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Noventa Días Para Equivocarme

Noventa Días Para Equivocarme

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amor eterno
Popularitas:8.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo XXIV Estás siendo egoísta

Punto de vista de Victoria

La frialdad no era una máscara nueva para mí; era una armadura que había llevado cosida a la piel durante casi toda mi vida. Sin embargo, aplicarla contra Sebastián resultaba una tortura de una magnitud que no preví.

Durante los siguientes cinco días, ejecuté la primera fase de mi retirada con una precisión impecable. Dejé de responder a sus llamadas nocturnas tras el primer timbrazo, alegando agotamiento o revisiones financieras de última hora. En las reuniones de la alianza corporativa, volví a adoptar la postura erguida, la voz gélida y los ojos distantes que me habían caracterizado ante el mundo financiero. Cuando él intentaba buscar mi mirada tras la mesa de caoba, yo desviaba los ojos hacia las hojas de balance. Cuando intentaba quedarse a solas conmigo al finalizar las sesiones, encontraba excusas inmediatas: una llamada urgente de los auditores, una cita con el departamento legal, o simplemente la presencia constante de mi personal de asistente.

Podía ver el desconcierto transformarse en frustración en los ojos de Sebastián. Podía sentir el calor de su presencia contenida, esa rabia elegante de un hombre acostumbrado a entender el mundo que, de pronto, se estrellaba contra un muro que no lograba comprender. Pero no me detuve. Cada gesto de frialdad me desgarraba por dentro, alimentando el dolor que me abrasaba el vientre, pero me obligué a resistir. Faltaban apenas nueve días para la fecha límite.

Al sexto día, cerré la puerta de mi despacho con seguro tras la salida del equipo de finanzas. Me dejé caer sobre el sillón de piel, cerrando los ojos mientras apretaba los puños contra el estómago. El sudor frío me cubría la frente.

La decisión de abandonar los analgésicos me pasaba una factura devastadora a diario, pero la nitidez mental me permitía mantener el control.

Un par de golpeteos secos en la madera me hicieron erguir la espalda de inmediato.

—Pasa —dije, ajustándome el saco antes de que la puerta se abriera.

Era Adriana. Entró en la oficina con un sobre amarillo en las manos, cerró la puerta a sus espaldas y, sin pedir permiso, le echó el seguro. Su rostro no reflejaba la sumisión de una secretaria ejecutiva; estaba pálida, con los ojos hinchados y una tensión en los hombros que delataba días de insomnio.

—Aquí tienes los itinerarios de vuelo a Zúrich y la documentación para la transferencia de tus cuentas personales —dijo, lanzando la carpeta sobre mi escritorio con una brusquedad inédita en ella—. Todo está listo. En una semana estarás oficialmente fuera del país, registrada bajo un nombre falso en la clínica suiza de cuidados paliativos.

Tomé el sobre y revisé los documentos con fingida calma.

—Buen trabajo, Adriana. Necesito que programes una reunión con el departamento jurídico para el próximo martes. Dejaré un poder notariado a tu nombre para que gestiones la transición de mis acciones hacia el fideicomiso.

Adriana no respondió. Se quedó de pie frente a mi escritorio, mirándome con una mezcla de indignación y dolor punzante.

—¿De verdad vas a hacerlo? —preguntó en un hilo de voz que amenazaba con quebrarse—. ¿De verdad vas a irte así?

—Ya lo discutimos —respondí sin mirarla, firmando los formularios de autorización—. Es el único camino.

—¡No es ningún camino, Victoria! ¡Es una cobardía! —estalló de pronto, alzando la voz como jamás lo había hecho en todos los años que llevábamos trabajando juntas. Sus manos temblaban sobre el borde de la mesa—. Lo estás tratando como si fuera un peón en tu tablero de ajedrez. Sebastián Alarcón no es un socio comercial al que puedes liquidar con un finiquito. Es un hombre que te ama, que se está volviendo loco buscando explicaciones porque ve cómo te apagas día con día.

Levanté la vista lentamente, clavando una mirada de acero en la suya.

—Mide tus palabras, Adriana. Sé perfectamente lo que estoy haciendo. Además le advertír que no se enamorara.

—¡No, no lo sabes!, y no puedes pedirle a un hombre que no te ame —se acercó un paso más, con las lágrimas rodándole por las mejillas—. Estás siendo profundamente egoísta. Te escudas detrás de esta falsa idea de heroísmo, convenciéndote a ti misma de que lo estás "protegiendo" del dolor de ver tu deterioro. Pero la verdad es que estás teniendo miedo. Miedo a mostrarte vulnerable, miedo a dejar que alguien te cuide, miedo a que te vean caer del altar de la mujer invencible.

—Si Sebastián sabe la verdad —interrumpí, poniéndome de pie a pesar del pinchazo agudo que me atravesó la cadera—, moverá el mundo entero para buscar una cura que no existe. Gastará su energía, sus recursos y su vida intentando salvar a un cadáver. Lo conozco, Adriana. Se encadenará a una cama de hospital a verme morir en lugar de vivir su vida.

—¿Y prefieres destrozarlo con un rechazo falso? —cuestionó ella, encarándome sin dar un paso atrás—. ¿Prefieres hacerle creer que lo usaste, que nunca te importó, que fuiste la mujer fría y calculadora que todos dicen que eres? Le vas a romper el corazón de la peor manera posible. Le vas a dejar una herida llena de rencor y confusión. Una desilusión amorosa fabricada no se supera cuando descubres que te mintieron; destruye la capacidad de volver a confiar en alguien.

—El rencor se supera con el tiempo y el orgullo —sentencié, apretando la mandíbula para no quebrarme—. El luto por la persona que amas te acompaña hasta la tumba. Prefiero que me odie libre, a que me llore destruido.

Adriana soltó un suspiro amargo y sacudió la cabeza con infinita tristeza.

—Sebastián me abordó en el pasillo hace semanas —confesó, haciéndome congelar en el sitio—. Me rogó que le dijera qué te pasaba. Tenía los ojos llenos de una desesperación que jamás he visto en un hombre de su calibre. Me dijo que te veía morir de dolor en silencio y que se sentía inútil. Victoria, él merece saber la verdad. Merece elegir si quiere quedarse a tu lado y sostenerte la mano hasta el final, o si prefiere apartarse. Le estás quitando su derecho a decidir.

—Ese derecho me pertenece a mí —repliqué con firmeza, aunque por dentro sentí un abismo abriéndose bajo mis pies—. Esta es mi muerte, Adriana. Y yo decido cómo la enfrento. Si de verdad eres mi amiga, como dices serlo, vas a guardar silencio y vas a ayudarme a cerrar esto de forma impecable.

Adriana me miró durante varios segundos, reconociendo la terquedad inquebrantable en mis ojos. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y dio un paso atrás, recuperando la distancia profesional que nos separaba.

—Haré lo que me pidas porque te di mi palabra —murmuró con la voz llena de amargura—. Pero no me pidas que te aplauda este sacrificio. Lo que le estás haciendo a Sebastián no es amor, Victoria. Es el acto de control más cruel que podrías haber diseñado.

Dio media vuelta y salió de la oficina, dejando un silencio desolador tras de sí. Me quedé sola en la penumbra del gran despacho, escuchando únicamente el eco de mis latidos y sabiendo que, aunque sus palabras me hubieran atravesado el alma como un puñal, ya no había vuelta atrás.

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Maru
Peligro ☣️⚡ d 😳😱
Maru
😱😳 Catalina/ Verónica como sea debe haber alguien que sabe el secreto; no obstante, el fraticidio cometido por esa 🐍 víbora pudo ser la causa del suicidio de padre de Victoria
Liliana Torres
🐀🐀🐀
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️💖
Johann
😯😯😯👏👏👏
Johann
👏👏👏👏
Johann
😯😯😯😯
Johann
👏👏👏❤️❤️❤️
Johann
👏👏👏👏
Johann
😢😢😢
Johann
😯😯😯
Johann
😢😢
Johann
🥺🥺🥺🥺
Johann
🥺🥺🥺
Celeste Salinas
Victoria tiene que arreglar las cosas como hacemos todas nosotras.. cruzarse con la mejor ropa interior que tenemos.. conseguimos el perdón 🤭🤭😂🥰
Celeste Salinas
jaja
Alexandra Ortiz Posada
Ahí están los resultados de no hablar con la verdad a Sebastián que la quería ayudar
Johann
😭😭😭😭
Johann
💖💖💖💖
alicia g
buenisima historia, felicitaciones escritora ,como nos tenes acostumbradas ,excelente
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