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Mi Destinada

Mi Destinada

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Mafia / Posesivo
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.

NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La mujer que no debía importarme

Dante Vassari no era un hombre que creyera en las coincidencias.

Había construido su imperio aprendiendo a desconfiar de las casualidades, de las sonrisas demasiado amables y de las personas que aparecían en el momento equivocado.

Por eso, cuando terminó de revisar el expediente de Aria Moretti por tercera vez, supo que había algo que no encajaba.

La muchacha de veintidós años que trabajaba en su empresa tenía un historial académico impecable, una familia aparentemente normal y ninguna conexión conocida con el mundo criminal.

Sin embargo, había estado presente la noche en que intentaron asesinarlo.

Cuando él tenía veintidós años, ella apenas tenía doce.

Y alguien se había asegurado de que esa información permaneciera enterrada.

Dante cerró la carpeta lentamente.

—¿Qué demonios eres, Aria Moretti? —murmuró.

Su lobo se removió dentro de él.

Dante apretó la mandíbula.

—Ni se te ocurra empezar otra vez.

El animal no respondió con palabras, pero su inquietud permaneció. Era una sensación extraña, como si algo dentro de él reconociera una presencia que su mente no conseguía comprender.

Y Dante odiaba no comprender.

...A la mañana siguiente...

Aria llegó a la empresa con un café en una mano y una carpeta llena de documentos en la otra.

Había dormido poco. Se había quedado hasta tarde revisando las cifras del proyecto internacional y, cuando finalmente consiguió acostarse, soñó con unos ojos dorados que la observaban desde la oscuridad.

Otra vez el mismo sueño.

Un bosque.

Una luna enorme.

Y un lobo negro que nunca intentaba atacarla.

Solamente la miraba.

Como si estuviera esperándola.

—Necesito dormir más y tomar menos café —murmuró mientras entraba al ascensor.

—O dejar de hablar sola.

Aria giró la cabeza.

Dante estaba a su lado.

Impecable, vestido con un traje negro, la corbata perfectamente ajustada y esa expresión de pocos amigos que parecía formar parte de su rostro.

Ella lo miró de arriba abajo.

—Buenos días para usted también.

—¿Siempre tienes que responder?

—¿Siempre tiene que hacer preguntas que no le gustan las respuestas?

Dante volvió la mirada hacia ella.

Y, contra toda lógica, sintió deseos de sonreír.

No lo hizo.

—A mi despacho. En diez minutos.

—¿Puedo terminar mi café primero?

—No.

Aria alzó el vaso.

—Qué tragedia. Justo cuando estaba empezando a disfrutar de mi mañana.

Las puertas se abrieron.

Ella salió sin esperar permiso.

Dante la siguió con la mirada.

—Insoportable —murmuró.

Su lobo, por alguna razón, pareció estar de acuerdo con ella y no con él.

Diez minutos después

Aria entró al despacho con su carpeta bajo el brazo.

Dante estaba de pie frente al ventanal, contemplando la ciudad.

—Cierra la puerta.

Ella obedeció, aunque no dejó de observarlo con suspicacia.

—Si va a despedirme, preferiría que lo hiciera antes del almuerzo. Tengo hambre.

Dante se volvió.

—¿Por qué asumirías que voy a despedirte?

—Porque desde que llegué a esta empresa usted me mira como si estuviera intentando resolver un crimen.

El silencio cayó entre ambos.

Por primera vez en toda la mañana, Aria dejó de sonreír.

Dante caminó hasta su escritorio y abrió una carpeta.

—¿Alguna vez estuviste en las afueras de la ciudad cuando eras niña?

Ella frunció el ceño.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una bastante sencilla.

—Y bastante extraña.

—Aria.

La seriedad de su voz hizo que ella dejara la carpeta sobre el escritorio.

—No lo recuerdo. ¿Por qué?

Dante estudió su rostro.

No parecía estar mintiendo.

—¿Sufriste algún accidente cuando tenías doce años?

La expresión de Aria cambió.

Fue apenas un instante, pero él lo notó.

—¿Por qué me pregunta eso?

—Contesta.

Ella retrocedió medio paso.

—No me hable como si estuviera interrogando a una sospechosa.

Dante se quedó inmóvil.

Tenía razón.

No estaba en su sala de interrogatorios. Ella no era una de sus subordinadas mafiosas y no podía exigirle respuestas sin darle una explicación.

Algo que rara vez necesitaba recordar.

—Encontré un registro hospitalario —admitió finalmente—. Estuviste involucrada en un incidente cuando eras niña.

Aria palideció ligeramente.

—¿Cómo consiguió eso?

—Tengo recursos.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Sabe qué? A veces me pregunto cómo consigue que la gente trabaje para usted sin lanzarle una grapadora a la cabeza.

—Supongo que el sueldo ayuda.

Aria abrió la boca, sorprendida.

¿Acababa de hacer una broma?

Dante no sonrió, pero había algo distinto en sus ojos.

Ella decidió no darle el gusto de preguntárselo.

—Sí, tuve un accidente —dijo finalmente—. Era pequeña. Mi familia nunca habla demasiado de eso.

—¿Qué ocurrió?

Aria bajó la mirada hacia sus manos.

—Un golpe en la cabeza. Una herida en el brazo.

Pasé un tiempo en el hospital, pero no recuerdo bien lo que sucedió. Mis padres me dijeron que me habían encontrado cerca de una carretera.

Dante sintió que algo helado le recorría la espalda.

Una carretera.

La noche del atentado.

La niña que había aparecido cerca del lugar.

La misma niña de la fotografía que había contemplado hasta memorizar cada detalle de su rostro.

Aria levantó la vista.

—¿Qué tiene que ver eso con usted?

Dante no respondió inmediatamente.

Porque la verdad era que no lo sabía.

Todavía.

—Estoy intentando averiguarlo.

Ella recogió su carpeta.

—Pues cuando descubra algo, puede empezar por explicármelo. Es mi vida de la que estamos hablando.

—Aria…

—Y otra cosa, señor Vassari.

Él alzó una ceja.

—¿Qué?

—No vuelva a investigar mi pasado a mis espaldas sin darme una explicación. Soy su empleada, no su propiedad.

La palabra propiedad provocó una reacción inesperada.

Su lobo gruñó dentro de él.

No con rabia hacia ella.

Con algo mucho más parecido a la protesta.

Dante endureció la expresión para ocultar su desconcierto.

—Puedes volver a trabajar.

Aria lo miró unos segundos, decepcionada por la falta de respuestas.

Después se dirigió a la puerta.

—Aria.

Ella se detuvo sin volverse.

—¿Sí?

Dante quiso preguntarle si alguna vez había soñado con un lobo negro.

Quiso preguntarle si sentía algo extraño cuando él estaba cerca.

Quiso preguntarle por qué su presencia conseguía despertar una parte de sí mismo que llevaba diez años enterrada.

Pero no podía hacerlo.

No sin pruebas.

—Revisa el informe de la tercera ciudad antes de la reunión.

Aria giró lentamente la cabeza.

—¿Todo este misterio para hablarme de trabajo?

—¿Esperabas algo más?

Ella sostuvo su mirada.

—No. Pero por un momento pensé que tenía algo interesante que decir.

Y salió.

Dante permaneció inmóvil frente a la puerta cerrada.

Su lobo volvió a moverse.

Esta vez, la sensación fue tan intensa que tuvo que apoyar una mano sobre el escritorio.

...Esa misma tarde...

Aria estaba revisando unos documentos cuando recibió una llamada de su madre.

Sonrió al ver el nombre en la pantalla.

—¡Mamá!

—Hola, mi amor. ¿Cómo estás?

—Cansada. Mi jefe es un tirano.

Al otro lado de la línea, su madre soltó una carcajada.

—¿El señor importante del que me hablaste?

—El mismo. Creo que nació sin corazón.

—Entonces procura no hacerlo enfadar.

—Demasiado tarde.

Aria continuó revisando los números mientras hablaba.

—Oye, mamá, ¿te acuerdas del accidente que tuve cuando era pequeña?

El silencio fue inmediato.

Tan repentino que Aria apartó el teléfono de su oído para comprobar si la llamada seguía activa.

—¿Mamá?

—Sí, cariño. ¿Por qué preguntas?

—Mi jefe encontró unos registros del hospital. Me hizo preguntas sobre esa época.

Al otro lado se escuchó un ruido.

Como si su madre hubiera dejado caer algo.

—¿Qué clase de preguntas?

Aria se incorporó en la silla.

—Quería saber dónde ocurrió y qué recordaba.

—¿Le dijiste algo?

—Lo poco que sé. Mamá, ¿por qué estás tan nerviosa?

—No estoy nerviosa.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Aria dejó el bolígrafo.

—Mamá…

—Escúchame, cariño. No hables de ese accidente con nadie. ¿Me oyes? Con nadie.

Aria sintió un nudo en el estómago.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas de aquella noche que no recuerdas.

—Entonces cuéntamelas.

Su madre guardó silencio.

Y cuando volvió a hablar, su voz sonaba extrañamente frágil.

—No puedo hacerlo por teléfono.

—¿Qué significa eso?

—Prométeme que tendrás cuidado.

Aria sintió que se le erizaba la piel.

—¿Cuidado con quién?

Pero la llamada terminó antes de que su madre pudiera responder.

Aria se quedó mirando la pantalla.

Durante veintidós años había creído que su infancia era una historia sencilla: una familia que la amaba, un accidente que apenas recordaba y una vida normal.

Ahora, de pronto, había demasiadas preguntas.

Y todas parecían conducir al mismo hombre.

Dante Vassari.

En otro lugar

Un teléfono vibró sobre una mesa de madera.

El hombre que estaba sentado junto a la ventana contestó sin mirar la pantalla.

—Habla.

—Tenemos un problema —dijo una voz al otro lado

—. Vassari está investigando a la chica.

El hombre permaneció en silencio.

—¿Está seguro?

—Ha solicitado los registros del hospital. También está revisando el informe del atentado.

Por primera vez, una sombra de inquietud cruzó su rostro.

Diez años.

Habían pasado diez años ocultando la verdad.

Y ahora Dante empezaba a acercarse.

—¿La chica sabe algo? —preguntó.

—Todavía no.

El hombre observó la ciudad a través del cristal.

—Entonces asegúrate de que siga así.

—¿Y si Vassari descubre la conexión?

Sus dedos se cerraron alrededor del teléfono.

—No puede descubrirla.

—¿Qué hacemos con ella?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Por ahora, nada. Quiero saber cuánto recuerda y cuánto ha descubierto él.

Hizo una pausa.

—Pero si Dante Vassari llega a comprender quién es realmente esa muchacha…

Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo helado.

—Los diez años que pasé ocultándola habrán sido en vano.

La llamada terminó.

El hombre abrió un cajón y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía un Dante mucho más joven, cubierto de sangre, mientras los médicos intentaban mantenerlo con vida.

Y, en el borde de la imagen, casi fuera del encuadre, había una niña de cabello oscuro.

Aria Moretti.

El hombre quemó la fotografía sobre un cenicero.

Pero antes de que las llamas consumieran el rostro de la niña, susurró:

—Perdóname, pequeña. No debiste volver a cruzarte con él.

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Paola Gonzalez
ME ENCANTA!!💙💙
Lety Nava
me gusta la novela , por favor actualiza para continuar leyendo ,
Paula Giaccaglia
me encanta, pero no entiendo ¿ por qué? hay varias novelas empezadas y ninguna terminada antes de empezar a escribir otra
Maleramram: Me gusta escribir, en verdad las ideas vienes y prefiero plasmarlas en algo antes de perderla
Además , las obras las terminó rápido solo que las dejo en borradores para darles suspenso , es un poco cruel lo siento 😅
Con gusto puedes comentarme alguna otra inquietud con alguna novela y subiré las capítulos
total 1 replies
Paula Giaccaglia
realmente ella es hermosa, él no tanto pero tiene poder y dinero
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