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Rechazada por gorda, elegida como madre

Rechazada por gorda, elegida como madre

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Grandes Curvas / Divorcio / Amor Campestre / Completas
Popularitas:398
Nilai: 5
nombre de autor: CovieVy

El día que su divorcio quedó firmado, Mireya terminó en el suelo del estacionamiento del juzgado, con las rodillas ensangrentadas, noventa y cinco kilos de humillación y cuatro dólares en la cartera. Su exmarido la llamó «gorda». Su exsuegra y su excuñada, «cerda». Nadie se detuvo a ayudarla.

Esa misma tarde, un anuncio en las redes sociales le abre una puerta imposible: SE BUSCA A ALGUIEN DISPUESTA A SER MADRASTRA.

Al final de un camino de tierra la espera una hacienda enorme, un niño de cinco años que se niega a comer y a dejarse tocar, y Álvaro Zarreta: un hombre de mirada helada que no necesita una esposa, solo una madre para su hijo. Una prueba absurda, un plato de arroz frito y un matrimonio por contrato después, Mireya descubre que la tierra descuidada de esa hacienda le habla como a nadie, que un niño puede enamorarse de quien le roba la comida, y que hasta el hombre más callado sabe, a su manera, celar.

Pero su pasado no se ha ido. El exmarido que la tiró como basura reaparece. Las reglas del contrato no son tan claras como parecían. Y en esa casa hay un pasado del que nadie le ha hablado.

NovelToon tiene autorización de CovieVy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

3. El truco de la muerta de hambre

Mireya apenas acababa de poner un pie dentro de la casa cuando el ambiente cambió de golpe.

Al fondo del pasillo había un hombre de pie.

Alto.

Erguido.

La camisa negra tenía los primeros botones desabrochados y dejaba ver un poco del cuello. El pelo, negro y bien peinado; el rostro, casi sin expresión.

Pero no fue eso lo que la hizo tragar saliva.

Fue su mirada.

Fría.

Afilada.

Como si bastara una sola mirada para que cualquiera confesara sus culpas.

Mireya se detuvo en seco.

El hombre no dijo nada.

Sus ojos fueron directo hacia el niño que desde hacía rato se escondía detrás de don Camilo.

—Elián.

Una sola palabra. Pero el cuerpecito de Elián se tensó al instante. Sus manos se aferraron a la ropa de don Camilo.

Negó con la cabeza, muy fuerte.

—No quiero...

Incluso se tapó la boca con las dos manos.

Mireya frunció el ceño.

Hacía un momento ese niño sí quería hablar con ella. ¿Por qué ahora tenía tanto miedo?

El hombre soltó un suspiro corto. No estaba enojado; no hubo ni un grito. Pero esa calma hacía el ambiente todavía más pesado.

Solo entonces su mirada se movió hacia Mireya. Alzó un poco las cejas. Estaba claro que acababa de notar a la desconocida.

No preguntó nada. Miró a los dos hombres que la habían escoltado.

Uno de ellos entendió de inmediato.

—Señor, ella es la señorita Mireya. Vino a postularse como madrastra del niño Elián.

El hombre volvió a mirar a Mireya.

Ni una pregunta.

Ni una cortesía.

Solo un leve movimiento de cabeza que le indicaba que lo siguiera.

Mireya se señaló a sí misma.

—¿Yo?

El hombre ya se había dado la vuelta.

No le quedó más remedio que seguirlo.

—Este hombre de verdad habla poquísimo —murmuró.

No sabía que el hombre que caminaba delante la había oído. Pero Álvaro no volteó.

Cruzaron una amplia sala de estar. Luego entraron al comedor.

Mireya se detuvo en seco.

Sus ojos se clavaron en la mesa, repleta de platillos. Arroz. Huevos. Sopa. Fruta. Pan. Papilla. Y otros guisos más.

Parpadeó. Y, sin darse cuenta, se llevó la mano al estómago.

¡Grrrr!

El ruido sonó bastante claro.

Mireya arrugó la cara. Ay, ojalá nadie haya oído.

Don Camilo volteó. Álvaro también se detuvo.

Mireya apretó los labios, con prisa.

—Perdón —dijo, muerta de vergüenza.

No había comido nada desde el día anterior. Después del divorcio, los cuatro dólares que le quedaban valían demasiado para gastarlos en comida. Uno ya se había ido en el pasaje, así que ahora solo le quedaban tres.

Desde el día anterior solo había tomado agua, directo de la llave de una parroquia.

Y ahora tenía delante una mesa entera llena de comida.

Mireya tragó saliva una y otra vez.

Tranquila, Mireya. No hagas el ridículo. Lo importante es conseguir el trabajo primero.

Álvaro jaló una de las sillas y se sentó. Su mirada se dirigió a Mireya.

—Te quedas con el puesto si logras que coma.

Mireya frunció el ceño.

—¿Elián?

Álvaro no respondió.

Su mirada fue más bien hacia la puerta. Mireya se dio cuenta de algo. Elián ya no estaba.

—¿No estaba aquí hace un momento?

Don Camilo suspiró.

—Se escapó otra vez.

—¿Otra vez?

Don Camilo asintió.

—Cada vez que ve comida, intenta escaparse. Desde chiquito, a Elián le cuesta mucho que lo convenzan de comer.

Don Camilo salió a buscarlo. Poco después se oyeron pasitos. Don Camilo lo trajo de vuelta.

—Usted no es la primera que viene a postularse para ese puesto. Y todas fracasaron —explicó don Camilo.

Apenas vio la mesa, el niño apartó la cara.

—No quiero.

Don Camilo intentó convencerlo.

—Elián, vamos a desayunar. Así tendrás fuerzas para seguir jugando.

—No quiero. Nada de lo que hay es rico.

—Aunque sea un poquito.

—¡No!

—¿Tres cucharadas?

—¡No!

Mireya observaba desde un lado. El niño era terco de verdad. Pero al recorrer la mesa con la mirada, se detuvo en un platillo.

Arroz frito.

Mireya tragó saliva. Los ojos le brillaron.

Vaya... esto sí se puede.

Se acercó a la mesa. Sin decir mucho, tomó un plato. Una cucharada de arroz frito. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.

Las manos no pararon hasta que el arroz formó una montaña que sobrepasaba el tamaño del plato.

Álvaro, que la había estado observando todo el rato, por fin arqueó una ceja.

Esa no es una porción para un niño de cinco años.

Es la porción de un adulto muerto de hambre.

Pero no dijo nada.

Mireya tomó dos cucharas soperas y las puso a los lados del plato. Después se acercó a Elián.

Don Camilo miró el plato en sus manos con los ojos desorbitados.

—Señorita...

Mireya se sentó en el piso, justo frente a Elián, que seguía con la boca tapada.

—Elián.

El niño la miró con desconfianza.

—Vamos a comer.

Elián se tapó la boca y sacudió la cabeza.

Mireya no lo obligó. Solo levantó una cuchara.

Y entonces...

—Ñam. —El arroz frito se metió en su propia boca.

Don Camilo se quedó de piedra. Álvaro frunció el ceño.

Mireya masticaba con ganas. Una segunda cucharada. Una tercera. Una cuarta. Hasta cerró los ojos un momento para disfrutarlo. Tenía los cachetes inflados de tanto que le cabía en la boca.

Don Camilo ya no aguantó.

—¿Señorita Mireya?

Mireya siguió devorando.

—¿Sí?

—¿No se supone que usted debería darle de comer a Elián?

Mireya señaló a Elián con la cuchara.

—Pero él no quiere.

—Pero...

—Si no quiere, pues no quiere. —Y volvió a hundir la cuchara en el arroz frito.

Elián, que hasta ese momento había mantenido la boca tapada, empezó a interesarse al ver con qué gusto comía aquella persona tan grande. Sus ojos seguían cada movimiento de la cuchara.

Mireya fingió no verlo. Otra cucharada. Elián tragó saliva. Por dentro, Mireya sonrió. Ya lo tenía.

Aun así siguió haciéndose la indiferente.

—Mmm... qué rico.

Elián la miró.

Mireya tomó otra cucharada.

—Qué pena que me lo vaya a acabar todo yo.

Elián por fin no aguantó más. Su mano se movió para agarrar una de las cucharas que estaban al otro lado del plato.

—Yo nunca dije que no quería.

Mireya volteó.

—¿No acabas de decir que no querías?

—No.

—Dijiste que no querías.

—No dije.

Mireya contuvo una sonrisa.

—Entonces, adelante, come.

Dejó el plato en el piso. Elián se sentó de inmediato frente a ella. Sacó un poquito de arroz. Se lo metió a la boca.

Los ojos de don Camilo se agrandaron.

Una cucharada. Dos. Tres.

Álvaro, sentado al otro extremo de la mesa, no dijo nada. Pero su mirada cada vez le resultaba más difícil de ocultar.

Sorpresa.

¿Cuánto hace que Elián no come tanto?

Mireya volvió a servirse a sí misma.

—Si te tardas, me acabo el arroz.

Elián aceleró los movimientos.

—¡No!

Mireya tomó una cucharada enorme.

—Tengo hambre.

—¡No te acabes mi arroz frito!

—Entonces come.

Elián volvió a servirse.

—¡Estoy comiendo!

Mireya sonrió.

—Eso es.

Don Camilo solo pudo quedarse con la boca abierta.

En todos los años que llevaba en esa casa, jamás se le había ocurrido que esta fuera la manera más eficaz de hacer comer a Elián.

Todo lo que habían intentado para que comiera bien había fracasado.

Y, sin embargo, aquella mujer, que había llegado hacía apenas unos minutos... había logrado que Elián comiera con solo fingir que le iba a quitar la comida.

Álvaro soltó un suspiro. La comisura de sus labios se movió un poco. Casi formó una sonrisa. Pero la escondió de inmediato.

Después le hizo una pequeña seña a don Camilo.

—Déjalos.

Don Camilo asintió y se retiró.

Álvaro se puso de pie. Pero antes de salir del comedor, se volvió. Mireya estaba muy ocupada peleando por el arroz con Elián.

—¡Esto es mío!

—Eso de allá es tuyo.

—¡Y esto también!

—Entonces no agarres lo mío.

—¡Yo quiero ese! —Mireya abrazó su plato.

—No se puede.

Álvaro negó despacio con la cabeza.

Sin saber por qué... el comedor, que casi siempre estaba en silencio, sonaba ahora un poco distinto.

Y Álvaro aún no se había dado cuenta de algo.

Esa mujer recién llegada acababa de pasar la prueba para ser la madrastra de su hijo.

Ya fuera del comedor, con el rostro inexpresivo, miró a don Camilo, que esperaba junto a la puerta.

—Prepara todo cuanto antes. Pasó la prueba para ser la madre de Elián. Busca a un oficiante.

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