Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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El precio del silencio
—¿Quién, Lucien? —repitió Isolde.
Su primo apartó la mirada.
—No puedo decírtelo.
—Empiezo a cansarme de esa respuesta.
—Isolde, por favor…
—¡Mi padre está muerto! ¡Mis hermanos también! Si sabes quién está detrás de todo esto, no tienes derecho a seguir callando.
Lucien palideció.
Rowan observaba desde la puerta, esperando instrucciones.
—Lleven al mensajero a una habitación vigilada —ordenó Isolde—. Nadie debe acercarse a él sin mi autorización.
—Sí, alteza.
Cuando Rowan se marchó, Isolde volvió a mirar a su primo.
—Tienes hasta esta noche para contarme todo lo que sabes.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces dejarás de ser la única persona en este castillo en quien todavía estoy dispuesta a confiar.
Lucien bajó la cabeza.
Aquella vez no intentó detenerla.
Kael la esperaba en el corredor.
—Por tu expresión, supongo que la conversación no fue bien.
—Mi primo sabe más de lo que admite.
—¿Crees que está involucrado?
Isolde tardó en responder.
—Creo que tiene miedo. Pero todavía no sé de quién.
Kael caminó a su lado.
—Rowan está interrogando al mensajero. La carta iba dirigida a Beaumont, aunque todavía no sabemos si él la escribió.
—Quiero hablar con ese hombre.
—Entonces te acompañaré.
—Kael…
—No voy a impedirte entrar, Isolde. Solo quiero estar cerca por si alguien intenta hacerte daño.
Ella lo miró de reojo.
—¿Siempre te resulta tan difícil no dar órdenes?
—No tienes idea.
Por primera vez, Isolde soltó una risa auténtica.
Fue breve, pero Kael la observó como si acabara de descubrir algo inesperadamente valioso.
Ella notó su mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras intentando descifrarme.
Kael se acercó apenas.
—Quizá porque eres mucho más interesante de lo que esperaba.
Isolde sintió un calor inoportuno en las mejillas.
—Y tú eres mucho más molesto de lo que imaginaba.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Entonces procura no olvidarlo.
Ella se adelantó por el corredor, fingiendo que su pulso seguía siendo el mismo.
Kael tardó unos segundos en seguirla.
El mensajero era un hombre joven, de rostro delgado y manos temblorosas.
Cuando Isolde entró, él se puso de pie inmediatamente.
—Alteza.
—Siéntate. Quiero respuestas.
El hombre obedeció.
—¿Quién te entregó la carta?
—Un hombre encapuchado.
—¿Dónde?
—En una taberna, cerca de la puerta oriental.
—¿Reconociste su voz?
El mensajero negó con la cabeza.
—No. Pero llevaba un anillo con el emblema de una serpiente.
Kael intercambió una mirada con Rowan.
Isolde también lo notó.
—¿Qué significa ese símbolo?
Rowan respondió con cautela:
—No pertenece a ninguna de las casas nobles reconocidas de Valenne. Hace años escuché rumores sobre una sociedad clandestina que utilizaba una serpiente como insignia.
—¿Una sociedad? —preguntó Isolde.
—No tenemos pruebas de que exista.
—Pero alguien está borrando documentos, enviando amenazas y ocultando movimientos militares. A estas alturas, creo que podemos permitirnos investigar los rumores.
Kael asintió.
—Revisaremos los registros antiguos.
Isolde volvió al mensajero.
—¿Qué decía la carta?
—No la leí, alteza. Me pagaron para entregarla y abandonar la ciudad.
—¿Quién te pagó?
El hombre vaciló.
—Un criado del castillo.
El silencio se volvió pesado.
—¿Puedes reconocerlo? —preguntó Rowan.
—Sí.
Isolde se inclinó ligeramente hacia delante.
—Entonces vas a describirlo con todo detalle.
El interrogatorio continuó durante varios minutos, hasta que el mensajero describió a un hombre de cabello rojizo, una cicatriz en la barbilla y una pequeña deformidad en la mano izquierda.
Rowan frunció el ceño.
—Conozco a ese hombre.
—¿Quién es? —preguntó Kael.
Rowan miró a Isolde antes de responder.
—El asistente personal de lord Beaumont.
Aquella noche, Isolde encontró a Kael en la biblioteca.
Había mapas abiertos sobre la mesa y varios documentos antiguos junto a una lámpara.
—¿Todavía trabajando? —preguntó ella.
—Alguien tiene que hacerlo mientras cierta princesa se dedica a amenazar a sus consejeros.
Isolde tomó una manzana de una bandeja cercana.
—No los amenazo. Les recuerdo que puedo arruinarles la vida si me obligan.
—Una diferencia fundamental.
Ella sonrió y se acercó a los documentos.
—¿Encontraste algo?
Kael señaló un mapa fronterizo.
—La operación militar que investigaba tu padre tuvo lugar cerca de una antigua ruta comercial. Si alguien trasladó soldados por allí sin autorización, pudo hacerlo sin que los puestos de vigilancia lo detectaran.
Isolde estudió el mapa.
—Y si mi padre descubrió quién ordenó aquel movimiento, esa persona tenía motivos para silenciarlo.
—Es una posibilidad.
Ella llevó una mano a su colgante.
Durante años había creído que la muerte de su familia era una desgracia que debía aprender a soportar.
Ahora empezaba a sospechar que había sido algo planeado.
—Voy a descubrirlo —susurró.
Kael dejó la pluma sobre la mesa.
—Lo haremos.
Isolde lo miró.
—No necesito que resuelvas mis problemas.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué insistes en ayudarme?
Kael sostuvo sus ojos verdes.
—Porque no quiero que tengas que enfrentarte a todos tus enemigos sola.
Por un instante, ninguno de los dos habló.
Isolde sintió el impulso de confiar en él.
Y eso la asustó más que cualquier amenaza.
Antes de que pudiera responder, Rowan entró apresuradamente.
—Majestad. Alteza. Tenemos noticias.
Kael se levantó.
—Habla.
—El asistente de Beaumont ha desaparecido. Su habitación está vacía y los guardias encontraron sangre junto a la puerta de servicio.
Isolde sintió que el estómago se le encogía.
—¿Y Beaumont?
Rowan tragó saliva.
—Tampoco está en el castillo.
Kael miró el mapa extendido sobre la mesa.
—¿Cuándo se marcharon?
—Hace menos de una hora.
Isolde apretó el colgante entre los dedos.
Beaumont había huido.
O alguien se había asegurado de que no pudiera hablar.
Y, mientras todos intentaban descubrir quién había matado a su familia, Isolde comprendió que el enemigo podía estar mucho más cerca de lo que imaginaba.
Quizá incluso dentro de su propia casa.