Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 10
Los días siguientes transcurrieron de forma extrañamente tranquila.
Lo cual, considerando que se trataba del conde Julián Fairchild, era inquietante.
Madeline esperaba que tarde o temprano la llamara a su despacho para preguntarle sobre la cacería, sobre Elías o sobre cualquier supuesto avance en su compromiso.
Sin embargo, aquello nunca ocurrió.
Y precisamente por eso comenzó a preocuparla.
Porque el silencio de su padre rara vez significaba algo bueno.
Aquella mañana se encontraba sentada junto a la ventana de su habitación, observando distraídamente los jardines mientras daba vueltas a los mismos pensamientos de siempre.
¿Qué iba a hacer si las cosas empeoraban?
¿Qué ocurriría si algún día necesitaba marcharse?
¿Y con qué dinero pensaba hacerlo?
La respuesta era sencilla.
No tenía nada.
Absolutamente nada.
Toda la riqueza que la rodeaba pertenecía al condado.
No a ella.
Madeline suspiró.
Entonces su mirada se desvió hacia la estantería donde descansaban varios joyeros.
Después observó el enorme armario lleno de vestidos.
Una idea comenzó a tomar forma.
—Si vendo algunas cosas...
Murmuró.
Las joyas eran valiosas.
Los vestidos también.
Y aunque esperaba no necesitarlos nunca, disponer de dinero propio le daría cierta tranquilidad.
Al menos tendría un plan de respaldo.
Una forma de mantenerse a flote si algún día se encontraba sola.
Madeline sonrió.
—Eso es.
Se levantó de inmediato.
—Diré que voy de compras para encontrar vestidos nuevos y aprovecharé para vender algunas cosas.
Cuanto más lo pensaba, más brillante le parecía el plan.
Poco después pidió al mayordomo que informara al conde sobre su salida.
—Dígale a mi padre que deseo renovar mi guardarropa.
El mayordomo asintió.
—¿Desea que añada algo más, lady Madeline?
La joven fingió pensarlo.
—Quizá que quiero verme mejor para el duque Ashford.
Aquello bastó.
Estaba segura de que Julián no haría más preguntas.
Y efectivamente no las hizo.
Inicialmente había pensado en vender algunos vestidos.
Sin embargo, después de analizarlo mejor, decidió que las joyas serían mucho más fáciles de transportar.
Además ocupaban menos espacio.
Y llamaban menos la atención.
Tras seleccionar varias piezas de gran valor, las guardó cuidadosamente dentro de una pequeña bolsa oculta entre los pliegues de su vestido.
Luego partió hacia la ciudad.
La acompañaban una doncella y dos guardias.
El trayecto fue corto.
Y cuando llegaron, Madeline se encontró rodeada por calles llenas de elegantes comercios.
Boutiques.
Pastelerías.
Librerías.
Perfumerías.
Tiendas de sombreros.
Durante unos segundos estuvo tentada a olvidarse por completo de su misión.
—Ahora entiendo por qué la gente rica disfruta tanto salir de compras...
Murmuró.
Sin embargo logró recordar a qué había ido.
O casi.
Porque primero entró en una boutique.
Solo para mantener las apariencias.
Por supuesto.
Definitivamente no porque los vestidos fueran hermosos.
Después de recorrer la tienda durante varios minutos, eligió dos modelos que parecían absurdamente caros.
Ni siquiera estaba segura de necesitarlos.
Pero al menos harían creíble la historia.
Una vez finalizada aquella parte de la actuación, se dirigió hacia una joyería.
Antes de entrar se volvió hacia la doncella.
—Espera aquí.
—Sí, lady Madeline.
La joven entró sola.
Un elegante caballero la recibió inmediatamente.
—Bienvenida, milady.
Madeline no perdió tiempo.
Sacó la bolsa oculta entre su ropa y la colocó sobre el mostrador.
El hombre parpadeó.
Luego abrió la bolsa.
Y casi dejó caer uno de los collares.
Anillos.
Pendientes.
Broches.
Adornos para el cabello.
Todas las piezas eran de excelente calidad.
—¿Cuánto me ofrece por ellas?
El comerciante tardó varios segundos en reaccionar.
—Yo... eh...
Se aclaró la garganta.
—Por favor, acompáñeme.
Madeline fue conducida a una pequeña sala privada.
Allí la esperaba un hombre mayor que fue presentado como el experto encargado de tasar las joyas.
El anciano comenzó a examinarlas una por una.
Con paciencia.
Con detalle.
Durante casi media hora.
Mientras tanto, le ofrecieron una bebida y algunos bocadillos.
Finalmente el experto terminó su evaluación.
Cuando anunció la cifra, Madeline abrió ligeramente los ojos.
Era mucho más dinero del que había imaginado.
Muchísimo más.
Por fuera mantuvo una expresión tranquila.
Por dentro estaba celebrando.
Aceptó la oferta sin dudarlo.
Poco después recibió una bolsa llena de monedas.
Pesaba considerablemente.
Los hombres se despidieron con respetuosas reverencias.
Madeline hizo lo mismo.
Luego escondió cuidadosamente el dinero entre las capas interiores de su vestido.
No tenía intención alguna de que la doncella descubriera que acababa de obtener una pequeña fortuna.
Cuando salió de la joyería, la joven sirvienta se acercó de inmediato.
—¿Encontró algo de su agrado, lady Madeline?
Madeline soltó un suspiro dramático.
—No.
—¿No?
—Nada me convenció.
La doncella pareció decepcionada.
Madeline, en cambio, tuvo que contener una sonrisa.
Si todo salía bien, aquella sería la primera de muchas reservas secretas.
Porque, aunque todavía no sabía exactamente de qué estaba huyendo...
Cada día estaba más convencida de que algún día tendría que hacerlo.
Y cuando ese momento llegara, pensaba estar preparada.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada