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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

La mañana después

Valentina despertó con la mano vacía.

La silla junto a la cama seguía ahí, un poco girada hacia ella. Sobre el asiento había una manta doblada. En la mesa de noche encontró un vaso de agua, el medicamento de la mañana y una nota escrita con letra recta.

"Tómate el medicamento. Hoy no hay clases, descansa."

Nada más.

Valentina leyó la nota dos veces.

Ni una palabra del beso.

Se tocó los labios con la punta de los dedos. Lo recordaba. La fiebre había bajado. Ella le había preguntado. Él le había preguntado si sabía lo que hacía. Ella había dicho que sí.

Entonces no podía desaparecerlo con una nota educada.

Se levantó despacio. El pie vendado le molestó al pisar, pero podía caminar. Se lavó la cara, se peinó con los dedos y bajó a la cocina sujetándose del barandal.

Sebastián estaba de pie junto a la cafetera.

Traje oscuro. Camisa blanca. Reloj puesto. Cabello seco. Cara de lunes.

Como si la madrugada no hubiera existido.

—Buenos días —dijo él.

Valentina entró cojeando apenas.

—Buenos días.

Nana Carmen, frente a la estufa, miró a uno y luego al otro. No dijo nada. Eso significaba que había entendido demasiado.

Sebastián sirvió café en una taza.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor.

—¿Temperatura?

—No tengo.

—¿El pie?

—Sigue pegado a mi cuerpo.

Nana Carmen tapó una olla para esconder la risa.

Sebastián dejó la taza en la barra.

—Siéntate. No deberías estar bajando escaleras.

Valentina no se sentó. Caminó hasta quedar frente a él.

—Anoche me besaste.

La mano de Sebastián se quedó en la taza.

No apretó. No soltó. Solo dejó de moverse.

—Tenías fiebre.

Valentina sintió que la cara se le calentaba, pero esta vez no era vergüenza.

—No tenía fiebre cuando te pregunté si sabía lo que hacía.

Sebastián miró hacia la ventana.

—Valentina.

—No me digas Valentina con voz de regaño. Me acuerdo.

—No debió pasar.

—Pero pasó.

—Estabas débil.

—Estaba débil, no inconsciente.

Nana Carmen apagó la estufa.

—Voy por pan.

—Nana, el pan está ahí —dijo Valentina sin mirarla.

—Voy por más.

La mujer salió por la puerta trasera.

Sebastián dejó la taza sobre la barra.

—No quiero que confundas cuidado con otra cosa.

Valentina dio un paso más.

—¿Y tú qué confundiste?

Él la miró entonces.

La pregunta le había pegado.

—No juegues con esto.

—No estoy jugando.

—No recuerdas muchas cosas.

—Pero sé lo que sentí.

—Eso no basta.

Valentina tragó saliva. Los ojos se le llenaron, pero no lloró. No quería darle una salida fácil.

—Está bien.

Sebastián pareció tensarse.

—¿Está bien?

—Si dices que el de anoche no cuenta, hagamos uno que sí cuente.

Antes de que él pudiera apartarse, Valentina se puso de puntas y lo besó en la comisura de los labios.

Fue rápido. Un segundo.

Lo suficiente para que Sebastián dejara de respirar.

Valentina bajó los talones.

—¿Esto también fue por la fiebre?

No esperó respuesta. Giró y salió de la cocina con la dignidad que le permitió su pie vendado.

En el pasillo, tuvo que apoyarse en la pared para no tropezar.

No lloró hasta cerrar la puerta de su cuarto.

Abrió el diario con rabia y buscó la lista.

"Pedirle un beso de buenas noches."

Valentina se limpió los ojos con la manga.

—Bien —dijo a la página—. Si dice que el de anoche no contó, le pido uno que sí cuente.

Abajo, Sebastián seguía en la cocina.

Nana Carmen volvió por la puerta trasera con las manos vacías.

—No había pan —dijo.

Sebastián se tocó la comisura de la boca.

La nana le puso delante una taza de café recién calentado.

—Se le va a enfriar otra vez.

—Nana.

—Yo no dije nada.

Sebastián tomó la taza, pero no bebió.

Cinco minutos después salió hacia Torre Montero. Se sentó en el auto con la puerta cerrada y las manos sobre el volante.

Daniel llamó.

—Señor Montero, lo esperan en la junta de las nueve.

Sebastián miró la entrada de La Hacienda.

—Voy en camino.

No arrancó hasta que vio encenderse la luz de la habitación de Valentina en el segundo piso.

En Torre Montero, la junta empezó doce minutos tarde.

Daniel dejó una carpeta frente a Sebastián y fingió no notar que su jefe leyó la misma línea tres veces. Los directores hablaban de costos, de una licitación y de un proveedor que quería renegociar. Sebastián asentía en los lugares correctos, pero la comisura de su boca seguía recordando el beso de Valentina.

—Señor Montero —dijo uno de los socios—, ¿autoriza el cambio?

Sebastián levantó la vista.

—No con esos números. Manden una contraoferta con penalización por retraso.

La respuesta fue exacta. Nadie sospechó nada.

Daniel sí.

Cuando la sala quedó vacía, cerró la puerta.

—¿La señorita Valentina está bien?

Sebastián guardó la pluma.

—Sí.

—Pregunto porque usted lleva veinte minutos sin tocar café.

Sebastián miró la taza llena.

—Eso no es un indicador médico.

—En usted, casi.

Sebastián no sonrió.

—Cancelé la comida con Castellanos.

Daniel tomó nota.

—¿Motivo?

—No quiero ver a Isabella hoy.

La honestidad fue tan inesperada que Daniel levantó apenas las cejas.

—Entendido.

En La Hacienda, Valentina tampoco pudo concentrarse. Abrió el libro de estadística, lo cerró, volvió al diario, lo abrió en la lista y subrayó "uno que sí cuente" como si fuera una tarea formal.

Nana Carmen entró con sopa.

—Antes de planear guerras románticas, coma.

Valentina levantó la cabeza.

—¿Se me nota?

—Mija, se le nota desde la cocina.

Valentina tomó la cuchara, pero antes de probar preguntó:

—¿Crees que hice mal?

Nana Carmen se quedó junto a la puerta.

—Creo que el señor Sebastián necesita que le hablen claro porque él convierte todo en responsabilidad.

—Eso no responde.

—Entonces sí, hizo bien en no dejarlo esconderse detrás de la fiebre.

Valentina probó la sopa. Estaba demasiado caliente y se quemó la lengua, pero no se quejó. Ese pequeño dolor le recordó que estaba despierta, lúcida y muy capaz de saber qué quería.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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