Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.
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EL CEO QUE NO SE DEJA ENGAÑAR
Tres semanas.
Tres semanas desde aquella noche en el Met. Tres semanas desde que dejé a mi prima gritando detrás de una puerta cerrada. Tres semanas desde que Lucas y yo firmamos los papeles que reestructuraban Vasquez Group, despidiendo a los ejecutivos que nos habían traicionado, vendiendo las divisiones que nos hundían y quedándonos solo con lo que importaba: la marca, el talento y el hambre.
Ahora estaba sentada en la sala de juntas más intimidante de Manhattan, fingiendo que no me temblaban las manos.
Sterling Holdings ocupaba los pisos 60 al 72 de un rascacielos de cristal en Midtown. Desde la ventana, la ciudad parecía un tablero de ajedrez. Y yo acababa de entrar en la partida.
—Señorita Vasquez —dijo la asistente, con esa voz entrenada para sonar simultáneamente eficiente y condescendiente—, el señor Sterling la recibirá en cinco minutos.
—Gracias, Diane.
Esperé de pie, junto a la ventana, observando mi reflejo. Traje negro, corte impecable, cabello recogido en un moño bajo. Nada de joyas ostentosas. Nada que delatara que mi familia había estado a tres semanas de la bancarrota. Había aprendido, en otra vida, que los ricos huelen el miedo como los tiburones huelen la sangre.
La puerta se abrió.
Y entonces lo vi.
Patrick Sterling no se parecía en nada a las fotos de las revistas de sociedad. Era más alto de lo que parecían los ángulos cuidados de las cámaras. Más ancho de hombros. Y tenía esos ojos grises que los periodistas describían como "fríos", pero que yo, en otra vida, había visto arder con algo que no era precisamente hielo.
—Señorita Vasquez —dijo, y su voz era más grave de lo que esperaba—. La hice esperar.
—Tres minutos, señor Sterling. No es una espera. Es una inversión en paciencia.
Alzó una ceja. No sonrió, pero algo en su expresión se afiló. Como si acabara de notar que yo no era la típica consultora que llegaba a lamerle las botas.
—Siéntese.
Me indicó la silla frente a él. No al otro lado de la mesa de caoba de doce plazas. Frente a él. A dos metros de distancia. Suficientemente cerca para ver las venas azules en sus sienes, el modo en que sus dedos largos tamborileaban sobre el cuero de la carpeta.
—He leído su propuesta —dijo, abriendo el expediente—. Es agresiva.
—Es precisa.
—Es suicida.
Sonreí. Una sonrisa pequeña, calculada.
—El suicidio, señor Sterling, es morir sin haber disparado una sola bala. Lo que yo propongo es una ejecución quirúrgica.
Por primera vez, algo parecido al interés cruzó su rostro.
—Explíqueme.
Me puse de pie, caminé hasta la pizarra digital que ocupaba toda una pared, y comencé a dibujar. No le hablé de números. Le hablé de psicología. De cómo Sterling Holdings había perdido el 14% de su cuota de mercado no por mala gestión, sino por miedo. De cómo la marca se había vuelto predecible, aburrida, *segura*. De cómo la seguridad, en el lujo, era la muerte lenta.
—Usted no necesita otro trimestre estable —dije, girándome hacia él—. Necesita un escándalo controlado. Necesita que la gente vuelva a hablar de Sterling Holdings. Necesita dejar de pedir permiso.
Patrick me observaba en silencio. Ese tipo de silencio que no es ausencia de palabras, sino una forma de escaneo.
—¿Y quién le dio permiso a usted para hablarme así?
—Nadie. —Me mantuve firme, sosteniéndole la mirada—. Los permisos se los dan a los empleados. Yo soy consultora externa. Mi trabajo es decirle lo que nadie más se atreve.
Algo cambió en el aire entre nosotros. No era deseo. Todavía no. Era reconocimiento. El tipo de reconocimiento que dos depredadores se tienen cuando se encuentran en la misma sabana.
—Su familia —dijo de pronto, cambiando de tema con una brusquedad que me descolocó—, Vasquez Group. Están en problemas.
El corazón me dio un vuelco, pero mi rostro no se movió.
—Estamos en reestructuración.
—Están en la UCI. —Se recostó en la silla, cruzando los brazos—. He visto los informes. Tres semanas más y habrían desaparecido.
—Y sin embargo, aquí estoy.
—Sí. Aquí está. —Sus ojos grises se entrecerraron—. Lo cual me lleva a preguntarme algo, señorita Vasquez. ¿Cómo es que una mujer cuya empresa está a punto de colapsar se presenta ante mí con una propuesta de dos millones de dólares en honorarios?
El aire se espesó.
Esta era la pregunta. La que yo había estado esperando. Porque en otra vida, Patrick Sterling me había mirado con lástima. Con esa condescendencia masculina que reservaba para las mujeres rotas que creía poder salvar. Pero esta Elena no estaba rota. Esta Elena estaba afilada.
—Porque —dije, acercándome un paso a su silla, lo suficiente para ver cómo sus pupilas se dilataban una fracción—, no vine a pedirle trabajo, señor Sterling. Vine a ofrecerle una alianza.
—¿Alianza?
—Su empresa tiene el capital. La mía tiene la red de distribución en mercados emergentes que usted ha intentado penetrar durante cinco años sin éxito. Juntos, podemos duplicar sus ingresos en dieciocho meses. Separados, usted seguirá perdiendo cuota de mercado y yo seguiré... —hice una pausa, dejando que la palabra colgara en el aire— reestructurándome.
Patrick no respondió de inmediato. Se puso de pie, lentamente, y caminó hacia la ventana. Desde allí, con la ciudad extendida a sus pies, parecía lo que era: un hombre acostumbrado a que el mundo se inclinara a su paso.
—Usted es diferente a lo que esperaba —dijo, sin girarse.
—¿Y qué esperaba?
—A la prima de Silvia Castellanos. —El nombre cayó entre nosotros como una piedra en agua quieta—. La que perdió a su padre. La que debería estar llorando en algún spa de Connecticut, no presentando propuestas de dos millones a las nueve de la mañana.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi falda. *Silvia.*
—Silvia y yo —dije, con la voz más fría que me fue posible— tenemos diferentes estrategias de supervivencia.
Patrick se giró. Y entonces lo vi. Algo en sus ojos. Algo que no recordaba de la otra vida.
No era lástima.
Era *reconocimiento*.
—La noche del Met —dijo, y el aire se congeló—. Usted estaba ahí.
—Sí.
—Salió del salón antes que nadie. Junto con su hermano.
No respondí.
—Quince minutos después —continuó Patrick, con esa voz grave que ahora sonaba peligrosamente baja—, encontraron a Silvia. En el baño. Con tres ejecutivos de Goldman.
Mis uñas se clavaron en mis palmas.
—¿Está insinuando algo, señor Sterling?
—Estoy observando algo, señorita Vasquez. —Se acercó un paso. Solo uno. Pero fue suficiente para que el aire entre nosotros se volviera eléctrico—. Estoy observando que, desde aquella noche, ni usted ni su hermano han mencionado a su prima. Ni una llamada. Ni una visita. Ni una publicación en redes sociales solidarizándose con la "víctima".
—Silvia tiene muchos amigos —dije, sosteniéndole la mirada—. No necesita los míos.
—No. —Patrick sonrió entonces. Una sonrisa pequeña, peligrosa, que no llegó a sus ojos—. Supongo que no.
Se alejó, volvió a su silla, y presionó un botón en su escritorio.
—Diane —dijo al intercomunicador—, cancele mis reuniones de la tarde.
Colgó y me miró.
—Quiero ver los detalles de esa alianza. Mañana. A las ocho de la mañana. Aquí.
—¿Tan pronto?
—El tiempo es dinero, señorita Vasquez. Y usted acaba de convencerme de que no tengo mucho que perder.
Me puse de pie, recogí mi carpeta, y caminé hacia la puerta. Pero antes de salir, me detuve.
—Señor Sterling.
—¿Sí?
—Si va a jugar este juego —dije, sin girarme—, hágalo con las reglas claras. Yo no soy Silvia. No voy a llorar cuando las cosas se pongan difíciles. Y no voy a pedirle que me salve.
Silencio.
—No esperaba que lo hiciera —respondió Patrick, y su voz tenía ahora un tono que no supe catalogar—. Eso es lo que me resulta... interesante.
Salí de la oficina con el corazón martillándome el pecho. No por miedo. Por algo que hacía mucho tiempo no sentía.
*Adrenalina.*
—Diane —le dije a la asistente al pasar—, confirme la cita para mañana a las ocho.
—Por supuesto, señorita Vasquez. —La mujer me miró con algo nuevo en los ojos. Respeto, quizás. O curiosidad—. El señor Sterling no cancela sus reuniones para nadie.
Lo sabía.
Y eso era exactamente lo que me preocupaba.
---
En el ascensor, apoyé la frente contra el acero frío y cerré los ojos.
Patrick Sterling no era el tonto cegado que yo recordaba.
En mi vida anterior, me lo habían vendido como un hombre enamorado, manipulado por una mujer astuta. Pero ahora, después de esa conversación, algo no encajaba. Patrick *sabía*. Desde el principio, algo en él sabía que Silvia no era lo que fingía ser.
Y sin embargo, la había elegido a ella.
¿Por orgullo? ¿Por presión familiar? ¿O porque, en el fondo, prefería una mentira cómoda a una verdad incómoda?
El ascensor se detuvo en el vestíbulo. Las puertas se abrieron.
Y entonces la vi.
De pie junto al mostrador de recepción, con un vestido rojo que costaba más que mi primer coche, estaba Silvia.
Impecable. Sonriente. Como si aquella noche en el Met no hubiera existido.
—Elena —dijo, al verme, y su voz fue un puñal envuelto en seda—. Qué sorpresa. No sabía que vendrías a Sterling Holdings.
La miré. Y por primera vez en tres semanas, sentí algo que no era odio.
Era *lástima*.
Porque Silvia no sabía lo que yo sabía. No sabía que Patrick Sterling acababa de hacerme la pregunta que ella llevaba semanas evitando. No sabía que, en los ojos de ese hombre, ella ya había empezado a desaparecer.
—Silvia —dije, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. Qué bueno verte. Te ves... descansada.
Sus ojos se oscurecieron una fracción. Solo una fracción. Pero fue suficiente.
*Lo sabe.*
*Ella sabe que yo sé.*
—Vengo a ver a Patrick —dijo, recuperando la compostura—. Tenemos una cena esta noche.
—Qué romántico.
—Sí. —Se acercó un paso, bajando la voz—. Oye, Elena. ¿Podemos hablar? En privado.
—Ahora no puedo. Tengo una reunión mañana temprano.
—Es importante.
—Todo es importante para ti, Silvia.
Algo se quebró en su máscara. Solo un segundo. Solo lo suficiente para que yo viera, detrás de los ojos perfectos y el maquillaje impecable, el terror de una mujer que sabe que su secreto está a punto de ser descubierto.
—Por favor —susurró.
La miré. Y pensé en mi madre. En Lucas sangrando en la carretera. En el apartamento de Queens. En las deudas. En las llamadas que nadie contestaba.
—Claro —dije, con una sonrisa dulce—. Hablemos. Pero no ahora. Esta noche. Te llamo.
Me alejé antes de que pudiera responder.
En la calle, el aire de Manhattan me golpeó la cara. Saqué el teléfono y marqué un número.
—Lucas —dije, cuando mi hermano contestó—. Tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—Silvia sabe que la dejamos ahí.
Silencio al otro lado de la línea.
—¿Y qué va a hacer?
Sonreí. Una sonrisa que no tenía nada de dulce.
—Lo que siempre hace, Lucas. Intentar destruirme antes de que yo la destruya a ella.
—¿Y nosotros?
—Nosotros —dije, subiendo al coche que nos esperaba—, vamos a llegar primero.
Colgué.
Y mientras Manhattan se extendía ante mí, con sus rascacielos brillando como cuchillos contra el cielo de la tarde, supe una cosa con absoluta certeza.
Esta guerra apenas comenzaba.
Y esta vez, yo no iba a perder.
Leee