punta de la nariz.

—Tonta. —Se lo dijo casi sin voz—. No me voy a ningún lado. Te espero. Hasta que no tengas miedo.

Ella le escondió la cara en el cuello. La sintió respirar ahí, caliente, entrecortado, un rato largo. Luego ella levantó la cabeza y le dio un beso en la comisura de la boca, pequeño, torpe, suyo.

Él lo hizo más hondo un momento. Solo un momento. Después se acomodó de lado en el sillón, que era angosto para los dos, la acomodó a ella contra su pecho y dejó la mano en su cintura, por encima del suéter, quieta.

—Así —dijo—. Así está bien.

Ella tenía la oreja contra su pecho. Se quedó callada un rato. Luego él la sintió sonreír contra la camisa.

—Para ser un señor tan serio —murmuró—, tienes el corazón muy rápido.

—Te estás burlando.

—Un poquito.

—Es tu culpa.

Ella levantó la cabeza lo justo para mirarlo, con el pelo revuelto y la boca todavía roja, y él tuvo que cerrar los ojos un segundo.

—Gracias por parar —dijo ella.

—No me des las gracias por eso. —Le acomodó el pelo detrás de la oreja—. Eso no se agradece. Eso se espera.

Ella se durmió antes de medianoche. Primero se le aflojaron los dedos en su camisa, luego la respiración se le hizo lenta y pareja. Tenía un pie descalzo metido entre las pantorrillas de él, buscando calor.

Leonardo no durmió.

Se quedó mirando el techo, con el brazo dormido bajo la cabeza de ella y el cuerpo entero todavía despierto, pidiéndole cosas. Aguantarse así era como desollarse vivo. Lo sabía y no le importaba. Había aguantado cosas más estúpidas por gente que le importaba menos.

Lo que no lo dejaba dormir era otra cosa.

El miedo en los ojos de ella cuando las manos le empezaron a temblar. Él conocía ese miedo. Lo había visto en el espejo. El de alguien que se acerca a algo que quiere y, justo antes de tocarlo, se acuerda de todas las veces que se lo quitaron.

Es igual al mío. Ella tenía el suyo y él tenía el suyo, y ninguno de los dos se había terminado de sacudir al que alguna vez los lastimó.

Nana Chabela se quedaba sentada toda la noche junto a su cama cuando a él le daba fiebre, en una silla dura, sin dormir. De niño nunca había entendido cómo lo aguantaba. Ahora, con el brazo entumido y ella respirando contra su cuello, lo entendió.

Por eso no importaba esta noche. No quería esta noche. Quería que un día ella le diera la espalda sin pensarlo, dormida, segura. Quería la confianza de toda su vida, y eso no se agarraba con las manos. Se ganaba.

Cerca de las tres, la veladora empezó a chisporrotear. Leonardo se deslizó fuera del sillón con cuidado de no despertarla, le metió un cojín bajo la cabeza en su lugar y fue a revisarla. Todavía tenía cera para rato. La movió dos centímetros lejos del papel picado.

La maleta de cartón seguía abierta en el piso. Leonardo bajó la tapa. El broche oxidado cerró con un clic.

Se quedó un momento frente a la foto del parque. El papá de Ximena, con el brazo sobre los hombros de su mujer, se reía de algo que estaba fuera del cuadro.

—Se la voy a cuidar —les dijo a los dos, en voz muy baja. Se sintió ridículo. No lo retiró.

Volvió al sillón. Ella entreabrió los ojos, sin despertar del todo.

—¿Te ibas?

—Fui a ver la veladora.

—No te vayas todavía.

—Todavía no.

Ella se acomodó contra él, ya con los ojos cerrados, como si su cuerpo supiera dónde había estado un momento antes. Leonardo cerró los ojos.

Se durmió sin darse cuenta, cerca de las cuatro. Soñó algo breve y claro: una calle con lluvia, un saco abierto sobre la cabeza de ella, sus dos manos agarrándole las solapas.

A las 5:40 despertó. El cielo empezaba a ponerse gris en la ventana.

Salió del sillón despacio. Ella se quejó en sueños y se hizo bolita. Leonardo desdobló la cobija delgada del brazo del sillón y la tapó hasta los hombros, igual que la primera noche. Le quitó un mechón de la boca.

Se puso el saco. Cerró la puerta del dúplex con su llave, sin ruido, y probó la manija dos veces.

Abajo, don Ruti venía llegando por la banqueta con una bolsa de pan.

—Buenos días, señor.

—Buenos días, don Ruti.

Don Ruti no preguntó nada. Sacó su silla de plástico y la puso junto a la puerta, como cada mañana.

Leonardo manejó los diez minutos hasta Chimalistac con el radio apagado. Estacionó en el patio, junto a la fuente, y no se bajó. Se quedó sentado en el carro con el celular en la mano, viendo cómo el cielo pasaba de gris a blanco sobre las bugambilias.

En el retrovisor se vio el labio de abajo, un poco hinchado en una orilla. Se lo tocó con el pulgar. Se rio solo, en silencio, como no se reía desde hacía años.

A las 6:10 escribió. Borró. Volvió a escribir lo mismo.

Soñé que te cubría de la lluvia.

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