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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:51
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: No hablaba del atardecer

Rodrigo sintió la curva en las manos antes de verla: el volante se le fue un poco a la izquierda y la camioneta dejó atrás el último tramo de pavimento.

Maite iba con la bolsa en las piernas y los dedos apretados en la correa. Miraba el camino de terracería como si fuera a pedirle cuentas.

—¿El postre está en la punta del cerro?

—Algo así.

—Tío, si me estás secuestrando, te aviso que nadie va a pagar el rescate.

—Ya me lo imaginaba.

Ella se rio por la nariz, sin querer. Él guardó el sonido.

En la caseta, el guardia levantó la pluma y se llevó dos dedos a la gorra. Arriba, entre encinos, estaba la casa de vidrio. Terreno suyo. Casi nadie subía hasta ahí.

Maite bajó despacio. Dio tres pasos por la terraza, se asomó al barandal y se quedó quieta. Abajo, la sierra se abría hasta Santiago, y más allá, en una bruma dorada, se adivinaba Monterrey.

—Híjole —dijo bajito.

Eso fue todo. Rodrigo había oído a gente con más dinero decir cosas mucho más largas sobre esa vista. Ninguna le había gustado tanto.

* * *

El sol empezó a bajar pasadas las seis y media. Ella sacó su celular, lo miró con desconfianza y lo volvió a guardar.

—La cámara de este ya no sirve. Todo sale como si estuviera lloviendo.

—Usa el mío.

Le dio el teléfono desbloqueado. Él tardó un segundo en entender su error.

Maite abrió la cámara, tocó sin querer la miniatura de la galería y se quedó mirando la pantalla. Deslizó una vez. Otra. Otra.

La Chona. Ella con la cuchara a medio camino. Ella riéndose con los ojos cerrados. Ella de perfil, doblando el ticket de las aguas esquina con esquina. Nueve fotos, todas de hoy. Ni una del caldo, ni una del paisaje.

—Solo me tomaste a mí.

—El paisaje no se iba a mover.

Ella no contestó. Se dio la vuelta hacia el barandal, demasiado rápido, para tomar la foto del cielo. Tardó mucho en encuadrarla.

Rodrigo metió las manos en los bolsillos. Cuarenta y seis años y le sudaban las palmas como en la secundaria.

—Si quieres ver el amanecer desde aquí, hay cuarto de huéspedes —dijo—. Con llave por dentro.

—No puedo. Mañana entro a la cafetería a las siete. —Le regresó el celular—. Y en dos semanas empiezan los finales. Si bajo el promedio, adiós beca.

—Entonces otro día.

—Otro día.

No insistió. En el informe de Tomás había una línea que se había aprendido sin querer: al terminar la carrera, la señorita Guzmán planeaba dar clases en una primaria cerca de General Terán. Cerca de su mamá. Cerca de un naranjo.

Si quería volver a su pueblo, él se iba a aprender el camino.

* * *

A las siete y cuarto el viento subió de golpe por la cañada. Maite se abrazó los codos. Traía una blusa de manga corta, la misma ropa de siempre, y Rodrigo sacó de la camioneta el saco que traía colgado atrás y se lo puso encima antes de pensarlo.

Se lo puso sobre los hombros. Le quedaba enorme. Ella metió las manos en las mangas y desaparecieron.

El sol tocó la línea de la sierra y todo se volvió naranja: el vidrio, el barandal, la cara de ella.

—Es el atardecer más bonito que he visto en mi vida —dijo él.

—¿Tan bonito? —Maite lo miró de reojo—. Tú has de haber visto como mil.

Rodrigo no miraba el sol. La miraba a ella, con el saco hasta las rodillas y el pelo revuelto por el aire.

—No hablaba del atardecer.

Maite bajó la vista a sus tenis. Luego a la sierra. Luego a ningún lado. Tenía las orejas encendidas y no dijo nada, y ese silencio le pareció a él la respuesta más clara de la tarde.

* * *

Se quedaron en la terraza hasta que oscureció. Abajo, en la carretera vieja que bordeaba el río, pasaban motos en parejas: ella con los brazos alrededor de él, faros amarillos que se perdían en las curvas.

Maite las seguía con los ojos. Una. Otra. Otra más.

—¿Te gustan?

—Nunca me he subido a una. —Se encogió de hombros—. En el rancho la única moto era la del señor del gas.

Rodrigo sacó el teléfono y se alejó dos pasos. Primera llamada: una renta de motos en Santiago. Segunda llamada:

—Chuy, súbete a Santiago en el gris. Te espero en la carretera vieja, a la altura del puente. La llevas tú de regreso a la residencia.

—Sí, ingeniero.

Colgó. Ella lo miraba con los brazos cruzados dentro del saco.

—¿Qué hiciste?

—Pedí el postre.

A las nueve, un muchacho de la renta llegó a la caseta con una moto negra y dos cascos. Rodrigo se cambió en el cuarto de la entrada: chamarra de piel, guantes, botas. Cuando salió, Maite se le quedó viendo con la boca un poco abierta.

La cerró enseguida. Demasiado tarde.

Rodrigo lo vio y no dijo nada. Hasta ese momento había esperado. Ahora lo sabía.

Le puso el casco él mismo. Ella levantó la barbilla para que le abrochara la correa, y él tardó más de lo necesario porque le temblaban los dedos.

—¿Traes seguido muchachas a pasear? —preguntó ella desde adentro del casco.

—No tengo novia. —Ajustó la correa un poco más—. Pero ya encontré a la muchacha que me gusta.

Ella parpadeó detrás de la mica. No preguntó quién.

* * *

La carretera vieja bajaba entre sabinos. Maite se agarró de su chamarra los primeros kilómetros con dos dedos, muy correcta. En la tercera curva lo abrazó de la cintura. En la quinta recargó el casco en su espalda.

Media hora. Rodrigo manejó más despacio de lo que había manejado nunca.

Se detuvo bajo el único poste de luz del tramo, junto al puente. El motor se apagó y quedaron el río, los grillos y la respiración de ella.

Maite se quitó el casco. Tenía el pelo aplastado y los ojos brillantes.

—Otra vez —dijo—. Quiero otra vez.

Él se rio. Se bajó, le tomó el casco de las manos y lo dejó sobre el asiento. Ella seguía con su saco puesto, las mangas dobladas tres veces. No parecía la muchacha que había llegado a la Torre a acusar a su hija. Parecía alguien que por fin se había dejado cuidar una tarde.

La abrazó. Ella no se apartó. Olía a humo de leña, al caldo de la comida, a algo suyo que él no sabía nombrar.

Bajó la cabeza.

Maite cerró los ojos. Él vio cómo se le iban las pestañas hacia abajo, cómo se le entreabría la boca.

Y entonces ella lo empujó con las dos manos. Fuerte.

—Eres el papá de Dani.

Lo dijo casi sin voz. Luego más alto, como si necesitara oírse:

—Eres su papá.

Él dio un paso atrás. Otro.

El río seguía sonando. Maite se tapó la boca con la mano, y encima de la mano los ojos se le llenaron de agua.

—Perdón. —Rodrigo levantó las palmas, despacio—. Perdón, nena. No debí.

—No es… —Ella negó con la cabeza—. No es eso. Es que no puedo.

—Te voy a dar el tiempo que necesites. —Bajó las manos—. Mi teléfono está prendido las veinticuatro horas. Para lo que sea.

Unos faros se acercaron por la curva. El sedán gris se orilló del otro lado del puente, con las intermitentes puestas. Chuy no bajó. Esperó.

Maite se acomodó el saco sobre los hombros. No se lo quitó. Tal vez no se acordó. Tal vez sí.

—Gracias por la comida —dijo—. Y por el… por todo.

—Avísame cuando llegues.

Ella cruzó el puente sin voltear. Chuy le abrió la puerta de atrás. El sedán dio la vuelta y se fue hacia Monterrey, y las luces rojas se hicieron chiquitas hasta desaparecer.

* * *

Rodrigo se sentó en la moto. Le dolía la rodilla izquierda por el frío.

Se quedó ahí mucho rato, bajo el poste, con el casco de ella en el regazo.

A las once y treinta y dos entró un mensaje de Chuy: Ya llegó la señorita. Entró sola a la residencia.

Nada de ella.

Rodrigo abrió otra conversación y escribió con el pulgar entumido: ¿Qué sabemos de Brandon Lozano?

La respuesta de Tomás llegó en menos de un minuto.

Anda preguntando por ella, ingeniero.

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