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La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: La Luna de Sangre de Acero

Desperté en sus brazos.

La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, dibujando patrones dorados en la pared. Por un momento, antes de que los recuerdos de la noche anterior me golpearan, me permití flotar en esa niebla cálida entre el sueño y la vigilia. Su pecho subía y bajaba bajo mi mejilla, su brazo me rodeaba la cintura, y su aroma —bosque húmedo, cuero, algo profundo y salvaje— me envolvía como una manta.

Luego, todo volvió. La boda. La revelación. Dorian. Mi madre.

Me incorporé de golpe, y Alexander se despertó al instante.

—¿Qué pasa? —Preguntó, con la voz ronca por el sueño—. ¿Estás bien?

—Sí —dije, aunque no estaba segura de que fuera cierto—. Solo... necesito procesar todo.

Alexander se sentó, frotándose los ojos. Sin camisa, con el cabello revuelto y la mandíbula sombreada por la barba incipiente, parecía más joven. Más vulnerable. Más humano.

—Ayer fue un día intenso —admitió—. Para ambos.

—¿Intenso? —Repetí, con una risa amarga—. Descubriste que tu esposa es la Alfa de la manada que tu padre destruyó. Tu hermano intentó matarnos. Tu madre, a la que creías muerta, apareció de la nada. ¿Y lo llamas intenso?

Alexander sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que le iluminó el rostro.

—Eres la mujer más extraordinaria que he conocido —dijo—. Y no lo digo porque seas una Alfa. Lo digo porque, a pesar de todo, sigues aquí. A mi lado.

—No me iré —dije, con una firmeza que me sorprendió a mí misma.

—Lo sé —respondió Alexander, tomando mi mano—. Y eso es lo que más me asusta.

Antes de que pudiera responder, un golpe en la puerta nos interrumpió.

—Señor, señora —llamó la voz de Thomas, el mayordomo—. Hay visita. La señora Seraphina y el señor Kael solicitan audiencia con la Alfa.

La Alfa. Mi madre y mi tío me llamaban Alfa. Era extraño. Extraño pero... correcto.

—Diles que bajaremos en quince minutos —dijo Alexander.

—Sí, señor.

Cuando los pasos de Thomas se alejaron, Alexander se giró hacia mí.

—¿Estás lista para esto? —Preguntó.

—No —admití—. Pero no creo que alguna vez lo esté.

Nos vestimos en silencio, con una sincronía que me sorprendió. Alexander eligió un traje gris oscuro, sin corbata, y yo un vestido de manga larga color esmeralda que ocultaba el colgante. No era mucho, pero me hacía sentir más segura.

Cuando llegamos al salón principal, Seraphina y Kael ya estaban allí.

Mi madre —mi verdadera madre— era aún más hermosa de lo que recordaba de la noche anterior. Alta, delgada, con el cabello plateado cayendo en ondas sobre sus hombros y unos ojos azules como el hielo que brillaban con una intensidad que me resultaba familiar. Llevaba una túnica de seda gris perla y un colgante idéntico al mío, con la luna creciente y el zafiro.

Kael estaba a su lado, con su cicatriz y su expresión seria. Al verme, ambos inclinaron la cabeza.

—Alfa —dijeron, al unísono.

—Por favor, no —dije, sintiéndome incómoda—. No soy... no estoy acostumbrada a esto.

—Tendrás que acostumbrarte —dijo Seraphina, con una sonrisa suave—. Eres la Alfa de la Luna Plateada. La última de tu linaje. La esperanza de nuestra manada.

—¿La esperanza? —Repetí, sentándome en el sofá—. Ayer me llamaban impostora. Hoy me llaman esperanza. Es... mucho para procesar.

—Lo sé —dijo Seraphina, sentándose frente a mí—. Y lamento no haber estado allí para prepararte. Para enseñarte. Para protegerte.

—¿Dónde has estado? —Pregunté, con una voz que temblaba a pesar de mis esfuerzos—. ¿Por qué me abandonaste?

El dolor en los ojos de Seraphina fue como un cuchillo en mi corazón.

—No te abandoné —dijo, con una voz quebrada—. Te salvé. La noche de la masacre, cuando los Vance atacaron, yo estaba en el palacio con tu padre. Lucian... —Tragó saliva—. Lucian murió protegiéndome. Me dio tiempo para huir contigo, con apenas unas horas de vida. Kael nos ayudó a escapar, pero nos separamos. Él se quedó atrás para luchar. Yo huí con vosotros.

—¿Y después? —Pregunté, con lágrimas ardiendo en mis ojos.

—Te dejé con los Reed —dijo Seraphina—. Era la única manera de protegerte. Si los Vance te encontraban, te habrían matado. O peor. Así que te dejé con una familia humana, gente buena que no sabía nada de nuestro mundo. Y yo... —Hizo una pausa—. Yo me escondí. Durante años, he vivido en las sombras, moviéndome de un lugar a otro, buscando aliados, construyendo una red de resistencia.

—¿Por qué no viniste a buscarme? —Pregunté, con la voz quebrándose.

—Porque no podía —dijo Seraphina, con lágrimas cayendo por sus mejillas—. Si te hubiera buscado, te habría puesto en peligro. Los Vance tenían espías por todas partes. Cualquier movimiento en falso, y te habrían encontrado. Pero cuando supe que te habías casado con Alexander... —Sonrió—. Supe que había llegado el momento.

—¿El momento de qué? —Pregunté.

—El momento de reclamar tu herencia —dijo Seraphina—. De unir a las manadas. De destruir a la Sombra Nocturna.

—La Sombra Nocturna —repetí, mirando a Kael—. Me hablaste de ellos anoche. ¿Quiénes son?

Kael se adelantó, con una expresión sombría.

—La Manada Sombra Nocturna es la más antigua y peligrosa de todas —dijo—. Se dice que existen desde antes de que los humanos aprendieran a caminar erguidos. Son lobos que han renunciado a su humanidad, que viven solo para el poder y la destrucción.

—¿Y qué quieren conmigo? —Pregunté.

—Quieren tu sangre —dijo Kael—. La sangre de los Alfas de la Luna Plateada. Es la única cosa que puede abrir el Sello de la Luna, una prisión ancestral donde están encerrados los primeros Alfas de la Sombra Nocturna.

—¿Y por qué querrían liberarlos? —Pregunté, con el estómago encogido.

—Porque los primeros Alfas eran... monstruos —dijo Seraphina—. Criaturas de poder inimaginable. Si despiertan, nada podrá detenerlos. Ni los humanos, ni los lobos, ni la misma luna.

—¿Y cómo pueden usar mi sangre? —Pregunté—. No entiendo.

—El Sello de la Luna fue creado por los Alfas de la Luna Plateada —dijo Kael—. Nuestros antepasados. Solo la sangre de nuestro linaje puede abrirlo. O cerrarlo para siempre.

—¿Cerrarlo? —Repetí—. ¿Puedo cerrarlo?

—Sí —dijo Seraphina—. Pero para eso, necesitas recuperar todo tu poder. Despertar a tu loba por completo. Convertirte en la Alfa que estás destinada a ser.

—¿Y cómo hago eso? —Pregunté.

—Entrenando —dijo Kael—. Aprendiendo. Y... —Hizo una pausa—. Uniendote a Alexander.

—¿Uniéndome a él? —Pregunté, mirando a Alexander, que había estado en silencio durante toda la conversación—. ¿A qué te refieres?

—El vínculo de la manada —dijo Seraphina—. Cuando dos Alfas se unen, sus poderes se multiplican. Alexander es un Alfa poderoso. Tú eres una Alfa de un linaje antiguo. Juntos, podríais ser invencibles.

—¿Y qué pasa si no nos unimos? —Pregunté.

—Entonces la Sombra Nocturna ganará —dijo Kael—. Y todo lo que hemos luchado por proteger... —Hizo una pausa—. Todo estará perdido.

El silencio que siguió fue denso, cargado de significado. Miré a Alexander, que me devolvió la mirada con una intensidad que me hizo temblar.

—¿Tú lo sabías? —Le pregunté—. ¿Sabías todo esto?

—No —admitió—. No sabía nada de la Sombra Nocturna ni del Sello de la Luna. Pero... —Hizo una pausa—. Siempre supe que había algo especial en ti. Algo que me atraía. Algo que me hacía querer protegerte.

—¿Y ahora? —Pregunté—. ¿Qué sientes ahora que sabes la verdad?

Alexander se acercó a mí y tomó mis manos.

—Siento lo mismo —dijo, con una voz profunda y sincera—. Siento que eres mi igual. Mi compañera. Mi... —Hizo una pausa—. Mi destino.

—¿Y si no quiero ser tu destino? —Pregunté, con una sonrisa temblorosa.

—Entonces tendrás que luchar contra él —dijo Alexander, con una sonrisa—. Pero te advierto que soy muy terco.

—Lo he notado —respondí.

Esa tarde, Seraphina y Kael me llevaron a los terrenos de entrenamiento de la mansión, un área oculta en los bosques que Alexander había habilitado para sus guerreros. Era un claro amplio, rodeado de árboles centenarios, con postes de madera, dianas y un ring de combate.

—Aquí es donde entrenarás —dijo Kael—. Y donde despertarás a tu loba.

—¿Cómo? —Pregunté, mirando el claro con aprensión.

—Meditando —dijo Seraphina—. Conectando con tu interior. Tu loba ha estado dormida durante años, silenciada por supresores y miedo. Pero ya no puede seguir escondida.

—¿Y si no puedo controlarla? —Pregunté—. ¿Y si...?

—No pasará nada —dijo Kael—. Estamos aquí para protegerte. Y para guiarte.

Me senté en el centro del claro, con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo. Cerré los ojos, respirando profundamente.

—Busca dentro de ti —dijo Seraphina, con una voz suave—. Busca a tu loba. Siente su presencia.

Al principio, no sentí nada. Solo el viento en mi rostro, el aroma de la tierra húmeda, el sonido de las hojas susurrando. Pero poco a poco, comencé a sentir algo más. Un calor en el pecho. Un latido adicional. Una presencia antigua y poderosa que se removía bajo mi piel.

—La siento —susurré.

—Bien —dijo Kael—. Ahora háblale. Pídele que despierte.

Despierta, pensé. Despierta, loba. Te necesito.

El calor creció, extendiéndose por mis venas como fuego líquido. Sentí cómo mi cuerpo cambiaba, cómo mis músculos se tensaban, cómo mis sentidos se agudizaban. Y entonces, lo vi.

Un lobo enorme, de pelaje plateado y ojos azules como el hielo, estaba de pie frente a mí. Era hermoso, feroz, poderoso. Y me miraba con una intensidad que me heló la sangre.

—Hola —dije, con una voz que apenas reconocí como mía.

El lobo inclinó la cabeza. Luego, habló. No con palabras, sino con imágenes, con emociones, con instintos.

Has tardado mucho en llamarme.

—Lo siento —respondí—. Tenía miedo.

El miedo es para los débiles.

—No —dije, con firmeza—. El miedo es para los vivos. Los valientes sienten miedo y siguen adelante. Los cobardes se esconden.

El lobo me miró largamente. Luego, algo que podría haber sido diversión cruzó por sus ojos.

Eres más fuerte de lo que crees.

—¿Me ayudarás? —Pregunté.

Siempre. Soy parte de ti.

—¿Y qué debo hacer?

Confiar. Y luchar.

Abrí los ojos y me encontré de nuevo en el claro, con Seraphina y Kael observándome con expresiones de asombro.

—Lo lograste —dijo Seraphina, con lágrimas en los ojos—. Despertaste a tu loba.

—¿Cómo lo sabes? —Pregunté.

—Tus ojos —dijo Kael—. Brillan. Como los de tu padre.

Me levanté, sintiendo una energía nueva recorriendo mi cuerpo. Me sentía más fuerte, más rápida, más... viva.

—¿Y ahora qué? —Pregunté.

—Ahora —dijo Kael—. Entrenamos.

Los días siguientes fueron una vorágine de actividad.

Entrenaba con Kael cada mañana, aprendiendo a luchar como un lobo. A usar mis sentidos agudizados, mi fuerza sobrehumana, mi velocidad. A transformarme a voluntad, algo que al principio me costaba, pero que poco a poco fui dominando.

—Otra vez —ordenaba Kael, cuando mis golpes no daban en el blanco.

—Otra vez —repetía, cuando mis transformaciones eran incompletas.

—Otra vez —insistía, cuando mis movimientos eran demasiado lentos.

Y yo obedecía. Una y otra vez. Hasta que mis músculos ardían y mi respiración era agitada. Hasta que el dolor se convertía en fuerza y el cansancio en poder.

Por las tardes, me reunía con Seraphina para aprender sobre mi linaje. La historia de la Luna Plateada. Las tradiciones de nuestra manada. Los secretos de los Alfas.

—Tu padre era un hombre extraordinario —me contaba Seraphina—. Fuerte, justo, sabio. Amaba a nuestra manada por encima de todo. Murió protegiéndonos.

—¿Cómo era? —Preguntaba yo, ávida de conocerlo.

—Alto, como tú. Con el cabello oscuro y los ojos azules. Tenía una sonrisa que iluminaba la habitación. Y una risa... —Seraphina sonreía con nostalgia—. Una risa que podía hacer temblar las montañas.

—¿Crees que se sentiría orgulloso de mí? —Preguntaba, con un nudo en la garganta.

—Más que orgulloso —decía Seraphina, tomando mi mano—. Se sentiría honrado. Como yo.

Y por las noches, me reunía con Alexander.

Hablábamos de todo. De nuestros pasados, nuestros miedos, nuestros sueños. De la manada, de la guerra que se avecinaba, del futuro que queríamos construir.

—¿Alguna vez pensaste que terminarías casado con una Alfa? —Le pregunté una noche, mientras caminábamos por los jardines.

—Nunca —admitió—. Pero tampoco pensé que encontraría a alguien como tú.

—¿Cómo soy? —Pregunté, con una sonrisa.

—Feroz —dijo Alexander, mirándome con intensidad—. Leal. Valiente. Hermosa. —Hizo una pausa—. Imposible de olvidar.

—¿Y eso es bueno o malo? —Pregunté.

—Ambas cosas —dijo Alexander, deteniéndose y tomándome de la mano—. Porque no puedo dejar de pensar en ti. No puedo dejar de querer protegerte. No puedo dejar de... —Hizo una pausa—. De amarte.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué? —Susurré.

—Te amo, Elena —dijo Alexander, con una sinceridad que me partió el corazón—. Te amo desde el momento en que entraste en mi oficina, con tu vestido barato y tu mirada desafiante. Te amo desde el momento en que te vi firmar ese contrato, sabiendo que estaba comprando tu libertad pero sin poder evitarlo. Te amo desde el momento en que aullaste en la noche y supe que no eras como las demás.

—Alexander... —Empecé, pero él me silenció con un dedo en los labios.

—No tienes que decir nada —dijo—. Solo quería que lo supieras. Por si... —Hizo una pausa—. Por si no hay tiempo después.

—Habrá tiempo —dije, con firmeza—. Vamos a ganar esta guerra. Vamos a destruir a la Sombra Nocturna. Y vamos a construir un futuro juntos.

—¿Y si no podemos? —Preguntó, con una vulnerabilidad que me rompió el corazón.

—Entonces moriremos intentándolo —dije—. Pero no sin luchar.

Alexander me besó. Un beso largo, profundo, lleno de todas las palabras que no podíamos decir.

—Te amo —susurré contra sus labios.

—Y yo a ti —respondió él—. Más de lo que nunca creí posible.

Una semana después de la boda, llegó la noticia.

Estábamos desayunando en el comedor de invierno cuando Kael entró, con el rostro sombrío y una carta en la mano.

—Malas noticias —dijo, dejando la carta sobre la mesa—. Dorian ha sido visto en las tierras de la Sombra Nocturna. Se ha aliado con ellos.

—¿Qué? —Alexander se levantó de golpe—. ¿Estás seguro?

—Seguro —dijo Kael—. Mis espías lo vieron entrar en su fortaleza. Y no salió solo.

—¿Qué quieres decir? —Pregunté, con el estómago encogido.

—Quiere decir —dijo Seraphina, entrando detrás de Kael— que Dorian ha revelado la existencia de Elena a la Sombra Nocturna. Y que ahora vienen a buscarla.

El silencio que siguió fue absoluto.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —Preguntó Alexander, con una voz peligrosamente calmada.

—Días —dijo Kael—. Tal vez menos. La Sombra Nocturna no se anda con rodeos. Enviarán a sus mejores guerreros. A sus asesinos.

—Entonces tenemos que prepararnos —dije, levantándome—. Reunir a la manada. Fortalecer las defensas. Entrenar.

—Elena —dijo Alexander, tomando mi mano—. Esto no es una guerra ordinaria. La Sombra Nocturna es... —Hizo una pausa—. Es peligrosa.

—Lo sé —dije, mirándolo a los ojos—. Pero también sé que no estoy sola. Tengo a mi manada. Tengo a mi familia. Te tengo a ti.

Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió.

—Eres increíble —dijo—. ¿Lo sabes?

—Me lo han dicho —respondí, con una sonrisa.

Esa noche, mientras me preparaba para dormir, algo me detuvo. Un olor. Familiar. Peligroso.

Salí al balcón y miré hacia los bosques. Allí, en la oscuridad, vi dos ojos rojos que brillaban como ascuas.

—Elena —dijo una voz profunda y gutural—. Alfa de la Luna Plateada. Hemos venido a buscarte.

—¿Quién eres? —Pregunté, con el corazón latiéndome desbocado.

—Soy un emisario de la Sombra Nocturna —dijo la voz—. Vengo a ofrecerte un trato.

—¿Qué tipo de trato? —Pregunté, preparándome para luchar.

—Únete a nosotros —dijo el emisario—. Y te perdonaremos la vida. A ti. A tu hijo. A tu manada.

—¿Y si me niego? —Pregunté.

—Entonces morirás —dijo el emisario—. Todos moriréis.

—Entonces mi respuesta es no —dije, con una voz firme—. Prefiero morir luchando que vivir arrodillada.

El emisario me miró largamente. Luego, algo que podría haber sido diversión cruzó por sus ojos rojos.

—Eres valiente —dijo—. Lástima que seas tan tonta.

Y desapareció en las sombras, dejando tras de sí un rastro de frío y miedo.

Volví a entrar en la habitación, con el corazón latiéndome desbocado.

—¿Qué pasa? —Preguntó Alexander, que se había despertado con mi movimiento.

—La Sombra Nocturna —dije—. Ha venido a buscarme.

Alexander se levantó de golpe.

—¿Qué? ¿Dónde?

—Ya se ha ido —dije—. Pero volverán. Con un ejército.

—Entonces tenemos que prepararnos —dijo Alexander, con una determinación feroz—. Reunir a todas las manadas aliadas. Fortalecer las defensas. Entrenar día y noche.

—¿Y crees que será suficiente? —Pregunté.

—No lo sé —admitió Alexander—. Pero lucharemos. Juntos.

—Juntos —repetí, tomando su mano.

Esa noche, mientras la luna llena brillaba en el cielo, algo cambió en el aire. Algo antiguo. Algo peligroso.

Y en algún lugar de las montañas, alguien abrió los ojos.

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Martha
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Lupe
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Carola Ortiz Macías
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