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Renací para dejar de perseguirte

Renací para dejar de perseguirte

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Autosuperación / Amor eterno / Amante arrepentido / Multi-reencarnación / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: mejiku

Durante seis años, Renata amó en silencio a Dante Alcázar, el magnate más frío y codiciado de la ciudad… y durante seis años él la trató como a un mueble caro dentro de su mansión. La noche de su aniversario, Renata muere salvándolo de un auto que se lanzó contra él. Su último pensamiento es una promesa: "En otra vida, me apartaré para que seas feliz".

Entonces abre los ojos. Tiene veintidós años otra vez. Faltan seis años para esa boda que la destruyó, y el destino acaba de regalarle algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.

Esta vez, Renata no piensa perseguir a nadie. Va a dejar que Dante se quede con su amor de juventud. Va a salvar a las dos amigas que el futuro condenó a la tragedia. Va a levantar su propio imperio con secretos que solo ella conoce. Y va a cobrarles, una a una, cada humillación a la familia que la vendió como moneda de cambio.

Hay un solo problema en su plan perfecto: el hombre de hielo que la ignoró en su primera vida ahora no puede apartar los ojos de ella. Cuanto más se aleja Renata, más la persigue Dante… como si él también recordara algo que jamás debería recordar.

¿Y si la segunda oportunidad no era para huir del amor, sino para hacerlo bien?

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Capítulo 10

El olor penetrante a medicamentos y el pitido rítmico del monitor cardíaco fueron devolviéndole la conciencia a Renata. Parpadeó varias veces, con la vista puesta en el techo blanco y desconocido de una habitación de hospital. Un dolor intenso le palpitó de inmediato en la espalda y el hombro cuando intentó mover el cuerpo.

Renata giró la cabeza a un lado y a otro. El cuarto estaba en silencio. Se hallaba sola en aquella habitación de cuidados VIP. Pero la quietud no duró mucho: unas voces apagadas, tras la puerta de madera entreabierta, le llamaron la atención. Eran las de Dante y un hombre que sonaba como un agente de policía, además de los sollozos de Bianca.

—Según la revisión preliminar y el interrogatorio en el lugar, los tres implicados son puros matones locales que suelen rondar por la plaza central, señor Alcázar. Confesaron que solo iban tras objetos de valor y que pensaban llevarse a la víctima al verla sola en un sitio oscuro. No hay indicios de la participación de terceros ni de rivales comerciales de su familia —se oyó explicar al policía antes de despedirse.

Al oír aquello, Renata se quedó helada en su camilla. Enmudeció por completo, digiriendo la información que acababa de escuchar.

Entonces... ¿solo eran matones de poca monta? ¿El secuestro de verdad no ha ocurrido esta noche?, pensó Renata, con el corazón latiéndole a toda prisa. Comprendió que se había equivocado con la línea del tiempo de su vida anterior. El secuestro trágico a manos de los rivales comerciales de la familia Alcázar aún no había empezado. Lo de esta noche había sido apenas una casualidad que estuvo a punto de costarle la vida a Bianca por su propia imprudencia.

—Dante, tuve muchísimo miedo. Si no hubiera sido por esa chica, no sé qué me habría pasado... —volvió a quebrarse el llanto de Bianca al otro lado de la puerta.

—Shh... ya, tranquila. Ahora estás a salvo. Estoy aquí, Bianca. Perdóname por haberte soltado la mano hace un rato —se oyó la voz de Dante, honda, tierna y llena de arrepentimiento, tratando de calmar a su novia.

Al percibir aquella entonación, Renata supo exactamente lo que ocurría allá fuera sin necesidad de verlo. Dante debía de estar estrechando el cuerpo de Bianca, acariciándole la espalda con todo el cariño del mundo para aplacar su miedo.

Un dolor agudísimo volvió a golpear el pecho de Renata. Se sentía tan oprimido como si de pronto se hubiera esfumado el oxígeno a su alrededor. Las lágrimas le cayeron despacio sobre la almohada del hospital. Duele demasiado... ¿por qué verlos así siempre me destroza el corazón?, se lamentó por dentro. Pero enseguida se secó las lágrimas de un manotazo. Aguanta, Rena. Tienes que ser fuerte. Viniste solo a salvar una vida, no a recuperar su corazón. Recuerda tu meta: ser libre en esta vida.

Sin ganas de ser espectadora del cariño del hombre que alguna vez había sido su marido, Renata se armó de valor. Despacio, aguantando el gesto de dolor, bajó ambos pies de la cama. Sujetándose el hombro rígido y adolorido, avanzó con cuidado hacia la puerta, decidida a volver a la pensión a escondidas.

Pero justo al abrirla, su aparición sobresaltó a las dos personas que había en el pasillo. Tal como Renata había imaginado, Dante acababa de soltar a Bianca de su abrazo.

—¿Eh? ¿Ya despertaste? —Bianca se secó a toda prisa los restos de las lágrimas y se acercó a Renata. Su expresión cortante del mediodía había desaparecido del todo, reemplazada por una mirada llena de culpa y de un agradecimiento hondamente sincero.

—¿A-a dónde vas? Todavía no estás estable. El médico dijo que tienes la espalda muy magullada —dijo Bianca, sujetándole el brazo con delicadeza—. Yo... quiero darte las gracias de corazón. Si no hubieras llegado y no te hubieras puesto de escudo para Dante y para mí, seguramente esos matones me habrían raptado. Perdóname por haberte tomado por loca esta tarde.

Renata esbozó apenas una sonrisa tenue, con aire cansado.

—No pasa nada. Lo importante es que estás a salvo.

Ring, ring, ring.

El celular dentro del bolso de Bianca sonó de repente con estridencia. Bianca hurgó en el bolso y miró la pantalla.

—Ah, es mamá —dijo, nerviosa. Miró alternativamente a Renata y a Dante—. Voy a contestarle a mamá un momento al fondo del pasillo, ¿sí? —y se alejó, dejando a Renata y a Dante en un silencio que de pronto se volvió sofocante.

En cuanto Bianca estuvo lo bastante lejos, la atmósfera entre ellos se enfrió de golpe. Dante dio un paso al frente y acortó la distancia. Sus ojos, afilados como los de un halcón, encerraron por completo cada movimiento de Renata, como si quisieran desollarle la mente.

—Ahora explícamelo todo —exigió Dante con una voz baja e intimidante—. ¿Quién eres en realidad? ¿Cómo sabías nuestros nombres, cómo sabías del peligro que acechaba y, lo que más me inquieta...? —dejó la frase suspendida un instante y entornó los ojos con dureza—. ...¿por qué, en el callejón, por puro reflejo me llamaste "mi amor"?

Aquella andanada de preguntas le hizo dar un vuelco al corazón a Renata. Maldijo su propia torpeza. En la vida anterior, durante los seis años de matrimonio, llamarlo con ese cariño se le había convertido en el pan de cada día, hasta quedarle grabado como un reflejo casi imposible de borrar en una situación de emergencia.

Renata apretó los dedos, tratando de controlar su expresión para mantenerse serena e impasible ante la mirada inquisitiva de Dante.

—Sobre tu nombre y el peligro... ya te lo dije esta tarde: solo tuve, sin querer, un mal presentimiento sobre ustedes dos —mintió Renata, improvisando una excusa cualquiera con el semblante más gélido posible—. Y en cuanto a lo de "mi amor"... —resopló por lo bajo, fingiendo que le parecía una nimiedad—. No se dé tantos aires, señor Alcázar. De donde yo vengo, soltarle a cualquier hombre un "mi amor" o un "cariño" en pleno susto es lo más común del mundo, un reflejo que le sale a todo el mundo cuando se asusta. Así que no saque conclusiones raras.

Dante guardó silencio y le escrutó los ojos en busca de la mentira. Pero Renata logró esconder sus emociones muy adentro, tras una mirada vacía y cansada. Aunque su lógica trataba de aceptar aquella excusa tan corriente, había una pequeña parte en el fondo del corazón de Dante que no quedaba satisfecha, que sentía que aquella muchacha ocultaba algo mucho más grande.

—Creo que mi asunto aquí ya terminó. Estos gastos médicos los tomo como pago por haber salvado a su novia —dijo Renata, tajante, rompiendo el silencio.

Sin esperar respuesta ni permiso de Dante, Renata pasó de largo a zancadas junto a su alta figura. Siguió caminando por el pasillo del hospital con la espalda dolorida, ignorando la llamada de Bianca, que acababa de colgar. Renata continuó hacia la puerta principal del hospital, resuelta a volver a su cuarto y a enterrar bien hondo los restos de sus sentimientos de aquella noche.

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