Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad 1
La vida nunca había sido especialmente generosa con ella.
Desde que tenía memoria, sus días habían transcurrido entre paredes blancas, el sonido de los monitores médicos y el olor penetrante de los desinfectantes. Mientras otros niños aprendían a correr por los jardines, se ensuciaban las rodillas jugando y regresaban a casa con historias que contar durante la cena, ella aprendía a reconocer el sonido de los pasos de las enfermeras y a distinguir los cambios de humor de los médicos por la manera en que abrían la puerta de su habitación.
Los hospitales habían sido su segundo hogar.
Aunque, si era completamente sincera, a veces dudaba de que tuviera un primer hogar al que regresar.
Había pasado tantos años entrando y saliendo de habitaciones hospitalarias que las paredes de su dormitorio en casa le resultaban extrañas. Su cama tenía sábanas suaves, las ventanas dejaban entrar la luz del sol y, sobre una pequeña mesa, había fotografías familiares que su madre cambiaba de vez en cuando para recordarle que el mundo seguía avanzando.
Sin embargo, ella apenas tenía recuerdos de haber dormido allí durante una temporada larga.
Su vida se medía en tratamientos, revisiones, medicamentos y resultados de exámenes. Los cumpleaños se celebraban con pasteles pequeños que, en ocasiones, ni siquiera podía probar. Las fiestas importantes se convertían en videollamadas. Y las vacaciones familiares eran fotografías que contemplaba desde la cama de un hospital.
Aun así, nunca se convirtió en una persona amargada.
Por el contrario, tenía una dulzura que parecía desafiar todo lo que le había ocurrido.
Sonreía a las enfermeras cuando entraban a cambiarle el suero. Daba las gracias incluso cuando alguien simplemente le acercaba un vaso de agua. Se preocupaba por los demás pacientes y preguntaba por sus familias, aunque ella misma estuviera demasiado cansada para mantener una conversación larga.
Si una enfermera parecía triste, ella intentaba hacerla reír.
Si un niño lloraba en la habitación contigua, buscaba alguna manera de consolarlo.
Y si alguien le preguntaba si tenía miedo, respondía con una sonrisa tan delicada que casi parecía una disculpa.
—Un poquito.. Pero supongo que todos tenemos miedo de vez en cuando, ¿verdad?
En realidad, tenía mucho miedo.
Tenía miedo de las agujas, de las malas noticias y de las expresiones serias que aparecían en los rostros de los médicos cuando creían que ella estaba dormida.
Tenía miedo de cerrar los ojos una noche y no volver a abrirlos.
Pero, sobre todo, tenía miedo de que las personas que amaba sufrieran por su culpa.
[Por eso debo sonreír. Si sonrío, quizá ellos también puedan hacerlo].
Era una idea sencilla, quizá incluso infantil, pero se había aferrado a ella durante años.
Y así llegó a los veinte años.
Veinte años.
Una edad que, para muchas personas, significaba independencia, aventuras, enamoramientos y decisiones importantes. Una edad para descubrir el mundo, cometer errores, enamorarse de la persona equivocada y pasar noches enteras hablando con los amigos.
Para ella, cumplir veinte años había significado recibir una pequeña torta en su habitación del hospital.
Había soplado las velas con ayuda de una enfermera, porque aquel día le faltaban las fuerzas para hacerlo sola. Después había reído cuando descubrió que le habían comprado un pastel de chocolate, aunque solo pudiera comer una porción diminuta.
—¡Veinte años! ¡Ya eres toda una señorita!
Ella había inclinado la cabeza, divertida.
—¿Eso significa que ahora debo comportarme con más dignidad?
—¡Por supuesto!
—Entonces tendré que dejar de esconder galletas en el cajón de mi mesita.
La enfermera se había echado a reír.
Las galletas, por cierto, seguían escondidas en el cajón.
No había cumplido su promesa.
Era uno de sus pequeños secretos.
Y, de alguna manera, aquellos detalles insignificantes hacían que su vida pareciera un poco más normal.
Pocos días después de cumplir veinte años, finalmente recibió permiso para regresar a casa.
No era una recuperación milagrosa. Los médicos seguían preocupados por su estado y le habían explicado que debía descansar, continuar con el tratamiento y acudir a sus revisiones. Pero, por primera vez en mucho tiempo, parecía haber una pequeña oportunidad para que disfrutara de unos días lejos del hospital.
Cuando cruzó la puerta de su casa, se quedó inmóvil.
El sol entraba por las ventanas. Las cortinas se movían suavemente con la brisa y el aire olía a flores frescas.
Era un olor diferente al de los ramos que solían colocar junto a su cama en el hospital. Aquellas flores siempre terminaban marchitándose antes de que ella pudiera disfrutarlas demasiado.
En casa, en cambio, podía escuchar el canto de los pájaros.
Podía caminar hasta la ventana.
Podía sentarse en el sofá sin que nadie revisara sus signos vitales cada pocos minutos.
Y podía dormir en su propia cama.
Aquella primera noche lloró en silencio, abrazada a una almohada.
No eran lágrimas de tristeza.
O, al menos, no únicamente.
Estaba feliz.
Tan feliz que le dolía el pecho.
[Así que esto es estar en casa...].
Cerró los ojos y respiró profundamente.
[Qué bonito sería poder quedarme aquí].
No pidió riquezas, ni una vida extraordinaria, ni siquiera una salud perfecta.
Solo quería permanecer allí un poco más.
Despertar al día siguiente y desayunar junto a su familia. Poder leer un libro hasta quedarse dormida. Mirar la lluvia desde la ventana. Salir al jardín, aunque fuera para sentarse bajo un árbol.
Quería hacer todas aquellas cosas pequeñas que otras personas daban por sentadas.
Quería vivir.
Sin embargo, su cuerpo seguía siendo frágil y los días buenos eran impredecibles. Había mañanas en las que podía levantarse y caminar por la casa, y otras en las que apenas conseguía sentarse en la cama.
Cuando se sentía mejor, aprovechaba cada instante.
Y fue durante aquellos días cuando descubrió que todavía podía hacer algo que amaba profundamente.
Leerles cuentos a los niños.
En el hospital había una pequeña sala destinada a los pacientes infantiles. Tenía paredes decoradas con dibujos, estanterías repletas de libros ilustrados y una alfombra sobre la que los niños podían sentarse a jugar cuando se encontraban lo bastante bien.
Ella solía visitarla durante sus mejores días.
Al principio, simplemente observaba a los pequeños desde una silla. Después comenzó a prestarles sus libros favoritos. Finalmente, cuando descubrió que algunos niños tenían dificultades para dormir por las noches, empezó a leerles cuentos.
Su voz era suave y cálida.
No importaba si el cuento trataba de un conejo que había perdido su hogar, de una princesa que vivía en un castillo o de un dragón que no sabía escupir fuego. Ella interpretaba cada personaje con tanta ternura que los niños terminaban riendo, incluso cuando estaban demasiado cansados para jugar.
—¡Otra vez!
—¿Otra vez? Pero si ya hemos leído esta historia tres veces.
—¡Cuatro!
—¿Cuatro? ¡Entonces el dragón debe de estar agotado de tanto repetir sus aventuras!
Los pequeños estallaban en carcajadas.
Y ella reía con ellos.
A veces, al terminar de leer, algún niño se acurrucaba a su lado. Otros le mostraban dibujos que habían hecho o le preguntaban cuándo regresaría.
Ella nunca prometía una fecha exacta.
—Volveré cuando pueda, cariño.
—¿Mañana?
—Si me encuentro bien.
—¿Y pasado mañana?
—También lo intentaré.
Los niños aceptaban aquellas respuestas con la naturalidad propia de su edad. Para ellos, lo importante era que regresara.
Y ella siempre hacía todo lo posible por cumplirlo.
Incluso después de regresar a casa, continuó visitándolos cuando sus fuerzas se lo permitían. Se acomodaba en un sillón, colocaba una manta sobre sus piernas y abría el libro que había elegido para aquella ocasión.
A veces, tenía que detenerse para recuperar el aliento.
En ocasiones, el cansancio le impedía terminar una historia.
Pero los niños nunca se quejaban.
Si la veían cerrar los ojos, guardaban silencio. Si notaban que estaba pálida, le acercaban un vaso de agua. Y cuando finalmente anunciaba que debía regresar a descansar, alguno de ellos le tomaba la mano.
—Cuando te mejores, quiero que me leas un cuento de princesas.
Ella sonreía.
—Entonces tendré que buscar el cuento de princesas más bonito de todos.
[Por supuesto. Te leeré todos los cuentos que quieras].
No sabía si podría cumplir aquella promesa.
Pero quería creer que sí.
Porque, mientras leía, se olvidaba de que estaba enferma.
Por unos minutos no era una paciente, ni un expediente médico, ni una joven cuyo futuro dependía de los resultados de un examen.
Era simplemente una muchacha que contaba historias.
Una muchacha que hacía reír a los niños.
Una muchacha que todavía tenía algo hermoso que ofrecer al mundo.
Y aquello le bastaba.
Que tierno
autoraaaaaaaa de mis amores yo creo que si me va a dar el Yeyo, ya salimos de Sunderland con varios territorios en puerta,vamos entrando a Vagur y sus viñedos, también vamos para Forest en algún momento???? /Drool//Drool//Drool//Drool//Drool/
A mi igual me encantan los dragones 🥰🥰😍🥰😍👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼