Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
Novela 100% mía, acepto correcciones🤞
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14. La hija que volvió I
La carta que nunca debí leer.
La frase seguía frente a mí.
«SI ESTÁS LEYENDO ESTO, SIGNIFICA QUE LA QUE VOLVIÓ NO ERA MI HIJA».
La leí una vez.
Después otra.
Y otra más, como si las palabras fueran a cambiar si conseguía encontrar una explicación lo suficientemente razonable para ellas.
Pero no cambiaban.
La letra era de mi madre. Reconocía la inclinación de las letras, la forma en que prolongaba las últimas líneas y esa pequeña marca que hacía al escribir la letra j. Era la misma letra que aparecía en las tarjetas de cumpleaños que me dejaba sobre la mesa, en las notas que encontraba dentro de mi mochila y en las recetas que guardaba en un cajón de la cocina.
Mi madre había escrito aquello.
Mi madre había contemplado la posibilidad de que la niña que regresó a casa diez años atrás no fuera su hija.
Y, por alguna razón, había decidido guardarlo en una caja destinada a mí.
—Decime que esto no significa lo que creo que significa —susurré.
Nadie respondió.
Mateo permanecía a mi izquierda, con los ojos clavados en la carta. Gael estaba junto a la ventana, observando la calle a través de una cortina apenas separada. Desde que habíamos encontrado la caja, ninguno parecía dispuesto a moverse demasiado, como si cualquier gesto brusco pudiera terminar de destruir lo poco que quedaba de mi vida.
—Abril… —empezó Mateo.
—No.
Mi propia voz me sorprendió. No había gritado, pero la palabra salió tan tajante que él cerró la boca.
Me levanté del suelo con la carta entre los dedos. Las piernas me temblaban y tuve que apoyarme en el borde de la mesa para mantenerme en pie.
—No me digas que todo va a estar bien. No me digas que vamos a descubrir la verdad. No me digas que tengo que tranquilizarme, porque hace unas horas descubrí que tenía una hermana gemela y ahora resulta que tal vez ni siquiera soy la hija de mi madre.
Mateo bajó la mirada.
—No sabemos eso.
—¿Y qué sabemos, entonces?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros.
No sabía quién había regresado a casa el veinte de octubre. No sabía qué había ocurrido con Alma. No sabía por qué Mara había pasado diez años escondida en un sótano, ni quién era la mujer del colgante de estrella, ni por qué un hombre con un anillo plateado parecía conocer cada paso que dábamos.
Tampoco sabía por qué Olivia había muerto.
Y, de pronto, todas esas preguntas parecían pequeñas frente a una sola.
¿Quién era yo?
Miré la fotografía que habíamos encontrado dentro de la caja. Mi madre estaba sentada en un banco de madera, con una niña a cada lado. Las dos tenían el mismo cabello rojizo, los mismos ojos verdes y la misma expresión seria ante la cámara.
Una era Alma.
La otra era Abril.
Pero en aquella imagen no había ninguna señal que me permitiera distinguirlas.
Me acerqué a la lámpara y levanté la fotografía hacia la luz.
—Mirá esto —le dije a Gael.
Él se apartó de la ventana y se acercó. Observó la imagen sin tocarla.
—¿Qué buscás?
—Algo diferente. Una cicatriz, una marca, cualquier cosa.
—Eran chicas.
—Ya lo sé.
—Abril, tenías nueve años. Puede que no hubiera nada que las diferenciara.
Apreté la fotografía con más fuerza de la necesaria.
—Entonces, ¿cómo se supone que voy a saber cuál de las dos soy?
Gael no respondió inmediatamente. Sus ojos recorrieron la imagen con una concentración que me puso nerviosa.
—Quizá no se trate de descubrir cuál de las dos sos por una fotografía —dijo finalmente—. Quizá tengamos que averiguar qué pasó esa noche.
Mateo soltó una risa breve y amarga.
—Eso venimos intentando desde el principio.
—Y alguien se ha encargado de que no lleguemos demasiado lejos —contestó Gael.
En ese momento, un ruido llegó desde la planta baja.
Los tres nos quedamos inmóviles.
Fue un sonido pequeño, parecido al roce de una llave contra una cerradura.
Después, silencio.
Gael se volvió hacia la puerta del pasillo. Mateo dejó la fotografía sobre la mesa y se acercó a mí.
—¿Esperás a alguien? —me preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza.
Mi madre no había regresado. La última vez que la había visto, estaba al otro lado de una puerta cerrada en la mansión Valdés, intentando advertirme sobre Mateo. Después había escuchado un golpe, un grito y nada más.
No sabía si estaba herida, si la habían llevado a otro lugar o si seguía dentro de aquella casa.
Pero alguien acababa de entrar en la mía.
Gael hizo una señal para que no habláramos. Se acercó a la escalera con cuidado, mientras Mateo permanecía a mi lado.
Escuchamos otro ruido.
Esta vez, un cajón al cerrarse.
—Quedate acá —murmuró Mateo.
—Ni se te ocurra.
—Abril…
—No voy a volver a quedarme esperando mientras todos deciden qué puedo saber.
Subí detrás de Gael antes de que cualquiera de los dos pudiera detenerme.
El pasillo estaba oscuro. La luz del dormitorio de mi madre permanecía encendida, aunque yo estaba segura de haberla apagado antes de salir de casa. La puerta se encontraba entreabierta.
Gael llegó primero. Empujó la madera lentamente.
No había nadie.
El dormitorio parecía exactamente igual que la última vez que lo había visto: la cama tendida, las cortinas cerradas, una taza vacía sobre la mesa de noche y el armario con una de sus puertas mal encajada.
Sin embargo, algo había cambiado.
Los cajones del escritorio estaban abiertos.
Los papeles que mi madre guardaba ordenadamente en carpetas cubrían el suelo. Habían sacado las cajas del estante inferior y dejado sus contenidos desparramados junto a la cama.
Alguien había estado buscando algo.
—No tocaría nada —dijo Gael.
Me arrodillé junto al escritorio.
—No pienso hacerlo.
Mentí.
Entre los documentos encontré una carpeta azul con mi nombre escrito en la cubierta.
ABRIL MONTENEGRO.
La abrí.
En su interior había certificados escolares, fotografías de actos de la primaria y una copia de mi partida de nacimiento. Todo parecía normal hasta que llegué a la última hoja.
Era un informe médico antiguo, amarillento en los bordes. En la parte superior figuraba la fecha del diecisiete de octubre, diez años atrás.
Leí la primera línea.
Después la segunda.
Y sentí que el suelo se alejaba de mis pies.
—¿Qué pasa? —preguntó Mateo desde la puerta.
No pude contestar. Le tendí el papel.
Gael se acercó para leer por encima de su hombro.
El informe mencionaba a dos niñas de la misma edad. Dos pacientes ingresadas durante la misma noche. Una había llegado acompañada por Elena Montenegro; la otra, por una mujer cuya identidad aparecía tachada con tinta negra.
En el apartado de observaciones, alguien había escrito:
«Se recomienda no informar a las menores sobre la existencia de la otra paciente hasta confirmar la identidad de ambas».
Debajo, una segunda anotación, hecha con otra letra, decía:
«La identificación familiar queda pendiente. No utilizar los nombres indicados hasta recibir autorización».
Me quedé mirando esas palabras.
Dos pacientes.
Dos niñas.
La misma noche en que Mara desapareció.
—Esto no puede ser real —murmuré.
Mateo pasó una mano por su cabello.
—Quizá sea un informe equivocado.
—¿Un informe equivocado? —Lo miré, incapaz de reconocer al chico que tenía delante—. ¿Cuántas cosas tienen que estar equivocadas para que todo esto sea una coincidencia?
—No estoy diciendo que sea una coincidencia. Estoy intentando que no saquemos conclusiones sin saber qué pasó.
—¿Y vos qué sabés, Mateo?
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Llevás meses sabiendo que Alma existía. Tenías cartas, fotografías, mensajes. Sabías que ella había ido a buscarte aquella noche. Sabías que alguien quería que yo olvidara. ¿Qué más me estás ocultando?
Mateo abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Fue suficiente.
Di un paso atrás.
—Dios mío…
—Abril, escuchame.
—¿También sabías lo del hospital?
—No.
—¿Lo de las dos niñas?
—No.
—¿O tampoco te acordás?
La expresión de Mateo cambió. Por primera vez desde que lo conocía, pareció realmente asustado de mí.
—No me acuerdo de todo lo que pasó esa noche —admitió—. Pero no porque no quiera contártelo.
—¿Entonces por qué?
Mateo miró a Gael, como si esperara que él respondiera por los dos. Gael no intervino.
—Porque hay partes que recuerdo de una manera y después encuentro pruebas de que ocurrieron de otra —explicó Mateo—. Recuerdo haberte sacado de la mansión. Recuerdo que llorabas. Recuerdo que la mujer del colgante me dijo que tu madre te estaba buscando. Pero también recuerdo haber visto a otra chica junto al río. Una chica que se parecía a vos.
Sentí un frío repentino en la espalda.
—¿Cuándo?
—Esa misma noche.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No sabía quién era. Creí que estaba confundido. Tenía nueve años, Abril. Estaba asustado y no entendía nada.
—¿Qué hizo esa chica?
Mateo tardó en responder.
—Me miró.
—¿Y después?
—Me preguntó dónde estabas.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Qué le contestaste?
—Le dije que estabas en casa.
Me llevé una mano a la boca.
—Pero yo estaba con vos.
—Sí.
—Entonces, ¿a quién le dijiste eso?
Mateo cerró los ojos un instante.
—No lo sé.
Aquella respuesta me hizo más daño que cualquier confesión.
Porque Mateo no parecía estar mintiendo.
Parecía estar intentando recordar algo que llevaba años enterrado en su memoria, y cada vez que se acercaba a ello, encontraba un espacio vacío.
Gael tomó el informe médico y examinó el reverso.
—Hay algo escrito acá.
Me acerqué.
En una esquina, casi oculta bajo una mancha, había una anotación breve:
«Traslado autorizado. Una paciente permanece bajo observación. La otra será entregada a su familia».
Debajo aparecía una hora.
06:12.
La misma hora en que habían encontrado a Olivia en el invernadero.
Me aparté del papel como si me hubiera quemado.
—No —susurré—. No puede ser.
Gael volvió a mirar el documento.
—Puede ser una coincidencia.
—Dejá de decir eso.
—No estoy diciendo que lo sea. Estoy diciendo que todavía no sabemos qué significa.
Me agaché para recoger el resto de los papeles. Necesitaba hacer algo con las manos, porque si me quedaba quieta iba a empezar a gritar.
Entonces encontré un sobre pegado debajo del último cajón del escritorio.
No tenía estampilla ni dirección. Solo una palabra escrita en el frente.
ALMA.
El sobre estaba cerrado, pero el papel tenía una pequeña rasgadura en uno de los bordes. Lo abrí con cuidado.
Dentro había una fotografía y una nota.
La fotografía mostraba el pasillo de un hospital. Dos camillas estaban colocadas una junto a la otra. En una había una niña dormida, con el cabello rojizo extendido sobre la almohada. La otra estaba vacía.
No podía ver el rostro de la primera niña.
Alguien había dibujado una estrella plateada sobre él.
En el reverso, una frase:
«A LAS 06:12, SOLO UNA DE LAS DOS VOLVIÓ A CASA».
Debajo había otra línea, escrita con una letra distinta.
«Y Elena eligió cuál de ellas debía recordar su nombre».
No sé cuánto tiempo permanecí mirando aquellas palabras.
Lo único que recuerdo con claridad es que, cuando levanté la cabeza, Mateo estaba pálido y Gael ya no miraba la fotografía.
Miraba la puerta.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Gael no contestó.
Desde la planta baja llegó un sonido distinto de los anteriores.
Un teléfono vibrando.
No era el mío ni el de Mateo.
Era el teléfono de mi madre, que yo había encontrado apagado sobre la mesa de la cocina unas horas antes.
Bajé las escaleras sin esperar a los demás.
El teléfono estaba encendido.
En la pantalla aparecía un mensaje nuevo, enviado desde un número desconocido.
«Abril, si estás leyendo los documentos, ya es demasiado tarde para seguir fingiendo que sos ella».
Debajo había una segunda notificación.
Un archivo de audio.
Lo abrí antes de que Mateo pudiera alcanzarme.
Durante los primeros segundos solo se escuchó estática. Después apareció una respiración agitada y la voz de una niña.
Mi propia voz.
Una voz que no había escuchado desde que era pequeña.
—Mamá, no quiero volver a casa.
Se oyó un ruido, como una puerta al cerrarse.
Y luego otra niña respondió.
Tenía mi voz.
Exactamente la misma.
—No te preocupes, Abril. Esta vez voy a volver yo.
El audio terminó.
Nadie habló.
No había manera de saber cuál de las dos niñas había pronunciado cada frase.
Pero yo acababa de comprender algo terrible.
Tal vez el misterio no consistía en descubrir qué le había pasado a Alma.
Tal vez la pregunta era otra.
¿Cuál de las dos niñas había salido del hospital llevando mi nombre?
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