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Bajo El Halo De Sangre Y Hielo

Bajo El Halo De Sangre Y Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance / Posesivo
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Mi Autoria

Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.

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Capítulo 17: Ecos de la bestia y fantasmas en los pasillos

Mikeila se quedó de piedra en medio de la estancia, envuelta en una mezcla de absoluta sorpresa, profunda confusión y un molesto resentimiento por la manera tan abrupta y grosera en que Harlan se había marchado. Exhaló un suspiro largo y se giró hacia la anciana curandera, que recogía los frascos con calma.

—Dígame, señora... ¿Es eso posible? —preguntó la muchacha con timidez, jugueteando nerviosa con el borde de su vestido.

Canaria la miró con una sonrisa comprensiva mientras cerraba su maletín de cuero.

—Claro que lo es, niña —respondió la anciana con suavidad—. Tal vez tú no lo sientas del todo porque tu loba sigue prisionera y dormida, pero en tu corazón... ¿No has sentido un vuelco, un temblor extraño cada vez que estás cerca de nuestro señor?

Mikeila llevó de manera instintiva una mano hacia su pecho, justo sobre su corazón. No pudo evitar sonrojarse. Claro que lo había sentido. Ni siquiera cuando se adentraba en los límites del bosque prohibido a cazar había experimentado esas palpitaciones desbocadas, ese calor repentino que la descolocaba. Pero las dudas la acorralaban: él era el Alfa del Norte, la cúspide de la realeza de Vintergald, y ella una muchacha de linaje desconocido y oscuro. Si se emparejaba con él, ¿qué diría la corte? ¿No cuestionarían su postura y su autoridad como gobernante? Sacudió la cabeza con fuerza para despejar esos pensamientos. No era el momento ni el lugar para debatir sobre el destino; lo prioritario era expulsar el veneno de su sistema.

—Toma esto —le indicó Canaria, extendiéndole una pequeña caja con frascos oscuros—. Debes verter unas gotas en el té de hierbas que te enviaré todas las noches, un frasco a la vez por cada pocillo.

La anciana la miró con fijeza y suspiró:

—Dime, pequeña... ¿Por qué no le pides al señor que te vigile durante el proceso si insistes en hacerlo todas las noches? Si es tu pareja, aunque aún no lo sientas del todo, es el único que podrá controlar y contener el desborde de energía y los poderes que comiences a expulsar cuando tu loba despierte.

—Lo pensaré, señora. Muchas gracias —murmuró Mikeila, tomando los frascos con cuidado antes de despedirse y salir de la estancia.

Caminaba despacio por los pasillos de piedra, con la mente hecha un torbellino entre la posibilidad de hablar con Harlan y el miedo a lo que significaba ser su compañera predestinada. Apenas procesaba los fragmentos de información que la reina le había dado días atrás sobre los lazos de sangre. Se dirigía hacia sus aposentos para guardar la medicina cuando, al pasar junto a un cruce, vio de reojo una silueta familiar: su tía Caroline caminaba resuelta hacia la sala donde solía despachar el antiguo rey alfa, acompañada por un hombre de aspecto severo. Instinctivamente, Mikeila se ocultó tras una imponente columna de mármol, conteniendo la respiración.

Caroline no había tenido más remedio que acudir a la corte del viejo Alfa para denunciar la desaparición de su sobrina. Era la única forma de encontrarla sin gastar una fortuna que no poseía en mercenarios o guardias privados, sobre todo ahora que el reloj corría en su contra: le habían dado un plazo estricto para presentar a la muchacha ante el hombre que la había comprado, y el acónito debía seguir administrándose a diario para mantener la loba aletargada.

Maldita mocosa engreída... ¿Desde cuándo se volvió tan altiva?, pensaba Caroline con furia contenida mientras sus tacones repiqueteaban contra el suelo de los pasillos reales.

Mientras tanto, en el ala opuesta del palacio, Harlan llegó a los campos de entrenamiento envuelto en una atmósfera tan gélida y opresiva que parecía congelar el aire a su paso. Necesitaba expulsar la rabia, la frustración y la ansiedad que lo consumían por dentro.

—¡A entrenar! —bramó con voz de trueno, arrancándose de un tirón el saco formal que sentía como si lo estuviera asfixiando.

Los soldados veteranos que lo conocían bien intercambiaron miradas de advertencia. El aura helada que rodeaba al Alfa indicaba que no estaba para juegos ni sutilezas. Rápidamente, alentaron a los principiantes y reclutas más jóvenes a hacer sus primeras victimas, mientras los guerreros más experimentados empezaban a prepararse mentalmente, canalizando y envolviendo sus cuerpos con sus propias auras de energía para intentar resistir, aunque fuera por unos minutos, la brutalidad de los golpes que su furioso Alfa estaba a punto de desatar sobre ellos.

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