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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El funcionario del magistrado

El funcionario llegó a media mañana.

No vestía como un inspector.

Eso fue lo primero que Lin Chen notó.

Su ropa era sencilla, pero de buena calidad.

Dos hombres lo acompañaban.

Ninguno parecía sirviente.

Su Wan'er estaba atendiendo a una clienta cuando el hombre entró.

Lin Chen levantó la mirada.

—Buenos días.

—¿Usted es Lin Chen?

—Sí.

—Mi nombre es Shen Rui.

El hombre mostró una placa.

—Trabajo para la oficina del magistrado.

Su Wan'er dejó de moverse por una fracción de segundo.

Lin Chen lo notó.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Quisiera hacer algunas preguntas.

—Por supuesto.

Lin Chen señaló una mesa.

Prepararon té.

Shen Rui no bebió.

Primera señal.

No había ido a socializar.

—¿Cuánto tiempo lleva en Qinghe?

—Algunas semanas.

—¿De dónde viene?

Pregunta esperada.

—He viajado por varias regiones.

Shen Rui lo observó.

—Eso no responde.

Lin Chen sonrió ligeramente.

—Mi familia ha comerciado lejos de aquí durante años.

—¿Dónde?

—Principalmente en rutas orientales.

—¿Costa?

—Sí.

Shen Rui tomó nota.

—¿Pertenece a la Cámara Comercial del Mar del Este?

Lin Chen mantuvo la respiración tranquila.

—Trabajo con ella.

—No he encontrado registros.

—No opera en esta prefectura.

—He preguntado a comerciantes que trabajan en rutas marítimas.

Silencio.

Lin Chen no respondió inmediatamente.

Aquello era peligroso.

Más peligroso que Zhao.

Shen Rui continuó.

—Ninguno conoce esa Cámara.

Su Wan'er observaba desde lejos.

Lin Chen apoyó una mano en la mesa.

—Las rutas comerciales son grandes.

—No tanto.

Shen Rui no sonaba agresivo.

Eso lo hacía peor.

—¿Qué quiere saber realmente?

El funcionario lo miró.

Buena pregunta.

—De dónde proceden sus mercancías.

—De proveedores.

—¿Cuáles?

—No estoy autorizado a revelar rutas comerciales.

Shen Rui entrecerró los ojos.

—La oficina del magistrado puede exigir información si existe sospecha de contrabando.

Lin Chen no esperaba esa palabra.

—No vendo mercancía prohibida.

—Eso estamos intentando determinar.

Lin Chen se quedó callado.

No podía pelear.

No podía mentir demasiado.

Pero tampoco podía revelar nada.

Necesitaba mover la conversación.

—¿Qué producto les preocupa?

Shen Rui sacó algo de su manga.

Una aguja.

—Esto.

Lin Chen casi se sorprendió.

No el espejo.

No el perfume.

Una aguja.

—¿Qué tiene?

—Acero uniforme.

—Es una aguja.

—Exactamente.

Shen Rui la colocó sobre la mesa.

—Un herrero local dice que producir cientos iguales sería difícil.

Lin Chen comprendió.

El problema no era el objeto.

Era la consistencia.

Producción industrial.

Había subestimado cuánto podía revelar incluso algo sencillo.

—Son fabricadas en talleres especializados.

—¿Dónde?

Otra vez.

Lin Chen respiró.

—Lejos.

Shen Rui lo miró durante varios segundos.

—Comerciante Lin, no creo que sea un criminal.

—Me alegra.

—Pero creo que está ocultando algo.

Silencio.

—Todos los comerciantes ocultan algo.

—No de esta manera.

Lin Chen mantuvo la calma.

Shen Rui se levantó.

—No cerraré su tienda.

Eso lo sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque no tengo motivo.

—Entonces...

—Pero seguiré investigando.

Tomó la aguja.

—Y le recomiendo que no venda mercancías cuya procedencia no pueda explicar.

Después salió.

La puerta se cerró.

Su Wan'er caminó rápidamente hacia Lin Chen.

—Eso estuvo mal.

—Sí.

—¿Qué hacemos?

Lin Chen permaneció sentado.

La conversación había cambiado todo.

Hasta ese momento había pensado que podía introducir productos modernos mientras parecieran simples.

Pero incluso una aguja podía revelar diferencias tecnológicas.

Necesitaba adaptarse.

—Reducimos importaciones.

Su Wan'er lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Vendemos menos productos modernos.

—Pero son los más rentables.

—También son los más peligrosos.

—Entonces, ¿qué vendemos?

Lin Chen miró alrededor.

Mesa.

Madera.

Tela.

Frascos.

Herramientas.

—Productos hechos aquí.

—¿Aquí?

—Sí.

Su Wan'er parecía confundida.

—¿Cómo?

Lin Chen sonrió lentamente.

—Con métodos mejores.

Aquello era distinto.

Si llevaba cien agujas modernas, alguien podía preguntar de dónde salían.

Pero si enseñaba a un artesano local a mejorar procesos...

la mercancía tendría un origen.

Un taller.

Trabajadores.

Costes.

Una explicación.

No necesitaba traer siempre el producto terminado.

Podía traer conocimiento.

Herramientas.

Diseños.

Procesos.

Eso cambiaría su estrategia.

Ese mismo día visitó a un herrero.

Maestro Qiao.

Había comprado algunas de sus agujas anteriormente.

El taller era ruidoso.

Caliente.

Lleno de humo.

Lin Chen observó durante casi una hora.

No era experto.

Pero había visto suficientes videos modernos para identificar problemas.

Temperatura irregular.

Herramientas deficientes.

Procesos poco estandarizados.

Maestro Qiao lo miró.

—¿Quieres algo?

—Sí.

—¿Qué?

Lin Chen colocó una aguja moderna sobre la mesa.

—Quiero que puedas fabricar algo parecido.

El herrero soltó una carcajada.

—Entonces tráeme el taller que las produce.

—¿Y si mejoro el tuyo?

El hombre dejó de reír.

—¿Tú?

—Tengo algunas ideas.

—¿Eres herrero?

—No.

—Entonces vete.

Lin Chen sonrió.

Esperaba esa respuesta.

—Te pagaré por probar.

Maestro Qiao lo miró otra vez.

—¿Cuánto?

—Dos taeles.

El herrero cruzó los brazos.

—Habla.

Lin Chen sonrió.

Así empezaban las cosas.

Al atardecer regresó al Pabellón.

Su Wan'er estaba haciendo cuentas.

—¿Dónde estuviste?

—Resolviendo el problema.

—¿Ya?

—No.

—Entonces no lo resolviste.

—Empecé.

Ella lo miró.

Lin Chen dejó una pequeña hoja sobre la mesa.

Había escrito una nueva estrategia.

Importar menos.

Producir más localmente.

Usar el futuro para mejorar el pasado, no solo para venderle cosas.

Su Wan'er leyó.

—¿Eso significa que ganaremos menos?

—Al principio, probablemente.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Entonces, ¿por qué hacerlo?

Lin Chen miró hacia la calle.

—Porque quiero que dentro de un año, si la puerta desaparece, el negocio siga funcionando.

Su Wan'er no entendió la frase por completo.

Pero sí entendió la idea.

Construir algo real.

No depender de mercancía misteriosa.

Lin Chen guardó la hoja.

Aquella noche comprendió que su primera gran ventaja no sería hacerse rico rápido.

Sería aprender más rápido que todos los demás.

Y usar ese conocimiento para construir algo que pareciera haber nacido naturalmente en aquel mundo.

La riqueza llegaría.

Pero todavía no.

Primero debía crear raíces.

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