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MI ESPOSA ME OLVIDO

MI ESPOSA ME OLVIDO

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Malentendidos / Traiciones y engaños / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:28.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Valentina tenía una sola cosa que proteger: a su familia.

Hasta que una noche, frente a todos, un video destruyó su matrimonio.

Su esposo, Rodrigo, creyó que lo había traicionado. Su suegra se encargó de humillarla y convertirla en la culpable perfecta. Y cuando Valentina dio a luz, Rodrigo le arrebató a su hijo y la obligó a firmar el divorcio mientras ella apenas podía mantenerse con vida.

Después de aquella noche, Valentina desapareció.

Diez años más tarde, vive bajo otro nombre y criando a un hijo que guarda un secreto que nadie puede descubrir.

Porque hay otro niño en el mundo que tiene su misma sangre.

Y cuando los dos hermanos se encuentran por casualidad, comienzan a hacer preguntas que alguien lleva diez años intentando mantener enterradas.

Rodrigo también ha seguido adelante… o eso intenta creer.

Hasta que una mujer aparece en su vida.

No recuerda haberla conocido.

No sabe quién es.

Pero cada vez que está cerca de ella, algo dentro de él se

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21

Los pedazos de vidrio seguían brillando en el piso de la suite cuando Rodrigo se dio cuenta de que todavía tenía el teléfono pegado a la oreja y de que la voz del laboratorio seguía ahí, esperando.

—¿Señor Castel? ¿Sigue en la línea?

—Está mal. —Rodrigo caminó entre los vidrios sin sentirlos crujir bajo los zapatos—. La prueba está mal. La repite.

—Señor, el análisis se corrió dos veces por protocolo, los marcadores son concluyentes—

—Le digo que la repita. —Se apretó el puente de la nariz con dos dedos, los ojos cerrados—. Consiga otra muestra, de otra fuente, mándela a un segundo laboratorio que no tenga nada que ver con el primero. No quiero que se hablen entre ellos. Pago lo que cueste y lo quiero rápido.

Colgó antes de que el hombre alcanzara a contestar, y se quedó de pie en medio del cuarto, respirando como si hubiera subido corriendo diez pisos.

Un error. Tenía que ser un error. Los laboratorios se equivocaban. Un técnico distraído confundía dos tubos, una muestra se contaminaba con otra, pasaba todos los días en todos lados. Eso era. Eso tenía que ser, porque lo otro no cabía en ninguna parte de la cabeza de Rodrigo, y él había construido un imperio justamente sobre la certeza de que su cabeza no fallaba.

Lo otro era que el niño de Elena Mora fuera su hijo.

Lo otro era que hubieran nacido dos.

Se sirvió un trago nuevo, en un vaso entero, y se obligó a que la mano no le temblara mientras lo llenaba. Se sentó frente al ventanal, con la ciudad ajena encendiéndose abajo, y le dio el primer sorbo largo, buscando que el alcohol le apagara el ruido de adentro. No lo apagó. Al contrario. En el silencio de la suite, la parte de él que nunca había sabido mentirse se puso a trabajar sola, ordenando, cruzando, encajando, la misma máquina fría que le había hecho ganar todo y que ahora se le volvía en contra.

Porque si por un segundo, uno solo, aceptaba que el resultado era cierto, entonces todo lo demás se movía de lugar. Y no un poco. Todo.

Si nacieron dos, él solo se llevó a uno. Y si solo se llevó a uno, es que salió de esa casa demasiado rápido aquella noche, ciego de rabia, con un recién nacido en los brazos y sin quedarse a ver si el cuerpo de esa mujer tenía algo más que dar. Y si Valentina se quedó con el otro, entonces no se fue feliz del brazo de ningún amante. Se fue pariendo, sola, con una amiga y dos bebés, o con uno, al otro lado del mundo, a esconderse.

A esconderse. Rodrigo se detuvo en esa palabra y le dio vueltas con la lengua igual que al trago. ¿A esconderse de quién? Una mujer que huye y se cambia el nombre y borra su pasado y cruza un océano no huye de un marido al que engañó. Huye de algo que le da miedo. Huye de alguien.

Huía de él. De los Castel.

Apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Había otra cosa que llevaba días empujando hacia el fondo y que esa noche, con el vidrio roto a los pies, no le quedó dónde meter. Elena no lo había reconocido. Él había pasado la reunión entera estudiándola, buscándole la actuación, la grieta, el momento en que se le cayera la máscara y apareciera la culpable. Y no lo encontró. La mujer lo miraba con incomodidad, sí, con una rareza que él no supo leer, pero no con el odio de quien tiene enfrente al hombre que la destruyó, ni con el miedo de quien lo ve aparecer diez años después. Nada. Lo miraba como se mira a un desconocido que perturba sin que uno sepa por qué.

Y una mujer no finge eso. Nadie sostiene la ausencia de rencor durante una reunión entera, mirándote a los ojos, sin que se le escape ni un temblor, ni una vez.

O era la mejor actriz que Rodrigo había visto en su vida.

O de verdad no se acordaba de él.

Se levantó, caminó hasta el ventanal, apoyó la frente en el vidrio frío. La rabia de diez años, esa que tenía tan bien domada, tan ordenada, con nombre y con cara, se le empezó a desordenar por dentro, porque de repente ya no sabía contra quién apuntarla. Durante una década había dormido —lo poco que dormía— abrazado a un enemigo cómodo: su esposa, la traidora, la que lo humilló delante de cuatrocientas personas. Y ahora esa figura se le deshacía entre las manos y en su lugar no aparecía nada, solo un hueco negro lleno de preguntas que no había querido hacerse nunca.

No aguantó quieto. Necesitaba respuestas, y Rodrigo Castel, cuando necesitaba respuestas, no rezaba ni esperaba: pagaba.

Levantó el teléfono otra vez y, una por una, con la voz baja y precisa de los negocios que no dejan huella, soltó tres cacerías al mismo tiempo.

La primera, sobre Elena Mora. Que escarbaran cada día de esos diez años, cada cuenta, cada trámite, cada persona que la hubiera conocido al llegar, hasta dar con la costura por donde una mujer se cose una vida nueva encima de otra.

La segunda le costó decirla, porque era abrir una tumba que él mismo había sellado con sus propias manos. Su historia. La noche del video. La noche del parto. Lo que de verdad pasó en su casa hace diez años, después de que él saliera con un niño en brazos y jurara no mirar atrás nunca.

Y la tercera le raspó la garganta al pronunciarla. El video. Quién lo grabó. Quién lo montó. De dónde había salido esa cinta que le bastó ver treinta segundos para condenar a su mujer sin escucharla ni un minuto. Porque si nada de lo que creía era cierto, entonces ese video era el principio de todo, y los videos no se hacen solos. Alguien lo fabricó. Alguien se lo puso enfrente.

—Todo callado —dijo antes de colgar—. Que nadie sepa que estoy preguntando. Nadie. Y menos mi madre.

Se quedó con el teléfono en la mano, incómodo, sin querer mirar de frente por qué había dicho eso último. Le había salido solo, del mismo lugar oscuro del que días atrás le había salido el instinto de no pronunciar el nombre de Elena delante de Estela. No siguió ese hilo. Todavía no era capaz.

Colgó y se quedó a oscuras, rodeado de vidrios, con la ciudad que no era la suya brillando al otro lado del ventanal, sabiendo que acababa de poner en marcha algo que ya no iba a poder detener. Y por primera vez en diez años, no le tuvo miedo a la verdad de ella.

Le tuvo miedo a la suya.

Mientras Rodrigo abría tumbas en la madrugada de un continente, del otro lado del mundo ya era pleno día, y en la mansión Castel el aire olía a peligro de otra clase.

Estela había vuelto de sus diligencias con el instinto encendido y sin ganas de seguir fingiendo paciencia. Encontró al niño en la biblioteca, con un libro abierto que claramente no estaba leyendo, y en lugar de pasar de largo como otras veces, entró, cerró la puerta y se sentó frente a él, despacio, apoyando el bastón entre las rodillas.

—Deja el libro —dijo—. Vamos a conversar tú y yo.

Simón cerró el libro y se puso la cara de aburrimiento que le había servido hasta ese día, aunque por dentro se le tensó todo el cuerpo. La vieja lo miraba distinto. Ya no con la sospecha vaga de las primeras veces, sino con algo afilado, apuntado, de cazadora que ya olió el rastro.

—¿Cómo se llamaba tu mamá? —soltó Estela, sin rodeos.

La pregunta lo golpeó de frente, y Simón sintió el estómago caer aunque no movió un músculo de la cara. Mateo nunca había conocido a su madre; no tenía por qué saber ningún nombre. Pero él sí lo sabía. Lo había leído hacía pocos días en un acta escondida en un cajón. Valentina.

—No sé —dijo, y se encogió de hombros—. Nunca me dijeron. Tú siempre dices que es mejor no hablar de ella.

—Mmm. —Estela ladeó la cabeza—. Qué obediente te volviste de repente. Antes ni preguntabas. Y ahora, desde que volviste de ese viajecito, te da por meterte en cuartos cerrados y en despachos que no son tuyos.

—Ya te dije que me perdí.

—Dos veces en la misma semana, en tu propia casa. —Se inclinó apenas hacia él, y bajó la voz, que era cuando más peligrosa se ponía—. Yo te vi nacer, mijo. Te crié. Conozco tu cara mejor que la mía. Y el niño que se subió a ese avión no es el mismo que se bajó. Ese niño era callado. Apagado. Bajaba la cabeza. Este me sostiene la mirada como si tuviera algo que yo no.

Simón se la sostuvo. No pudo evitarlo, porque bajar los ojos en ese momento era confesar. Y en cuanto lo hizo, entendió que acababa de darle la razón a la vieja.

—¿Ves? —Estela sonrió, y esa sonrisa fue peor que cualquier grito—. Eso. Justo eso. ¿Qué te pasó allá, mijo? ¿Con quién te juntaste? ¿Qué te metieron en la cabeza en ese torneo?

—Con nadie. Perdí la final, nada más. A lo mejor por eso ando de mal genio. —Simón se puso de pie, con las piernas más firmes de lo que las sentía—. ¿Puedo irme a mi cuarto?

Estela lo dejó llegar hasta la puerta antes de hablar otra vez.

—Una cosa más.

Simón se detuvo, de espaldas.

—Hace muchos años yo enterré un problema en esta familia. Me costó, pero lo enterré bien hondo, y he dormido tranquila desde entonces. —La voz de la vieja se arrastró por la biblioteca, lenta, helada—. Si algo o alguien intenta desenterrarlo, lo que sea, quien sea, yo lo vuelvo a enterrar. Y esa vez me aseguro de que no vuelva a salir nunca. ¿Me entiendes, mijo?

Simón giró apenas la cabeza y le devolvió la mirada más lisa que pudo fabricar.

—No sé de qué hablas, abuela.

—Ojalá sea verdad —dijo Estela—. Por tu bien.

Simón salió de la biblioteca caminando despacio, obligándose a no correr, sintiendo los ojos de la vieja clavados en la nuca hasta que dobló el pasillo. Solo entonces se apoyó en la pared y soltó el aire de golpe, con el corazón golpeándole en las orejas y la camisa pegada a la espalda.

Había aguantado. Otra vez. Pero ya no se engañaba: Estela no estaba tanteando en el aire. La vieja sabía que algo había cambiado bajo su techo, tenía el olfato encima, y acababa de amenazarlo sin nombrar una sola cosa concreta. El cerco se estaba cerrando, y Simón lo sintió como un frío bajándole por la espalda: la ventaja de ser el niño invisible se le estaba acabando, y no la iba a poder engañar mucho más.

Y del otro lado del mundo, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, el padre de los dos niños acababa de pagarle a la gente que iba a desenterrar exactamente lo que Estela había jurado no dejar salir jamás.

1
Titisx
somo dos
Maigualida Ramirez
escritora busca la forma de que Carla quede con Damian
Limaesfra🍾🥂🌟
sera que la Lucia es tsn buenita xoko dicen xq tiwne como.un faro para interrumpir cualquier aclaracion.entre Damian y Carla
Maigualida Ramirez
que lastima lo cierto en todo esto es que ellos dos se aman y no es justo que no queden juntos porque se ve que es un amor bonito
Maigualida Ramirez
esa malvada Isabella me cae más mal
Maigualida Ramirez
por lo menos la pido rescatar ojala llegue con bien a casa
Maigualida Ramirez
bueno es la trama de la novela que coños
Maigualida Ramirez
si Rodrigo sabe que es una malvada vieja mal nacida porqué no le puso escolta con tanto dinero que tiene
mariela
Pobre Carla dejo a su amor se sacrificó para que no le pasará nada y el estuvo 10 años odiandola y con una verdad se dió cuenta de cuánto la ama pero Lucia una mujer dulce e inocente de todo se casará con él como dijo ella la verdad llegó demasiado tarde.
mariela
Pregunto si ella se enteró porque no confronto a Carla 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Si tiene a los niños no le ha preguntado como se conocieron y que hicieron 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Porque Rodrigo si es tan poderoso no se ha enfrentado a Estela su madre🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓❓
mariela
Llegó Isabela con su maldad y todavía Rodrigo confiado que la protegía y dentro hay traidores que le hicieron llegar el sobre con la verdad y ahora que le dirás como enfrentarás esa verdad y Carla no se salvará por habérselo ocultado todo.
mariela
Damián reconoció entre líneas donde tenían a Valentina ahora vendrán los enfrentamientos entre madre e hijo porque Rodrigo no se quedará de brazos cruzados otra vez.
mariela
Estela un viejo plan te dió resultado por ahora porque lo que menos te imaginas es que te enfrentarás a tu hijo y está vez tienes las de perder todo e igual Isabela te queda grande decir mi Rodrigo.
Nancy romero
autora q pena por lucia pero carla merece ser feliz
Betty Saavedra Alvarado
Estela estás dando los últimos manotazos de ahogado Rodrigo no dejará que le hagas daño a vale o Elena
Betty Saavedra Alvarado
Rodri la encontrará todos trabajan para encontrarla
Betty Saavedra Alvarado
En las historias pasa de todo sin darnos cuenta Rodri si que te llegó la noche
Betty Saavedra Alvarado
Damián no te cases no amas a Lucia no conviertas tu vida en un infierno
Betty Saavedra Alvarado
Rodrigo te va a dar una neumonía
Maigualida Ramirez: te vas a enfermar hombre
total 1 replies
valeska garay campos
ahora vamos a ver que pasa con la bruja 🧙‍♀️
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