Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Recuerdo
La cena estaba siendo demasiado silenciosa.
Y eso, viniendo de Knox y de mí, era casi sospechoso.
Estábamos sentados frente a frente en mi departamento.
Habíamos pedido comida porque ninguno tenía ganas de cocinar.
Yo tenía un plato de pasta delante.
Knox, una hamburguesa que llevaba diez minutos ignorando.
—¿No vas a comer? —pregunté.
—Estoy comiendo.
—Estás mirando la comida.
—Es una técnica.
—¿Qué técnica?
—La de hacer que se sienta intimidada.
Lo miré.
—Estás hablando de una hamburguesa.
—Y está funcionando.
Negué con la cabeza.
Volví a comer.
Silencio.
Otra vez.
Hasta que Knox habló.
—Esto es raro.
—¿Qué?
—Cenar contigo.
—¿Por qué?
—Porque antes de quedar embarazada probablemente habríamos terminado discutiendo en menos de cinco minutos.
—Todavía podemos.
—Sí, pero ahora tenemos que intentar ser adultos.
Solté una pequeña risa.
—Tú nunca has sido adulto.
—Tú tampoco.
—Yo soy mucho más madura.
—¿Quieres que hablemos de la noche del hotel?
Levanté la mirada inmediatamente.
Knox sonrió.
—Era una broma.
—No bromees con eso.
Su sonrisa desapareció.
—Lo siento.
Bajé la mirada hacia mi plato.
No me gustaba hablar de aquella noche.
Seguía siendo el agujero negro de nuestra historia.
El motivo por el que ahora existía un bebé entre nosotros.
El motivo por el que nos habíamos encontrado en aquella situación.
Y, sobre todo, el motivo por el que ninguno recordaba qué había ocurrido.
Knox tomó un sorbo de agua.
—Aunque…
Lo miré.
—¿Qué?
—Al menos sabemos que no debemos volver a tomar tequila.
Fruncí el ceño.
—¿Tequila?
—Eso creo.
—Yo no recuerdo haber tomado tequila.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿cómo sabes?
—Porque la botella estaba en la habitación.
Me quedé quieta.
—¿Había una botella?
Knox asintió.
—Una botella casi vacía.
Sentí un pequeño escalofrío.
—No sabía eso.
—Yo tampoco lo recordaba hasta hace unos días.
Volvió a comer.
—También había música.
Lo miré.
—¿Música?
—Sí.
—¿Qué música?
—No sé.
—Entonces no sabes nada.
—Sé que bailabas.
Solté una carcajada incrédula.
—Yo no bailo.
Knox sonrió.
—Esa noche sí.
—No.
—Sí.
—Estás inventándolo.
—No.
—¿Cómo sabes?
Knox dejó el tenedor.
Su expresión cambió.
—Porque tengo un recuerdo.
Me quedé completamente quieta.
—¿Qué recuerdo?
Él negó con la cabeza.
—Es apenas una imagen.
—¿De qué?
—Tú.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Yo qué?
—Estabas bailando.
—¿Con quién?
Knox me miró directamente.
—Conmigo.
Silencio.
Algo dentro de mi cabeza pareció moverse.
Una imagen.
Borrosa.
Luces amarillas.
Música.
Una habitación.
Una risa.
La mano de Knox en mi cintura.
Parpadeé.
Y desapareció.
Me llevé una mano a la sien.
—Espera.
Knox se incorporó.
—¿Qué pasa?
—Creo que…
Cerré los ojos.
Otra imagen.
Su camisa.
Mis manos sujetándola.
Una carcajada.
Él diciendo algo.
No podía escucharlo.
—Blair.
Abrí los ojos.
—Yo también vi algo.
Knox se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No sé.
—¿Qué viste?
—Tú.
—¿Haciendo qué?
—No lo sé.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
Hasta que Knox intentó aliviar la tensión.
—Bueno, al menos no parece que aquella noche fuéramos aburridos.
Lo miré.
—¿Qué palabra usaste antes?
—¿Qué?
—La que dijiste.
—¿Cuál?
—La de…
Intenté recordar.
—Cuando dijiste que yo estaba…
Me quedé callada.
Knox también.
Entonces él lo dijo.
Una sola palabra.
—Bailando.
El mundo pareció detenerse.
Mi respiración se cortó.
Y esta vez el recuerdo no llegó como una imagen borrosa.
Llegó completo.
Música.
Luces cálidas.
Una botella sobre la mesa.
Yo riéndome.
Mucho.
Knox frente a mí.
—No sabes bailar —decía.
—Cállate.
—Estás pisándome.
—Es tu culpa.
—¿Mi culpa?
—Sí.
Yo lo empujaba ligeramente.
Él se reía.
Después había música más lenta.
No recordaba cómo habíamos terminado tan cerca.
Pero estábamos cerca.
Muy cerca.
Su mano estaba en mi cintura.
Mis brazos alrededor de su cuello.
Y ninguno parecía incómodo.
Al contrario.
Yo sonreía.
Él también.
—¿Todavía me odias? —preguntaba Knox.
—Muchísimo.
—No parece.
—No hables.
Y entonces…
El recuerdo cambió.
Un beso.
No accidental.
No confuso.
Un beso que ambos habíamos elegido.
Mi mano en su nuca.
La suya en mi mejilla.
La sensación de que, por una vez, ninguno estaba peleando.
Después otro beso.
Y otro.
Una risa contra sus labios.
Su voz diciéndome que podía detenerme cuando quisiera.
Y yo respondiendo que no quería.
El recuerdo se volvió más fragmentado después.
Pero había algo que ahora sabía.
No había sido un accidente.
No había sido algo que simplemente había ocurrido sin que ninguno supiera qué estaba haciendo.
Nosotros habíamos elegido estar juntos aquella noche.
Abrí los ojos de golpe.
Knox estaba frente a mí.
Pálido.
—Tú también lo viste —susurró.
No era una pregunta.
Asentí lentamente.
—Sí.
—¿Todo?
—No.
—Yo tampoco.
Nos quedamos mirándonos.
Durante años habíamos creído que aquella noche era un vacío.
Un accidente.
Una consecuencia de haber bebido demasiado.
Pero ahora sabíamos algo diferente.
Habíamos estado juntos.
Conscientes.
Aunque después el alcohol hubiera borrado casi todo.
—Nos besamos —dije.
Knox tragó saliva.
—Sí.
—Yo te besé.
—Sí.
—Tú me besaste.
—Sí.
Silencio.
Sentí calor en las mejillas.
—Esto es…
—Raro.
—Muy raro.
Knox soltó una pequeña risa nerviosa.
—Pensé que nunca recordaríamos.
—Yo también.
Bajé la mirada.
Y entonces apareció otro fragmento.
Una imagen rápida.
Yo frente al espejo del baño.
Knox detrás de mí.
Mi mano sosteniendo algo.
Un marcador.
Me quedé helada.
—Espera.
Él me miró.
—¿Qué?
—El tatuaje.
Knox se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa con el tatuaje?
Cerré los ojos.
La imagen volvió.
Un tatuador.
Una aguja.
Nosotros riéndonos.
Yo señalando algo.
Knox preguntando:
—¿Estás segura?
Y mi propia voz respondiendo:
—Completamente.
Abrí los ojos.
—No fue solo tu idea.
Knox palideció.
—¿Qué?
—El tatuaje.
Lo miré directamente.
—Yo estaba ahí.
Durante unos segundos ninguno respiró.
Entonces Knox soltó una risa incrédula.
—¿Me estás diciendo que tú…
—No recuerdo todo.
—Pero…
—Creo que fui yo quien eligió el nombre.
Knox se quedó mirándome.
Y lentamente, casi sin darse cuenta, sonrió.
—Entonces no me tatué tu nombre porque estaba loco.
—No.
—Me lo tatué porque tú me lo pediste.
—Creo que sí.
Él negó con la cabeza, todavía procesándolo.
—Dios.
Me tapé la cara con ambas manos.
—No puedo creerlo.
Knox comenzó a reír.
Lo miré entre los dedos.
—¿De qué te ríes?
—De nosotros.
—No tiene gracia.
—Blair…
Se inclinó sobre la mesa.
—Nos odiábamos tanto que terminamos borrachos, bailando juntos, besándonos y haciéndonos un tatuaje.
Me quedé callada.
—Y ahora vamos a tener un bebé.
Lo miré.
—No digas eso así.
—¿Por qué?
—Porque suena…
—¿A qué?
No respondí.
Knox sostuvo mi mirada.
Y por primera vez desde que habíamos recuperado aquel recuerdo…
Ninguno apartó los ojos.
Porque ahora había una verdad entre nosotros que ya no podíamos ignorar.
Aquella noche no había sido un simple accidente.
Habíamos querido estar juntos.
Y quizá lo más peligroso no era recordar lo que había pasado.
Era empezar a preguntarnos…
por qué habíamos querido hacerlo.
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