Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 6 - El veterinario del pueblo
La segunda semana empezó con fila. No mucha, tres personas paradas en la puerta con animales en brazos cuando abrí a las ocho. Me asusté. Pensé que me iban a reclamar algo. Una señora me dijo, mi vecina me dijo que usted curó al perro de su hija y que no cobró. Traje a mi gata que no come hace dos días. La hice pasar. La gata era gris y grande, con el pelo enredado. La puse sobre la mesa y le toqué la panza. Estaba dura y caliente. En mi cabeza escuché, duele acá, no puedo hacer caca. Le dije a la señora que tenía que tomar más agua y que le diera calabaza hervida. Le mostré en el libro verde la página que hablaba de estreñimiento en gatos. La señora se fue contenta y me dejó dos huevos de sus gallinas.
Así fueron todos los días. Gente que no tenía plata para ir al veterinario oficial del pueblo, que cobraba mucho y quedaba lejos, cerca de la plaza grande. Venían con perros flacos, con gallinas, con conejos. Yo atendía a todos. Anotaba todo en mi cuaderno y si no sabía algo, le mandaba un mensaje a la señora Lía para que me buscara en sus libros o le preguntaba a Silas cuando pasaba por el establo.
El miércoles, a las diez de la mañana, entró un hombre alto con guardapolvo blanco y cara de enojado. No traía animal. Traía una carpeta. Me dijo, yo soy el doctor Ramos, veterinario del pueblo. Me dijeron que acá hay una niña que está jugando a curar animales sin permiso. Me quedé helada. Tenía las manos con barro porque estaba limpiando la caja de Tizón.
Me dijo que lo que yo hacía estaba prohibido, que necesitaba un título y un permiso del municipio y que si seguía así me iba a denunciar. Le dije que no cobraba, que solo ayudaba. Me dijo que igual, que si un animal se moría por mi culpa, yo iba a tener la culpa. Me dijo que tenía hasta el viernes para cerrar o iba a ir al municipio a hablar con el alcalde.
Se fue y dejó la puerta abierta. Me senté en el suelo y lloré. No fuerte, bajito, con Tizón en las piernas. Sentí que todo lo que había hecho en dos semanas no servía para nada. Leo llegó a los diez minutos y me encontró así. Le conté lo que pasó. Me dijo que el doctor Ramos era así con todos, que una vez le quiso cobrar a su tía por mirar a su gallina y que su tía no tenía plata. Me dijo que no me preocupara, que íbamos a pensar algo.
En la tarde, la señora Lía vino al local con Marta, la dueña del local. Lía me dijo que ya sabía lo de Ramos, que siempre hace lo mismo cuando alguien le quita clientes. Marta me dijo que no me preocupara por el local, que ella me apoyaba y que si quería podía hablar con su hijo que trabaja en el municipio. Les dije que tenía miedo de que me cierren. Lía me dijo, no te van a cerrar si el pueblo te quiere. Y el pueblo te quiere, Alina.
A las cinco, Silas pasó por el local con los dos perros. Entró y me vio con los ojos rojos. Me preguntó qué pasó. Le conté. No se enojó. Se sentó en el piso conmigo y me dijo que su padre también tuvo problemas con el veterinario de esa época, que era el padre de Ramos, y que su padre siguió igual porque la gente lo necesitaba. Me dijo que si quería, él podía ir a hablar con el alcalde, porque lo conocía desde chico. Le dije que no quería que se metiera en problemas por mí. Me dijo que no era problema, que él también debía favores.
Mientras hablábamos, entró corriendo un niño de unos ocho años con una caja de zapatos en las manos. Estaba llorando y gritaba, se cayó, se cayó del árbol. Adentro de la caja había un halcón joven, con las plumas marrones y el pico amarillo. Tenía un ala doblada y sangre en una pata. Respiraba muy rápido. El niño me dijo que lo encontró en el cerro detrás de la academia y que su mamá le dijo que lo llevara acá porque el doctor Ramos no atiende pájaros.
Lo puse sobre la mesa con mucho cuidado. Le limpié la sangre con agua tibia. En mi cabeza escuché muy fuerte, miedo, caí, no puedo volar. Le dije bajito, tranquilo, te voy a ayudar. Miré el libro verde, pero no había nada de halcones. Solo de palomas. Silas se acercó y me dijo, hay que entablillar el ala sin apretar. Me mostró cómo hacerlo con dos palitos finos y con una venda chica. Lo hicimos juntos. El halcón no se movía mucho, como si entendiera que lo estábamos ayudando.
Leo llegó en ese momento con su primo y nos ayudó a sostener la caja. El niño no paraba de llorar. Le dije que el halcón iba a estar bien, pero que tenía que quedarse acá unos días para que se curara. Le dije que podía venir a verlo todos los días después de clases. El niño me abrazó las piernas y me dijo gracias.
Cuando el niño se fue, Silas me dijo, ves, esto es lo que haces. Esto no lo hace Ramos. Ramos no atiende halcones porque no le pagan. Me dijo que no cerrara, que siguiera.
Al otro día, en la academia, pasó algo raro. En el patio, a la hora del almuerzo, la niña del perro que fue mi primera paciente se paró en una mesa y les contó a todos que yo le había curado el perro sin cobrarle. Después vino la señora de la gata y contó lo mismo. Kian estaba ahí, con sus amigos. No dijo nada malo. Se acercó a mí en el recreo y me dijo, escuché lo de Ramos. Si quieres, mi padre conoce al alcalde y le puedo decir que no te cierre. Le dije que no hacía falta, que Silas ya iba a hablar. Me dijo que igual quería ayudar. Me dijo que estaba orgulloso de lo que hacía. Fue la primera vez que me dijo algo lindo en dos años. Le dije gracias y me fui.
En la tarde, mi madre vino al local con una bolsa grande. Adentro había una manta vieja, un tazón de metal y un letrero que decía se regala, que había pintado ella con letras rosas. Me dijo, si vas a tener una clínica, que se vea como una clínica. Me ayudó a colgar el letrero en la ventana, al lado del que había hecho Leo. Me dijo que había hablado con Marta y que entre las dos iban a juntar plata para comprarme más vendas. Me abrazó y me dijo, no te cierren, ¿sí? Le dije que no.
Esa noche, cuando cerré, tenía en la caja de galletas ocho monedas, tres huevos, una bolsa de pan, una manta y el halcón dormido en una caja grande al lado de Tizón. Tizón ya no era tan chiquito. Estaba más gordo y con el pelo brillante. Se subió a mi hombro y me mordió el pelo jugando.
Escribí en mi cuaderno, día doce, el doctor Ramos vino a decir que cierre, la gente vino a decir que no cierre, un halcón con ala rota, mi madre trajo un letrero. Abajo escribí, sigo, aunque me digan que cierre.
Afuera, el cartel de El Susurro Salvaje se veía desde la calle porque Leo le había puesto una luz chiquita con una pila. Se veía bonito en la noche.