Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 17
Capítulo 17: Déjame darme el gusto
Leonardo destapó la pluma y, antes de firmar, se acordó de la mano de ella.
Ayer, a las diez, en la notaría de Polanco. Ximena había leído cada hoja entera, con el dedo bajando por los renglones, mientras el notario esperaba. Luego firmó su nombre completo, sin prisa, y le devolvió la pluma al notario con el pulso firme.
La que tembló, debajo de la mesa, fue la de él.
—¿Leonardo?
El papá de Mateo le acercaba la hoja. Era una sola página, sin sellos. El desayunador de Monte Alcor estaba casi vacío a las siete y media; afuera, el pasto todavía tenía neblina.
Tres padres, tres cafés, un acuerdo que no valía nada ante un juez y que iba a funcionar mejor que cualquier contrato: a partir de mañana, las oficinas de cada familia controlaban las tarjetas adicionales de los hijos. Mismo límite para todos. Nadie le prestaba a nadie.
Leonardo agregó una línea a mano, abajo, antes de firmar.
La tarjeta adicional de Emilio Aldama Luján se cancela hoy. Que viva de su sueldo.
El papá de Poncho leyó por encima, levantó las cejas y firmó debajo sin comentar. El papá de Mateo firmó al final. Al levantarse, le puso una mano en el hombro a Leonardo y la dejó ahí un segundo de más.
—Lo que hizo usted por la planta de mi papá no se paga con una firma.
Leonardo no contestó. Le estrechó la mano.
En el carro, camino a Reforma, Salcedo le pasó la tableta.
—La lista de invitados de esta noche, señor. Viene Sebastián Sepúlveda.
—Está bien.
Salcedo esperó a ver si había algo más. No hubo.
A las siete de la noche, en la entrada de Subastas Tolsá, una señorita de traje gris revisaba invitaciones y credenciales de elector con la misma cara con la que se revisa un pasaporte. Ximena sacó la suya de la cartera.
Leonardo la vio antes de que ella lo viera a él.
Traía el abrigo camel.
De todo lo que había subido a su vestidor el lunes, era lo único que se había puesto. Lo demás seguía en sus bolsas, él lo sabía sin preguntar. Pero el abrigo sí, cerrado hasta arriba, con las manos en los bolsillos.
Leonardo sintió algo parecido a ganar una pelea por puntos. No dijo nada.
—Atrás —dijo ella al entrar a la sala—. Hasta atrás.
La sala tenía unas ciento veinte sillas, casi todas ocupadas por gente que se saludaba de beso y se conocía de otras subastas. Adelante, en una tarima, el subastador acomodaba sus papeles. Ximena escogió la última fila, la silla del rincón, junto a la pared.
Él había pensado en esa misma silla desde la mañana: la menos visible del salón. Se sentó a su lado y le dieron una paleta con el número 87.
—No me vas a comprar nada —dijo ella, sin mirarlo.
—Solo vengo a ver.
—Leo.
—Solo a ver.
Ella lo miró de reojo. No le creyó ni tantito.
El catálogo de la noche se llamaba Letras y papeles, 1900-1950. Durante media hora fueron primeras ediciones, una carta de un general, unos manuscritos que a Ximena le hacían inclinarse hacia adelante y luego volver a recargarse, como quien se regaña.
Leonardo miraba más a ella que a la tarima.
—Lote veintitrés —anunció el subastador—. Julián Albarrán. Siete cartas inéditas, manuscritas, dirigidas a una misma destinataria. Salida: trescientos mil pesos.
Ximena dejó de respirar un segundo. Leonardo lo notó.
Levantó la paleta.
—Trescientos mil, al fondo. ¿Trescientos cincuenta?
Un señor de la tercera fila, a la izquierda, pelo blanco, pañuelo en el saco, levantó la suya sin voltear. Leonardo volvió a levantar. El señor también. Cuatrocientos. Quinientos. Seiscientos.
Ximena le jaló la manga.
—Son documentos, no adornos —le susurró—. Deberían estar en un archivo.
—Van a estar en uno. El tuyo.
—Leo.
Él se inclinó hacia ella, muy poco.
—Déjame darme el gusto.
La verdad era otra y él la sabía: ya no pujaba por las cartas. Pujaba por ganarle al señor del pañuelo, que había volteado dos veces a ver quién era el necio del fondo. Setecientos. El señor dudó. Leonardo levantó la paleta antes de que terminara de dudar.
—Ochocientos mil, al fondo. Ochocientos mil. ¿Alguien más?
El señor del pañuelo bajó la vista a su catálogo.
—Vendido. Paleta ochenta y siete.
Leonardo bajó la paleta y se dio cuenta de que tenía la palma húmeda. Otra vez. Igual que en la biblioteca, igual que en el carro después. Cuarenta años y le sudaban las manos por unas cartas que ni siquiera había leído. Se limpió en el pantalón, discretamente.
Ella no lo vio. O hizo como que no.
—Presumido —murmuró Ximena.
—Un poco.
Tres lotes después, el subastador levantó un volumen pequeño, de pasta gastada.
—Lote veintiséis. Lord Byron, obras escogidas, con anotaciones al margen de la poeta Aurelia Castañón. ¿Quién abre?
Ximena no dijo nada. Pero se le prendieron los ojos, una sola vez, como una luz que alguien enciende y apaga rápido para que no se note.
Leonardo levantó la paleta.
—Un millón y medio —dijo, en voz alta, antes de que nadie más abriera.
Hubo un murmullo. Adelante, a la izquierda, una paleta se levantó sin dudar.
Leonardo conocía esa nuca. La había visto irse de un café de Coyoacán, chocando con el marco de la puerta.
—Dos millones, al frente.
Ximena se enderezó en la silla. Tenía los ojos en otro lado: en la mujer que estaba sentada junto a Sebastián.
—Esa es Lu —dijo, casi sin voz.
Leonardo siguió su mirada. Un vestido blanco perla, largo, de manga larga. El pelo recogido en un chongo bajo. Aretes de perla. La espalda derecha y las manos juntas en el regazo, como en una foto de compromiso de otra época.
—Lu jamás se vestiría así —dijo Ximena—. Jamás. Lu vive en jeans.
Leonardo se acordó del café. De Sebastián hablando sin que nadie le preguntara de la muchacha que había conocido a los veintitrés y que llevaba ocho años persiguiendo. Bianca.
Miró la espalda de la amiga de Ximena, tan derecha que parecía que alguien se la había dibujado encima, y el vestido que Ximena juraba que Lu no se pondría nunca.
La está vistiendo de otra.
Levantó la paleta.
—Dos millones y medio.
—Dos millones setecientos, al frente.
—Tres millones —dijo Leonardo.
Sebastián ni volteó.
—Cuatro millones.
El murmullo se hizo más grande. Alguien en la fila de adelante giró la cabeza para ver quién seguía. Leonardo sintió el peso de la paleta en la mano, el impulso conocido de no soltar lo que ya había decidido que era suyo.
La mano de Ximena se puso encima de la suya. Sobre el dorso, apretando apenas.
—Déjaselo —le dijo al oído—. Es por su Bianca.
Él la miró. Ella no estaba enojada. Estaba triste por Lu, y le estaba pidiendo algo.
Leonardo bajó la paleta.
Luego volteó la mano bajo la de ella, despacio, hasta que quedaron palma con palma, y le entrelazó los dedos. Ella no la retiró. Se quedaron así, en la última fila, contra la pared, mientras el subastador contaba.
—Cuatro millones, a la una. A las dos. Vendido. Paleta catorce.
Hubo aplausos cortos, de cortesía. Sebastián se volteó.
No buscó al señor del pañuelo ni a ningún otro postor. Fue directo al fondo, a la última fila, a la silla del rincón. Sus ojos pasaron por Leonardo, bajaron a las manos entrelazadas, subieron a la cara de Ximena y ahí se detuvieron medio segundo.
La había reconocido; se le vio en la cara. La muchacha del café. La que él había llamado santa.
Luego volvió a Leonardo. Y le hizo una inclinación de cabeza, mínima, de hombre a hombre.
Leonardo se la devolvió.
No hacía falta decir nada. Sebastián tenía a su lado a una mujer disfrazada de otra, y Leonardo tenía a su lado a una mujer que nadie debía ver todavía. Cada uno tenía algo del otro en la bolsa. Sebastián no iba a decir un nombre; no era tan tonto.
Pero en algún bar de Polanco, un viernes, con tres tragos, iba a soltar que Aldama se había pasado la subasta de la mano de una mujer. Eso sí. Leonardo lo supo con la misma certeza con que sabía el precio de su propio edificio.
No le importó. En ese momento, con los dedos de ella entre los suyos, de verdad no le importó.
A las nueve cuarenta encendieron todas las luces y la gente empezó a levantarse, a buscar abrigos, a hacer fila para pagar y firmar. Leonardo firmó en la mesa de pagos sin sentarse.
Le entregaron las cartas en una caja de archivo gris, y él se la mandó a don Chema con un muchacho de la casa.
—Por atrás —le dijo Leonardo a Ximena—. Don Chema está en la calle de al lado.
Ella asintió. No le soltó la mano.
Salieron por una puerta de servicio a un pasillo largo, de piso de mármol y luz amarilla, que daba a la salida trasera. Olía a cera y a flores de la recepción.
Ximena caminaba a su lado con el abrigo cerrado, más cerca de lo que había caminado nunca frente a nadie, y él pensó que el pasillo podía durar lo que quisiera.
Al otro extremo, junto a la salida, una mujer de vestido blanco perla se estaba poniendo un chal sobre los hombros. Sola. Sebastián no estaba con ella.
Levantó la cabeza.
Y los ojos se le fueron directo a sus manos entrelazadas.