Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 18
Capítulo 18
Gael llamó a la ambulancia porque Tadeo había dejado de responder. Para cuando llegaron los paramédicos ya estaba consciente y protestaba, pero nadie discutió que lo revisaran.
Nosotros fuimos detrás, con Julián al volante. Damián había pedido al encargado que conservara las grabaciones disponibles y los datos de quienes estaban en el reservado. Yo iba repasando el momento en que levanté la botella, incapaz de recordarlo con la misma claridad con que recordaba la mano en mi brazo.
—¿Qué está pensando? —preguntó él.
—Cuánto cuesta un abogado.
Dejó de mirar el teléfono.
—Vamos por partes. Primero que la revisen a usted también.
En el hospital comprobaron que yo no tuviera cortes y anotaron la lesión de la muñeca. Después me indicaron dónde esperar. Damián entró a preguntar por su primo y regresó diciendo que le habían puesto tres puntos; todavía lo tendrían un rato en observación.
Cuando lo vimos, Tadeo estaba al teléfono.
—Papá, me abrió la cabeza. Una loca que llegó al reservado. Ni la conozco... —Nos señaló al vernos—. Ahí está.
Yo llevaba la mano izquierda apoyada sobre el brazo lastimado. Tadeo miró mi anillo y luego el de Damián. Dejó de hablar.
—¿Es ella? —preguntó, apartando el teléfono—. ¿La del mensaje del domingo?
—Mi esposa —contestó Damián.
Tadeo volvió a ponerse el teléfono en la oreja, pero no añadió ese dato. Se limitó a decirle a su padre que ya lo estaban atendiendo.
Damián se alejó unos minutos para hablar con Julián y buscar algo de cenar. Yo me quedé en una silla cerca del pasillo. Tenía sed, aunque no me había dado cuenta hasta ver la máquina de agua al otro lado.
Rodolfo y Norma llegaron antes de que me levantara.
La tía fue directamente hacia su hijo. Le sostuvo la cara, miró el vendaje y preguntó dónde estaba el médico. Rodolfo se volvió hacia mí.
—¿Tú le hiciste eso?
Me puse de pie.
—Me agarró y no me soltaba.
—¿Y le rompes una botella en la cabeza?
No había una respuesta que no sonara insuficiente delante de aquella venda. Quise que pudiera haber visto la posición en que Tadeo me tenía, la fuerza que hizo cuando intenté levantarme.
—Le pedí que me soltara —repetí.
Norma vino hacia nosotros.
—Mi hijo no haría eso. ¿Quién eres? ¿De dónde saliste?
—Renata Nájera. Mi familia tiene un taller en Nueva Aurora.
Lo dije porque me había preguntado, y lamenté haberlo hecho cuando la vi reconocer el apellido. Tadeo debía de haberle hablado de mí.
—El taller —repitió—. Pues vayan viendo cómo van a pagar. Te vamos a demandar. Por lesiones y por lo que resulte. Tu papá va a acabar arreglando coches en la banqueta.
El teléfono me pesó en la bolsa. Por la mañana Fernanda había mandado una foto del mismo local. Ahora otra mujer lo mencionaba sin haberlo pisado nunca, segura de que bastaba con nombrarlo para que yo dejara de defenderme.
Quise decir que mi padre no tenía nada que ver. En lugar de eso me oí empezar una frase sobre llegar a un acuerdo.
—¿Qué acuerdo? —preguntó Damián detrás de mí.
Traía una bolsa de comida y un vaso de agua. Me dio el vaso, dejó la bolsa en la silla y se volvió hacia sus tíos.
—Buenas noches. ¿Por qué están hablando del padre de Renata?
—Tu primo tiene la cabeza abierta —dijo Rodolfo.
—Ya lo revisaron y sigue en observación. También revisaron a mi esposa. Les conviene escucharla antes de amenazar a su familia.
Norma volvió la cabeza hacia Tadeo. Él bajó la mirada.
—¿Tu esposa?
—Sí. Se los avisé el domingo.
Rodolfo miró nuestras manos. La noticia le quitó la siguiente frase, aunque no el enojo.
Damián se inclinó hacia mí.
—No ofrezcas nada ahora. Vamos a aclarar lo que pasó.
Asentí. Quería apoyarme en esa certeza y al mismo tiempo me avergonzaba cuánto la necesitaba. Bebí un poco de agua para dejar de intentar hablar.
Ernesto y Regina llegaron poco después. Vi a Regina mirar primero a su hijo, luego el anillo de mi mano. No me saludó.
—Papá —dijo Damián—. El tío quiere denunciar a Renata. Estoy esperando que Tadeo explique por qué la tenía agarrada en un reservado.
—Fue un malentendido —empezó su primo.
—Le dije que me soltara —contesté, esta vez mirándolo a él—. Más de una vez.
—Estábamos jugando.
Damián hizo un movimiento hacia la camilla. Ernesto lo detuvo con una mano en el brazo.
—Aquí no.
—Entonces que deje de decir eso.
Una enfermera se acercó y pidió que bajáramos la voz. Norma quiso explicarle quiénes éramos; la mujer señaló la sala de espera. Nos movimos hacia allí, obligados por fin a dejar de ocupar el pasillo.
Damián esperó a que sus tíos estuvieran frente a él.
—Si quieren denunciar, revisamos todo. Las lesiones de los dos, los testigos, lo que haya quedado grabado. Pero dejen de amenazar a su padre. No estaba ahí.
—Siempre has tenido algo contra Tadeo —dijo Rodolfo.
—Esta noche Tadeo tuvo algo contra mi esposa. Empieza por preguntarle eso.
La forma en que lo dijo me hizo mirarlo. Ya no necesitaba imaginar la frase que habría querido oír en la junta con Ernesto. Esta vez estaba diciendo mi lugar delante de todos, incluso de su madre.
Llegó una mujer alta, con un saco oscuro y un fólder bajo el brazo. Regina la llamó Elisa. Había oído hablar de ella en Vértice: la tía abogada. Damián había pedido a Julián que la localizara.
Elisa escuchó primero a Rodolfo. Luego me miró y me preguntó si yo era Renata.
—Sí.
—Necesito que me cuentes lo que pasó desde que entraste. Sin resumirlo en «me defendí». Qué hizo él, qué hiciste tú, quién estaba cerca.
Norma empezó a intervenir y Elisa la detuvo.
—Después. No vamos a repartir culpas antes de leer los partes médicos y escuchar a los testigos. Un golpe puede tener consecuencias aunque haya empezado el otro.
Me quedé mirando el fólder. Era la primera persona de aquella familia que me pedía una versión completa, y aun así sonaba como un examen más cuando yo apenas podía recordar el orden de algunas cosas.
—¿Vino a ayudarme o a averiguar si sé pegar? —pregunté.
Damián volvió hacia mí. Elisa no pareció ofenderse.
—Vine a escucharte. Siéntate y empieza por el sobre.