La descartaron como a un paquete devuelto.
Cuando la prueba de ADN reveló que Lara no era la hija de sangre de la poderosa familia que la crió, la enviaron al altar en lugar de la verdadera heredera: a casarse con un viudo de pueblo, mayor y con tres niños a cuestas. Debía ser un castigo. Debía ser el final de su vida.
Pero al otro lado de aquel portón de hierro no la esperaba un anciano pobre. La esperaba una casa que guardaba secretos, tres pequeños que llevaban demasiado tiempo pasando hambre… y un hombre que no era, ni de lejos, lo que todos decían.
Lara llegó dispuesta a sobrevivir. Nunca imaginó que ese matrimonio arreglado le daría lo único que jamás tuvo: alguien que la mira como si valiera el mundo entero, y la consiente cada día.
Mientras aprende a ser madre de tres corazones heridos y descubre quién es en realidad su esposo, los que la humillaron empezarán a tocar a su puerta. Unos por arrepentimiento. Otros, por codicia. Y Lara ya no es la muchacha a la que se podía reubicar a capricho.
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Capítulo 12: Quién lo diría
Unos días después de volver de Santa Rita, Adrián me invitó a ir a la ciudad.
Yo acababa de tender la ropa de Sasa cuando él dejó las llaves del auto sobre la mesa del comedor.
—Prepárate —dijo.
—¿Adónde vamos?
—A comprar ropa.
Miré mi propia ropa. La blusa color crema que llevaba puesta era vieja, sí, pero estaba limpia y entera.
—¿Ropa de los niños?
—Tuya.
—Todavía tengo.
—Esas dos maletas traen más libros que ropa.
Así que se había fijado en el contenido de mi equipaje cuando llegué. Iba a replicar, pero Bruno ya gritaba desde la sala, frente al televisor.
—¡Papá le va a comprar ropa bonita a mamá!
Rafael le dio un codazo a su hermano.
—Todavía no se casan. No la llames así porque sí.
Bruno se tapó la boca y luego susurró con un volumen que se oía hasta el patio:
—Igual después va a ser mamá.
Adrián fingió no oír. Le entregó a Sasa a doña Sonia, que acababa de llegar, les recordó a Rafael y Bruno que no salieran más allá del patio del vecino y luego me esperó en el auto.
El viaje a la ciudad tomó casi una hora. Yo creía que me llevaría al mercado o a alguna tienda de ropa de los locales de la calle. Pero el auto se detuvo en el centro comercial más grande de la provincia.
—Adrián, ¿a qué venimos aquí?
—A comprar ropa.
—En el mercado también hay.
—Ya llegamos.
Así era como zanjaba las discusiones.
Entramos al centro comercial con un aspecto casi demasiado sencillo. Adrián llevaba una camisa gris lisa, pantalón negro y unos zapatos de cuero viejos. Yo, una blusa crema, una falda larga y el bolso de tela que me había hecho doña Mina. Algunos nos miraron de reojo porque los zapatos de Adrián todavía traían un poco de polvo rojo del patio de la ganadería.
A él no le importó en lo más mínimo.
En el segundo piso se detuvo frente a una boutique de paredes de vidrio y luz suave. Los vestidos de los maniquíes parecían más caros que todo el contenido de mi maleta.
—Entra —dijo.
—Puedo ver los precios desde aquí.
—¿Y eso qué?
—Lo que cuesta una sola de esas blusas alcanza para el mercado de un mes.
—La cocina no va a dejar de comprar solo porque tengas una blusa nueva.
Lo miré.
—Esa frase suena muy antipática.
—Pero es cierta.
Antes de que alcanzara a jalarlo para irnos, él ya había abierto la puerta de vidrio.
Una vendedora estaba de pie cerca de la caja. Sus ojos bajaron de nuestros rostros a la ropa y los zapatos, y luego se detuvieron en el bolso de tela sobre mi hombro. Su sonrisa apareció tarde y no le llegó a los ojos.
—¿En qué les puedo ayudar? —preguntó.
—Busque ropa para ella —respondió Adrián.
—¿Para qué ocasión?
—Para diario. Algunas cosas para eventos formales.
La vendedora tomó una blusa del perchero más cercano, pero no la entregó.
—Si es para diario, quizá haya otras opciones en el piso de abajo. Aquí los precios arrancan en más de sesenta dólares.
—Sabemos leer una etiqueta —dije.
Su sonrisa se tensó.
—Solo estoy informando.
Adrián señaló un vestido verde oscuro de corte sencillo.
—Muéstreme ese.
La vendedora miró el vestido y luego a mí.
—Esa talla y ese modelo son bastante especiales. No a todo el mundo le queda.
—Tráigalo en su talla —dijo Adrián.
—Ese es de la colección nueva. Si se mancha o se daña al probárselo, la clienta tendrá que responder.
Empecé a entender. No estaba explicando las reglas de la tienda. Quería que nos diera vergüenza y nos fuéramos solos.
Dos clientas sentadas en un sofá cerca de los probadores empezaron a prestar atención. Una le susurró a la otra, pero no lo bastante bajo.
—Han de ser del campo. Mira los zapatos.
Sentí que el calor me subía a la cara, no por ser pobre ni venir del campo. Lo que me daba rabia era la certeza de esa gente de que el precio de la ropa les daba derecho a medir la dignidad de una persona.
Me acerqué al perchero y examiné las costuras del vestido que Adrián había señalado.
—Esta parte del hombro no está bien terminada.
La vendedora me arrancó el gancho de la mano al instante.
—Por favor, no lo toque si no lo va a comprar.
—Si no se puede tocar, ¿cómo revisa uno la prenda?
—Nuestras clientas por lo general ya conocen la calidad de esta marca.
—Una buena clienta justamente revisa la prenda antes de pagar.
Una de las mujeres del sofá soltó una risita. La vendedora me miró con más frialdad todavía.
—Si la señora cree saber más, entonces compre por su cuenta —dijo.
Se llevó el vestido verde al perchero del fondo, como si a propósito lo alejara de mí. Luego volvió con una túnica holgada de color apagado y la dejó sobre el mostrador.
—Esto es de la temporada pasada. Está rebajado.
Revisé la etiqueta. Era dos tallas más grande que la mía.
—¿Por qué me elige esto?
—El modelo es seguro para gente que no acostumbra vestir formal.
—No le he dicho mi talla.
—Se puede calcular a ojo.
Adrián tomó la túnica, me miró y la devolvió al mostrador.
—A ella no le gusta.
—Entonces quizá de verdad no haya nada que le sirva.
Una empleada joven que estaba acomodando cajas de zapatos pareció querer acercarse. La vendedora le lanzó una mirada tan filosa que la muchacha volvió a agachar la cabeza.
Señalé otras tres prendas cuyos colores me gustaban.
—¿Me puedo probar estas?
—Los probadores están ocupados.
Miré hacia las cortinas. Los tres estaban abiertos y con la luz apagada.
—No hay nadie ahí.
—Los acaban de limpiar.
—El piso está seco.
Ella cruzó los brazos.
—¿La señora viene a comprar o a interrogarme?
Nuestras voces atrajeron a la gente de afuera de la boutique. Dos adolescentes se detuvieron frente al vidrio. Una mujer que acababa de entrar con su hija miró a la vendedora y luego, despacio, dio marcha atrás.
—Vinimos a comprar —respondí—. Desde que entramos, ni una sola vez me ha preguntado la talla, el color que me gusta o lo que necesitamos. Solo se ha ocupado de asegurarse de que sepamos los precios.
—Es que ya me ha tocado muchas veces gente que viene solo a tomarse fotos.
—¿Acaso estoy tomando fotos?
—Nunca se sabe si no lo hará después.
Solté el aire. Atender clientes cansa, sí, pero el cansancio no da automáticamente permiso para humillar a la gente.
Adrián se paró a mi lado. Su rostro no mostraba rabia, pero metió la mano al bolsillo del pantalón. Yo ya conocía ese gesto. Lo hacía siempre que se contenía para no cortar la conversación demasiado pronto.
—Llame a su jefe —dijo.
—Nuestra gerente está ocupada.
—Llámela.
—Señor, ya le dije que los precios de nuestra colección son bastante altos. Si busca descuentos, hay otras tiendas al fondo del piso.
—No pregunté por descuentos.
La vendedora suspiró y miró su reloj.
—Tampoco puedo abandonar la caja solo para atender a gente que ni siquiera está claro que vaya a comprar.
—Entonces nos vamos —le dije a Adrián—. No quiero que tu dinero entre en una tienda que trata así a la gente.
Él volteó.
—¿Te gusta la ropa?
—No, después de ver cómo atienden.
—Bien.
Adrián sacó el teléfono, abrió un contacto e hizo una llamada breve.
—Estoy en la tienda del segundo piso —dijo—. Ven.
Solo eso. Colgó sin presentarse.
La vendedora que teníamos enfrente soltó una risita.
—¿Va a llamar a un amigo para que parezca que tiene apoyo?
Una de las clientas del sofá se tapó la boca, pero igual se le oyó la risa. Su amiga levantó el celular, quizá para grabar. Las miré fijo hasta que el celular bajó.
—Si quieren mirar, al menos no graben la cara de la gente sin permiso —dije.
La mujer se turbó y guardó el celular en el bolso. La vendedora, en cambio, chasqueó la lengua, como si mi atrevimiento de poner un límite fuera la prueba de que yo no sabía cuál era mi lugar.
De verdad quería irme, pero Adrián seguía de pie sin moverse un centímetro. Fue su serenidad la que me hizo quedarme.
Unos minutos después, un hombre de traje llegó a paso rápido por el pasillo trasero. Detrás de él venía una mujer con la credencial de la administración del centro comercial. Iban tan apurados que el hombre casi choca con un maniquí.
La vendedora frunció el ceño.
—¿Señor Rosales?
El hombre no le respondió. Sus ojos buscaron de inmediato y luego se detuvieron en Adrián.
Su cara cambió.
—Señor Adrián —lo saludó, estrechándole la mano con las dos suyas—. ¿Por qué no avisó antes? Estaba revisando la bodega.
La mujer detrás de él también inclinó la cabeza.
—Buenas tardes, señor. La entrega de carne para nuestra cadena de restaurantes llegó esta mañana. Justamente pensábamos contactar a su oficina por lo de la sucursal nueva.
Miré a Adrián.
Él solo dijo:
—Vine como cliente.
El señor Rosales me miró, y luego observó a la vendedora, que empezaba a perder el color.
—Por supuesto. ¿La señora es…?
—Mi prometida.
El tono de Adrián siguió plano, pero las dos clientas del sofá dejaron de cuchichear en el acto.
El señor Rosales me saludó con toda cortesía. Por su breve conversación, recién comprendí que la empresa de Adrián abastecía de carne premium a varios restaurantes y supermercados de distintas ciudades. Y que él era además uno de los mayores clientes corporativos de aquella cadena de centros comerciales, por sus compras de equipos para la ganadería y otros insumos del negocio.
El hombre que a diario volvía a casa oliendo a paja resultaba manejar contratos cuyo valor a mí me costaba siquiera imaginar.
El señor Rosales se volvió hacia la vendedora.
—¿Qué pasó aquí?
—Nada, señor. Solo estaba explicando los precios.
—Nos dijo que mejor buscáramos descuentos en otra tienda —dije—. Y me prohibió tocar la mercadería porque daba por hecho que no podríamos pagar si algo se dañaba.
—No fue mi intención.
—Sus palabras fueron bastante claras —apuntó Adrián.
El señor Rosales tomó aire largo.
—Señorita, pase a la sala del personal. Ahora.
Pero la vendedora no se movió. Tal vez por la vergüenza de que la vieran los clientes, o porque aún esperaba dar vuelta la situación. Miró mi bolso de tela una vez más y trató de sonreír.
—Disculpe si la ofendí, señora. Yo solo cuido la colección. Es que a veces la gente del campo toquetea todo sin saber los precios. Si se daña algo, después no tienen con qué reponerlo.
El ambiente de la boutique se congeló de golpe.
El señor Rosales hasta cerró los ojos, como si no pudiera creer que su empleada siguiera cavando su propia fosa.
La vendedora alzó el mentón y añadió:
—Así que, si de verdad no les alcanza, no anden tocando cualquier cosa.
Antes de que su sonrisa de desprecio terminara de formarse, la gerente se adelantó a las apuradas y se inclinó ante Adrián.
—Señor Adrián, ¿vino usted en persona? Pase, por favor, a la sala de atención especial.
La sonrisa de la vendedora se le heló en la cara.
°\🙄/-
Y èso si, lo va a notar un buen cocinero y comensal.
☝️🧐 °~😌~°😉
Doña Inés... ☝️🙄 Tania... ☝️🙄 Su ex familia... 🖕🙄 Los nuevos tíos...🖕🙄 y... ¿Quién más se acumulara?. °~~°
Acaso será...¿¡Yolanda!?.
°~🤨~°🤔🤦♀️
¡Vergüenza!, es lo que debería de tener ella y sus padres por rateros.°\🤨/°
¿Y su "nombre"?...¡Ya está en la boca de todos!. Por las acciones de su hija y por el cinismo y la falta de principios y moral de la familia al no devolver luego , luego la dote que su hija rechazó.°~😒~°
Así que...¡Entré cínicos y rateros no hay a quien irle!.
☝️😌👆🤷♀️🙎♀️
Si ellos solitos se están destapando de tanto calor. 😈😈°~😌~°😈😈😈😈😈😈😁
¿Que mandó a otra persona?. 🤨 ¡Si!. Pero ésa es otra historia. ☝️🧐
¡Nueva prometida, nuevo compromiso! y ...°~🧐~°
¡Nueva administración y dirección!. 🤷♀️ Ya que la nueva prometida no viene sóla. ☝️🙎♀️
Entonces...¿Por qué tanta echada si ustedes mismos la forzaron con tanto chantaje emocional?. 🤷♀️
¡Solo están cosechando todo el "cariño" y consideración que le tuvieron todos esos años y no la conveniencia y egoísmo que buscaron cuando les sirvió de utilidad. 🤷♀️😒🙎♀️
¿Sé refiere a su familia (hija, esposo y usted)... ¡Si, si es la misma bola de rateros de la que hablamos!.°\🤨/°
Porque, aunque la ratera de su hija fue la que se lo gastó...
¡El deber moral, es de los padres que aceptaron la dote!.
Así como la ratera de su hijita rechazo el compromiso... ¡Ustedes tenían que regresar el dinero,joyas y demás cosas que vino con la dote!.🫰🧐
Y aunque mandaron a su hija adoptada, el tratamiento no fue con ella. Y ella tiene familia biológica. Así que al cambiar de prometida automáticamente se transfiere íntegramente la dote, sin ninguna compensación ya que ellos rechazaron el compromiso.
Y todo ése argumento barato, no quita lo que son en realidad... ¡Una bola de rateros!.
Quedando así... ¡En familia!. Cómo lo dijo.°~~°
Es porque no le pertenece porque no hubo ya un compromiso. Que fue para lo que se entregó. 🤷♀️
Y no fue como un sueldo ni adelanto de nada y mucho menos préstamo, ni regalo.
Así al no haber ningún compromiso con la susodicha tiene el deber moral y legal(más lo último) en regresarlo junto con los regalos, joyas y otras cosas que se les haya dado como dote. Ya al no hacerlo, se tomará medias ilegales. 🙎♀️