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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El beso del Duque.

La noche había caído sobre Blackthorne, cubriendo los jardines con una fina capa de niebla.

Evelyn llevaba casi una hora frente al espejo de su habitación, fingiendo que le interesaba el bordado que descansaba sobre su regazo. En realidad, no había conseguido dar una sola puntada desde que Adrian se había marchado de la biblioteca.

Todavía recordaba la sensación de sus dedos sobre su mejilla.

El modo en que él se había acercado.

La forma en que su mirada había descendido, por un instante, hasta sus labios.

Y, sobre todo, la manera en que se había apartado justo cuando ella creyó que iba a besarla.

Evelyn dejó el bordado sobre la mesa con un suspiro frustrado.

—Patético —murmuró para sí misma.

No se refería al duque.

Se refería a ella.

En su primera vida, había pasado décadas esperando que un hombre le demostrara que era digna de amor. Había soportado desprecios, humillaciones y noches enteras llorando en una habitación demasiado grande para una sola persona. Había confundido la paciencia con la virtud y el sufrimiento con la fidelidad.

Y ahora, después de recibir una segunda oportunidad, bastaba con que un hombre le acariciara la mejilla para que olvidara todas sus promesas.

Aunque, para ser justa consigo misma, Adrian de Blackthorne no era cualquier hombre.

Era el hombre al que había rechazado en su primera vida.

El hombre que, según los rumores, jamás había amado a nadie.

El hombre que podía intimidar a un salón entero con una sola mirada y que, sin embargo, había permitido que ella sostuviera su mano mientras le hablaba de la muerte de su madre.

Evelyn cerró los ojos.

—No vas a enamorarte de él —se recordó—. No tan fácilmente.

Un golpe en la puerta la hizo incorporarse.

—¿Milady?

Era Margaret, su doncella.

—Adelante.

La mujer entró con una bandeja de té y una expresión ligeramente preocupada.

—El señor duque ha preguntado si se encuentra usted bien.

Evelyn alzó las cejas.

—¿Ha preguntado eso?

—Sí, milady. También ha ordenado que mañana partamos hacia la capital.

—¿Mañana?

—A primera hora.

Evelyn se quedó inmóvil.

La capital.

El lugar donde las familias más poderosas de la nobleza se reunían para intercambiar favores, destruir reputaciones y sonreír mientras clavaban cuchillos por la espalda.

En su vida anterior, había aprendido demasiado tarde que los salones elegantes podían ser más peligrosos que cualquier campo de batalla.

—¿El duque ha explicado el motivo del viaje?

—No, milady. Pero el señor Blackthorne ha recibido varias cartas durante la tarde. Parece que la noticia de su compromiso se ha extendido más rápido de lo esperado.

Evelyn se levantó y caminó hasta la ventana.

Por supuesto.

Un compromiso entre el temido duque de Blackthorne y una joven perteneciente a una familia respetable era una noticia interesante. Pero si esa joven era alguien que, hasta hacía poco, se esperaba que aceptara la propuesta de otro noble, el asunto se convertía en un banquete para los chismosos.

Y si Lady Isabella Langford decidía intervenir, aquello sería todavía peor.

—Margaret, prepara mis baúles —ordenó—. Y elige vestidos adecuados para la capital.

—¿Los de color azul?

—Los azules, los verdes y el vestido marfil.

Margaret sonrió discretamente.

—El señor duque dijo que el marfil le favorecía.

Evelyn giró la cabeza de inmediato.

—¿Cuándo dijo eso?

—Esta tarde, cuando la vio bajar las escaleras.

La doncella bajó la mirada para ocultar su sonrisa.

Evelyn sintió que el calor le subía por las mejillas.

—Prepara los baúles, Margaret.

—Por supuesto, milady.

La mujer salió de la habitación.

Evelyn volvió a mirar por la ventana, pero esta vez una pequeña sonrisa amenazó con aparecer en sus labios.

El duque se había fijado en su vestido.

Era una tontería.

Una absoluta tontería.

Sin embargo, aquella noche, Evelyn tardó mucho más de lo habitual en quedarse dormida.

A la mañana siguiente, el carruaje de Blackthorne aguardaba frente a la entrada principal.

El cielo estaba gris y el viento agitaba las banderas de la propiedad. Los criados cargaban los baúles mientras los guardias comprobaban las correas de los caballos.

Adrian se encontraba junto al carruaje, vestido de negro, con un abrigo largo y guantes de cuero. Su expresión era tan seria que cualquier persona que lo observara habría pensado que se dirigía a una ejecución, no a la capital.

Cuando Evelyn apareció en lo alto de las escaleras, él levantó la mirada.

Durante un instante, no dijo nada.

Ella llevaba un vestido azul oscuro, un sombrero adornado con una cinta plateada y una pequeña capa que protegía sus hombros del frío.

—Buenos días, milord —saludó.

—Lady Evelyn.

Su voz sonó perfectamente neutral.

Demasiado neutral.

Evelyn descendió los últimos escalones y se detuvo frente a él.

—¿Siempre recibe a sus invitadas con esa expresión tan alegre?

—Solo a las que pretenden discutir conmigo antes del desayuno.

—Entonces procuraré decepcionarlo. Todavía no he desayunado.

Adrian la observó unos segundos.

Y, para sorpresa de ella, la comisura de sus labios se elevó ligeramente.

—Suba al carruaje, milady.

Él le ofreció la mano.

Evelyn la aceptó.

Al hacerlo, notó que Adrian no la soltó inmediatamente. Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella durante un segundo más de lo necesario.

Luego la ayudó a subir.

El interior del carruaje era amplio, con asientos tapizados en terciopelo oscuro y cortinas pesadas que impedían que el viento entrara por las ventanas.

Evelyn se acomodó frente a él.

—¿Piensa explicarme por qué debemos partir con tanta urgencia?

—Porque hay personas en la capital que han comenzado a interesarse demasiado por usted.

—¿Por mí o por nuestro compromiso?

—En este momento, ambas cosas son prácticamente lo mismo.

Evelyn cruzó las manos sobre el regazo.

—¿Y quiénes son esas personas?

—Algunas quieren conocer a la futura duquesa. Otras desean comprobar si realmente tengo intención de casarme con usted. Y unas cuantas esperan que cometa un error que puedan utilizar en mi contra.

—Qué decepción. Yo esperaba una bienvenida más cálida.

Adrian la miró con una seriedad casi ofensiva.

—Si desea una bienvenida cálida, puedo ordenar que enciendan todas las chimeneas del palacio.

Evelyn soltó una carcajada.

No una risa educada ni una sonrisa discreta, sino una carcajada auténtica que la sorprendió incluso a ella.

Adrian la contempló en silencio.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella al advertir su mirada.

—Nada.

—Me está mirando.

—Tengo ojos, Lady Evelyn.

—Y una habilidad extraordinaria para irritar a las personas.

—Me han dicho que es uno de mis mayores talentos.

Ella volvió a reír.

Adrian apartó la mirada hacia la ventana, pero no antes de que Evelyn distinguiera una expresión que rara vez aparecía en su rostro.

Diversión.

Quizá, pensó ella, viajar con el duque no sería tan terrible.

El trayecto hacia la capital duró varias horas.

Durante la primera parte del viaje, hablaron de asuntos prácticos: la fecha tentativa de la boda, las obligaciones sociales que tendrían que cumplir y los preparativos para anunciar formalmente el compromiso.

Adrian le explicó que no esperaba que Evelyn abandonara sus intereses ni que se convirtiera en una figura decorativa dentro de su residencia.

—Cuando se convierta en duquesa, tendrá responsabilidades —dijo—. Pero no pretendo decidir cada detalle de su vida.

Evelyn lo estudió con atención.

—¿Y si deseo administrar mis propias propiedades?

—Podrá hacerlo.

—¿Si quiero organizar obras de caridad?

—Tendrá los recursos necesarios.

—¿Y si quiero viajar sin pedirle permiso para cada paso?

Adrian apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento.

—Preferiría saber dónde está mi esposa.

—Eso no es lo mismo que concederme libertad.

—No he terminado. Preferiría saber dónde está porque me preocuparía que le ocurriera algo. No porque crea tener derecho a vigilarla.

La respuesta tomó a Evelyn desprevenida.

Durante su primera vida, su esposo había utilizado la palabra protección como excusa para controlar sus movimientos cuando le convenía, mientras él disfrutaba de una libertad que jamás estaba dispuesto a concederle.

Adrian, en cambio, parecía comprender que cuidar de alguien no significaba poseerlo.

—Es una diferencia importante —dijo ella suavemente.

—Debería serlo.

Evelyn bajó la mirada hacia sus manos.

Había algo profundamente peligroso en aquel hombre.

No su temperamento.

No su reputación.

Sino la posibilidad de que sus acciones terminaran contradiciendo todo lo que ella creía saber sobre él.

—Milord, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Puede hacer todas las que quiera. No garantizo responderlas.

—¿Por qué aceptó casarse conmigo?

Adrian no contestó de inmediato.

El traqueteo del carruaje llenó el silencio.

—Nuestras familias consideraron que era conveniente.

—Esa es la respuesta que daría un hombre frente a un consejo de nobles. Le he preguntado por su propia decisión.

Él volvió la mirada hacia ella.

Sus ojos grises parecían más oscuros bajo la sombra del carruaje.

—Porque usted no me teme.

Evelyn sintió que aquellas palabras le rozaban una parte de su corazón que prefería mantener cerrada.

—Eso no explica por qué quiere casarse conmigo.

—No he dicho que sea la única razón.

—Entonces, ¿hay otras?

Adrian sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Sí.

Ella esperó.

Él no añadió nada.

Evelyn suspiró.

—Es usted desesperante.

—Y usted demasiado curiosa.

—Alguien tiene que compensar su falta de conversación.

—No recuerdo haberle pedido que lo hiciera.

—No, pero parece beneficiarse de ello.

Esta vez, Adrian sonrió de verdad.

Fue una sonrisa breve, casi imperceptible, pero transformó su rostro de una manera inesperada.

Evelyn se quedó mirándolo un instante más de lo prudente.

Entonces comprendió algo que la inquietó.

Quería volver a verlo sonreír.

Y no porque fuera una victoria en una discusión.

Quería hacerlo porque, por primera vez, deseaba conocer al hombre que existía detrás del duque.

Llegaron a la capital al caer la tarde.

Las calles estaban llenas de carruajes, comerciantes y transeúntes que se apresuraban a regresar a sus hogares antes de que el cielo terminara de oscurecerse.

La residencia de Blackthorne se encontraba en una de las avenidas más elegantes de la ciudad. Era un edificio de piedra clara, con balcones de hierro forjado, amplias ventanas y una escalinata custodiada por dos estatuas.

Cuando el carruaje se detuvo, varios criados salieron a recibirlos.

—Bienvenido, milord.

Adrian descendió primero y después extendió la mano hacia Evelyn.

Ella aceptó su ayuda.

No obstante, antes de que pudiera dar un paso, la puerta principal se abrió de nuevo.

Una mujer de mediana edad apareció en el umbral, acompañada por una joven doncella.

—¡Mi querido Adrian!

La mujer avanzó con una sonrisa demasiado amplia.

—Hacía meses que no te dignabas a visitar la capital.

Adrian endureció ligeramente la mandíbula.

—Lady Margaret.

Evelyn reconoció el nombre. No debía confundirse con su doncella: aquella era Lady Margaret Ashford, una aristócrata viuda que había sido amiga de la madre de Adrian y que, según los rumores, llevaba años intentando intervenir en su vida personal.

La mujer se detuvo frente a ellos.

Su mirada se desplazó hacia Evelyn.

Primero observó su vestido.

Después su rostro.

Finalmente, la mano que todavía descansaba sobre la de Adrian.

—Así que los rumores eran ciertos —dijo—. El duque de Blackthorne ha encontrado por fin una prometida.

Evelyn sonrió con cortesía.

—Lady Evelyn Ashbourne. Es un placer conocerla.

—El placer será mío cuando comprenda qué ha llevado a una joven tan sensata a aceptar semejante compromiso.

El comentario fue pronunciado con dulzura.

Precisamente por eso resultó tan ofensivo.

Adrian dio un paso adelante.

—Lady Margaret, si ha venido a inspeccionar a mi prometida, le ahorraré el esfuerzo. Evelyn no necesita la aprobación de nadie para ocupar el lugar que le corresponde.

La mujer parpadeó, sorprendida por la dureza de su voz.

Evelyn, sin embargo, apoyó suavemente una mano sobre el brazo de Adrian.

—No se preocupe, milord —dijo—. Lady Margaret solo está intentando asegurarse de que su amigo no haya cometido una imprudencia.

Después miró a la aristócrata.

—Es una preocupación comprensible. Aunque debo admitir que todavía no he decidido cuál de los dos es más difícil de tratar.

Un criado cercano bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Lady Margaret se quedó mirándola.

Y entonces soltó una carcajada.

—¡Adrian! —exclamó—. ¿Dónde has encontrado a esta muchacha?

—No recuerdo haberla encontrado. Nuestras familias organizaron el encuentro.

—Pues quien haya tenido esa idea merece una recompensa.

La mujer tomó a Evelyn del brazo con una familiaridad inesperada.

—Ven, querida. Tienes que contarme cómo has conseguido que este hombre viaje acompañado sin amenazar a todos los criados durante el trayecto.

—No estoy segura de haberlo conseguido —respondió Evelyn—. Todavía no me ha amenazado a mí, pero la noche es joven.

Lady Margaret volvió a reír.

Adrian las observó entrar en la residencia con una expresión indescifrable.

Por primera vez en muchos años, alguien había conseguido atravesar las puertas de su hogar sin que él sintiera la necesidad de controlar cada palabra pronunciada.

Y aquella persona llevaba un vestido azul y una sonrisa que comenzaba a resultarle peligrosamente familiar.

Aquella noche, la residencia de Blackthorne celebró una pequeña cena para anunciar oficialmente el compromiso a los miembros más cercanos de la nobleza.

Pequeña, al menos, según Adrian.

Para Evelyn, aquello parecía una reunión diseñada específicamente para que veinte personas pudieran examinarla desde distintos ángulos mientras fingían interesarse por el vino.

Había condes, marqueses, damas de familias antiguas y varios hombres que parecían convencidos de que el mundo entero les debía una reverencia.

Evelyn había aprendido hacía mucho tiempo que los mejores mentirosos no siempre eran los que hablaban demasiado.

A menudo eran los que sonreían mientras escuchaban.

Por eso se mantuvo tranquila, respondió a las preguntas con elegancia y evitó revelar más de lo necesario.

Hasta que apareció Isabella.

Vestía un elegante traje color vino, llevaba el cabello recogido y tenía una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—Lady Evelyn —saludó—. Qué sorpresa encontrarla aquí.

—Lady Isabella. Creí que seguiría ocupada con sus asuntos familiares.

—Algunos asuntos pueden esperar. Otros, lamentablemente, exigen atención inmediata.

Isabella dirigió una mirada significativa a Adrian.

—Sobre todo cuando se trata de decisiones precipitadas.

Adrian dejó su copa sobre la mesa.

—Si tiene algo que decir, Lady Isabella, hágalo sin rodeos.

—No querría avergonzar a nuestra querida Evelyn delante de todos.

—Entonces ha venido a la cena equivocada.

Un silencio incómodo se extendió entre los invitados más cercanos.

Isabella apretó los labios, pero recuperó rápidamente su sonrisa.

—Solo quería felicitarla por su compromiso. Aunque debo reconocer que nunca imaginé que Adrian terminaría eligiendo a una mujer como usted.

Evelyn ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Y qué clase de mujer cree que soy?

—Una mujer que todavía no conoce a su prometido.

—Eso es cierto.

La respuesta pareció desconcertar a Isabella.

Evelyn continuó:

—Pero tengo la fortuna de poder hablar con él y descubrirlo por mí misma. No necesito que otras personas decidan qué debo pensar de mi futuro esposo.

—Qué romántico.

—No especialmente. Me parece una cuestión de sentido común.

Un murmullo de diversión recorrió la mesa.

La sonrisa de Isabella se volvió rígida.

—Espero que conserve esa confianza cuando conozca ciertos detalles de su pasado.

—Y yo espero que algún día descubra que amenazar a las personas no convierte sus secretos en verdades.

Adrian giró lentamente la cabeza hacia Evelyn.

Durante un segundo, sus miradas se encontraron.

Ella no podía saber si había hecho bien en responder de aquella manera. Sin embargo, estaba cansada de permitir que los demás dictaran sus decisiones.

Isabella inclinó la cabeza.

—Disfrute de la velada, Lady Evelyn.

Se alejó antes de que alguien pudiera responder.

Adrian esperó hasta que ella estuvo lo bastante lejos.

—¿Siempre responde así a quienes intentan provocarla?

—Solo cuando se lo merecen.

—Podría haberla ignorado.

—Y podría haberla expulsado de la cena. Sin embargo, ambos hemos elegido una alternativa.

Él la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.

—Tiene una respuesta para todo.

—No. Solo para las preguntas que me hacen.

—¿Y para las que no le hacen?

Evelyn levantó su copa.

—Esas suelo guardármelas.

Adrian sostuvo su mirada.

Por primera vez aquella noche, no parecía preocupado por las personas que los observaban.

Parecía preocupado únicamente por ella.

Más tarde, cuando los invitados comenzaron a retirarse, Evelyn salió a la terraza para tomar aire.

La ciudad se extendía bajo el cielo oscuro, iluminada por las lámparas de las calles y las ventanas de las residencias vecinas. Desde allí podía escucharse el sonido distante de los carruajes y las voces de los últimos transeúntes.

Evelyn apoyó las manos sobre la barandilla.

Había sobrevivido a una cena llena de nobles curiosos, una provocación de Isabella y varias preguntas sobre la fecha de la boda.

Consideró que merecía una medalla.

—Está temblando.

La voz de Adrian la hizo girarse.

—Hace frío.

Él se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros de ella.

—Debería haber traído una capa más gruesa.

—Debería haberme advertido que su cena consistiría en ser interrogada por una colección de aristócratas aburridos.

—Se lo advertí.

—No. Me dijo que conocería a algunas personas.

—No podía prever que Lady Isabella decidiera convertirlo en un espectáculo.

Evelyn ajustó el abrigo sobre sus hombros.

Olía a madera, cuero y una fragancia tenue que comenzaba a asociar exclusivamente con él.

—¿Por qué permite que Isabella siga apareciendo en su vida? —preguntó.

Adrian apoyó las manos en la barandilla, a cierta distancia de ella.

—Porque está relacionada con asuntos que todavía no comprendo.

—¿La muerte de su madre?

Él asintió lentamente.

—Y la de mi padre. Cuanto más investigo, más sospecho que ambas estuvieron relacionadas con algo que mi familia intentó ocultar.

—¿Cree que Isabella sabe lo que ocurrió?

—Creo que sabe una parte. No sé si conoce toda la verdad.

Evelyn contempló la ciudad.

En su primera vida, habría tenido miedo de involucrarse en una investigación semejante. Habría pensado que una esposa debía mantenerse al margen de los asuntos de su marido y esperar a que él decidiera qué información podía compartir con ella.

Pero aquella mujer ya no existía.

—Entonces tendremos que descubrirlo —dijo.

Adrian la miró.

—No he dicho que quiera involucrarla.

—Y yo no he pedido permiso.

—Evelyn.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin el título ni aquella distancia formal que ambos habían mantenido desde su primer encuentro.

Ella volvió el rostro hacia él.

—¿Sí?

Adrian pareció arrepentirse de haber hablado.

—No sabe lo peligroso que puede ser esto.

—Sé que alguien envió una carta anónima, que Lady Beatrice murió antes de que pudiera interrogarla y que una mujer que lleva años ocultando secretos acaba de aparecer en la capital. También sé que su madre murió en circunstancias que nadie quiere investigar.

Evelyn dio un paso hacia él.

—No soy una niña, Adrian.

Él se quedó inmóvil al escuchar su nombre en labios de ella.

—Lo sé.

—Entonces no me trate como si lo fuera.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Finalmente, Adrian exhaló lentamente.

—No estoy intentando menospreciarla.

—¿Entonces qué intenta hacer?

La respuesta pareció costarle más de lo que ella esperaba.

—Mantenerla a salvo.

Evelyn sintió que algo se movía dentro de su pecho.

—Puede intentar protegerme, Adrian. Pero no puede decidir por mí.

Él bajó la mirada.

—Mi madre decía algo parecido.

La confesión fue tan inesperada que Evelyn suavizó su expresión.

—¿Era una mujer valiente?

—Más de lo que yo comprendí cuando todavía estaba viva.

Adrian guardó silencio antes de continuar.

—Cuando era niño, creía que mi padre era el hombre más poderoso del mundo. Mi madre era la única persona capaz de contradecirlo sin levantar la voz. Él podía enfurecerse, amenazar con marcharse o pasar días sin hablarle, pero ella nunca dejaba que decidiera quién debía ser.

—Parece que la quería mucho.

—La adoraba.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Adrian apretó la mandíbula.

—Y aun así, no pude salvarla.

Evelyn sintió el dolor escondido detrás de aquella frase.

Se acercó un poco más.

—No puede seguir castigándose por algo que ocurrió cuando era un muchacho.

—Usted no sabe lo que ocurrió aquella noche.

—No. Pero sé que la amaba. Y sé que el amor de una madre no se convierte en una acusación porque su hijo no haya podido evitar su muerte.

Adrian la observó como si aquellas palabras hubieran abierto una puerta que llevaba años intentando mantener cerrada.

—¿Por qué hace esto? —preguntó en voz baja.

—¿Qué cosa?

—Hablarme como si todavía hubiera algo bueno en mí.

Evelyn sintió que se le encogía el corazón.

Podía haberle dicho que era porque lo conocía mejor de lo que él imaginaba. Podía haberle contado que había pasado toda una vida aprendiendo lo que significaba ser amada a medias, y que no deseaba ver a otro ser humano condenado a la soledad.

Pero no podía revelar la verdad.

No todavía.

Así que eligió la única respuesta honesta que podía ofrecerle.

—Porque no creo que una persona deba ser juzgada únicamente por sus peores momentos.

Adrian bajó la mirada hacia sus labios.

Esta vez, Evelyn lo vio con claridad.

Y él supo que ella lo había notado.

—Debería entrar —murmuró.

—Probablemente.

Ninguno se movió.

El viento agitó ligeramente los mechones que habían escapado del peinado de Evelyn. Adrian levantó una mano y apartó uno de su rostro.

Sus dedos rozaron su sien.

Ella contuvo el aliento.

—Evelyn…

—¿Sí?

Él se inclinó lentamente.

No había arrogancia en su expresión. Tampoco aquella seguridad fría con la que solía enfrentarse al mundo.

Solo una pregunta silenciosa.

Evelyn podría haber retrocedido.

Podría haber recordado las promesas que se había hecho a sí misma y fingido que no deseaba aquello.

Pero estaba cansada de huir de cada sentimiento antes de descubrir si merecía la pena.

Por eso permaneció donde estaba.

Y cuando Adrian rozó sus labios con los suyos, fue ella quien cerró la distancia que todavía los separaba.

El beso comenzó con una delicadeza que contrastaba con la reputación del duque.

Adrian la besó como si temiera asustarla, como si cada movimiento dependiera de una respuesta que solo ella podía darle.

Evelyn apoyó una mano sobre su pecho y sintió el latido firme de su corazón bajo la tela.

Él se apartó apenas unos centímetros.

—Dígame que me detenga —susurró.

Evelyn abrió los ojos.

—¿Quiere que lo haga?

—No.

—Entonces no me pida que lo haga.

La expresión de Adrian cambió.

La besó de nuevo, esta vez con una emoción contenida que pareció quebrar algo dentro de él. Su mano descansó con cuidado sobre la mejilla de Evelyn, mientras ella se aferraba suavemente a la solapa de su camisa.

Por unos breves instantes, no existieron la nobleza, los secretos ni los fantasmas de sus vidas pasadas.

Solo existieron ellos dos.

Cuando finalmente se separaron, Adrian apoyó la frente contra la de ella.

Ambos respiraban con dificultad.

Evelyn jamás habría imaginado que el hombre más temido de la nobleza pudiera besar con tanta ternura.

Y Adrian jamás habría imaginado que una mujer a la que apenas conocía pudiera hacerle desear algo que había pasado años negándose.

—Esto complica las cosas —murmuró él.

Evelyn no pudo evitar sonreír.

—¿El beso?

—Todo.

—Entonces tendremos que aprender a complicarnos la vida con elegancia.

Adrian soltó una risa baja, casi incrédula.

Después la miró con una seriedad que hizo desaparecer la sonrisa de Evelyn.

—No quiero que piense que este compromiso significa que tiene alguna obligación conmigo.

Ella comprendió lo que intentaba decirle.

No quería que se sintiera atrapada por el acuerdo matrimonial. No quería que creyera que debía corresponderle solo porque sus familias habían decidido unirlos.

Evelyn acarició suavemente el dorso de su mano.

—No lo pienso.

—Bien.

—Pero tampoco quiero que crea que puede besarme y después fingir que no ha ocurrido nada.

Adrian arqueó una ceja.

—¿Eso es una advertencia, milady?

—Considérelo una recomendación.

Él sonrió.

Y Evelyn supo que recordaría aquella sonrisa durante mucho tiempo.

Sin embargo, la tranquilidad duró poco.

Cuando Adrian acompañó a Evelyn hasta la puerta de su habitación, un criado aguardaba en el pasillo con una carta sobre una bandeja de plata.

—Disculpe, milord. Ha llegado hace unos minutos. El mensajero insistió en entregársela personalmente.

Adrian tomó el sobre.

No llevaba sello familiar ni nombre del remitente.

Solo una frase escrita en el frente:

Para el duque de Blackthorne. Sobre la noche del 17 de octubre de 1816.

Evelyn sintió que la sangre se le helaba.

La misma fecha que habían encontrado dentro del medallón.

Adrian abrió la carta con cuidado.

Dentro había una sola hoja.

Leyó las primeras líneas sin cambiar de expresión, pero cuando llegó al final, sus dedos se cerraron con tanta fuerza alrededor del papel que lo arrugaron.

—¿Qué dice? —preguntó Evelyn.

Adrian levantó la mirada.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente asustado.

—Dice que mi padre no murió de una enfermedad del corazón.

Evelyn sintió que el pasillo se volvía demasiado estrecho.

—¿Entonces cómo murió?

Adrian miró nuevamente la carta.

—Según quien la escribió, mi padre fue asesinado.

Guardó silencio durante un instante.

Después añadió las palabras que hicieron que Evelyn comprendiera que el misterio era mucho más peligroso de lo que habían imaginado.

—Y la persona que lo hizo sigue viva.

_________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
NovelToon
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