A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 1
Cap 1: La noche que mi esposo me vendió
Después, cuando todo se calmara, Camila iba a recordar este sábado por una sola frase: la noche en que su marido la sirvió en bandeja para que otro hombre la pagara.
Por ahora solo existía el aroma a sal de la Riviera y la sonrisa nerviosa de Gerardo del otro lado de la mesa.
—Tómate la copa, mi vida. Es tu aniversario.
Camila le dio un sorbo apenas. Tres años de casados. Tres años de ahorrar peso a peso para un viaje que él había pospuesto siempre, y ahora —de pronto— una reservación de lujo en la Riviera, hecha sin avisarle. Desde el aeropuerto algo no le cuadraba: Gerardo había revisado el teléfono cada cinco minutos, se había sobado la nuca, había sonreído de más a las edecanes. Camila se había dicho que eran nervios buenos.
—Cami —dijo él, bajando la voz—. Antes de subir, te pido un favor. Mi jefe llegó al hotel. Cena con nosotros un rato.
—¿Octavio Bernal?
—El señor Bernal —corrigió Gerardo—. Por favor, sé amable. Esta semana definen el ascenso.
Camila asintió. Llevaba tres años asintiendo.
El señor Bernal apareció a los dos minutos. Traje de lino, anillo grueso, sonrisa lenta. Cuando le dio la mano, le retuvo los dedos un segundo de más. Se sentó del lado de Camila, no del de Gerardo. Pidió por ella sin preguntarle.
—La señora va a probar el atún sellado. Y otra copa, por favor.
Gerardo se rio. Una risa rara, demasiado fácil.
Durante la cena, Bernal habló mucho. De sus viajes. De un fundo en Valle de Bravo. De una cava que mandaba a hacer cada año en Coahuila. Cada tanto miraba a Camila como si tasara una pieza. A los veinte minutos, le rozó la rodilla por debajo de la mesa, una vez. Camila apartó la pierna sin mirarlo. Gerardo, frente a ellos, eligió ese instante para reírse de un chiste viejo y servirse otra copa.
—¿Y usted, señora, en qué se entretiene mientras el ingeniero trabaja?
—Cose.
—¿Cose?
—Diseña. Ropa.
—Mira nomás. Una artista. —Bernal volteó hacia Gerardo—. Tan callada y tan llena de talentos.
—Gracias, don Octavio. Ella es la que decora todo lo que toca.
Camila apretó la servilleta debajo de la mesa. Como si fuera un mueble.
—Que se traiga un boceto un día a la oficina —siguió Bernal—. Me gusta apoyar a la gente con visión.
—Cómo no, don Octavio. Cómo no.
Cuando por fin terminaron y Bernal se despidió con dos besos demasiado cerca de la comisura, Camila respiró por primera vez en una hora. Subieron a la habitación en silencio. Gerardo tarareaba algo que no era una canción.
—Acuéstate ya, mi vida —dijo él al entrar—. Yo te traigo lo de siempre.
"Lo de siempre" era el vaso de leche tibia que Gerardo le preparaba desde que eran novios, en el cuarto azulejado de la colonia, cuando él le decía que el calorcito le iba a quitar la ansiedad. Hacía mucho que ya no lo hacía. Que se acordara esa noche le ablandó algo dentro, sin querer.
—Está bien.
Se cambió al camisón de seda que él le había regalado por la mañana. Demasiado liviano para una mujer casada. Demasiado caro para un sueldo como el de Gerardo. No quiso pensar en cómo lo había pagado.
Él entró con el vaso entre las dos manos.
—Tómatelo todo. Yo bajo a fumar y subo.
—¿No te quedas?
—Cinco minutos. Te juro.
Camila se sentó al borde de la cama. La leche estaba a la temperatura exacta, como antes. Le supo levemente metálica, como si alguien hubiera dejado una cuchara nueva dentro. Bebió el resto sin pensarlo. Tres años pidiéndole que se acordara de los gestos pequeños. No iba a desperdiciar este.
Apagó la lámpara grande. Dejó encendida la lamparita de la mesa de noche, una pieza pesada de cerámica color crema con base de bronce.
Empezó casi de inmediato.
Primero fue el calor. Una ola que le subió por la nuca y se le acomodó en las sienes, como si alguien le hubiera puesto dos manos calientes a los lados de la cabeza. Después la boca. La saliva se le hizo espesa, casi metálica, y la lengua —de pronto demasiado grande— le empujó los dientes. Trató de tragar y no pudo. Trató de pasarse el dorso de la mano por la frente y la mano le pesó tres kilos más de lo normal.
Quiso decir el nombre de Gerardo y no le salió. Las piernas no le respondieron: dos bultos de plomo pegados al colchón.
—Gera... —logró, y la voz era de otra mujer.
La habitación se inclinó. Pensó, con un retazo de lucidez: "La leche."
La leche.
Trató de incorporarse y el peso del propio cuerpo la regresó al colchón. Intentó la otra pierna. La otra pierna tampoco. Intentó el reloj de la mesita. Lo tiró. Se cayó con un ruido apagado sobre la alfombra y no llegó a romperse, lo cual le pareció, en ese momento, una injusticia personal —ella sí se estaba rompiendo y nadie lo oía—.
La puerta se abrió. Camila no podía moverse, pero los ojos seguían trabajando. Vio entrar a Gerardo. Vio entrar, detrás de él, al señor Bernal.
Vio a Gerardo cerrar la puerta por dentro.
Vio a Gerardo no mirarla.
—Está despierta —dijo Bernal, en voz baja.
—Va a aflojar en un minuto —respondió Gerardo, igual de bajo—. Yo me voy abajo, ¿está bien, don Octavio? Yo no quiero ver.
—Vete, ingeniero. Mañana hablamos de lo del puesto.
Gerardo salió.
Gerardo salió sin mirarla.
Si Camila hubiera podido gritar, habría gritado su nombre. La garganta era piedra. Las lágrimas le subieron por los lados de los ojos y se le metieron en las orejas, una tras otra.
Bernal se acercó. Camila sintió el colchón hundirse del lado izquierdo. Olió la loción cara, dulzona, distinta a la de Gerardo. Una mano que no era de Gerardo le apartó el cabello del cuello.
—Pero qué mujer tan callada —susurró—. Tu marido siempre presumió que eres tan callada.
Adentro de Camila, un latido de animal: "No. Hoy no. Aquí no."
La mano de Bernal le bajó por el costado, sobre la seda. La otra le buscó la cintura. Camila cerró los ojos un segundo. La pierna no respondía. La voz no respondía. Solo el brazo derecho, el más cercano al buró.
La lamparita.
Bernal le bajó el tirante del camisón. Camila estiró la mano, despacio, como si arrastrara el brazo por agua, y cerró los dedos alrededor del cuello de la lámpara.
Y lo golpeó.
No fue un golpe limpio. La base de bronce conectó con la sien de Bernal con un sonido seco, sordo, como cuando uno tira una olla al piso de la cocina.
Bernal soltó un quejido y cayó hacia el costado.
—Pinche... —masculló—. Pinche vieja loca.
Camila vio sangre. Poca, pero sangre, brillante en la sien blanca del hombre. Y dentro del cuerpo de plomo encontró —no supo de dónde— una corriente de adrenalina que le devolvió las piernas dos segundos. Bastaron.
Rodó fuera de la cama. Cayó al piso de rodillas. Se levantó agarrándose del buró. Caminó hacia la puerta como una marioneta a la que le falla un hilo, descalza, con la lámpara todavía en la mano. Detrás, Bernal maldecía. No la siguió de inmediato.
Camila abrió la puerta y se lanzó al pasillo.
Mármol frío. Luces amarillas. Camila se apoyó en la pared.
—Ayúdenme —dijo, y solo le salió un hilo de voz.
Tocó la primera puerta. Esperó dos segundos. Nadie. Apoyó la oreja contra la madera. Adentro había televisión encendida. Nadie iba a salir. Tocó la segunda. Nadie. La tercera, con el puño cerrado, dos veces. Adentro alguien dijo "¿qué pasó?" y no abrió. Nadie en el mundo iba a abrir.
A su espalda, oyó la puerta de su suite abrirse. Bernal salió al pasillo. Todavía sosteniéndose la sien.
—Vente para acá, mamita —dijo, con voz suave—. Te vas a caer.
Camila tocó la cuarta puerta con todo lo que le quedaba. La pierna izquierda se le dobló y se desplomó contra la madera. La frente le pegó al barniz frío.
—Por favor —susurró—. Por favor.
La puerta se abrió hacia adentro.
Camila se fue de bruces. Unos brazos la atajaron antes de que tocara el piso —firmes, sin titubear, sin pregunta— y el olor a madera y a cuero le llegó como una cosa extrañamente segura. Sintió la tela de un saco bajo la mejilla. Sintió el latido de otro cuerpo, despacio, regular, contra el suyo desbocado.
—Ya pasó —dijo una voz grave en su oído—. Yo la tengo.
Camila quiso levantar la cabeza. No pudo.
Alcanzó a oír, más allá del hombro de ese desconocido, la voz de Bernal frenando en seco.
—Disculpe... yo estaba buscando a mi sobrina —empezó Bernal, con un tono demasiado cordial—. Se confundió de habitación.
—Lárguese —dijo el desconocido, sin alzar la voz.
Una sola palabra. Como una puerta que se cierra.
—Mire, joven, no hay necesidad de—
—Lárguese ya. Si vuelvo a verlo en este pasillo, lo entrego con mi nombre y con el suyo. ¿Me oyó?
Camila oyó los pasos de Bernal alejarse muy rápido por el mármol. Una puerta lejana, en el otro extremo del piso, se cerró con un golpe seco.
—Llamen a seguridad —ordenó la voz, dirigida a alguien dentro—. Y al gerente. Y a un médico. Que venga el del hotel, no el del pueblo. La señora viene drogada. Y avisen a la jefatura de pasillo que cierren las cámaras del piso seis hasta nuevo aviso. Las quiero íntegras. Nadie las borra.
Camila quiso decir gracias. Quiso decir su nombre. Quiso explicarle que su marido había salido por la puerta unos minutos antes, que su marido los había dejado solos, que su marido —
Las luces del pasillo se apagaron dentro de sus párpados.
Lo último que sintió, antes de hundirse, fue una mano grande sosteniéndole la nuca para que la cabeza no se le venciera contra el pecho del desconocido. Y, debajo de la oreja, una voz que ya no le hablaba a ella ni al pasillo —le hablaba al teléfono.
—Sí, soy yo. Estoy en mi suite. Necesito al médico del hotel, a seguridad y al gerente, en ese orden, en menos de cinco minutos. Y al licenciado de la oficina jurídica del resort. Despierto, vestido, con grabadora. Sí. Es urgente. Sí, asumo el costo.
La voz no temblaba. La voz no preguntaba. La voz solo hacía cumplir cosas. Esa fue, en realidad, la primera cosa que Camila Lazcano supo del hombre que le había abierto la puerta: que cuando el mundo se rompía, no titubeaba.
Después se hundió.