La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 23: La Tormenta y la Mesa Compartida
Los días se deslizaron como hojas arrastradas por un viento suave pero constante, y en ellos, la presencia de Aleric Duskbringer se hizo menos como un juicio y más como una sombra protectora: pesada, inamovible, siempre ahí. Comían juntos cada mañana, él vigilando con ojos de halcón que no dejara un solo bocado en el plato, que bebiera hasta la última gota de aquellas infusiones de hierbas amargas que le sabían a tierra y a invierno, que se envolviera bien antes de cruzar el umbral. No era tierno. No decía palabras dulces. Pero cuando ella bajaba la cabeza y comía sin quejarse, él la miraba con una intensidad que la hacía sentir vista, de verdad vista, como nadie la había mirado jamás.
Poco a poco, el trabajo del Archiduque empezó a reclamarlo con más fuerza: mapas extendidos sobre mesas de roble, mensajeros que llegaban con la nieve pegada a las botas, reuniones que se alargaban hasta que las velas se consumían por completo. Ya no podía sentarse a su lado cada hora, pero su influencia permanecía: la taza de té humeante esperándola a la misma hora, los sirvientes que la miraban con respeto sincero y una creciente ternura, el abrigo de zorro blanco que se había convertido en su segunda piel, suave, cálido, pesado, siempre listo cuando ella salía. La modista había llegado y se había ido, dejando armarios llenos de prendas tejidas con lana gruesa y sedas oscuras, cortadas para cubrirla del frío sin ocultar la gracia de su figura: vestidos de tonos azul profundo, gris perla, verde bosque, que ceñían su cintura y caían en pliegues amplios y dignos, cuellos altos y mangas anchas que la hacían parecer una reina de la nieve, hermosa y lejana. Harriette los aceptó sin queja, sabiendo que era lo que se esperaba de ella, y también —lo admitía en silencio— porque no quería que él se arrepintiera de haberla elegido.
Aquella tarde, se refugió en el invernadero, aquel recinto de cristal y hierro que albergaba lo único que quedaba de verdor en el castillo. El aire allí era tibio, húmedo, olía a tierra fértil y flores que no deberían florecer en esa estación. Se sentó junto a la ventana, la taza de té entre las manos, y abrió un libro de la biblioteca, un volumen de cuero oscuro que hablaba de la historia del ducado: tierras duras, gentes que luchaban contra el clima cada invierno, señores que gobernaban con mano firme y corazón endurecido por el frío. Leyó fascinada, comprendiendo por fin por qué todo era diferente aquí: la prudencia era virtud, la fortaleza era belleza, y la delicadeza que en la capital era alabada, aquí era considerada fragilidad.
De pronto, el viento golpeó el cristal con fuerza, como un puño invisible. Las puertas del invernadero se abrieron de golpe con un estruendo, y una ráfaga helada barrió la estancia, alzando su falda en remolinos oscuros y desordenando su cabello dorado, que se esparció como trigo revuelto sobre sus hombros. Lila, su doncella, corrió hacia ella con el abrigo en las manos, con el rostro pálido de alarma.
—¡Mi señora! —exclamó, envolviéndola rápidamente—. ¡Debemos entrar! El viento ha virado. Viene la tormenta.
Salieron juntas, abrigadas hasta las orejas, y el mundo exterior las recibió con un rugido que hizo temblar la tierra. El cielo se había vuelto plomo profundo, tan oscuro que parecía de medianoche, y las copas de los pinos inmensos se inclinaban y se sacudían como si gigantes invisibles los empujaran. La nieve empezaba a caer no en copos suaves, sino en agujas finas y duras que cortaban la piel. Harriette se detuvo un instante, hipnotizada: era aterrador, sí, pero también magnífico, la naturaleza desatada, poderosa y libre, sin dueño ni ley.
—Es una tormenta invernal —le dijo Lila, apresurándola hacia la puerta principal—. Vienen del norte y pueden durar días. Cuando el cielo se pone así, hay que encerrarse y esperar.
Entraron al castillo buscando el calor, y al cruzar el vestíbulo, se encontraron con ellos. Allí estaban los tres compañeros más cercanos a Aleric —los que habían compartido su tienda, su peligro, su silencio— y el propio Archiduque, de pie en el centro del grupo, con un mapa en la mano y el ceño fruncido, hablando con tono cortante y urgente. Al oír el ruido, todos se giraron a la vez. Los tres caballeros inclinaron la cabeza en una reverencia respetuosa, breve y sincera, y Aleric levantó la vista y la miró.
La recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, y Harriette sintió el calor subirle al rostro. Sabía que él veía los cambios: sus mejillas ya no estaban hundidas, sus ojos azules brillaban con un brillo que no era de fiebre, su cabello caía sedoso y abundante, y aunque aún era delgada, la comida y el descanso empezaban a dibujar su figura con suavidad, curvas firmes y elegantes bajo la tela gruesa. Se veía, por fin, como la esposa de un Archiduque. Se veía viva.
—Podéis retiraros —dijo Aleric a los hombres, sin apartar la vista de ella—. Revisad los muros del norte y aseguraos de que los graneros estén bien cerrados. Nos mantendremos informados.
Los hombres asintieron y se marcharon deprisa, dejándolos solos en el amplio vestíbulo donde el viento aullaba contra las ventanas.
—Llegó antes de lo previsto —dijo él, acercándose un paso—. La tormenta. Los pronósticos hablaban de seis días, pero el clima aquí es traicionero. Puede empeorar antes de mejorar.
—Lo comprendo —respondió ella, con la voz firme—. Daré las órdenes necesarias. Comprobaré las provisiones, las mantas, los aposentos de los sirvientes. Nada se nos escapará.
Él asintió, y una sombra de aprobación cruzó sus ojos.
—Lo sé —dijo, y su tono bajó, se volvió más íntimo—. He visto cómo trabajáis. No os escondéis. No pedís favores. Hacéis lo que debe hacerse. La gente lo nota. Os respetan. Os quieren.
Harriette bajó la mirada, con una sonrisa leve y tímida.
—Solo cumplo con mi deber —murmuró—. Igual que vos.
Hizo una reverencia para retirarse, pero él la llamó antes de que diera un paso.
—Harriette.
Ella se giró, elegante y serena, aunque el corazón le latía deprisa.
—¿Sí, mi señor?
Aleric dudó un instante, como si buscara las palabras.
—Cenad conmigo esta noche —dijo, y no fue una orden, sino una invitación, torpe y sincera—. Solo nosotros. En mi estudio.
Ella parpadeó, confundida. Sabía que trabajaba hasta tarde, que las noches eran su tiempo de planes y decisiones.
—¿No os retrasaré? —preguntó con suavidad—. No quiero interrumpir vuestras labores.
—No me interrumpís —respondió él, con firmeza—. He terminado lo urgente. Y... me gustaría. Que cenáramos juntos.
La franqueza de sus palabras la desarmó. Asintió, sintiendo una extraña alegría cálida en el pecho.
—Entonces así será —dijo, con una sonrisa que iluminó su rostro—. Haré que preparen algo digno de vos.
—Como sea de vuestro agrado —respondió él, y por un instante sus labios se curvaron en lo que casi era una sonrisa—. Os espero al anochecer.
La noche cayó pesada y oscura, como un manto de terciopelo echado sobre el mundo. La nieve caía ya en gruesos copos que tapaban el paisaje, blanqueando todo a su paso, y el viento gemía por las esquinas del castillo como un ser vivo que buscara refugio. Harriette se preparó con esmero, eligiendo un vestido de seda color zafiro, de mangas largas y bordados sutiles en hilo de plata, que le daba un aire sereno y majestuoso. Se trenzó el cabello con cintas del mismo color, dejando mechones sueltos que enmarcaban su rostro, y cuando se miró en el espejo, apenas reconoció a la mujer que la devolvía la mirada: más fuerte, más serena, más segura.
Caminó hacia los aposentos de Aleric, y cuando la puerta se abrió, él estaba allí, de pie junto a la chimenea, con una copa en la mano, vestido con una túnica oscura que le sentaba como una segunda piel. La miró entrar y no dijo nada por un momento, solo la miró, y ella sintió que sus ojos violeta la recorrían entera, no con deseo grosero, sino con asombro, como si cada vez la viera por primera vez.
—Entrad —dijo, apartándose—. Hace frío en el pasillo.
La mesa estaba puesta junto al fuego, cubierta con un mantel blanco impecable, con velas que derretían su cera lenta y suavemente. No había lujo excesivo, pero todo era de la mejor calidad: platos de plata, copas de cristal, pan recién horneado, un caldo espeso y aromático, carne asada con hierbas, frutas confitadas y una jarra de vino tinto que brillaba como rubí.
—He dado instrucciones de que no nos molesten —dijo él, sentándose y esperando a que ella hiciera lo mismo—. Solo nosotros.
Comieron en silencio al principio, un silencio tenso pero no hostil, lleno de cosas no dichas. Harriette probó todo con delicadeza, y él la observaba, no con la vigilancia estricta de otros días, sino con curiosidad.
—Estáis comiendo bien —observó él, de pronto—. Se nota.
—Lo hago —respondió ella, sin levantar la vista del plato—. No quiero caer enferma de nuevo. Y... no quiero que os preocupéis.
Aleric dejó el cuchillo sobre la mesa con un sonido suave.
—No es preocupación —dijo, y su voz fue grave y lenta—. Es miedo. Miedo de que os apaguéis. Como una vela que alguien sopla sin querer.
Harriette lo miró, y vio en sus ojos algo que rara vez mostraba: vulnerabilidad.
—No me apagaré —prometió ella, con voz suave pero firme—. He sobrevivido a cosas peores que el frío. Soy más fuerte de lo que parezco.
—Lo sé —respondió él—. Lo he visto. Pero la fortaleza también necesita descanso. También necesita alimento. También necesita... compañía.
Hubo una pausa. El fuego crepitaba suavemente, y fuera, la tormenta golpeaba las ventanas con furia, como si quisiera entrar y no pudiera.
—Nadie me ha cuidado así —dijo ella de pronto, bajito, como si confesara un secreto—. Nadie. Ni siquiera... antes.
Aleric la miró fijamente, y sus ojos violeta se oscurecieron.
—¿Nadie? —repitió, y había algo afilado en su voz—. Ni él.
Harriette sintió cómo el corazón se le detenía un instante. Sabía de quién hablaba. No le había contado nada, pero lo sabía.
—No —susurró ella—. Él solo miraba lo que yo podía darle. Nunca a mí.
Aleric asintió lentamente, y sus manos se cerraron sobre la mesa.
—Algunos no saben ver lo que tienen —dijo, con una amargura profunda—. Solo aprenden a valorarlo cuando ya no está. Pero yo... —se detuvo, buscando las palabras—. Yo no quiero esperar a perderos para saber lo que valgo. Lo sé ahora. Cada día que os veo aquí, comiendo, leyendo, sonriendo a los niños del pueblo... lo sé.
Harriette sintió las lágrimas asomar, pero no de tristeza. De algo más cálido, más dulce.
—No me iré —dijo ella—. No me iré sin luchar.
—Luchad entonces —respondió él, con intensidad—. Pero dejadme luchar con vos. No sola.
Se quedaron mirándose a través de la luz temblorosa de las velas, y la distancia entre ellos, aquella invisible barrera que los había separado durante semanas, pareció encogerse, volverse frágil, casi transparente. Él no dijo que la amaba. Ella no dijo que ya empezaba a quererlo. No eran esas palabras las que necesitaban. Eran otras: las de quedarse, las de acompañar, las de no dejar caer al otro.
—La tormenta durará días —dijo él, cambiando de tono, suavizando la gravedad—. No saldréis al exterior mientras no amaine. Y si necesitáis algo... cualquier cosa... enviadme a buscar. Vendré.
—Lo haré —prometió ella—. Y vos... descansad también. No sois invencible, Aleric.
Él sonrió entonces, una sonrisa breve y oscura, que llegó a sus ojos.
—Nadie lo es —dijo—. Pero con vos cerca... me siento más fuerte.
Cenaron el resto de la velada hablando de cosas más ligeras: de las costumbres del ducado, de las historias que leía en los libros, de cómo la gente miraba el cielo antes de una tormenta. Cuando ella se levantó para retirarse, la acompañó hasta la puerta, y allí, bajo el dintel, se detuvo un instante.
—Gracias —dijo él, bajito—. Por esta noche.
—Gracias a vos —respondió ella, con una sonrisa que iluminó todo su rostro—. Ha sido... hermoso.
Ella se marchó, y él se quedó mirando la puerta cerrada, con la mano aún apoyada en la madera, sintiendo que algo se había roto dentro de él y algo nuevo empezaba a crecer. Y fuera, la tormenta rugía con toda su furia, pero dentro, el fuego ardía con más claridad que nunca.