Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.
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Capítulo 7
Capítulo 7
El edificio principal de Grupo Fuentes tenía treinta pisos.
El despacho de Santiago estaba en el último.
Bruno Campos, su asistente ejecutivo, estaba frente al escritorio repasando la agenda de la tarde. Cuando mencionó una cena de negocios por la noche, Santiago frunció apenas el ceño.
—Cancélala.
No le gustaban los compromisos innecesarios. Si una reunión podía resolverse por correo o con una llamada, no iba a perder horas sonriendo en una mesa.
Bruno asintió.
Al salir, se encontró con Mariana en la puerta.
Ella le regaló una sonrisa luminosa y le hizo una seña para que no cerrara.
Bruno miró detrás de ella y vio a don Ernesto. Su expresión preguntó lo que su boca no se atrevió a decir.
Don Ernesto sólo movió la mano.
—Ve a lo tuyo.
Mariana no entró de inmediato.
Abrió apenas la puerta y miró por la rendija.
Santiago estaba inclinado sobre un documento. Trabajando así tenía un atractivo distinto. La luz de la pantalla le marcaba el perfil y le daba a su rostro serio una especie de brillo frío.
No sabía qué problema le preocupaba, pero tenía el ceño tenso.
Santiago estaba tan concentrado que no notó a Mariana escondida.
Después de un rato, dejó el documento y miró por el ventanal hacia los edificios de Santa Fe.
El abuelo había levantado la fortuna familiar con bienes raíces. En los primeros años, los desarrollos de Fuentes estaban por toda la ciudad. Luego llegaron otros proveedores, constructoras, fondos y especuladores. Todos vieron oportunidad. Todos quisieron exprimir más.
Subieron precios.
Compraron barato.
Vendieron carísimo.
El mercado se volvió una pelea de lobos.
Don Ernesto fue de los pocos que intentó mantener límites, pero una persona no podía limpiar un sistema entero. Al final, retiró a la familia de ese negocio y llevó al grupo hacia centros comerciales, hoteles y turismo.
El documento sobre la mesa venía de un cliente antiguo.
Querían comprar un terreno en la periferia, cerca del cerro, para demoler viviendas y levantar torres. Invitaban a Grupo Fuentes a desarrollar una zona turística alrededor, con restaurantes, tiendas y paseos.
No era la primera propuesta así.
Santiago ya había rechazado varias.
El problema era que ese terreno incluía la zona donde vivía Dulce.
Ahí no había gente rica esperando plusvalía.
Había familias pobres.
Personas que apenas podían pagar renta. Personas para quienes esas casas viejas, feas y pequeñas eran el único refugio posible.
Un comerciante podía ganar dinero y aun así mirar alrededor.
Un explotador sólo veía cuánto podía sacar antes de irse.
Santiago no quería aliarse con gente así.
Pero en los negocios tampoco podía rechazar de forma brutal a un cliente de años. Había formas, relaciones, equilibrios.
Lo que lo inquietaba era cómo convencerlos de abandonar el proyecto sin iniciar una guerra innecesaria.
Don Ernesto vio el rostro de su nieto y empujó la puerta.
—Santi, ¿otra vez quieren meterte en algo inmobiliario?
Si él no se hubiera retirado en su momento, media ciudad estaría bajo el apellido Fuentes. Y tal vez no habría crecido tanto el grupo Lozano, que ahora competía en varios sectores.
Pero la moral tradicional de don Ernesto nunca le permitió convertirse en un tiburón.
Santiago era el nieto que más se parecía a él en eso.
En lo único que no se parecían era en la prisa por casarse.
Don Ernesto se había casado a los dieciocho. Por eso ahora veía bisnietos, sobrinos nietos y una familia enorme alrededor. En su época la gente se casaba joven, trabajaba joven, formaba casa joven. Ahora todos esperaban, dudaban o decían que no querían casarse nunca.
¿Y de viejos qué?
¿Quién los iba a cuidar?
Santiago se frotó el puente de la nariz y le entregó el documento.
Don Ernesto lo leyó y soltó una risa seca.
—Qué listos. Quieren comprar barato, vender carísimo y además que nosotros les pongamos turismo alrededor para asegurarles flujo.
Detestaba la ambición sin vergüenza.
Mariana, que había entrado detrás, asintió.
—Los abusivos dan asco.
No sabía mucho de estrategia empresarial, pero sabía distinguir entre hacer negocios y aprovecharse de gente vulnerable. Su abuelo y don Ernesto eran amigos justamente porque compartían esa línea moral.
—Recházalo con diplomacia —dijo don Ernesto, dejando el plan sobre el escritorio—. El trabajo es importante, claro. Pero el matrimonio también.
Santiago cerró los ojos.
Otra vez.
Mariana casi se rió al verle la cara.
Para ella, hasta esa expresión de cansancio era atractiva.
Don Ernesto enderezó la espalda y anunció:
—Desde hoy, Mariana será tu asistente.
Santiago miró a Mariana, luego a su abuelo.
—No acepto ingresos por recomendación directa. Ni aunque sea alguien cercano a ti. Para ser mi asistente se necesita experiencia.
Don Ernesto le dio un golpecito en la cabeza.
—¿Ni a tu abuelo le das gusto?
—Tú me enseñaste a separar lo personal de lo profesional.
Don Ernesto lo miró con una mezcla de orgullo y ganas de estrangularlo.
—O vas a más citas con otras mujeres, o dejas a Mariana cerca como asistente.
Santiago tuvo que ceder un poco.
—Puede no tener experiencia, pero debe entrar por el proceso normal de contratación.
Don Ernesto quedó satisfecho.
Ese era su nieto. Terco, pero con principios.
Además, era sólo un trámite. ¿Quién iba a decirle que no al fundador?
Se llevó a Mariana hacia Recursos Humanos.
Antes de cerrar la puerta, ella le hizo una mueca a Santiago.
—Señor cara seria, espérame.
La puerta se cerró.
Santiago se aflojó la corbata.
Qué dolor de cabeza.
Don Ernesto llevó a Mariana a registrar su ingreso. Le dieron una credencial con el puesto de asistente de presidencia ejecutiva.
Mariana miró las palabras y sonrió con picardía.
Don Ernesto pidió que lo acompañaran a recorrer algunos departamentos. Ella, en cambio, subió sola a buscar a Santiago.
Empujó la puerta, entró con la cabeza alta y caminó hasta el escritorio. Juntó las manos frente al cuerpo e inclinó apenas la cabeza.
—Señor presidente, desde hoy quedo a sus órdenes.
Santiago la miró.
Se había puesto ropa de oficina a propósito. Falda lápiz, saco, tacones. Había planeado todo.
—Mariana, ser asistente no es tan sencillo como imaginas.
—Me subestimas. Yo pagué parte de mis estudios trabajando. En vacaciones también tuve empleos.
Había sido mesera en una cadena de comida rápida. Diez horas de pie. Bandejas, gente grosera, niños tirando refresco. No era una princesa de porcelana.
—Tienes prejuicios porque soy de una familia rica —reclamó, acercándose al escritorio—. Pero puedo soportar lo mismo que cualquiera.
Apoyó las manos sobre la mesa y lo miró desde arriba con sus ojos grandes, llenos de ganas de probar algo.
Santiago se sorprendió un poco.
Mariana no era tan delicada como parecía. Caprichosa, sí. Pero no floja.
Tomó el teléfono interno.
—Bruno, ven.
Bruno entró enseguida.
—Enséñale el trabajo. Bien.
Después Santiago volvió a sus documentos.
Por la tarde tenía que visitar una planta de alimentos, y quería terminar pronto para pasar por el hospital a ver a Dulce.
En el hospital, yo estaba dándole de comer a mi mamá.
El director médico le había hecho un procedimiento y, siguiendo instrucciones de Santiago, la habían cambiado a una habitación privada. Tenía televisión grande, sofá, baño propio, dispensador de agua y una ventana por donde entraba luz.
Comparada con la habitación anterior, parecía hotel.
Mi mamá tenía mejor color. También mejor apetito. Mientras veía una telenovela, se terminó toda la comida que le llevé.
Verla comer así me llenó de paz.
El ánimo importa mucho en una enfermedad. Antes no dormía ni comía por la preocupación del dinero. Ahora que eso estaba resuelto, su cuerpo parecía recordar cómo mejorar.
Yo sabía que parte de su enfermedad venía de años de corajes.
De mi papá.
De su traición.
De ese dolor que se queda dentro hasta enfermar.
Por eso una debería alejarse de los hombres basura.
Te pueden quitar años de vida.
Miré la habitación otra vez.
Tener dinero era increíble.
Quizá trabajaría toda mi vida y aun así no podría devolverle a Santiago todo lo que estaba haciendo por nosotras.
Mi mamá me miró con atención.
—Te ves mejor, Dulce. Ya no tienes esa carita hundida.
Me tocó la manga de la ropa nueva.
—¿Eso también te lo compró tu novio?
Como Marta lo había comprado por orden de Santiago, técnicamente sí.
Asentí.
No pude evitar sonreír.
Mi mamá me vio la cara y se rió.
—Te trata muy bien.
Le conté lo del celular, las deudas pagadas y las transferencias. No lo dije para presumir. Lo dije porque todavía me costaba creerlo.
Mi mamá se alegró.
Pero en sus ojos apareció una sombra.
—El amor se nota donde alguien pone su dinero —murmuró.
La frase sonaba interesada, pero no era mentira. Que alguien no pueda gastar no significa que no ame. Pero cuando un hombre sí puede y sí quiere hacerlo por ti, eso dice mucho.
Ella lo había aprendido de la forma más dolorosa.
De joven, mi mamá fue una romántica sin defensa. Se enamoró de Norberto Moreno, un hombre sin mucho dinero, y no quiso gastarle nada. Al contrario. Ella le ayudó, trabajó con él, lo acompañó a levantar su negocio.
Nunca se quejó.
Y cuando él por fin salió adelante, lo primero que hizo fue cortarle el corazón a la mujer que lo había amado desde abajo.
El dinero que no quería gastar en mi mamá, sí lo gastó en Fabiola, la otra.
Cuando mi mamá estaba embarazada y casi cayendo en depresión, Norberto usaba el dinero que ella ayudó a ganar para comprarle una casa a su amante.
Fabiola, cruel como víbora, le mandó fotos íntimas.
Mi mamá perdió al bebé.
Casi se murió.
Si no me hubiera encontrado en ese periodo, si no hubiera sentido que yo llenaba un poco ese hueco, tal vez se habría quitado la vida.
Lo más triste fue que, cuando la infidelidad salió a la luz, Norberto se arrodilló. Lloró. Juró que estaba arrepentido. Prometió dejar a Fabiola y volver a la familia.
Mi mamá le creyó.
Cinco años después, él volvió con la misma mujer.
Ahí sí se le murió todo.
Pidió el divorcio y se fue conmigo.
Muchas veces se arrepintió de haber sido blanda. De haber confundido amor con aguantar. De perder la dignidad por un hombre que no valía nada.
Una mujer a veces tiene que ser herida de verdad para aprender a mirar.
Yo vi cómo la sonrisa de mi mamá se volvió triste y le tomé la mano.
—No pienses en eso.
Cuando yo tenía cinco años, no entendía lo que pasaba. Mi mamá nunca me mostraba su dolor. Quería que yo creciera lo más feliz posible. Sólo de adulta, después de insistir muchas veces, me contó esa historia asquerosa.
Ella asintió.
—Ya lo solté, hija.
Tal vez no del todo.
Pero ahora quería creer que yo sí había encontrado a un buen hombre.
—Mamá, una mujer con buena suerte no entra a una casa sin futuro. Un hombre basura no merece a una buena mujer. Todo lo que hizo algún día se le va a regresar.
Fabiola no era una mujer fiel ni tranquila.
Yo estaba segura de que algún día Norberto probaría su propia medicina.
Mi mamá me miró con la seriedad de quien ya pagó caro por aprender.
—Dulce, acuérdate de algo. Nunca te pierdas por amar a alguien. No entregues todo. Guarda una parte de ti. Lo que un hombre obtiene demasiado fácil, muchas veces no lo cuida.
Asentí.
No tenía experiencia en el amor, pero viendo su historia entendía lo suficiente.
Pensé en Santiago.
El pecho se me apretó.
Me repetí por dentro que debía cuidar mi corazón.
No podía perderme.
No por él.
No por nadie.
Cambié de tema.
—Mamá, para mí tú eres lo más importante. A ti no tengo que quererte a medias. Aunque me case algún día, voy a cuidarte siempre.
Si había dinero, todo podía organizarse.
Incluso casarme y llevar a mi mamá conmigo.
A mi mamá se le llenaron los ojos de lágrimas.
Sabía que yo era una hija agradecida. Que todo el esfuerzo de criarme había valido la pena.
Pero también vi un brillo extraño en su mirada.
Como culpa.
Mi mamá sabía algo sobre mi origen.
Yo tenía derecho a conocer mi historia. Ella temía que, si me lo contaba, yo quisiera buscar a mis padres biológicos.
Decidió esperar.
Quizá cuando mi relación con Santiago fuera estable, podría pedirle a él que investigara en secreto. Si encontraba algo, entonces me lo diría.
Yo no sabía nada de eso.
Después de lavar los recipientes y guardarlos, abrí la ventana.
El día estaba hermoso.
Cielo azul, nubes blancas, sol suave y un viento ligero que daba gusto.
—Mamá, vamos a tomar aire.
Como acababa de salir del procedimiento, estaba débil. La ayudé a sentarse en la silla de ruedas y abrí la puerta.
Levanté la cabeza.
Y vi venir por el pasillo a dos figuras conocidas.
Fabiola y su hija, Jimena Moreno.
Las dos iban vestidas como si el hospital fuera pasarela. Ropa cara, maquillaje cargado, lentes oscuros enormes, tacones altísimos y bolsas de diseñador colgadas del brazo.
Caminaban con esa seguridad escandalosa de quien quiere que todos volteen.
Sentí que la sangre se me enfriaba.
Qué casualidad tan desagradable.
Me reí por dentro, sin humor.
Las malas noticias siempre sabían encontrar el camino.