Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 22
La tensión entre los dos amenazaba con consumir el aire de la estancia. Cassandra sentía la calidez de la mano de Damián atravesando la tela de su ropa, sujetándola con una firmeza poseída por ese instinto Alfa que a ella tanto le costaba combatir. Sin embargo, apretó los dientes, recordando las humillaciones de Victoria, la mirada fría de doña Beatriz y el contrato de papel que reposaba en la caja fuerte de aquel hombre.
Usando toda su fuerza de voluntad, apoyó las palmas de las manos en los hombros de Damián y lo empujó hacia atrás con determinación.
—Usted inventará el fuego, señor Rossi —dijo Cassandra, respirando con agitación pero con la voz clara y cortante —, pero yo soy la única que decide si se deja quemar. Suélteme.
Damián no la soltó de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron cada rasgo del rostro de ella, fascinado por la resistencia feroz que le ofrecía. Ninguna mujer en su círculo se había atrevido a marcarle un límite con semejante audacia. Finalmente, con una lentitud calculada, relajó los dedos y dio un paso atrás, devolviéndole su espacio personal.
—Muy bien, Cassandra —murmuró el Alfa, ajustándose los puños de la camisa con una calma recuperarada pero peligrosa—. Mantén tu distancia todo lo que quieras. Pero la ropa se queda aquí. Te la pondrás porque es lo más cómodo para mi hijo, no porque te la regale yo.
—Cumpliré con lo que sea mejor para el bebé —respondió Cassandra, manteniendo la barbilla en alto—. Nada más.
Damián la observó un segundo más en silencio, le dedicó una leve inclinación de cabeza y dio media vuelta, saliendo de la casa de huéspedes con pasos firmes que resonaron en el pórtico.
Cassandra se dejó caer sobre el sofá en cuanto escuchó la puerta cerrarse, llevándose ambas manos al rostro. Le temblaban los dedos. El magnetismo de Damián era una marea peligrosa que amenazaba con arrastrarla cada vez que él se le acercaba, pero sabía que ceder a esa atracción sería su perdición.
A la mañana siguiente, la rutina en la residencia pareció recobrar un ritmo sereno. Cassandra lució uno de los vestidos de algodón suave de la caja; la tela era fresca, ligera y le permitía moverse con total comodidad sin oprimir la incipiente curva de su embarazo.
Mientras paseaba por los jardines del ala sur acompañada por doña Elena, Marcos se aproximó con paso apresurado y el teléfono satelital en la mano.
—Señorita Cassandra, disculpe la interrupción —dijo el jefe de seguridad con tono respetuoso—. Hay una llamada para usted desde la recepción principal.
Cassandra frunció el ceño, confundida.
—¿Una llamada? ¿Quién es?
—Es la secretaría del consulado de Francia, señorita —explicó Marcos—. Solicitan hablar con usted por orden de la señora Victoria Rossi.
Doña Elena tomó del brazo a su hija de inmediato, llena de desconfianza. Cassandra miró el teléfono, sintiendo que una punzada de alerta se encendía en su pecho.
—Dámelo, Marcos —pidió la joven.
Tomó el receptor y lo llevó a su oído.
—¿Bueno?
—¿Cassandra López? —sonó la voz inconfundible de Victoria al otro lado de la línea. No estaba en el consulado; la llamada venía de su suite privada en un hotel de lujo en París. La música de fondo y el choque de copas delataban que se encontraba en un evento exclusivo de la semana de la moda.
—Señora Victoria —respondió Cassandra con voz helada—. No pensé que tuviera tiempo de llamar desde Europa.
—Tengo todo el tiempo del mundo para cuidar lo que es mío, campesina —siseó Victoria, con la voz arrastrada por el alcohol y la rabia contenida—. Me enteré de que le armaste un espectáculo a mi madre en la mansión ayer. Crees que ganaste una batalla porque Damián te defiende, ¿verdad?
—Yo no estoy jugando a ninguna batalla, señora. Solo me defiendo a mí y a mis padres de las provocaciones de su familia.
—Escúchame bien, zorra —amenazó Victoria en un susurro venenoso—. En dos semanas regreso a la capital. Mi pasarela en París termina este fin de semana y volveré a ocupar mi lugar en esa casa. Disfruta de la atención de mi esposo mientras pueda, porque cuando regrese, voy a asegurarme de que no te quede ni un solo secreto con el que intentar chantajearme. Te vas a tragar cada una de tus palabras.
—Haga lo que quiera, señora Victoria —contestó Cassandra sin inmutarse—. Pero recuerde que la única que tiene todo por perder si la verdad sale a la luz es usted. Que disfrute su estancia en Francia.
Sin darle tiempo a replicar, Cassandra cortó la llamada y le devolvió el teléfono a Marcos.
Aunque por fuera lucía serena y dueña de sí misma, Cassandra sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda. El regreso de Victoria era inminente, y con doña Beatriz aún dentro de la propiedad, la verdadera tormenta estaba a punto de desatarse sobre la dinastía Rossi.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏