Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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La primera elección
Todo ocurrió en el mismo lugar, con la misma luz dorada de las antorchas, el mismo silencio tenso llenando la sala, el mismo heraldo de pie frente a ella con el pergamino en las manos. Solo que entonces, no era la misma Helena. Era una muchacha joven, ingenua, que esperaba que otros le indicaran cuál era el camino correcto.
El heraldo dio un paso adelante, alzó la voz, y la pregunta resonó idéntica, como si el destino hubiera querido repetirla:
—Bella Helena, ¿a quién escoges como esposo entre los príncipes que han venido por tu mano?
En aquella primera vida, ella miró a todos. Vio a los reyes, a los príncipes, a los guerreros. Y sus ojos se posaron en Menelao. Alto, apuesto, con la corona de oro brillando en su cabeza, la sonrisa segura de quien sabe que va a ganar. No lo amaba. No lo conocía de verdad. Pero todos decían que era la mejor elección. Su padre asintió cuando ella lo miró. Su madre bajó la cabeza, aprobando. Nadie le dijo que no. Nadie le advirtió de nada. Así que, con voz suave, sin saber que firmaba su propia sentencia, ella dijo:
—Escojo a Menelao, rey de Esparta.
Nadie se quedó callado. Nadie repitió el nombre con asombro. Al contrario: aplausos, aprobación, sonrisas de satisfacción. Era la elección que todos esperaban, la correcta, la que cerraba alianzas y consolidaba reinos. Menelao sonrió, satisfecho, como si hubiera ganado una carrera. Se acercó a ella, la tomó de la mano con firmeza, y en ese contacto ella sintió algo extraño: no calidez, no cariño, sino posesión. Como si al decir esas palabras, ella hubiera dejado de pertenecerse a sí misma.
—Bien elegida —le dijo él, y su voz no era tierna, era triunfal—. Serás la reina más hermosa del mundo, y todos sabrán que me perteneces.
La boda fue grande, fastuosa, llena de oro y fiestas que duraron días. Nadie le preguntó si estaba feliz. Nadie le preguntó si lo amaba. Era la reina de Esparta, y eso debía ser suficiente. Pero la verdad se esconde detrás de las puertas cerradas, y pronto la máscara cayó.
Menelao era celoso hasta la locura. Cada hombre que se acercaba era un enemigo, cada sonrisa una traición, cada palabra una mentira. La encerró en el palacio, casi sin dejarla salir. Le prohibió hablar con cualquiera que no fuera de su familia. Si miraba a alguien demasiado tiempo, él la empujaba contra la pared y le gritaba que era suya, que nadie más podía mirarla, que nadie más podía tenerla. Los golpes empezaron pronto: primero un empujón, luego una bofetada, y después puños cerrados que llegaban sin aviso, sin motivo, solo porque él así lo sentía. Ella aprendió a callar, a bajar la mirada, a no hacer ruido. Vivía prisionera entre muros de oro, sola, sin nadie que la escuchara.
Y la noche fatal llegó. Él regresó tarde, borracho, con los ojos inyectados en ira y vino. Al entrar, la miró con furia, como si ella ya hubiera cometido un crimen antes de hablar.
—¿Con quién estabas? —le gritó, cerrando la puerta de un golpe—. ¿Quién vino aquí mientras yo no estaba? ¡Me han dicho que te vieron hablando con un hombre! ¡Me engañas, igual que todas!
—No es verdad —respondió ella, temblando de pies a cabeza, intentando defenderse—. No ha venido nadie. No he hablado con nadie, te lo juro. ¡Menelao, no he hecho nada!
—¡Mientes! —rugió él, y se abalanzó sobre ella—. ¡Siempre mientes! ¡Eres una mujer infiel y te lo voy a hacer pagar!
La golpeó con rabia, con toda su fuerza, una y otra vez, sin detenerse, sin escuchar sus súplicas, sin ver que ella ya no podía defenderse. Ella cayó al suelo, intentando protegerse, pero él no paró. Los golpes llovieron sobre su cuerpo, duros, brutales, hasta que su visión empezó a oscurecerse y el dolor se volvió todo lo que existía.
—¡Piedad…! —alcanzó a susurrar, pero él no escuchó.
Cuando por fin él se detuvo, ella estaba inmóvil en el suelo, la sangre manchando el suelo de piedra. No había nadie que la ayudara. No había nadie que la salvara. Menelao la había matado, convencido de su mentira, sin saber que ella era inocente. Y mientras la vida se le escapaba, ella pensó con la última fuerza que le quedaba: Si pudiera volver atrás… si pudiera elegir de nuevo… elegiría bien. Elegiría a alguien que me creyera. Alguien que no me hiciera daño.
Y entonces, la oscuridad.
💛 El presente
Un escalofrío tan fuerte que le recorrió toda la espalda la devolvió al presente. Helena tembló levemente, como si el frío de aquella habitación de piedra aún estuviera con ella, como si los golpes aún dolieran bajo su piel. Cerró los ojos un instante, respirando hondo para recuperar el aliento que le faltaba.
—¿Estás bien, Helena?
La voz suave la trajo de vuelta. Abrió los ojos y lo vio. Héctor estaba a su lado, mirándola con preocupación, con esa gentileza que Menelao nunca tuvo ni en sus mejores días. No había ira en su mirada, ni celos, ni posesión. Solo interés, solo cuidado.
Ella lo miró, y por un instante no supo qué decir. No podía contarle lo que había visto, lo que había vivido, lo que le había pasado en otra vida. Eso era algo que solo ella cargaría, algo que solo ella sabría. Pero su presencia, su voz, su forma de mirarla, la calmó poco a poco.
—Sí… creo —le dijo, con voz suave, aún temblando levemente por el recuerdo—. Estoy bien.