Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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El oráculo de las latas de conserva
La noche en la cabaña no trajo descanso, solo un frío que parecía diseñado para obligar a la gente a pensar en cosas que preferiría olvidar. Victoria no había salido del baño en veinte minutos. Sabía que estaba allí, frente al espejo, tratando de reconciliar la imagen del marido que tropezaba con sus propios pies con la marca de la mano que ahora decoraba su abrigo de cachemira.
Salí a la cocina y empecé a hacer un ruido infernal buscando una linterna en los cajones. Era el momento de ser especialmente ruidoso.
—¡Jefa! —grité, golpeando un estante con el codo por puro descuido—. ¿Has visto las pilas? Creo que las mías han decidido jubilarse. ¡Esta oscuridad es tan espesa que podrías cortarla y hacerte un sándwich! Aunque no lo recomendaría.
Victoria salió del baño. No me miró a la cara; sus ojos se posaron directamente en mis manos, buscando alguna señal de la fuerza que había sentido en el barranco. Yo solo sostenía una linterna vieja y oxidada con la punta de los dedos, como si fuera un artefacto alienígena que no terminaba de entender.
—Adrian, deja de gritar. Siéntate —dijo ella. Su voz no tenía la autoridad de antes; era una mezcla de agotamiento y algo que se parecía mucho a la rendición.
—¿Sentarme? ¿Ya es la hora del cuento? —me desplomé en la silla, dejando que la linterna rodara por la mesa hasta detenerse justo frente a ella—. Espero que sea uno con final feliz, porque el capítulo del puesto de guardabosques fue un poco deprimente… y frío.
Victoria se sentó frente a mí. El resplandor de una vela que agonizaba en el centro de la mesa proyectaba sombras alargadas en su rostro, haciéndola parecer una reina en el exilio. Extendió la mano y, por primera vez, no fue para apartarme o para señalar un error. Fue un gesto casi de súplica.
—Miller va a dar el siguiente paso mañana —empezó a decir, hablando más para la vela que para mí—. Si no ha enviado a nadie aquí, es porque está usando este tiempo para consolidar su poder en la junta. Va a presentar el protocolo 'Sombra' como si fuera un éxito de Hale Tech, pero yo sé que tiene un fallo de retroalimentación en la base de datos. Si lo activa... Orion se convertirá en un virus que devorará todo el sistema financiero.
—Vaya, eso suena a que las tarjetas de crédito van a dejar de funcionar —comenté, rascándome la barbilla—. Menos mal que he traído raviolis. El trueque va a volver a estar de moda. Cambiaré un tenedor por una vaca, ya verás… o por media.
Victoria cerró los ojos, apretando los puños sobre la mesa.
—¡Escúchame! —su voz tembló—. No tengo mi equipo. No tengo acceso a la red. No tengo a mis ingenieros. Solo tengo... —se detuvo, tragando saliva—. Solo tengo lo que hay en esta habitación.
—¿Una vela que se apaga y un marido que no sabe freír un huevo? —sonreí con una modestia que me hacía parecer un santo—. No es el mejor equipo del mundo, pero oye, al menos no te cobramos por horas… eso es una ventaja competitiva.
Ella levantó la vista. Sus ojos brillaban con una intensidad febril.
—Adrian, tú... tú ves cosas que yo no veo. Tu forma de arreglar la televisión, de abrir esa ventana, de moverte cuando parece que todo va a salir mal... —hizo una pausa larga—. Necesito que mires esto. No como un ingeniero. No como un analista. Solo dime... ¿qué harías tú si fueras el que tiene que detener a alguien como Miller?
Puse una cara de confusión profunda, como si me estuviera preguntando si la pregunta tenía truco. Victoria me estaba consultando. No me estaba examinando con una trampa, me estaba pidiendo una dirección.
—¿Yo? —me reí, una risa corta y tonta—. Jefa, yo no sé ni detener una hemorragia con una tirita. Pero si Miller es tan listo como dices, seguro que está esperando que hagas algo muy complicado. Como esos ajedrecistas que piensan veinte jugadas por delante… y yo apenas pienso dos.
—Exacto. Está esperando un contraataque legal o un hackeo de alto nivel.
—Pues ahí está el error —dije, tomando la linterna y empezando a jugar con el interruptor—. Si alguien te está esperando en la puerta principal con un cañón, lo mejor es entrar por la chimenea. O mejor aún, mandar un gato por la chimenea para que haga ruido y entrar tú por el sótano mientras él se ríe del gato… distracción felina, muy efectiva.
Victoria frunció el ceño, siguiendo el movimiento rítmico de la luz de mi linterna.
—¿Mandar un gato? ¿Quieres decir una distracción?
—No sé, yo es que una vez intenté atrapar un gato y terminé encerrado en el garaje mientras el bicho se comía mi cena —me encogí de hombros, dejando que la linterna se apagara por error—. La cuestión es que Miller tiene el control porque todos creen que él es el único que sabe cómo funciona Orion. Pero si de repente el sistema empieza a hacer cosas raras... cosas que ni él entiende... la gente dejará de confiar en él, ¿no? Si el genio no puede controlar a su propio genio, deja de ser un genio y pasa a ser un tipo con un traje caro y un problema muy gordo.
Victoria se quedó en silencio. El tic-tac de un reloj de pared invisible parecía marcar el ritmo de sus pensamientos. Vi cómo sus pupilas se dilataban. La idea estaba ahí, flotando en el aire, disfrazada de mi estupidez. No necesitaba un ataque frontal; necesitaba sembrar la duda en la competencia de Miller.
—Una sobrecarga de peticiones fantasma —murmuró ella—. Si el sistema recibe órdenes contradictorias que parecen venir de la propia firma de Miller... él entrará en pánico. Intentará corregirlo y, al hacerlo, revelará que no tiene el control absoluto.
—Eso suena a mucha informática para mí —dije, levantándome de la silla con un bostezo ruidoso—. Yo me conformo con que mañana no llueva. Por cierto, ¿sabías que si pones las latas de conserva en pirámide, es más difícil que se caigan? Lo he estado probando en la despensa. Es física pura… o algo así.
Victoria no me escuchaba. Se había levantado y buscaba frenéticamente un trozo de papel y un lápiz. Su mente ya estaba trabajando a mil por hora, trazando el mapa de un ataque que yo le había servido en bandeja de plata mientras hablaba de gatos y raviolis.
—Adrian —dijo ella, sin levantar la vista del papel—. Gracias.
—¿Por qué? ¿Por lo del gato? De nada, jefa. Siempre es un placer compartir mi sabiduría animal… no es muy útil, pero es constante.
Caminé hacia el sofá, arrastrando los pies. Me envolví en la manta y cerré los ojos, acomodándome con un suspiro pesado como si el esfuerzo de la conversación me hubiera agotado por completo. Podía sentir el calor de la vela desde el otro lado de la habitación y el sonido del lápiz de Victoria rascando el papel con una furia renovada. Ella creía que había tenido una epifanía gracias a una de mis tonterías.
Me quedé quieto bajo la manta, escuchando el viento golpear los pinos. El silencio era absoluto, roto solo por el ritmo constante del lápiz de Victoria. No había más. Nada de sonrisas, nada de gestos. Solo un hombre descansando después de un día de tropezar.
Cliffhanger suave: A mitad de la noche, Victoria terminó su esquema. Estaba agotada pero satisfecha. Se acercó al sofá para cubrir a Adrian con una manta extra, un gesto de afecto que no había tenido en meses. Al inclinarse, notó que el teléfono viejo de Adrian, ese modelo prehistórico que siempre llevaba encima, estaba en el suelo.
Lo recogió para dejarlo en la mesa, pero al tocar la pantalla, esta se iluminó brevemente. No había mensajes, ni aplicaciones, ni nada inusual. Solo un temporizador en la pantalla de inicio, configurado probablemente para alguna tontería cotidiana, que marcaba una cuenta atrás.
Faltaban exactamente seis horas y doce minutos.
Victoria miró el reloj de la pared. La cuenta atrás terminaba exactamente a la hora en que Miller debía subir al podio en el Foro Tecnológico. Miró a Adrian, que seguía roncando plácidamente con la boca entreabierta, y luego volvió a mirar el teléfono. El temporizador seguía bajando, segundo a segundo, un pequeño detalle incómodo que no encajaba en ninguna parte… pero que ya no podía ignorar.