Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 7: Rozando el Fuego
Cuando la puerta se cerró tras él, Melany se dejó caer lentamente sobre una de las sillas de madera, llevándose los dedos a la mejilla que Antonio había acariciado. La piel aún le hormigueaba. Se sentía profundamente confundida y culpable. Había ido al palacio con la intención de matarlo, y ahora se descubría contando los minutos para volver a tenerlo cerca.
Al caer la noche, los sirvientes prepararon la mesa central de la habitación con una cena exquisita pero sin ostentaciones: carne de ciervo asada con hierbas, pan de centeno, quesos madurados y una jarra de vino tinto de los viñedos del sur de Solaria.
Antonio regresó poco después. Durante las siguientes tres horas, comieron juntos y hablaron sin las barreras de los títulos ni los protocolos militares. El emperador le mostró documentos oficiales interceptados donde los propios generales de Aethelgard vendían suministros destinados a sus soldados para enriquecerse en el mercado negro.
A medida que avanzaba la noche y la jarra de vino se vaciaba, las conversaciones políticas se transformaron en confesiones personales. Melany descubrió a un hombre profundamente culto, que leía poesía antigua, apasionado por la arquitectura y devastado por las pérdidas humanas que la guerra causaba. A su vez, Antonio escuchó fascinado los relatos de la infancia de Melany en las montañas del norte, cautivado por la ferocidad y la inteligencia de la princesa.
Las miradas entre ambos se volvieron más prolongadas, cargadas de una atracción prohibida que quemaba en el aire cada vez que sus manos se cruzaban al alcanzar la copa de vino.
Cerca de la medianoche, las brasas de la chimenea proyectaban sombras danzantes en las paredes de piedra. Melany se levantó de la mesa y caminó hacia la terraza para respirar el aire fresco de la noche. El cielo estrellado se desplegaba majestuoso sobre las montañas cubiertas de nieve.
Sintió unos pasos firmes acercándose por detrás. Antonio se colocó justo a su espalda, tan cerca que Melany podía sentir el calor constante de su pecho firme contra sus hombros. Con un gesto protector y natural, el emperador desabrochó su propia capa de abrigo y la extendió alrededor de los hombros de la princesa, envolviéndola a ella y a sí mismo en el mismo abrazo de tela pesada para protegerla del viento helado.
Melany no se apartó. Dejó caer suavemente su cabeza hacia atrás, apoyándola contra el hombro del gigante.
—Mi padre nunca aceptará negociar la paz si piensa que soy una simple prisionera de guerra —murmuró Melany con voz suave, mirando las estrellas—. Para la corte de Aethelgard, yo solo soy un trofeo en tus manos.
Antonio inclinó la cabeza hasta que su barbilla rozó el cabello de la joven, respirando su aroma.
—Entonces no les diremos que eres mi prisionera —respondió él, con su voz grave resonando contra la espalda de la princesa—. Les demostraremos que eres mi igual. La mujer que se mantuvo a mi lado para detener la matanza.
Melany se giró despacio entre sus brazos para quedar frente a él. La penumbra de la noche acentuaba los rasgos masculinos y esculpidos del emperador, convirtiéndolo en una figura irresistible ante la cual todas las defensas de la princesa colapsaron definitivamente. El odio que había alimentado durante años se había consumido por completo, transformándose en una pasión abrasadora y devoradora.
—Antonio... esto es una locura —susurró ella, alzando una mano para acariciar la mandíbula marcada del hombre—. Se supone que debíamos odiarnos. Somos los líderes de dos reinos que se están destruyendo.
—Que se destruyan las viejas mentiras, Melany —murmuró Antonio, rodeándole la cintura con sus brazos poderosos y estrechándola contra su cuerpo con una firmeza llena de ternura—. Construiremos algo nuevo sobre las cenizas. No dejaré que nadie te haga daño. Ni a ti, ni a la esperanza de nuestro pueblo.
Con el viento de la montaña como único testigo, el emperador inclinó la cabeza y eliminó el último espacio entre sus rostros, sellando sus labios con los de la princesa.
El beso comenzó suave, hesitante, pero rápidamente se transformó en un encuentro profundo, apasionado y hambriento, cargado con el peso del deseo reprimido y la promesa implícita de un amor imposible que desafiaría a dos imperios y cambiaría el curso de la historia para siempre.