Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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Los imprevistos de la vida
Alexander había aprendido algo durante las últimas semanas. Ángela nunca cometía errores. Los provocaba. Era una diferencia pequeña en apariencia, pero aterradora cuando uno empezaba a comprenderla. Un error nacía de una equivocación. Los movimientos de Ángela, en cambio, parecían nacer de una decisión tomada mucho antes de que los demás siquiera supieran que existía un tablero. Por eso, cuando Dimitri dejó sobre la mesa la carpeta negra, Alexander no la abrió inmediatamente. La observó.
-¿Qué es? -Dimitri permaneció de pie frente al escritorio.
-Una posibilidad. -Alexander levantó la mirada.
-No me gustan las posibilidades. Me gustan las certezas. -Dimitri deslizó la carpeta hacia él.
-Entonces tendrás que conformarte con esto hasta que consigamos una. -Alexander finalmente la abrió. Dentro había fotografías. Documentos. Registros de transferencias. Fechas. Nombres y una serie de movimientos empresariales que, aislados, no significaban absolutamente nada, pero juntos eran otra historia. Alexander pasó una página. Después otra. Su expresión cambió.
-Esto ocurrió tres meses antes de nuestra boda y esto... -señaló una transferencia. -Dos meses antes.
-Lo vi.
-¿Quién movió este dinero?
-Una sociedad registrada en Luxemburgo. -Alexander levantó los ojos.
-¿Propiedad de quién?
-Ahí está el problema.
-¿Qué problema?
-Ni mi abuelo, ni yo conseguimos llegar al propietario final. -Alexander dejó escapar una risa seca.
-Entonces no es un problema. Es Ángela.
-Eso pensé.
-¿Y?
-No es suyo. -el silencio cayó entre ambos. Alexander volvió a mirar el documento.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque investigué todas las sociedades que conocemos relacionadas con ella. Esta no aparece en ninguna.
-¿Entonces? -Dimitri se inclinó ligeramente sobre el escritorio.
-Entonces tenemos dos opciones. La primera. Alguien está trabajando para Ángela sin que nosotros lo sepamos y la segunda tiene recursos que ni siquiera nosotros conocemos. -Alexander permaneció inmóvil. Aquella posibilidad le produjo una sensación que no quiso reconocer. No era miedo. Era algo peor. La sensación de haber estado peleando contra un enemigo al que apenas conocía.
-Quiero saber quién está detrás.
-Estoy trabajando en eso.
-Quiero encontrar algo que pueda utilizar contra ella.
-Eso es exactamente lo que ella espera.
-¿Cómo puedes saberlo? -Dimitri sonrió sin humor.
-Porque si yo fuera Ángela, dejaría una puerta abierta. -Alexander lo miró fijamente.
-¿Crees que esta es una puerta?
-Creo que es demasiado fácil. -aquella frase quedó suspendida entre los dos. Alexander volvió a abrir la carpeta. Entonces vio una fotografía que no había notado antes. Era una imagen tomada frente a un edificio. Una persona aparecía entrando por una puerta lateral. El rostro no podía distinguirse. Solo se veía una figura joven, vestida de negro. Alexander tomó la fotografía.
-¿Quién es? -Dimitri negó con la cabeza.
-No lo sabemos.
-¿Qué tiene que ver con Ángela?
-No lo sé. Puede que nada o puede que sí.
-Entonces lo averiguamos. -Dimitri tomó la fotografía, pero antes de guardarla, la observó nuevamente. Había algo extraño. La persona de la fotografía no parecía estar entrando al edificio. Parecía estar esperando. Como si supiera que alguien iba a salir.
-Alexander. Mira esto. -en la parte inferior aparecía una pequeña matrícula. Alexander la observó.
-¿Un vehículo?
-Sí. -Dimitri buscó rápidamente en su teléfono. Unos segundos después, su expresión cambió.
-¿Qué encontraste?
-El vehículo pertenece a una empresa de seguridad. -Alexander frunció el ceño.
-¿Cuál?
-Una que trabaja exclusivamente con clientes privados.
-¿Y?
-Será difícil acceder a ellos para obtener información sin que notifiquen a Ángela.
-Entonces finalmente tendremos algo.
-No creo. Esto es demasiado fácil. Es como si ella quisiera que encontráramos esto.
-¿Por qué lo dices? -Dimitri dejó la fotografía sobre la mesa.
-Porque esta fotografía no fue tomada por nosotros.
-¿Cómo estás tan seguro?
-Porque la cámara que la tomó... -Dimitri señaló una pequeña marca en la esquina. -Estaba colocada dentro de un edificio al que ninguno de nuestros hombres tuvo acceso. -Alexander permaneció en silencio y entonces comprendió. La fotografía no era una pista. Era un mensaje. Ella sabía que estaban buscando, intentando encontrar una debilidad y aun así, había decidido permitirles avanzar. Alexander cerró lentamente la carpeta.
-Cancela la investigación. -Dimitri lo miró sorprendido.
-¿Qué?
-No quiero que nadie siga esa pista.
-¿Por qué? -Alexander tomó nuevamente la fotografía.
-Porque si Ángela quería que la encontráramos...
Le dio la vuelta. En el reverso había una frase escrita a mano. Solo cinco palabras. "-No busques lo que no comprendes". Desde que habían comenzado aquella guerra ambos bailaban al ritmo que ella marcaba. Mientras tanto, en el tercer piso, Ángela permanecía sentada frente al ventanal de su habitación. Todo dormía debajo de ella. Excepto sus conspiradores favoritos. Tenía una copa intacta sobre la mesa. El teléfono descansaba junto a su mano. Vibró una sola vez. Ángela lo tomó y sonrió. No era su sonrisa pública. Ni aquella expresión elegante que utilizaba en reuniones, entrevistas o cenas familiares. Era una sonrisa dulce, cariñosa.
-La encontraron.
-¿Quieres que los detenga? -Ángela levantó los ojos. La habitación parecía vacía.
-No.
-¿Estás segura? -ella dejó el teléfono sobre la mesa en altavoz.
-Completamente. -se levantó y caminó hasta el ventanal. -Déjalos seguir. -hubo unos segundos de silencio.
-¿Por qué? -Ángela contempló las luces del jardín.
-Porque Alexander necesita creer que está ganando. -la voz volvió a escucharse.
-¿Y cuándo descubra la verdad? -Ángela sonrió.
-Entonces será demasiado tarde. Comienzo con el paso tres en dos días. -la llamada terminó. Ángela permaneció frente al cristal. Su expresión perdió aquella arrogancia habitual. Parecía cansada. Casi triste y durante apenas un segundo, antes de que volviera a convertirse en la mujer implacable que todos conocían, susurró. -Todavía no es el momento de que te conozcan.
En algún lugar de aquella enorme y fría ciudad, un muchacho de apenas veinte años guardó el teléfono en el bolsillo. Había escuchado cada palabra de su hermana y sonrió. No porque quisiera la guerra. Sino porque, para él, aquella guerra siempre había tenido un único propósito. Proteger a la mujer que un día había sido la única persona que decidió no abandonarlo. Su hermana había calculado que iniciaría el paso número tres en exactamente dos días durante las cuales todo debía permanecer en su sitio, como las piezas de un mecanismo diseñado por una mente que no admitía errores.
Ángela había previsto llamadas, movimientos bancarios, reuniones, reacciones, incluso las posibilidades de que Alexander sospechara algo y las distintas maneras de desviarlo hacia una conclusión equivocada. Lo que no había calculado era que el destino tuviera sus propios planes. Porque la vida tenía una desagradable costumbre. A veces se negaba a obedecer. Aquella mañana, fue a visitar a sus padres. No había nada extraño en ello. Al menos, desde afuera. Llegó poco antes del mediodía a la residencia Casamayor, impecablemente vestida, con aquella elegancia que parecía formar parte de su piel. Besó a su madre en la mejilla, abrazó a su padre y aceptó con una sonrisa, el reproche cariñoso de que llevaba demasiado tiempo sin quedarse a almorzar. Su padre estaba particularmente animado. Hablaron de negocios. De acciones. De la reorganización de la empresa. De su retiro y finalmente de lo que llevaba años esperando.
-Creo que ya es hora de que seas tú quien tome las riendas de Casamayor mi princesa.
Ángela levantó los ojos del documento que estaba revisando. No respondió inmediatamente. No porque estuviera sorprendida. Sino porque había esperado aquel momento durante demasiado tiempo como para permitir que su rostro traicionara lo que significaba. Casamayor. La empresa. La fortuna. El apellido. Todo aquello que había observado desde niña como quien contempla una casa que sabe que, algún día, deberá abandonar porque no le pertenece. Su padre continuó hablando. Había pensado en transferirle una parte importante de sus acciones y participaciones. Quería reducir progresivamente su presencia en la dirección. Necesitaba descansar. Viajar. Disfrutar de los años que le quedaban. Ángela sonrió. Una sonrisa perfecta de hija agradecida.
-Papá, no tienes que hacerlo todo de golpe. -él soltó una carcajada.
-Precisamente porque eres mi hija puedo hacerlo. Ven toma. Firma aquí y aquí. Ves, ya está. Eres ahora la presidenta de Casamayor. Cuando tu madre y yo regresemos de nuestras vacaciones lo formalizaremos ante la junta directiva de la Empresa. Estoy tan orgulloso de ti mi princesa. Eres mi hija adorada. Te has convertido en una mujer extraordinaria igual que tu madre.
Aquella frase le produjo un extraño pinchazo en el pecho. "Mi princesa". "Mi hija". "Igual que tu madre". Ángela bajó la mirada. Él no sabía. Nunca había sabido y ella jamás se lo diría. A los dieciséis años había descubierto que aquel hombre no era su padre biológico. La verdad había caído sobre ella como una piedra. Durante dieciséis años lo había amado de manera absoluta. Sin reservas. Como solamente puede amar una hija que cree que su padre es su refugio. Después de descubrir la verdad, algo cambió. No dejó de quererlo. Eso habría sido demasiado sencillo. Lo que hizo fue peor. Aprendió a mantener una distancia prudente. Porque aquel hombre no tenía la culpa. No había participado en la mentira. No había elegido ser engañado. Había sido otra víctima de un plan concebido por su madre que había decidido que la fortuna importaba más que la sangre y la verdad.
Ángela lo sabía y precisamente por eso fingía no saber. Era la única manera de conservar su lugar. Si su madre descubría que conocía la verdad, todo podía derrumbarse y Ángela no estaba dispuesta a perder el único territorio que había aprendido a considerar suyo. Así habían pasado los años. Mientras su madre dormía tranquila creyendo que su secreto seguía intacto, su padre la miraba con orgullo sin sospechar que aquella hija a la que amaba no llevaba su sangre y ella construía, pieza por pieza, algo que nadie podía quitarle. La fortuna Casamayor. No por ella. Nunca exclusivamente por ella. Por Owen. Su hermano. El único ser humano al que Ángela había decidido proteger incluso de sí misma.
Había pasado años preparando un futuro para él. Si lograba quedarse con todo, se lo entregaría y si no podía... Entonces construiría otra fortuna. Ya lo estaba haciendo. En silencio. Con paciencia. Con la ayuda de Sergei Hale el padre biológico de su hermano. Ambos compartían una certeza incómoda: el mundo al que pertenecía Owen por derecho de su padre, no era un lugar donde un muchacho pudiera crecer expuesto. El hampa no perdonaba errores. Sergei no tuvo otra opción que ocultarlo también. Por eso había colaborado junto a ella durante años para darle dinero, seguridad y una vida cómoda a ese chico sin convertirlo en una figura visible.
Ángela quería que, cuando llegara el momento de que Owen caminara finalmente a su lado, nadie pudiera tocarlo. Ni su madre. Ni su padre. Ni el hampa y mucho menos los enemigos que inevitablemente aparecerían y tampoco quería que Owen fuera a vivir con Sergei. Podía confiar en Sergei, pero una cosa era confiar en un hombre y otra entregar a su hermano a un mundo donde la muerte podía convertirse en una visita cotidiana. Por eso había construido aquel plan y ahora estaba casi terminado. Aquella tarde regresó a casa feliz. Realmente feliz. Su padre acababa de entregarle la mayor parte de las acciones y participaciones de la empresa. Había hablado de retirarse. De darle las riendas oficiales a la posición infalible del líder de los Casamayor y como si aquello no fuera suficiente, anunció que él y su madre viajarían aquella misma noche a Hawái. Unas vacaciones. Una pausa. Ángela incluso bromeó con él.
-No pienses demasiado en el trabajo mientras estés allí. La vida es corta. Hay que disfrutarla.
-Eso te corresponde a ti ahora. Yo solo quiero sol y arena, sin juntas directivas. -ella sonrió.
-Y bailar hula hula supongo. -ambos rieron ante la imagen de su padre con la falda y el collar tradicional de esa danza.
-Si lo hace te juro que le hago un vídeo y te envío. -intervino su madre. Todos volvieron a reír. Fue un momento raro, porque la alegría no fue fingida. Su padre le acarició el cabello. Como cuando era niña. Llegó a casa de buen humor y accedió a cenar con su esposo. A las ocho en punto enrollaba unos espaguetis en el tenedor cuando su teléfono sonó. Ángela contestó sin preocupación. Hasta que escuchó las primeras palabras.
-Repita eso. -su expresión cambió. Alexander la observó. Era evidente el temblor en las manos, el brillo en los ojos y la mirada perdida. Acababa de recibir una mala noticia para la que ningún cálculo la había preparado. El avión privado. El despegue. El accidente. La caída había ocurrido apenas unos segundos después de elevarse. No estaban muertos. Todavía. Ángela permaneció inmóvil. Durante varios segundos no dijo nada. -¿Dónde están?
Oyó como desde el fondo de una cueva palabras como hospital. Estado crítico. Probabilidad incierta. Las palabras llegaron fragmentadas, pero una sola idea consiguió atravesar todas las demás. Dos días. Dos días era todo lo que necesitaba y ahora podía perderlos. No por una decisión suya. Ni por una conspiración. Ni por una traición. Por un maldito accidente. La furia llegó primero fría, profunda, casi irracional. Quiso romper algo, preguntarle al universo con qué derecho podía destruir años de cálculos en unos segundos. Después apareció la lástima y esa fue mucho peor. Porque no podía sentir lástima por sus planes. Sentía lástima por ellos. Por su padre. Por su madre. Por las dos personas que, a su manera, habían construido la vida que ella había pasado años intentando conquistar.
Cuando llegó al hospital, Alexander estaba con ella.
Dimitri permanecía a tres pasos de distancia. Otros guardaespaldas ocupaban los accesos. Los médicos entraban y salían. Periodistas se agolpaban en el exterior. Las cámaras intentaban capturar cualquier imagen. Los empleados del hospital y el equipo de seguridad luchaban por contener la cobertura mediática. Ángela permanecía sentada. Quietísima. Con las manos entrelazadas. Alexander la observaba de vez en cuando. No sabía qué estaba ocurriendo dentro de aquella cabeza. Nadie lo sabía. Ángela miraba la puerta de urgencias y pensaba en Owen. Si su madre moría... Owen perdería la oportunidad de conocerla. De verla. De escucharla decirle quién era. De descubrir que había alguien que llevaba años preparándole un lugar en el mundo.
Aquello le dolía. Mucho y la hacía sentirse culpable. Porque, durante un instante, una parte de ella pensó que quizá habría sido más sencillo si ambos hubieran muerto. Después se odió por haberlo pensado. No por su madre. Por su padre. Él no merecía morir. No después de haberla amado toda la vida. Las horas avanzaron. A las cuatro de la mañana, un médico salió. Ángela se levantó inmediatamente. El hombre tenía el rostro cansado. No necesitó escuchar la frase completa.
-Lo siento... -el mundo se detuvo. -Su padre no pudo superar las lesiones.
Ángela parpadeó. Después llevó una mano a su boca y lloró sin cálculo, sin estrategia. No hubo actuación. Las lágrimas simplemente aparecieron. Alexander la sostuvo cuando sus piernas cedieron. Ángela se aferró a él y durante unos segundos dejó de ser la mujer que podía destruir a alguien con una sonrisa. Dejó de ser la esposa calculadora. La estratega. La depredadora. Fue solamente una hija que acababa de perder a su padre. Aunque no llevara su sangre. Aunque hubiera conocido la verdad durante casi toda su vida. Aunque hubiera utilizado su amor para construir su propio futuro. Él nunca había sabido nada de aquello. Para él, ella había sido su hija. Su niña. Su princesa. La mujer de la que se sentía orgulloso y eso era lo que más dolía. Ángela cerró los ojos. Recordó la mano de su padre sobre su cabeza aquella misma tarde.
-Perdóname papá. -susurró como una plegaria sincera.
Alexander no escuchó. Dimitri tampoco. Ella no sabía exactamente por qué estaba pidiendo perdón. ¿Por haber convertido su amor en una herramienta? ¿Por saber que no era su hija y permitirle morir creyendo que sí? ¿O simplemente por no haber podido quererlo de la manera que él merecía después de descubrir la verdad? Quizá por todo. Levantó el rostro. Sus ojos estaban rojos. Su expresión, destrozada, pero detrás de aquel dolor había algo más. Una certeza terrible. El paso número tres ya no existía. Los planes que había construido durante años acababan de cambiar. La vida le recordó con dureza algo que ella había olvidado. Podía calcular personas, dinero, traiciones, miedos, pero no podía calcular la muerte.
Y mientras lloraba en los brazos de Alexander, aquella madrugada comprendió que no solamente había perdido a su padre. Había perdido también la última pieza de inocencia que todavía quedaba escondida en algún rincón de ella. Su padre había muerto creyendo que era su hija y ella tendría que vivir sabiendo que él jamás conocería la verdad. Ni siquiera la verdad más sencilla de todas: que, aunque no compartieran una sola gota de sangre, durante años él había sido realmente su padre y quizá, en algún lugar que Ángela había intentado enterrar demasiado profundo, ella todavía seguía siendo su niña.