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MI ESPOSA ME OLVIDO

MI ESPOSA ME OLVIDO

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Malentendidos / Traiciones y engaños / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:28.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Valentina tenía una sola cosa que proteger: a su familia.

Hasta que una noche, frente a todos, un video destruyó su matrimonio.

Su esposo, Rodrigo, creyó que lo había traicionado. Su suegra se encargó de humillarla y convertirla en la culpable perfecta. Y cuando Valentina dio a luz, Rodrigo le arrebató a su hijo y la obligó a firmar el divorcio mientras ella apenas podía mantenerse con vida.

Después de aquella noche, Valentina desapareció.

Diez años más tarde, vive bajo otro nombre y criando a un hijo que guarda un secreto que nadie puede descubrir.

Porque hay otro niño en el mundo que tiene su misma sangre.

Y cuando los dos hermanos se encuentran por casualidad, comienzan a hacer preguntas que alguien lleva diez años intentando mantener enterradas.

Rodrigo también ha seguido adelante… o eso intenta creer.

Hasta que una mujer aparece en su vida.

No recuerda haberla conocido.

No sabe quién es.

Pero cada vez que está cerca de ella, algo dentro de él se

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 20

Rodrigo no tomó el avión de vuelta.

Su asistente había dejado todo listo para el regreso esa misma tarde, y Rodrigo, en el carro camino al aeropuerto, le dijo que cancelara. Que se quedaba unos días más. Que buscara un hotel bueno y despejara la agenda. El asistente no preguntó; a Rodrigo Castel no se le preguntaba. Pero por dentro, mientras la ciudad ajena pasaba por la ventanilla, el propio Rodrigo no habría sabido explicar del todo por qué se quedaba, salvo que subirse a ese avión y alejarse de esa mujer le parecía, de repente, imposible.

Se encerró en la suite con una botella y sus pensamientos, y empezó a atar cabos como ataba negocios: frío, ordenado, sin dejar que el instinto se le adelantara a la prueba.

Primero, la mujer. Elena Mora. Pelirroja, delgada, dueña de sí misma. Nada que ver, en apariencia, con la Valentina que él había echado de su casa hacía diez años, aquella mujer de noventa y ocho kilos, sumisa, que bajaba la cabeza. Y sin embargo. Los ojos eran los mismos. La forma de ladear la cabeza. Un gesto con el bolígrafo que lo había mandado diez años atrás sin permiso. El cuerpo le había gritado la verdad en el ascensor, en el bar, en la reunión, antes de que la razón alcanzara a taparle la boca.

Segundo, la amiga.

Rodrigo se sirvió otro trago y se quedó mirándolo sin beberlo. La amiga. Esa mujer callada que se había sentado al lado de Elena en la reunión, que había saltado a cambiar de tema justo cuando él preguntó por el pasado, que lo había mirado con un miedo que no correspondía a una simple socia. Carla. Se llamaba Carla.

Y la mejor amiga de Valentina, aquella que desapareció con ella la misma noche del parto, también se llamaba Carla.

Rodrigo dejó el vaso en la mesa con cuidado, porque las manos le habían empezado a temblar de pura rabia contenida. Dos mujeres. Dos amigas inseparables. Los mismos nombres. Aparecidas de la nada en una ciudad al otro lado del mundo, levantando una empresa sin un solo peso de dónde, exactamente hace diez años. Diez. Los mismos diez años que llevaba él sin saber nada de Valentina.

Podían cambiarse el pelo. Podían cambiarse el cuerpo, el nombre de pila, el apellido, el continente. Pero no podían cambiar que eran dos, que eran ellas, que estaban juntas. Nadie tiene tanta mala suerte con las coincidencias. Rodrigo Castel se había hecho el hombre más rico del país aprendiendo a oler cuándo dos cosas que parecen separadas son la misma, y esta era la misma. No tenía la menor duda.

Eran ellas. Las dos traidoras. La que lo engañó y la que la ayudó a huir.

La rabia le subió limpia, vieja, conocida, la rabia de diez años que se despertaba entera. Las había encontrado. Después de una década, el destino se las ponía enfrente, prósperas, tranquilas, riéndose de la vida, mientras él seguía sin dormir por culpa de ellas. Una parte de él quiso ir en ese instante, tumbar la puerta de esa empresa y gritarles en la cara que ya sabía, que el disfraz no le había durado ni una reunión.

Pero se contuvo. Porque había algo que no encajaba, y Rodrigo nunca golpeaba antes de entender el tablero completo.

El hijo.

Elena tenía un hijo. Un niño. De diez años.

Rodrigo se levantó y caminó por la suite, dándole vueltas, porque ahí la cuenta se le torcía. Si el niño tenía diez años, había nacido casi al mismo tiempo que Mateo. Y eso no tenía sentido, porque Valentina se había ido de su casa embarazada de un solo hijo, el hijo que él mismo le arrancó en el parto, el hijo que crió como Mateo. Entonces, ¿de dónde salía este otro niño?

Barajó las posibilidades una por una, como cláusulas de un contrato.

Una: que Elena hubiera tenido el niño después, con el amante, ya instalada en su vida nueva. Pero las fechas no daban; el niño era demasiado grande para eso, tenía la edad exacta de Mateo, no menos. Dos: que fuera hijo de otro hombre de antes, de una vida anterior. Imposible de saber, pero el instinto le decía que no. Y tres, la que le heló la sangre y no lo dejó volver a sentarse.

Que hubieran nacido dos.

Que aquella noche, en aquel parto, hubiera venido al mundo más de un niño, y que él solo se hubiera llevado a uno.

Rodrigo se apoyó en el ventanal con las dos manos. No podía ser. Él estuvo ahí. Él atendió el parto. Nació un niño, uno, y él lo envolvió y se lo llevó mientras ella firmaba el divorcio en el piso. No hubo dos. No pudo haber dos.

¿O sí? ¿Había salido de esa casa demasiado rápido, ciego de rabia, con el niño en brazos, sin quedarse a ver si el cuerpo de esa mujer tenía algo más que dar?

Se apretó los ojos con los dedos. La cabeza le daba vueltas entre la rabia y otra cosa peor, una cosa que llevaba diez años negándose a nombrar y que en noches como esta se le salía por las grietas. Porque el problema, el verdadero problema, no era que la odiara. El problema era que, después de todo —después del video, de la traición, de diez años de despertarse a las tres de la mañana con su cara—, cuando la volvió a ver en esa sala de juntas, lo primero que sintió no fue odio. Fue el corazón pateándole el pecho como a los veintitrés años. Y eso lo tenía más furioso que cualquier otra cosa, porque significaba que esa mujer todavía le podía, que la seguía amando debajo de todo el rencor, y que era un imbécil por ello.

Volvió a la mujer, entonces, y a la pregunta que de verdad importaba.

Porque había algo que, por más que le doliera admitirlo, no lograba encajar en la teoría de la traidora fría y calculadora. Elena no lo había reconocido.

Rodrigo la había estudiado toda la reunión buscando la actuación, la grieta, el momento en que ella se delatara. Y no lo encontró. La mujer lo miraba con incomodidad, sí, con algo que él no supo leer, pero no con el reconocimiento de quien tiene enfrente al marido que la echó. No había miedo de verdad en ella. No había culpa. Lo miraba como quien mira a un desconocido que le resulta perturbador y no sabe por qué. Y eso, o era la mejor actuación que él había visto en su vida, o era otra cosa.

Se planteó las dos, como se plantea todo.

O Elena era una actriz extraordinaria, capaz de fingir no conocerlo después de todo lo que vivieron, capaz de mirarlo a los ojos y no temblar. O de verdad no lo recordaba. Y si de verdad no lo recordaba, entonces toda la historia que él se había contado durante diez años —la mujer calculadora que lo engañó y huyó feliz con su amante— empezaba a hacer agua por algún lado que él todavía no veía.

¿Y el amante? Esa era otra. Si Elena se había ido con el hombre del video, ¿dónde estaba? No había rastro de él. Ningún hombre en su vida, ningún padre registrado para el niño, nada. ¿La había abandonado embarazada, desechada, tirada, como se tira lo que ya no sirve? La idea, en lugar de darle satisfacción, le revolvió el estómago, y Rodrigo no quiso mirar de frente por qué.

Demasiadas preguntas. Y una sola forma de empezar a contestarlas sin destaparse todavía.

El niño.

Si ese niño compartía sangre con él, entonces era hijo suyo, entonces habían nacido dos, entonces todo lo que creía saber estaba mal. Y si no compartía sangre, entonces Elena había tenido un hijo con otro, y él podía por fin cerrar esa herida y largarse de esa ciudad para siempre.

Una prueba. Callada. Sin que nadie supiera.

Rodrigo tenía dinero para eso y para más. Un cabello, un vaso usado, un cepillo de dientes; sus hombres sabían conseguir esas cosas sin dejar huella. Levantó el teléfono, dio la orden en voz baja y precisa, y colgó con la sensación de haber puesto en marcha algo que ya no iba a poder detener.

—Que sea rápido —fue lo último que dijo—. Y que nadie se entere. Nadie.

Los días siguientes fueron los más largos de su vida. Rodrigo se quedó en la ciudad, moviéndose entre el hotel y reuniones que inventaba para justificar la estadía, con el teléfono encima a todas horas. No dormía. Cada vez que cerraba los ojos veía dos cosas alternándose: la cara de Elena mirándolo sin reconocerlo, y un niño sin rostro naciendo en un piso, la noche que él salió de esa casa demasiado rápido.

El laboratorio llamó al cuarto día.

Rodrigo contestó de pie, junto al ventanal, con la ciudad ajena extendida abajo.

—Señor Castel. Tenemos el resultado de la muestra que nos envió, comparada con la de su hijo. —Una pausa del otro lado, una pausa profesional, la de quien va a decir algo técnico—. Es… inusual. Quería confirmárselo personalmente antes de mandarle el informe.

—Diga.

—Las dos muestras comparten un porcentaje de ADN que solo se da entre hermanos. Hermanos de padre y madre. —Otra pausa—. Es más: el marcado es tan alto que, en la mayoría de los casos, este patrón corresponde a gemelos.

Rodrigo no dijo nada. No pudo.

El vaso que tenía en la otra mano se le resbaló entre los dedos y se hizo pedazos contra el piso de la suite, y él ni lo oyó, porque toda la sangre se le había ido a la cabeza de golpe y el mundo entero, los diez años enteros, la historia completa que se había contado para poder vivir, acababa de derrumbarse con una sola frase dicha por un desconocido al teléfono.

El niño de Elena no era hijo de ningún amante.

Era su hijo.

Eran dos.

Habían nacido dos.

1
Titisx
somo dos
Maigualida Ramirez
escritora busca la forma de que Carla quede con Damian
Limaesfra🍾🥂🌟
sera que la Lucia es tsn buenita xoko dicen xq tiwne como.un faro para interrumpir cualquier aclaracion.entre Damian y Carla
Maigualida Ramirez
que lastima lo cierto en todo esto es que ellos dos se aman y no es justo que no queden juntos porque se ve que es un amor bonito
Maigualida Ramirez
esa malvada Isabella me cae más mal
Maigualida Ramirez
por lo menos la pido rescatar ojala llegue con bien a casa
Maigualida Ramirez
bueno es la trama de la novela que coños
Maigualida Ramirez
si Rodrigo sabe que es una malvada vieja mal nacida porqué no le puso escolta con tanto dinero que tiene
mariela
Pobre Carla dejo a su amor se sacrificó para que no le pasará nada y el estuvo 10 años odiandola y con una verdad se dió cuenta de cuánto la ama pero Lucia una mujer dulce e inocente de todo se casará con él como dijo ella la verdad llegó demasiado tarde.
mariela
Pregunto si ella se enteró porque no confronto a Carla 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Si tiene a los niños no le ha preguntado como se conocieron y que hicieron 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Porque Rodrigo si es tan poderoso no se ha enfrentado a Estela su madre🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓❓
mariela
Llegó Isabela con su maldad y todavía Rodrigo confiado que la protegía y dentro hay traidores que le hicieron llegar el sobre con la verdad y ahora que le dirás como enfrentarás esa verdad y Carla no se salvará por habérselo ocultado todo.
mariela
Damián reconoció entre líneas donde tenían a Valentina ahora vendrán los enfrentamientos entre madre e hijo porque Rodrigo no se quedará de brazos cruzados otra vez.
mariela
Estela un viejo plan te dió resultado por ahora porque lo que menos te imaginas es que te enfrentarás a tu hijo y está vez tienes las de perder todo e igual Isabela te queda grande decir mi Rodrigo.
Nancy romero
autora q pena por lucia pero carla merece ser feliz
Betty Saavedra Alvarado
Estela estás dando los últimos manotazos de ahogado Rodrigo no dejará que le hagas daño a vale o Elena
Betty Saavedra Alvarado
Rodri la encontrará todos trabajan para encontrarla
Betty Saavedra Alvarado
En las historias pasa de todo sin darnos cuenta Rodri si que te llegó la noche
Betty Saavedra Alvarado
Damián no te cases no amas a Lucia no conviertas tu vida en un infierno
Betty Saavedra Alvarado
Rodrigo te va a dar una neumonía
Maigualida Ramirez: te vas a enfermar hombre
total 1 replies
valeska garay campos
ahora vamos a ver que pasa con la bruja 🧙‍♀️
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