⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Cobro pendiente
El sonido de la lluvia golpeando los ventanales de la planta alta era lo único que rompía la quietud de la casa. Habían pasado exactamente cuarenta y ocho horas desde la noche en el estudio. Dos días enteros de encierro, de miradas cargadas de intenciones y de un tira y afloja constante donde las reglas del juego se habían vuelto un poco más sutiles, equilibrando el poder sin cruzar la línea del desgaste.
Estábamos en mi habitación, aprovechando una de esas treguas donde la intensidad se transformaba en algo cómplice y peligrosamente cercano a la intimidad real.
Liam estaba sentado en el borde de la cama, con la camisa negra desabotonada a medias y el cabello revuelto, observándome con esa mezcla de fascinación y advertencia silenciosa mientras yo terminaba de arreglarme frente al tocador. Ya no quedaba rastro de la frustración de aquella noche; en su lugar, la tensión se había convertido en un pacto tácito, una expectativa constante sobre los dos días que faltaban para cumplir la semana de aislamiento.
-Si sigues mirándome así, Black, vas a romper la cama antes de que termine la tarde -le advertí sin apartar los ojos del espejo, ladeando la cabeza con una sonrisa de suficiencia.
Liam soltó una risa baja, un sonido cálido y ronco que resonó en las paredes de la habitación. Se levantó con esa elegancia natural y felina que lo caracterizaba, cruzando el espacio en tres zancadas antes de rodear mi cintura con ambos brazos y apoyar el mentón en mi hombro, mirando nuestro reflejo juntos.
-No te hagas ilusiones, Zoé. La única que está rompiendo cosas aquí es tu cabecita con tanta regla absurda -murmuró contra mi piel, dejando un rastro de besos lentos y deliberados en el cuello que hicieron que se me erizara el vello de los brazos.
Giró mi cuerpo con suavidad, obligándome a mirarlo de frente, pero esta vez sin la urgencia ciega de los primeros días. Sus manos se deslizaron por mis caderas con una firmeza posesiva, pero respetuosa, reconociendo el terreno. El juego de la dominación absoluta se había transformado en un terreno compartido; él ya no estaba atado ni a merced de mis caprichos más crueles, sino participando voluntariamente de un baile donde ambos sabíamos lo que estaba en juego.
-Han pasado dos días desde que me trajiste al límite en el despacho de tu viejo -me recordó en un susurro grave, con las pupilas oscurecidas y una chispa de diversión socarrona en la mirada-. Y todavía me debes una conversación seria sobre el premio gordo al final de la semana. ¿O pensabas hacerte la desentendida?
Levanté una ceja, jugando con el cuello abierto de su camisa, sintiendo los latidos firmes de su pecho contra el mío.
-No me hago la desentendida, Black. Solo estoy evaluando si te has portado lo suficientemente bien como para merecerlo -le reté, rozando mis labios contra los suyos en una provocación ligera-. De momento, digamos que vas aprobando por los pelos.
Liam sonrió, un gesto torcido y magnético que me descolocó por completo antes de atrapar mis labios en un beso hambriento pero controlado, un recordatorio físico de que, aunque las reglas las ponía yo, el fuego que nos consumía a los dos seguía exactamente igual de intenso.
El parpadeo de los números en el despertador marcó la medianoche, señalando el inicio oficial del séptimo y último día de nuestro encierro en el búnker. Cuarenta y ocho horas más se habían esfumado entre risas cómplices, miradas cargadas de intenciones, besos robados en cada rincón de la casa y una tensión que, lejos de apagarse, se había transformado en un fuego lento e insoportable.
Estábamos en la cocina, con la luz tenue de la campana extractora iluminando apenas la encimera. Yo estaba sentada sobre el borde de mármol, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida mientras lo observaba intentar prepararse un café con la paciencia de alguien que llevaba una semana conteniendo los segundos.
Liam dejó la taza con más fuerza de la necesaria y se giró para apoyarse frente a mí, atrapándome entre sus brazos. Tenía los ojos oscuros, fijos en los míos, con esa intensidad magnética que ya no intentaba disimular.
-Se acabó el tiempo de prueba, Zoé -me dijo con la voz ronca, bajita, rozando mis labios sin llegar a besarme todavía-. Ha pasado una maldita semana. Cumpliste tu parte del trato portándote a la altura... y ahora me toca a mí cobrar mi premio.
Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de vértigo y una anticipación salvaje que me recorrió toda la columna. Sabía exactamente de lo que hablaba. Ya no había excusas, ni llamadas de mis padres, ni más treguas que valieran.
Incliné la cabeza hacia un lado, manteniendo el juego hasta el último segundo, aunque mi propio pulso ya latía desbocado.
-¿Tan seguro estás de que te lo has ganado, Black? -le susurré, jugando con los botones superiores de su camisa.
Liam soltó una risa corta, áspera y completamente segura de sí misma, antes de tomar mis manos y llevarlas directamente a su cintura, pegando su cuerpo al mío de una forma que no dejaba lugar a dudas.
-Nena, acabo de sobrevivir días de tortura psicológica en tu casa, he obedecido cada una de tus estúpidas reglas y te he demostrado que puedo ser exactamente tan devoto como quieras... -me murmuró al oído, mordisqueando con suavidad el lóbulo antes de sentenciar con una seguridad absoluta-: Así que sí. Me lo he ganado con creces. Ahora, muévete, porque no pienso esperar un segundo más.
Antes de que pudiera articular una sola respuesta más, las manos de Liam se deslizaron con firmeza bajo mis muslos y, en un movimiento rápido y completamente decidido, me cargó a horcajadas sobre su cuerpo.
Solté un grito ahogado de sorpresa que de inmediato se convirtió en una risa corta y traviesa, mientras envolvía mis piernas alrededor de su cintura y pasaba los brazos por su cuello para sostener el equilibrio. Sin perder un solo segundo, con el peso de mi cuerpo acoplado al suyo y una urgencia desatada latiendo en el aire, Liam dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras de dos en dos, directo hacia mi habitación.
Cada zancada era firme, pesada y cargada de una electricidad brutal. El eco de nuestros pasos amortiguados por la alfombra del pasillo parecía marcar la cuenta regresiva del encierro, el momento exacto en el que todas las promesas, las reglas y la tensión contenida durante una semana entera iban a estallar sin redención.
Empujó la puerta de mi cuarto con un golpe seco de la cadera, cerrándola a nuestras espaldas con el pie mientras me depositaba sobre el colchón. No hubo vacilación, ni juegos previos, ni palabras de advertencia; solo la sombra de Liam cerniéndose sobre mí con los ojos encendidos de una obsesión absoluta, dispuesto a reclamar y devorar cada centímetro de lo que tanto había esperado.
El colchón crujió bajo su peso cuando se cernió sobre mí, bloqueando cualquier vía de escape con la inmensidad de su cuerpo y esa mirada oscura que ya no guardaba ni una pizca de paciencia. Tenía las manos firmes a los lados de mi cabeza, los nudillos rozando la sábanas, y la respiración caliente y entrecortada golpeando directamente contra mi boca.
-Se acabó el juego previo, Zoé -me advirtió con una voz profunda, áspera, que vibraba con un peligro delicioso-. Ahora las reglas las pongo yo.
No le di tiempo a decir más. Alcé las caderas con un movimiento deliberado, arqueando la espalda para acoplarme por completo a su cuerpo, recordándole sin palabras exactamente lo que habíamos venido a buscar. Un gruñido salvaje brotó de su garganta, un sonido primitivo que destruyó cualquier rastro de compostura que le quedara.
Atrapó mis labios en un beso voraz, hambriento, donde el hambre acumulada por las burlas, promesas y abstinencia estalló sin freno. Sus manos recorrieron mi piel con una urgencia febril, desatando la ropa con una torpeza impaciente mientras el aire de la habitación se volvía denso, cargado de una electricidad tan intensa que quemaba.
Sus manos se deslizaron con una firmeza absoluta, apartando cada obstáculo y abriendo mi camino con una precisión implacable, hasta que supe que el momento había llegado. Las palabras sobraban; el aire se había vuelto pesado, espeso de sudor y de una urgencia contenida que ya no admitía frenos.
Liam me inmovilizó contra las sábanas, separó mis muslos con una autoridad salvaje y se acomodó entre ellos. Sentí la punta rozando la entrada prohibida, firme y temblorosa de pura tensión. Su respiración golpeaba mi cuello, caliente y irregular, mientras me miraba a los ojos para asegurarse de que no había marcha atrás.
-Mírame, Zoé -me ordenó con la voz ronca, destilando una posesión absoluta-. Ahora vas a aguantar cada maldita pulgada.
Entró con una lentitud calculada, casi quirúrgica, buscando no lastimarme de más al principio, dándole a mi cuerpo el segundo exacto para estirarse y asimilar la presión inmensa de recibirlo por esa vía. Pero la delicadeza duró apenas un suspiro. En cuanto sintió que mis músculos se relajaban lo justo para dejarlo pasar, la paciencia de Liam se evaporó por completo.
Abandonó toda piedad.
Empezó a embestirme con una fuerza brutal, profunda y desatada, llenándome por completo con un ritmo implacable que me arrancó un grito estrangulado contra las sábanas. Cada golpe de sus caderas era una mezcla de castigo y adoración enfermiza; no había compasión, solo el eco de días enteros de frustración acumulada estallando dentro de mí.
-Joder... Dios, Zoé... -gimió contra mi piel, con los dientes apretados y las venas del cuello marcadas por el esfuerzo-. ¿Sientes cómo te rompo por dentro? ¿Sientes cómo es mía esta parte de ti?
Cerré los ojos con fuerza, con las manos aferradas a las sábanas mientras una mezcla de dolor agudo y un placer tan denso que rozaba la locura me recorría toda la espina dorsal. Era una sensación arrasadora: sentirlo ensancharme por completo, con una fricción tan áspera y profunda que parecía rozar cada fibra de mi conciencia, obligándome a rendirme sin condiciones.
-Sí... ¡Mierda, sí, Liam...! -logré articular entre jadeos cortados, arqueando la espalda para recibirlo con más fuerza, entregándole el control absoluto de mi cuerpo mientras el placer se convertía en un fuego incontrolable.
Liam se inclinó sobre mí, con los ojos oscurecidos por el éxtasis puro, y hundió su rostro en mi cuello mientras aceleraba el ritmo, perdiendo la cabeza con cada estocada.
-Eres una maldita obra maestra, Zoé... -me siseó al oído, con una voz triunfante, casi delirante de placer, mientras me embestía sin piedad-. Sentirte apretarme así por el culo, tragándome entero... es lo más adictivo y perverso que he probado en mi maldita vida. No hay vuelta atrás, nena. Eres completamente mía.
El ritmo frenético que llevaba en la habitación comenzó a alterarse cuando Liam interrumpió el movimiento por un instante, dejándome con un vacío repentino que me hizo arquear la espalda en una protesta inmediata. Antes de que pudiera reclamar, sus manos firmes me rodearon la cintura y me levantaron con una facilidad brutal, girándome y empujándome hacia adelante hasta dejarme apoyada de rodillas y manos contra el colchón.
-Todavía no hemos terminado, nena -me gruñó al oído con la voz completamente rota por el deseo.
Se apartó apenas lo suficiente de la cama, quedando de pie mientras me sujetaba con fuerza de las caderas, arqueándome por completo para exponerme a su merced. En cuanto volvió a embestirme desde ese ángulo, el impacto fue tan directo y profundo que un grito agudo se escapó de mi garganta, sacudiéndome de pies a cabeza.
-Mírame... o mejor dicho, siente esto, Zoé -me exigió Liam con una risa seca, halagada por el modo en que mi cuerpo se tensó y se aferró a las sábanas-. ¿Ves lo fácil que es hacerme perder el control cuando estás así?
-¡Dios, Liam...! -exclamé, con la respiración cortada mientras las embestidas caían sobre mí con una precisión implacable y salvaje, obligándome a tragarme cada estocada-. Se siente... me quema por dentro, joder... no pares.
-No pienso parar, preciosa -me siseó él, inclinándose sobre mi espalda para morder con fuerza la piel de mi hombro, marcándome mientras aceleraba el ritmo de manera salvaje-. Sentirte apretada de esta forma, dominada por completo en esta postura... es una maldita droga. Me estás tragando entero, ¿lo sientes? Eres mía, cada maldito rincón tuyo es mío.
El ángulo era perfecto, cada golpe de sus caderas me dejaba sin aire, arrastrándome a un torbellino donde el dolor físico inicial se transformaba rápidamente en una necesidad febril y desesperada. Mis manos apretaban la tela de las sábanas con tanta fuerza que los nudillos me dolían, pero no me importaba; el placer denso y visceral me estaba nublando el pensamiento, convirtiendo cada gemido en una prueba más de que habíamos cruzado la línea sin retorno.
-¡Sí, es tuya...! ¡Todo tuyo, carajo...! -gimió mi voz entrecortada, perdiendo el poco orgullo que me quedaba mientras mis caderas respondían instintivamente a su ritmo, buscando más y más profundidad.
Liam soltó un rugido ronco contra mi nuca, perdiendo el control absoluto ante mi respuesta, y aumentó la velocidad de las embestidas hasta volverse completamente errático, arrastrándome con él hacia el borde de un precipicio del que ya ninguno de los dos quería escapar.
El impacto de cada embestida era tan implacable que el mundo entero se reducía al sonido de nuestros cuerpos chocando y a la fricción abrasadora que me quemaba por dentro. Mantenerme apoyada sobre las manos y las rodillas requería un esfuerzo sobrehumano; las fuerzas empezaban a flaquear bajo la marea de un placer tan intenso que amenazaba con desarticular mis pensamientos por completo.
Liam notó el momento exacto en que mi resistencia comenzó a quebrarse. Con una mano firme, me rodeó el cuello por detrás, tirando de mi cabello lo justo para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiéndome por completo a su merced.
-¿Te estás rindiendo, Zoé? -me siseó al oído, con la respiración queriéndole reventar el pecho y una sonrisa salvaje pintada en la voz-. ¿A ti, que te encanta jugar a ser la dueña de todo? Mírate ahora. Estás rogando por más.
-Cállate... joder, cállate... -balbuceé con la voz rota, perdiendo el poco orgullo que me quedaba mientras mis caderas se arqueaban con desesperación hacia atrás, buscando cada centímetro de él.
La respuesta de Liam fue un rugido bestial. Abandonó cualquier atisbo de ritmo medido y se lanzó a embestirme con una furia ciega, castigando mi cuerpo con una fuerza que me dejó sin aliento. El ángulo desde su posición de pie amplificaba cada golpe, haciéndome sentir cada pulgada de su grosor rozando mis paredes con una intensidad salvaje que me empujaba al borde del abismo.
El clímax me golpeó de repente, como una descarga eléctrica que barrió con todo rastro de raciocinio. Mis músculos se contrajeron con violencia a su alrededor, atrapándolo con tanta fuerza que Liam soltó un gruñido ahogado, perdiendo también el control.
-Mierda... ¡Zoé...! -exclamó con la voz desgarrada, empujando con furia una última vez antes de venirse dentro de mí con una fuerza volcánica, inundándome por completo mientras su cuerpo entero temblaba y se derrumbaba contra mi espalda, dejándonos a los dos sin aliento, tirados sobre la cama en un silencio absoluto, rotos y perfectamente unidos.
El eco de nuestra respiración pesada fue lo único que habitó la habitación durante largos minutos. El cuarto olía a sudor, a piel caliente y al rastro inconfundible de una entrega absoluta que había consumido hasta el último gramo de nuestra energía.
Liam se dejó caer de lado sobre el colchón, conmigo todavía atrapada a medias contra él, con un brazo pesado y posesivo cruzado sobre mi cintura para asegurarse de que no me fuera a ninguna parte. Su pecho subía y bajaba con lentitud, pegado a mi espalda, mientras trazaba círculos ociosos y firmes con los dedos sobre mi piel todavía sensible.
-Tengo que admitir, Black... -murmuré con la voz áspera, apoyando la cabeza contra la almohada con los ojos medio cerrados-, que supiste como cobrar tú premio.
Liam soltó una risa ronca, un sonido bajo que vibró directamente contra mi columna, antes de inclinarse para dejar un beso lento y posesivo en mi hombro.
-Te acabo de demostrar que las reglas de la casa las rompemos cuando a mí me da la gana -replicó con esa arrogancia intacta que ni el cansancio lograba borrarle-. Y todavía nos quedan un par de horas antes de que tus viejos regresen.
Me giré lentamente entre sus brazos para enfrentarlo, encontrándome con sus ojos oscuros, fijos en mí con una voracidad que prometía que esto no era más que el comienzo. Sonreí, rozando mis labios contra los suyos en una tregua silenciosa, sabiendo perfectamente que la guerra entre nosotros nunca iba a terminar, y que ninguno de los dos quería que fuera de otra manera.