Engranajes de Cristal narra la historia de Elena Valmont y Dorian Sterling, herederos de dos imperios automotrices rivales impulsados por tecnología rúnica. Casados hace cinco años, fingen ante la alta sociedad un matrimonio idílico, mientras puertas adentro viven un infierno de reproches: Dorian está convencido de que ella lo drogó y chantajeó en la universidad para someter a su familia, e ignora que Elena fue manipulada por el patriarca de los Valmont y que aún lo ama en silencio con la misma intensidad con la que él, en secreto, sigue atado a ella.
El punto de quiebre estalla cuando la farsa se vuelve insostenible y Elena desaparece sin dejar rastro, ocultándose durante tres años en el anonimato para dar a luz y criar a sus dos gemelos lejos del poder y las intrigas corporativas. Cuando sus caminos vuelven a cruzarse, Dorian deberá desentrañar la red de mentiras que destruyó su juventud, enfrentar la verdad sobre el pasado y luchar contra su propio orgullo para reconquistar a Elena
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Capítulo 3: Susurros envenenados
Dorian forzó los propulsores del interceptor personal hasta el límite de la sobrecarga térmica. Las alertas escarlatas del panel parpadeaban advirtiendo peligro de ignición en las turbinas de éter, pero él no redujo la velocidad ni un solo milímetro. Ignoró los protocolos de vuelo de la capital, cortando las capas de niebla y los canales aéreos hasta aterrizar en la plataforma médica del consorcio con un frenazo violento que hizo rechinar el metal contra el suelo helado.
Llegó a la sala de emergencias con el pulso martilleándole en las sienes y la mandíbula apretada hasta el dolor. Por fuera vestía la armadura del heredero inflexible, pero por dentro se ahogaba en un pánico primitivo. Toda la rabia, los cinco años de rencor y las promesas de frialdad se habían evaporado en el instante en que Marco pronunció el nombre de Elena en la pista nevada.
Sin embargo, antes de alcanzar las puertas de cristal blindado de la unidad intensiva, una figura elegante vestida de cachemira perla le cerró el paso.
—Dorian, por los dioses, calma. Ya pasó el peligro —la voz sedosa de Valeria Vance sonó impregnada de una preocupación casi melodramática.
Valeria, heredera de la principal manufacturera de aleaciones y antigua compañera de ambos en la universidad, llevaba cinco años rondando la órbita de Dorian bajo el pretexto de alianzas comerciales y una supuesta lealtad incondicional. Nadie en el círculo corporativo dudaba de su devoción hacia él; lo que nadie sabía era la ponzoña que carcomía su mente desde la juventud. Había odiado a Elena desde las aulas: odiaba su intelecto naturally brillante, la forma en que los profesores la elogiaban y, por encima de todo, la manera en que los ojos de Dorian solo se encendían cuando la miraba a ella.
Valeria posó una mano enguantada sobre el pecho de Dorian, buscando retenerlo.
—Fue solo una explosión menor en los ductos secundarios —dijo Valeria, modulando el tono para que pareciera un bálsamo reconfortante mientras dejaba caer su veneno cotidiano—. Elena está estable. Aunque, francamente, no entiendo qué hacía manipulando las válvulas pesadas ella misma... Siempre buscando llamar la atención, igual que en la universidad. ¿Recuerdas? Cuando montaba aquellos espectáculos en los talleres para que todos los chicos corrieran tras ella.
La mención del pasado fue como una descarga de ácido en las costillas de Dorian. Su mente, vulnerable por la angustia, retrocedió a la semana posterior a su boda forzada. Recordó el despacho a oscuras y a Valeria «consolándolo» con fingidas lágrimas en los ojos mientras le revelaba la supuesta verdad: que mientras él planeaba confesarle su amor en la academia, Elena se reía de su ingenuidad en la alcoba de Julián Navarro, el seductor más despreciable del campus, alardeando de cómo iba a domesticar al intocable heredero Sterling para robarle sus patentes.
Aquel invento monstruoso, tejido meticulosamente por Valeria para destruir cualquier puente entre los recién casados, se había grabado a fuego en el orgullo de Dorian. Le dolía más la idea de Elena entregándose a otro que el mismísimo chantaje corporativo. Por eso, durante cinco años de matrimonio, jamás se había atrevido a tocarla en la intimidad; no soportaba la idea de rozar una piel que creía manchada por la traición.
—Apártate, Valeria —ordenó Dorian con voz áspera, retirando la mano de la mujer sin mirarla siquiera—. Necesito ver el estado de la división técnica.
—Dorian, ella no merece que tiembles de esta manera —insistió Valeria en un susurro ardiente de resentimiento, cerrando los puños a sus costados mientras lo veía alejarse—. No después de cómo se burló de ti.
Dorian empujó las puertas batientes y entró al box de recuperación. El olor a desinfectante y a ozono flotaba en el aire.
Elena estaba recostada sobre una camilla inclinada. La bata de lino blanco resaltaba la palidez de su piel, y una venda rúnica envolvía su antebrazo izquierdo, brillando con una luz suave que aceleraba la cicatrización de las quemaduras de vapor. Tenía los ojos cerrados, el cabello oscuro esparcido sobre la almohada y una expresión de infinita vulnerabilidad que le desgarró el alma al magnate.
Junto a ella, Celia cambiaba el suero estabilizador. Al escuchar los pasos pesados de Dorian, Celia se giró como una fiera dispuesta a matar.
—¿Qué haces aquí, Sterling? —escupió Celia en un susurro cortante—. ¿No estabas muy ocupado congelándote en el norte para no respirar el mismo aire que tu esposa?
—Es mi consorcio, Celia. Y ella sigue siendo mi responsabilidad legal —replicó Dorian, deteniéndose al pie de la camilla. Su voz intentó sonar gélida, pero sus pupilas recorrían con desesperación el rostro de Elena, buscando confirmar que respiraba con normalidad.
—¿Tu responsabilidad legal? —Celia soltó una risa cargada de desprecio, cruzándose de brazos—. Eres patético, Dorian. Crees que eres un genio de la industria, pero eres el hombre más ciego y cobarde de esta ciudad. La abandonas, la humillas con tu distancia, la juzgas con esa superioridad moral de aristócrata herido... y ni siquiera tienes la menor idea de quién es la mujer con la que te casaste.
—Sé perfectamente quién es Elena —gruñó él, con los ojos ensombrecidos por la rabia y el fantasma de las mentiras de Valeria—. Conozco su talento para la manipulación y sus viejos hábitos de la facultad.
Celia dio un paso al frente, con los ojos ardiendo de rabia contenida. Durante cinco años había tenido que tragar saliva para no romper el juramento que le había hecho a Elena. Sabía el calvario que vivía su amiga: durmiendo sola noche tras noche, guardando su cuerpo y su alma para un marido que la miraba con asco moral, castigada por pecados que jamás cometió. Elena jamás se había acostado con nadie en la universidad; había llegado virgen a ese matrimonio absurdo y seguía siéndolo cinco años después, viviendo como una viuda en vida dentro de un ático de lujo.
—No sabes absolutamente nada —soltó Celia, bajando la voz hasta convertirla en una navaja afilada—. Te crees tan astuto y no eres más que un títere de los rumores y de tu propio ego. Elena dio la vida entera por ti, renunció a su propia carrera independiente, soporta el maltrato de su padre y el tuyo... y tú te crees con derecho a juzgar una pureza que ni siquiera mereces conocer.
—Celia... basta.
La voz débil de Elena quebró la tensión.
Elena había abierto los ojos. Su mirada, oscura y vidriosa por los sedantes, se clavó directamente en Dorian. No había odio en sus facciones; solo un cansancio infinito, una rendición que a Dorian le dolió más que cualquier insulto.
Celia miró a su amiga con ternura y luego le dedicó a Dorian una última mirada de advertencia antes de retroceder hacia la salida.
—Voy a buscar al médico de turno —dijo Celia—. Si le subes la presión, te saco de aquí con los guardias de seguridad de los Valmont.
La puerta se cerró. La habitación quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el pitido constante del monitor cardíaco.
Dorian se acercó despacio al borde de la cama. Sus manos enguantadas se debatieron en los bolsillos del abrigo, quemando por la tentación de apartar un mechón rebelde de cabello de la frente de Elena, pero el peso de las sospechas, el recuerdo de las palabras de Valeria y el terror a mostrarse derrotado lo mantuvieron congelado en su sitio.
—¿Por qué estabas tú en la línea de prueba manual? —preguntó él en voz baja, con un tono que pretendía ser autoritario pero que vibraba de angustia contenida—. Ese trabajo le corresponde a los técnicos de mantenimiento, no a la vicepresidenta de diseño.
Elena esbozó una sonrisa débil, rota, sin apartar la mirada de sus ojos grises.
—Porque el núcleo no respondía a la calibración automática, Dorian. Tuvo la misma inestabilidad que vimos hace horas en tus reportes del norte —susurró ella, cerrando los párpados un instante para combatir un nuevo mareo—. Estaba buscando resolverlo antes de que tuvieras otra excusa para decir que mi familia arruinó tus motores.
Dorian apretó los puños con tanta fuerza que el cuero de sus guantes crujió.
—No te pedí que arriesgaras la vida por este consorcio.
—No lo hice por el consorcio —respondió Elena, abriendo los ojos de nuevo y mirándolo con una transparencia dolorosa que lo dejó sin defensas—. Pero tú nunca vas a entender por qué hago las cosas, ¿verdad? Para ti siempre seré la mujer que te tendió una trampa. La que según tus amigos se divertía con cualquiera en la universidad antes de ponerte precio.
Dorian contuvo la respiración. La palabra «cualquiera» resonó en el cuarto como un trueno. Estuvo a punto de quebrarse, a punto de exigirle que le dijera la verdad mirándolo a los ojos, cuando el monitor cardíaco de Elena comenzó a acelerar su ritmo y el médico de cabecera entró con una carpeta en mano, interrumpiendo el momento como un balde de agua fría.
—Señor Sterling, qué bueno que llegó —dijo el doctor, mirando los análisis con el ceño fruncido antes de dirigirse a ambos—. La contusión por la onda expansiva ya está controlada, pero los análisis de sangre que realizamos para los sedantes mostraron una alteración hormonal significativa que debemos atender de inmediato.
Elena miró al médico con desconcierto, mientras Dorian daba un paso al frente, alerta.
—¿Qué clase de alteración? —preguntó Dorian.
El médico levantó la vista, alternando la mirada entre los dos con formalidad profesional:
—Los mareos y la descompensación en el taller no fueron provocados únicamente por la inhalación de éter. Señora Sterling... usted tiene aproximadamente seis semanas de embarazo.