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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17: Aunque el cielo diga que no

—Fuera de peligro.

El neurocirujano de guardia lo dijo en el pasillo de terapia intensiva del Hospital La Cañada, con la tablilla contra el pecho, y Coni se le colgó a Adrián del cuello a llorar. Adrián le dio dos palmadas en la espalda. Tenía la mano derecha vendada de los nudillos a medio dorso, y la gasa ya estaba gris en las orillas.

A partir de ese miércoles, cada vez que él entraba al cuarto, su papá cerraba los ojos. La enfermera decía que dormía mucho. Coni decía que estaba cansado. Adrián se sentaba en el sillón junto a la ventana a contestar correos y veía de reojo el monitor, que subía de noventa a cien cada vez que él hablaba por teléfono. Esa tarde le marcó Sam.

—Ya le entregué todo a don Humberto, jefe. Casi se cae de la silla. Dice que la secretaria esa no vuelve a pisar su oficina.

—¿Y Dulce?

—Sigue en San Rafael con su mamá. No ha salido más que a la farmacia de enfrente.

—Que nadie se le acerque. Ni tú.

Colgó. En la cama, su papá tenía los ojos cerrados y el monitor marcaba ciento cuatro.

* * *

El jueves a las ocho de la noche, Adrián se puso el saco, que con la venda le costó trabajo, y se paró al pie de la cama. La maleta ya estaba en la cajuela.

—Papá, me voy.

Rogelio abrió los ojos de golpe.

—¿A dónde? —Tenía la voz rasposa todavía, del tubo—. ¿Con esa tal Dulce?

Coni, sentada en el sillón con el celular, levantó la cabeza. Adrián no se movió.

—Usted estaba despierto.

—Te oí el nombre. —Rogelio se alzó dos dedos en la almohada, lo que le permitía la cabeza vendada—. Me lo prometiste. Frente al padre.

—Tengo un mes de conocerla —dijo Adrián—. Y es la única mujer que he querido.

—Me lo prometiste.

—Usted me obligó. Se estaba muriendo, me pidió eso y le dije que sí para que viviera. Ya vivió. —Se acomodó el puño de la camisa sobre la venda—. Usted me casó una vez sin preguntarme. Esta vez no. Aunque el cielo diga que no, me voy contra el cielo.

—Te quito la dirección. —A Rogelio le tembló la barbilla—. Te juro que te la quito.

—Si me quiere quitar la dirección, quítemela. Si me quiere desheredar, hágalo. —Adrián tomó el celular del buró—. Y no vuelva a hacerse el muerto conmigo.

El monitor pitó. Una enfermera se asomó, vio a Rogelio sentado y colorado, revisó la línea del suero y volvió a salir.

* * *

Coni lo alcanzó frente a los elevadores. Se le puso enfrente con los brazos abiertos, igual que portero en un penal.

—¡Esa vieja es una zorra, Adrián! Te vio la cartera y ya. ¿Y Clara? ¡Clara se cortó las manos por ti!

—Te quiero, Coni. —Adrián apretó el botón del elevador—. Pero tú no decides con quién estoy.

—¡No te vas!

Don Lupe venía detrás con la maleta. La dejó en el piso, se paró junto a Coni y le tocó el codo con dos dedos, como se mueve a un recluta en la formación: sin empujar, sin pedir permiso de verdad.

—Con permiso, señorita.

Cuando Coni volteó a verlo, ya estaba del otro lado de la maleta. Las puertas del elevador se cerraron con ella gritando el nombre de su hermano.

* * *

Salieron de Querétaro a las ocho y media. A las once, en la autopista, a la altura de Tepotzotlán, sonó el celular de don Lupe en el soporte del tablero. En la pantalla decía La futura patrona.

Don Lupe volteó a verlo. Adrián, en el asiento del copiloto, asintió una vez.

—Bueno, ¿señorita?

—¿Don Lupe? —La voz salió del altavoz bajita, con el eco de un pasillo detrás—. Perdón por la hora. Vi que me marcó el lunes y no le contesté, perdón. Es que… le quería preguntar una cosa.

—Dígame.

—¿El señor Valdés… se…? —Se oyó que tragaba saliva—. ¿Se quedó con su exesposa esa noche? La del restaurante.

Adrián se tapó la boca con la mano vendada. Le temblaban los hombros de la risa. Negó con la cabeza y le dijo a don Lupe, despacio, nomás con los labios: no le digas. Don Lupe lo miró de lado un buen rato y apretó el volante.

—Eso pregúnteselo a él, señorita. Mañana le digo dónde encontrarlo.

—Pero…

—Mañana. Duérmase, que ya es tarde.

Colgó. Don Lupe manejó otro kilómetro sin abrir la boca y luego soltó el aire.

—Me lo va a reclamar el resto de su vida, patrón.

—Que me lo reclame. —Adrián miró la carretera—. Quiero que me lo diga ella. Todo. Que venga ella.

—¿Y mañana a dónde la mando?

Adrián lo pensó. La noche que ella marcó, él estaba en la terraza del Cénit con un vaso en la mano, y lo dejó en el barandal para contestar.

—Al Cénit. Humberto cumple sesenta. Empezó ahí; que se arregle ahí.

* * *

El viernes lo pasó en la Torre Valdés firmando una semana de pendientes. A las seis, don Lupe le enseñó el chat: Club Cénit, Santa Fe. De nueve en adelante. Y la respuesta de ella, un minuto después: Ahí voy a estar.

A las nueve menos diez, frente a la entrada del club, había un deportivo rojo estacionado en la banqueta, justo donde decía que no. Recargado en el cofre, con traje azul marino y dos botones de la camisa abiertos, estaba Mauro Lizárraga, dándole vueltas a un encendedor plateado entre los dedos.

—¡Quiubo, el eterno virgen! —Abrió los brazos—. ¿También a ti te invitaron? Humberto ya invita a cualquiera.

Don Lupe, que venía un paso atrás, se adelantó antes que Adrián. Se acomodó el saco igual que para una foto.

—Más vale virgen que mujeriego de quinta, joven.

El chofer de Mauro, un señor bajito de bigote canoso, se bajó del deportivo como si le hubieran picado. Era don Cuco, el chofer de toda la vida de los Lizárraga.

—Un hombre de treinta y cinco sin mujer, algo tiene.

—¡Algo tiene el tuyo, que no le dura ninguna!

Los dos viejos se fueron pecho con pecho hasta la puerta, empujándose con la panza, y el valet tuvo que meterse en medio. Mauro se reía con el encendedor prendido. Adrián pasó entre todos sin contestar. El apodo había dejado de ser cierto hacía un mes y no le debía esa explicación a Mauro Lizárraga.

El privado de don Humberto era el más grande del tercer piso: sillones de piel en herradura, una pantalla de karaoke del tamaño de una pared, dos muchachas contratadas para servir las copas y animar a los invitados, y una docena de amigos de Humberto con la corbata ya en el bolsillo. En la mesa había un pastel de tres pisos con un sesenta de cera.

—¡Llegó! —Don Humberto se levantó con la copa en alto—. ¡Señores, el señor Valdés tiene novia! ¡Yo la vi!

Los invitados chiflaron y alguien golpeó la mesa con la palma. Mauro, que había entrado detrás, se dejó caer en un sillón y levantó una ceja.

—¿Novia? ¿Tú? —Le dio vuelta al encendedor—. ¿O novio?

Se rieron todos. Adrián aceptó un whisky de una de las muchachas y no contestó. Don Humberto lo agarró del brazo y lo llevó hacia la barra, lejos de la bocina.

—Ya corrí a Yesenia —le dijo al oído—. Tu muchacho me enseñó todo. Y a mi hijo ya le dije que se aleje de ella. Anda hecho un perro, pero ya se le pasará.

—Gracias, don Humberto.

—Me debes dos comidas. —Le dio un apretón en el hombro—. Y el pastel lo partes tú, para que se te quite la cara de funeral.

Adrián miró el reloj. Las nueve y veinticinco. Se sentó en la orilla de la herradura, de cara a la puerta, con el vaso intacto en la mano izquierda. Mauro le contaba a una de las muchachas lo del eterno virgen, con detalles que se estaba inventando.

A las nueve y media en punto se abrió la puerta del privado, y a Adrián el vaso se le fue de lado en la mano; el whisky le mojó el puño de la camisa.

Dulce estaba ahí, con un vestido blanco que él no le conocía y la nariz roja de frío.

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Jessica
Dios mío yo creo q el se enamora de ella
Jessica
yo ubiese sabido q uno podía vender la virginidad no se la ubiese dado al lempo q se la regale
Miriam Colín: /Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
total 1 replies
Jessica
hay Dios mio
Jessica
uno necesitado de plata hace cualquier estupides
Hilda Estrada
Dulce, ya eres adulta, decide x ti, si lo amas lucha x el, tus papás ya vivieron su vida😡
Hilda Estrada
x que los papás arrastran a su hija de sus problemas con la familia de Andrés, que feo, los hijos no tienen la culpa 😡
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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