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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 24

La patada en las espinillas no se la di, pero estuve a medio segundo de hacerlo cuando, dos horas más tarde, me encontré de pie sobre una tarima de madera en el centro de la antecámara, con los brazos extendidos en cruz como si me estuvieran crucificando en seda.

Alrededor de mí, tres costureras reales y un eunuco con cara de haber masticado limones verdes se movían frenéticamente con cintas de medir de seda amarilla y alfileres de plata.

—Por favor, Mi Señora, mantenga los hombros firmes y no respire tan hondo —rogó la costurera principal, una mujer menuda que sudaba frío cada vez que me movía medio centímetro—. El brocado imperial del Fénix de Nueve Colas no tolera un solo pliegue en falso.

—Llevo una hora parada aquí como un espantapájaros —protesté, bajando los brazos con fastidio—. Y si me aprietan más la cintura con esa cinta, no van a necesitar bordar ningún fénix porque voy a vomitar el desayuno sobre su brocado.

El eunuco del Consejo de Ritos palideció de puro horror, llevándose las manos a las mangas.

—¡Cielos sagrados! ¡Semejante lenguaje ante las vestiduras sagradas de la futura Madre del Imperio!

—Pues que la Madre del Imperio se siente cinco minutos —le espeté, dando un paso para bajarme de la tarima.

—Quédate en la tarima, Lian.

La voz llegó desde el fondo del salón, arrastrando una calma burlona que me encendió la sangre en el acto.

Giré la cabeza con furia. Li Yan estaba recostado en un diván de palisandro, con una pierna estirada sobre los cojines y la otra doblada, comiendo uvas heladas de un cuenco de jade como si estuviera en un teatro de comedia. Llevaba su túnica negra de dragones dorados, recién peinado y descansado tras haber deshecho mi cama por la mañana.

Los sastres cayeron de rodillas al unísono al escuchar su voz. Yo me quedé con las manos en las caderas, clavándole los ojos.

—¿Te parece muy gracioso? —le solté delante de todos los sirvientes, que ya ni siquiera se sorprendían de mis faltas de respeto—. Llevan midiéndome la espalda desde que salió el sol. ¿Para qué necesitan medir tanto? ¡Es un vestido, no una armadura de asedio!

Li Yan sonrió con una lentitud exasperante, metiéndose otra uva a la boca antes de incorporar la espalda con elegancia peligrosa.

—No es un vestido común. Tienen que asegurarse de que la seda sostenga todo lo que tiene que sostener sin rasgarse —dijo con total descaro, y sus ojos oscuros bajaron sin el menor pudor hacia el corsé de prueba que me apretaba el busto, antes de recorrer la curva prominente de mis caderas—. Y créeme, las costureras tienen mucho trabajo con esas medidas.

Las costureras se pegaron aún más al suelo para fingir sordera, mientras al eunuco casi le daba un síncope de la vergüenza.

Sentí el fuego subirme hasta las orejas. Agarré uno de los rollos de tela cruda que descansaban sobre una mesa baja al alcance de mi mano y, sin pensarlo dos veces, se lo arrojé directo a la cabeza.

El proyectil cruzó el aire con precisión de artesana.

Cualquier ministro que viera la escena se habría muerto de infarto: una campesina arrojándole objetos contundentes al Hijo del Cielo. Pero Li Yan, curtido en diez años de flechas y lanzas enemigas, alzó la mano derecha con una agilidad pasmosa y atrapó el rollo en el aire a escasos centímetros de su nariz.

Ni pestañeó. Una risa sorda, ronca y genuina le brotó del pecho, haciéndole brillar los ojos con pura fascinación.

—Tienes buena puntería —dijo, dejando el rollo de tela en el suelo junto al diván—. Pero desperdicias material del tesoro imperial.

—Lo que desperdicio es mi paciencia contigo —repliqué, bajándome de la tarima de un salto sin importarme los chillidos ahogados de las sirvientas—. Me largo a ver a mi madre. Que le pongan el vestido a una estatua de madera si tantas ganas tienen de casarse con una emperatriz bien quieta.

Di media vuelta para salir a grandes zancadas hacia el pasillo, con las enaguas de lino ondeando a mi alrededor.

No alcancé a dar cuatro pasos.

Un brazo pesado y de hierro se cerró alrededor de mi cintura desde atrás, levantándome del suelo con la misma facilidad con la que se alza a un gato maullando. Solté un gritito de sorpresa mientras mis pies pataleaban en el aire.

—Fuera todos —ordenó Li Yan a mis espaldas, con un tono cortante que no admitía demora.

Los sastres y el eunuco casi rompieron las puertas dobles en su carrera por desaparecer del recinto antes de que la sangre o el escándalo salpicaran la alfombra. El cerrojo volvió a caer con fuerza.

Li Yan me dio la vuelta en el aire y me apoyó contra una de las columnas lacadas en rojo del salón. Me tenía acorralada entre la madera fría y su pecho ancho y caliente. Su respiración me rozó la frente; la burla se le había borrado de la cara, reemplazada por esa intensidad hambrienta que me revolvía las tripas.

—Bájame, tirano —le exigí, apoyándole las dos palmas en el pecho para intentar empujarlo, aunque era como intentar mover una muralla de piedra.

—No te voy a bajar —susurró él, bajando las manos hasta la curva de mis caderas, apretándome contra su cuerpo con una posesividad que me hizo jadear—. Y menos cuando te pones así de insolente. Me dan ganas de atarte a esa tarima y mostrarte para qué más sirven esas medidas.

—Eres un degenerado —le espeté con la respiración entrecortada, sintiendo cómo la cercanía de su cuerpo me desmontaba el enfado a pedazos.

—Solo contigo, mi pequeña vidente —murmuró él, con los labios rozándome la comisura de la boca, saboreando el temblor que no logré ocultar—. Solo contigo pierdo el juicio en este palacio.

Iba a recordarle que seguía furiosa por la boda forzada, pero en cuanto su boca descendió con voracidad sobre mi cuello, succionando la piel sensible justo donde el corsé dejaba espacio, un chispazo repentino me sacudió la nuca.

Cerré los ojos con fuerza, esperando otra escena de amor o de sábanas deshechas.

Pero no fue eso.

La visión me golpeó con frialdad de metal: vi a un emisario de túnica blanca con el sello imperial de la dinastía vecina del Oeste, el Imperio Qi, desmontando en la puerta exterior del palacio. Llevaba en las manos un cofre de plata con un lazo rojo. Y al abrirlo, dentro no había oro ni joyas de felicitación... había una daga envenenada con un pergamino que exigía la entrega inmediata de la "bruja de ojos carmesí" a cambio de no declarar una guerra total en las fronteras recién pacificadas.

El aire se me atascó en los pulmones. Di un respingo violento contra la columna, apartando las manos del pecho de Li Yan.

Li Yan se detuvo al instante. Notó el cambio en la tensión de mis hombros, la rigidez repentina de mi cuello y la respiración helada que se me escapaba de la boca. Se apartó unos centímetros, mirándome a los ojos con la máscara de emperador cayéndole de nuevo sobre las facciones.

—¿Qué fue eso? —preguntó, y su tono perdió toda burla, volviéndose frío y afilado como una hoja—. ¿Qué viste, Lian?

Tragué saliva, sintiendo el corazón golpeándome contra las costillas mientras recordaba el sello del Oeste en el pergamino.

—El Imperio Qi... —susurré, con los labios temblando—. Su enviado viene hacia aquí ahora mismo. Y no viene a felicitarte por tu boda.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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