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Reconstruyendo Tus Pedazos

Reconstruyendo Tus Pedazos

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Amor de la infancia / Posesivo / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia2026

​Sinopsis:
​A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
​Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
​Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
​La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.

NovelToon tiene autorización de Dalia2026 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: Al borde del abismo

​El olor a pólvora, caucho quemado y gasolina inundó el aire de la autopista solitaria. El sedán gris estaba destrozado contra la baranda de metal, con el capó echando humo. Bianca, atrapada por las piernas debajo del tablero doblado y con la frente empapada en sangre, apenas podía mantener los ojos abiertos. A través del parabrisas astillado, vio las siluetas de dos hombres corpulentos que bajaban de las camionetas negras. No eran simples pandilleros; se movían con la frialdad de dos criminales profesionales pagados para terminar un trabajo.

​—Es la chica D'Amico —dijo uno de ellos, con una voz gélida, desenfundando una pistola con silenciador—. El jefe dijo que esto le romperá las piernas a la corporación.

​Bianca intentó jalar sus piernas, pero el dolor fue punzante y un gemido ahogado escapó de sus labios. El criminal levantó el arma, apuntando directo a su pecho.

​En ese milisegundo, el rugido ensordecedor de la camioneta blindada de Andrew rompió el silencio del bosque. Andrew venía manejando como un demente; al ver la escena, no lo pensó y usó el parachoques reforzado para embestir de lleno a una de las camionetas de los sicarios, haciéndola volar hacia el acantilado.

​Los criminales comenzaron a disparar contra el parabrisas blindado de Andrew. Detrás de él, los autos de Liam, Dominic y los trillizos llegaron derrapando. Matteo y Thiago bajaron armados, abriendo un violento intercambio de disparos junto a su padre para repeler el ataque. Al verse superados en número por los hombres Ballesteros, los sicarios corrieron hacia la camioneta que quedaba en pie, pero antes de subir, el que tenía el arma se giró y disparó tres veces a quemarropa hacia el interior del auto de Bianca, asegurando el trabajo antes de escapar a toda velocidad.

​—¡¡BIANCA!! —el grito de Andrew rasgó el aire.

​Andrew corrió hacia el auto destruido, rompiendo la puerta doblada. El escenario lo dejó paralizado: Bianca estaba inconsciente, con el rostro pálido y la camiseta blanca que le había robado esa mañana, ahora teñida de un rojo carmesí por los impactos de bala en su torso.

​—No, no, no... Quédate conmigo, bonita. Por favor, abre los ojos —suplicaba Andrew, presionando las heridas con sus manos temblando, las lágrimas corriendo por sus ojos verdes—. ¡Papá, se me va, se me está yendo! —le gritó desesperado a Liam.

​Dominic llegó al lado del auto y sufrió un quiebre absoluto al ver a su hija. Se desplomó de rodillas sobre el asfalto, tomando la mano fría de Bianca, desfigurado por el dolor más desgarrador que un padre puede sentir.

​—¡No, mi niña no! ¡Bianca, reacciona, por favor! ¡Abre los ojos por tu papá! —clamaba Dominic con la voz rota, ahogado en la culpa.

​La tía Zoe se abrió paso entre ellos de inmediato. Al ver la gravedad de los impactos y el choque, la dulzura de la tía desapareció para dar paso a la implacable jefa de cirugía. Le tomó el pulso en el cuello con dedos temblorosos pero certeros.

​—¡El pulso es casi imperceptible! El choque le destrozó la pelvis y tiene balas en el cuerpo, está entrando en shock hipovolémico —sentenció Zoe con voz firme, mirando a Liam—. ¡No va a aguantar una ambulancia por tierra, Liam! ¡Hay que trasladarla ya! Mueve el helicóptero médico de la corporación a este punto exacto de la autopista. ¡Muévanse!

​Matteo y Thiago corrieron a coordinar el aterrizaje en medio de la carretera bloqueada, mientras Andrew, sin soltar a Bianca, la cargaba en brazos con un desespero ciego, sintiendo que la vida de su amor de siempre se le escapaba entre los dedos, mientras el sonido de las hélices del helicóptero empezaba a retumbar en el cielo.

​Minutos después, el helicóptero aterrizó en el helipuerto del hospital privado en Manhattan. Los camilleros corrían por los pasillos mientras Zoe entra directo a la zona de lavado, preparándose para la operación de vida o muerte.

​—¡Traigan el monitor y preparen el quirófano central ya! —ordenó Zoe—. No puedo hacer esto sola. Necesito al doctor Vance, el mejor cirujano cardiovascular del país. ¡Que lo metan a mi quirófano ahora mismo! Una de las balas está rozando la aorta.

​Mientras Bianca entraba al quirófano, en la sala de espera el aire era insufrible. Andrew estaba sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas, destrozado. Pero la verdadera alarma familiar se encendió cuando la puerta se abrió y entró Thiago sosteniendo a Sara en brazos. Sara tenía el rostro bañado en lágrimas y se presionaba el vientre; al enterarse por los trillizos del tiroteo y de que su hija estaba muriendo, el impacto emocional fue un golpe devastador para su cuerpo.

​—¡Un médico! ¡Por favor, mi tía está sangrando! —gritó Alessia, aterrada.

​Dominic corrió hacia su esposa. La fuerte impresión había detonado una severa amenaza de aborto. Entre el pánico de perder a su hija mayor y el riesgo de perder al bebé, Dominic sintió que el mundo se le desmoronaba mientras se llevaban a Sara de urgencia a cuidados maternos.

​Dentro del quirófano, la atmósfera era de una tensión asfixiante. Zoe y el doctor Vance trabajaban hombro a hombro, con los fórceps e instrumentos quirúrgicos moviéndose con precisión milimétrica. Habían logrado contener parte del trauma de la pelvis, pero el verdadero peligro comenzó cuando el doctor Vance se adentró en la cavidad torácica para remover la bala alojada en la zona de la aorta.

​En el segundo en que las pinzas del doctor Vance tocaron sutilmente el proyectil incrustado cerca de la arteria principal, el monitor emitió una alarma descendente.

​—La presión está cayendo drásticamente —advirtió la anestesióloga, con la voz tensa—. Ochenta-cincuenta... y sigue bajando.

​—Maldición, la pared de la aorta está demasiado comprometida —dijo el doctor Vance, frunciendo el ceño bajo las gafas quirúrgicas—. Se nos va... Hay que cerrar el campo y contener esto ya. ¡Gasas! ¡Rápido, enfermera, pásame más gasas y compresas!

​Zoe reaccionó de inmediato, ayudando a Vance a presionar la zona con las gasas para intentar controlar la situación y frenar el flujo de sangre, pero el esfuerzo era inútil. El monitor cardíaco empezó a registrar una caída en picada de los signos vitales. Setenta... cincuenta... treinta...

​Hasta que la presión terminó de caer por completo a cero. Un pitido largo, continuo y devastador llenó el quirófano. Beep...................

​—¡Entró en paro! ¡Está en asistolia total! —anunció la enfermera instrumentista.

​—¡Inicien protocolo de resucitación inmediatamente! —ordenó Vance, soltando las pinzas y subiéndose sobre la grada para comenzar el masaje cardíaco manual, hundiendo sus manos con fuerza rítmica en el pecho de Bianca.

​Zoe se colocó al otro lado, coordinando la administración de medicamentos. Ambos médicos, Zoe y Vance, unieron toda su experiencia en un procedimiento de resucitación desesperado. Aplicaron las paletas del desfibrilador.

​—¡Carguen a doscientos! ¡Despejen! —grito Vance. El cuerpo de Bianca se sacudió en la mesa, pero la línea en la pantalla siguió completamente plana.

​Pasó un minuto. Luego dos. Tres minutos enteros de masajes extenuantes, inyecciones de adrenalina directo al torrente y descargas eléctricas que no obtenían ninguna respuesta. Cuatro minutos de muerte clínica. El sudor corría por la frente de ambos cirujanos. Las pupilas de Bianca ya no reaccionaban a la luz.

​El doctor Vance detuvo el masaje, exhalando un suspiro pesado y cargado de derrota. Miró a Zoe a los ojos.

—Zoe... ya no hay actividad cardíaca ni cerebral. Lleva casi cinco minutos muerta en la mesa. El trauma del choque y las balas fue demasiado para su cuerpo. Lo siento mucho, colega... hay que declarar la hora de la muerte.

​ Zoe no se quedó estática, mirando el rostro pálido de su sobrina. El amor de madre y de tía se rebeló contra la ciencia. No podía salir de ese quirófano a decirle a Dominic y a Andrew que Bianca se había ido para siempre.

​—¡No! ¡No voy a declarar nada! —rugió Zoe, apartando a las asistentes e interceptando el desfibrilador—. ¡No me voy a dar por vencida con ella! ¡Carguen a trescientos sesenta! ¡Un último intento! ¡Por favor, Bianca, regresa! ¡Despejen!

​Zoe colocó las paletas sobre el pecho inerte de Bianca y descargó la máxima potencia eléctrica. El cuerpo de la joven se arqueó violentamente sobre la mesa y volvió a caer.

​Un segundo de silencio absoluto. Dos segundos. La línea seguía plana.

​Y justo cuando el doctor Vance estiraba la mano para apagar el monitor, un sonido milagroso e inesperado rompió la muerte en la sala.

​Beep... Beep... Beep...

​El monitor cardíaco volvió a dibujar, de la nada, las ondas de la vida. Los signos vitales de Bianca regresaron, débiles pero con un ritmo constante que comenzó a estabilizarse en las pantallas. Había vuelto del mismísimo más allá.

​—¡Tenemos pulso! ¡Los signos vitales están respondiendo! —exclamó la enfermera, atónita.

​Zoe soltó las paletas, con las lágrimas finalmente rompiendo bajo su mascarilla, mirando al doctor Vance.

—Te dije que no se iba a ir. Cerremos de inmediato, doctor. Esta guerrera regresó de las garras de la muerte.

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Maharai Oliveros
y Jonathan
Dalia: Jonathan es un alma libre, él siempre va a estar pendiente de su enana. 🤭
total 1 replies
peri kizi
venia buscando este libro gracias
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