Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 7: El cerrito de la señal
Tomás me dijo que si necesitaba llamar, subiera al cerrito de atrás. Yo pensé que era broma. No era broma.
El cerrito era literalmente un cerrito, detrás de la casa de mi abuela, con pasto alto, barro, y tres vacas que no eran mías y que me miraban como si yo fuera el intruso, que lo era.
Subí a las ocho de la mañana, con las botas prestadas de Sofía, el celular con 14% y una chaqueta que no era mía, era de mi abuelo, olía a naftalina y me quedaba grande.
Abajo no agarraba nada. Cero raya. Ni siquiera emergencia. Arriba agarraba una. Una raya que iba y venía, como tímida.
Me paré en la piedra más alta y levanté el celular como ofrenda. Una raya. Dos rayas por un segundo. Volvía a una.
Tenía 47 mensajes de WhatsApp sin leer. Los dejé cargando. Todos eran de antes de irme. De gente de Santiago preguntando "¿dónde estás?", de marcas preguntando por canje, de mi mamá: 12 llamadas perdidas, 8 audios.
Pero había uno nuevo. De Marco. De hace dos horas.
"Llámame. Tenemos que hablar."
Marco no manda "tenemos que hablar" si no es para cagarte o para salvarte. O las dos cosas.
Respiré hondo. Le di llamar. La señal se cortó. Volví a intentar. Esta vez sonó.
— ¿Noah? — contestó al tiro, con voz de dormido pero con acento italiano marcado, aunque era chileno.
— Sí.
— ¿Dónde mierda estás? Tu mamá me dijo que te fuiste al sur. ¿Es verdad que estás en Traiguén?
— Cerca.
— Mira, no te llamo para retarte. Ya te reté. Te llamo porque Armani quiere el abrigo.
Me quedé helado. El viento del cerrito me pegó más fuerte.
— ¿Qué abrigo?
— El abrigo de barro. El que dejaste tirado en el backstage. Lo encontró la asistente de vestuario, lo fotografió, se hizo viral en un grupo cerrado de diseñadores. Les gustó. Quieren comprarlo. No quieren tu historia, quieren el abrigo. Te pagan bien.
Sentí algo raro en el pecho. No era orgullo. Era como asco y ganas al mismo tiempo. Ese abrigo era el que tenía puesto cuando murió mi hermana. El que tenía puesto cuando recaí en Milán. El que traje al sur como culpa.
— ¿Cuánto? — pregunté.
— Diez mil. Euros.
Diez mil euros. Con eso pagaba la deuda del departamento de Milán y me quedaba para volver a Santiago y arrendar algo decente y empezar de nuevo. Con eso dejaba de sacar maleza por huevos.
— ¿Cuándo tengo que responder?
— Ayer. Pero les dije que estabas en retiro espiritual. Que eres muy artístico.
Me reí. Sin ganas.
— Marco, estoy en un cerrito con una raya de señal, con botas prestadas y una vaca mirándome. No puedo pensar en Armani ahora.
— Justamente por eso tienes que pensar. Noah, tú no eres agricultor. Tú eres diseñador. Allá te vas a pudrir. Vuelve.
La vaca me miró más fijo, como si entendiera.
— ¿Y si no quiero volver a ser eso? — pregunté, bajito, porque me daba vergüenza decirlo en voz alta.
Marco se quedó callado. Por primera vez no me interrumpió.
— Mira, piénsalo. Yo no te estoy obligando. Solo te digo que allá tienes una oportunidad. Acá... ¿qué tienes acá? ¿Gallos y barro?
Colgué. No porque me enojé, sino porque la señal se fue. Una raya, cero raya.
Me senté en la piedra. La vaca se acercó y me olfateó la bota. Olía a bosta y a pasto.
¿qué tengo acá? La pregunta me quedó pegada.
Acá tenía frío, tenía una estufa que me odiaba, tenía doce huevos de colores, tenía una radio que solo agarraba cumbia con interferencia, tenía un vecino que me enseñaba a prender fuego y que dibujaba casas bonitas que no podía construir. Tenía barro hasta en las uñas.
Y tenía silencio. Un silencio que no me pedía nada. En Milán todo me pedía: sé más flaco, sé más alto, sé más rudo, sé más blando, sé más exótico, sé menos chileno, sé más chileno pero vendible. Acá nadie me pedía nada. Solo que sacara la maleza con raíz.
Bajé del cerrito. Tomás estaba abajo, con la carretilla, mirándome.
— ¿Pudiste llamar? — preguntó.
— Sí.
— ¿Buenas noticias?
— No sé. Me quieren comprar el abrigo. El de barro.
— ¿El que trajiste?
— Sí.
— ¿Y lo vas a vender?
— No sé.
Nos quedamos ahí, los dos parados en el barro, con las vacas atrás.
— Si lo vendes, ¿te vas? — preguntó, directo, como habla él.
— No lo sé — repetí. Y era verdad. No sabía.
— Ya — dijo, y se fue con la carretilla. Pero no enojado. Como decepcionado.
Esa tarde no fui al invernadero. Me quedé en mi casa, mirando el abrigo. Lo había colgado detrás de la puerta, como si no quisiera verlo. Era largo, color tierra, con manchas más oscuras donde yo había metido barro de verdad del estero de mi abuela cuando tenía catorce, jugando. Era lindo. Era feo. Era las dos cosas.
Lo toqué. Todavía olía un poco a Milán, a perfume caro y a laca.
Me acordé de Lila. Cuando le mostré la foto del abrigo por videollamada, me dijo "te quedó como poto de guagua con diarrea, pero te quiero igual". Se rió tanto que se le cayó el celular.
Me reí solo. Primera vez que me reía acordándome de ella sin culpa.
Saqué el celular, todavía con una raya que se colaba por la ventana de la cocina si lo ponía en un ángulo exacto arriba del refrigerador. Le escribí a mi mamá: "Estoy bien. Comí huevos celestes. No vendí nada todavía."
Me contestó al tiro, como si hubiera estado esperando al lado del teléfono: "Te quiero. Come bien."
Subí de nuevo al cerrito al atardecer, no para llamar, sino para ver. Desde arriba se veía todo: mi casa chueca, la de Tomás ordenada, el invernadero, el estero, las luces de Traiguén a lo lejos que parpadeaban. Se veía chico, pero se veía mío por tres meses.
Tomás salió a guardar las gallinas. Me vio arriba. Levantó la mano. Yo levanté la mano.
No vendí el abrigo ese día. No le contesté a Marco. Dejé el celular en modo avión y bajé caminando despacio, pisando descalzo el pasto aunque me pinchaba, como decía la carta de mi abuela.
Porque a veces, para escuchar bien, hay que dejar de tener señal.