Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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El juego de Aria
A la mañana siguiente, Aria Moretti llegó a la empresa con un café en una mano y el abrigo de Dante en la otra.
Había dormido poco.
No por el trabajo pendiente ni por las preocupaciones económicas que solían mantenerla despierta algunas noches.
No.
Esta vez, el culpable tenía nombre, apellido y una oficina en el último piso del edificio.
Dante Vassari.
Aria todavía recordaba su expresión cuando le había dicho que no prometía no extrañarla.
¿Había sido una broma?
¿Una respuesta espontánea?
¿O aquel hombre, tan serio y controlado, estaba empezando a disfrutar de sus conversaciones?
La idea le arrancó una sonrisa.
—No puede ser —murmuró mientras entraba al ascensor—. Creo que estoy empezando a encontrarlo divertido.
Y aquello sí que era peligroso.
Porque Dante podía ser arrogante, irritante y demasiado acostumbrado a salirse con la suya.
Pero también tenía una mirada que parecía detenerse en ella más tiempo del necesario.
Y Aria, aunque no pensaba admitirlo en voz alta, había comenzado a preguntarse qué ocurriría si decidía provocarlo un poquito más.
Solo un poquito.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Y allí estaba él.
Dante esperaba frente a la entrada de su despacho, vestido con un traje oscuro impecable y el teléfono en la mano.
Levantó la mirada al escuchar sus pasos.
Primero observó el café.
Después, el abrigo que llevaba sobre el brazo.
Finalmente, sus ojos se encontraron con los de ella.
Y algo cambió.
Fue apenas un instante.
Los hombros de Dante se tensaron.
Ella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—Buenos días, jefe.
Dante tardó un segundo en responder.
—Llegas temprano.
Aria miró el reloj de la pared.
—Llego a la hora de siempre.
—Hoy podrías haber llegado antes.
—¿Y perderme el desayuno por complacerte? Qué tragedia.
Dante frunció el ceño.
Aria sonrió.
Ahí estaba otra vez.
Esa pequeña alteración en su expresión cada vez que ella aparecía.
No parecía enfadado exactamente.
Era algo distinto, como si una parte de él reaccionara antes de que pudiera controlar sus propios gestos.
Y aquello despertó su curiosidad.
—Por cierto, te traje algo.
Aria levantó el abrigo.
Dante bajó la mirada hacia la prenda.
—Podrías haberlo dejado en recepción.
—Podría haberlo hecho.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?
Ella dio un paso hacia él.
—Porque quería verte.
La frase salió con tanta naturalidad que Dante se quedó inmóvil.
Aria tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse.
¡Funcionaba!
El gran Dante Vassari, el hombre que conseguía que una sala entera guardara silencio con una sola mirada, acababa de quedarse sin respuesta por culpa de una frase que ella había pronunciado con una sonrisa inocente.
—¿Qué? —preguntó, fingiendo desconocer el efecto de sus palabras—. ¿Te molesta que quiera devolverle personalmente sus pertenencias a mi jefe favorito?
—Soy tu único jefe.
—Entonces tienes suerte. No tienes competencia.
Dante la observó durante unos segundos.
Su lobo acababa de despertar.
No de la manera habitual, con una inquietud vaga o aquella sensación de alerta que lo acompañaba desde hacía meses.
Era algo más intenso.
Más cercano.
Como si la presencia de Aria hubiera abierto una puerta que él llevaba años intentando mantener cerrada.
Está aquí.
La insistencia de su lobo resonó en su cabeza.
Dante apretó la mandíbula.
Ya lo sé.
Acércate.
Estoy a menos de un metro de ella.
Más cerca.
Dante cerró los ojos un instante.
Aquello era ridículo.
Había pasado diez años sin que su lobo mostrara un interés semejante por nadie. Ahora parecía haber decidido perder la razón precisamente con una empleada que disfrutaba desafiándolo.
Y lo peor era que Dante no podía comprender por qué.
No podía sentir su aroma.
No podía descubrir qué tenía aquella mujer que alteraba de esa manera a su lobo.
Solo podía percibir su presencia, observar sus movimientos y soportar aquella necesidad absurda de mantenerla cerca.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Aria.
Dante abrió los ojos.
Ella lo estaba observando con una expresión curiosa.
—Perfectamente.
—Tienes cara de estar discutiendo con alguien.
Lo estoy haciendo, pensó él.
—Estoy pensando.
—Eso debe de ser agotador para ti.
Dante la miró fijamente.
Aria soltó una carcajada y entró en el despacho antes de que él pudiera responder.
El hombre permaneció quieto unos segundos.
Después miró al techo.
—Voy a perder la paciencia.
Su lobo respondió con una satisfacción que lo irritó todavía más.
A media mañana, Aria descubrió algo interesante.
Dante podía ignorar a una persona durante una reunión entera.
Podía revisar documentos, hacer llamadas y tomar decisiones millonarias con una tranquilidad que resultaba casi ofensiva.
Pero cuando ella entraba en una habitación, algo cambiaba.
A veces era su postura.
Otras veces, la manera en que levantaba la cabeza antes de que ella dijera una palabra.
Y en ocasiones, como había ocurrido esa mañana, parecía quedarse momentáneamente distraído.
Aria no sabía qué significaba.
Tampoco estaba segura de querer averiguarlo todavía.
Lo único que sabía era que resultaba divertido.
Especialmente porque Dante parecía odiar perder el control.
A la hora del almuerzo, decidió poner a prueba su teoría.
Entró en la cocina privada de la planta ejecutiva con un sándwich en la mano y encontró a Dante frente a la cafetera.
Él la miró.
Su lobo reaccionó de inmediato.
La sensación fue tan repentina que Dante tuvo que apoyar una mano sobre la encimera.
Aria se detuvo.
—¿Otra vez?
—¿Otra vez qué?
—Esa cara.
—¿Qué cara?
Ella dejó el sándwich sobre la mesa y se acercó con una expresión exageradamente seria.
—La de un hombre que acaba de ver un fantasma.
—No he visto ningún fantasma.
—Entonces debe de ser mi presencia.
Dante soltó una risa breve y seca.
—Tienes una imaginación extraordinaria.
—Y tú unas reacciones muy interesantes.
Aria ladeó la cabeza, estudiándolo.
Él permaneció inmóvil.
Por dentro, sin embargo, su lobo parecía estar dando vueltas en círculos.
Ella.
¿Qué pasa con ella? exigió Dante mentalmente.
Ella.
—Eso ya lo has dicho —murmuró Dante.
Aria parpadeó.
—¿Perdón?
Él se dio cuenta demasiado tarde de que había hablado en voz alta.
—Nada.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Estabas hablando solo?
—No.
—Acabas de hacerlo.
—Moretti.
—Vassari.
Se miraron durante varios segundos.
Entonces Aria sonrió lentamente.
—No te preocupes. No se lo contaré a nadie.
—No hay nada que contar.
—Claro. Y yo nunca discuto contigo.
—Tú discutes hasta con las puertas.
—Solo cuando se cierran en mi cara.
Dante negó con la cabeza, pero esta vez no pudo evitar que una sonrisa apareciera en sus labios.
Aria la vio.
Y su propia sonrisa se volvió más amplia.
Había conseguido que sonriera dos veces en menos de veinticuatro horas.
Quizá debería empezar a llevar un registro.
—Por cierto —dijo ella, tomando su café—, ¿te molesta que esté aquí?
Dante la miró de inmediato.
—¿Por qué me molestaría?
—No sé. Cada vez que aparezco, te quedas raro.
—No me quedo raro.
—Acabas de discutir con una cafetera imaginaria.
—No he discutido con ninguna cafetera.
—Todavía.
Dante dejó la taza sobre la encimera.
—¿Siempre tienes que tener la última palabra?
—No.
Él arqueó una ceja.
Aria tomó su sándwich y se dirigió hacia la puerta.
—A veces también tengo la primera.
Salió de la cocina riéndose.
Dante se quedó mirándola hasta que desapareció por el pasillo.
Y entonces su lobo volvió a empujar desde el interior.
Ve con ella.
Dante apoyó ambas manos en la encimera.
—No.
Quédate cerca.
—Es mi empleada. La veo todos los días.
No es suficiente.
Aquella última respuesta lo dejó en silencio.
Porque, por primera vez, Dante comprendió que su lobo no estaba satisfecho con verla durante las reuniones, hablar con ella en los pasillos o escucharla burlarse de él en la cocina.
Quería más.
Y él no tenía la menor idea de qué hacer con eso.
Por la tarde, Aria tuvo que llevar unos documentos al despacho de Dante.
Llamó dos veces antes de entrar.
—Adelante —respondió él.
Lo encontró revisando unos informes frente al ventanal.
Dejó la carpeta sobre su escritorio.
—Los documentos que pediste.
—Déjalos ahí.
Aria obedeció, pero no se marchó.
En cambio, rodeó lentamente el escritorio y se apoyó en el borde, justo frente a él.
Dante levantó la mirada.
Su lobo despertó de golpe.
Más cerca.
Dante apretó los dientes.
Ni una palabra.
Aria observó cómo su expresión se endurecía.
—Ahora sí estoy segura.
—¿Segura de qué?
—De que hay algo raro contigo.
Dante dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Quieres explicarme qué significa eso?
—Cada vez que me acerco, cambias.
Él no respondió.
—No siempre —continuó ella—. A veces parece que vas a decirme algo y después te arrepientes. Otras veces me miras como si estuvieras intentando resolver un problema matemático.
—Quizá seas un problema matemático.
Aria se llevó una mano al pecho.
—Eso ha sido cruel.
—Sobrevivirás.
—No sé. Mi autoestima podría no recuperarse jamás.
Dante volvió a tomar el bolígrafo, intentando concentrarse en el informe.
No funcionó.
Aria seguía allí.
Tan cerca que su lobo parecía haber olvidado cualquier otra cosa en el mundo.
—¿Sabes qué creo? —preguntó ella.
—Que deberías volver a tu escritorio.
—Creo que te gusta que te provoque.
El bolígrafo se detuvo entre los dedos de Dante.
Aria lo vio.
Y supo que había acertado en algo, aunque no comprendiera exactamente en qué.
—Porque, si realmente te molestara, ya me habrías echado —añadió—. Pero nunca lo haces.
Dante levantó lentamente la mirada.
—¿Quieres que te eche?
La pregunta sonó más seria de lo que ambos esperaban.
Aria dejó de sonreír por un instante.
No porque le diera miedo.
Sino porque la mirada de Dante había cambiado otra vez.
Había algo intenso en ella, algo que parecía luchar por mantenerse oculto.
Y, por primera vez, Aria sintió que estaba jugando con algo que no comprendía del todo.
Aun así, no retrocedió.
—No —respondió con sinceridad—. Pero me gustaría que admitieras que no te soy indiferente.
Dante permaneció en silencio.
Podría haberle dicho que era una empleada competente.
Que su trabajo le resultaba útil.
Que simplemente tenía la costumbre de observar a las personas que trabajaban para él.
Cualquiera de aquellas respuestas habría sido fácil.
Pero Aria lo estaba mirando como si supiera que mentiría.
Y él no quería hacerlo.
—Eres una distracción —dijo finalmente.
Ella abrió los ojos.
Después sonrió.
—¡Lo sabía!
—No te emociones. No es un cumplido.
—Para mí, sí.
—Deberías trabajar más y hablar menos.
—Y tú deberías aprender a dar cumplidos sin sufrir una crisis existencial.
Aria se apartó del escritorio y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—No te preocupes, Dante. No voy a contarle a nadie que te pongo nervioso.
—No me pones nervioso.
—Por supuesto que no.
Ella le guiñó un ojo.
—Nos vemos mañana, jefe.
La puerta se cerró.
Dante permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después dejó caer el bolígrafo sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro.
—Esto es una tortura.
Su lobo no parecía estar de acuerdo.
Ella es perfecta.
Dante cerró los ojos.
—No la conoces.
La conocemos.
Aquello lo hizo incorporarse de golpe.
Pero su lobo volvió a guardar silencio, dejándolo con una certeza que no podía explicar y una frustración que empezaba a consumirlo.
El problema de no poder olerla
Esa noche, Dante permaneció en su despacho mucho después de que todos los empleados se marcharan.
Tenía informes que revisar, llamadas pendientes y una investigación sobre aquel coche que no avanzaba tan rápido como deseaba.
Sin embargo, su mente regresaba una y otra vez a la misma persona.
Aria.
Su sonrisa.
Su manera de acercarse sin pedir permiso.
La facilidad con la que conseguía alterar una tranquilidad que él había tardado años en recuperar.
Dante se levantó y caminó hasta el ventanal.
Desde allí podía contemplar las luces de la ciudad.
Se preguntó, una vez más, qué era lo que su lobo percibía en ella.
Los lobos reconocían a los suyos a través de señales que los humanos no podían comprender del todo. Los alfas, especialmente, estaban acostumbrados a identificar aromas, emociones y cambios en el ambiente.
Pero Dante llevaba diez años viviendo con una ausencia.
Desde el atentado, el mundo había perdido sus olores.
No podía distinguir la lluvia de la tierra mojada.
No podía reconocer el aroma del café recién preparado.
Ni siquiera podía percibir el olor de la sangre cuando una pelea terminaba mal.
Y ahora su lobo reaccionaba ante una mujer como si ella fuera lo más importante que había encontrado en toda su vida.
Dante apretó los puños.
No podía evitar imaginarlo.
¿Qué aroma tendría Aria?
¿Sería dulce, como las flores que crecían en los jardines de su residencia?
¿Tendría una fragancia cálida, capaz de llenar una habitación sin que nadie necesitara verla para saber que estaba allí?
¿O sería algo completamente distinto, un aroma tan único que explicara por qué su lobo parecía perder la razón cada vez que ella se acercaba?
No lo sabía.
Y aquella incertidumbre lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
No era solamente curiosidad.
Era la frustración de sentir que algo esencial estaba justo delante de él, al alcance de su mano, y que no podía percibirlo.
Su lobo volvió a moverse dentro de él.
Su aroma…
Dante cerró los ojos.
—No puedo olerla.
Lo sé.
—Entonces deja de comportarte como si pudieras.
El lobo respondió con un gruñido silencioso.
Dante apoyó una mano contra el cristal.
Quizá aquella fuera la peor parte de todo.
Su lobo parecía reconocer algo que él no podía alcanzar.
Y Aria, sin tener la menor idea de lo que estaba provocando, se divertía jugando con sus reacciones.
Al día siguiente seguramente volvería a entrar en su despacho con esa sonrisa insolente.
Volvería a discutirle algún proyecto.
Volvería a acercarse demasiado, convencida de que estaba descubriendo una debilidad en su jefe.
Y él volvería a preguntarse qué demonios tenía aquella mujer para despertar de esa manera a una parte de sí mismo que llevaba una década dormida.
Dante soltó una risa amarga.
—Cuando descubra qué está pasando contigo, Moretti, voy a tener muchas preguntas.
Su lobo se tranquilizó apenas unos segundos.
Después, una última sensación le recorrió el pecho.
No era una palabra.
Ni una explicación.
Era una certeza primitiva que Dante todavía no estaba preparado para comprender.
Ella debía estar cerca.
Y, por primera vez en diez años, el silencio de su mundo ya no le parecía tan soportable.