¿Y si el mayor fracaso de tu vida fuera, en realidad, el comienzo de tu historia de amor?
Valeria creyó que reprobar una materia era el fin de su camino. Mientras veía a sus compañeros avanzar, ella tuvo que regresar a un salón que jamás imaginó volver a pisar.
Gabriel, un estudiante que apenas iniciaba su primer semestre de medicina, llegó con la ilusión de cumplir el sueño de convertirse en médico. Lo que no esperaba era encontrar a una joven de mirada melancólica que, sin proponérselo, cambiaría su vida para siempre.
Entre clases interminables, noches de estudio, guardias, cafés compartidos y el peso de una carrera que exige el corazón tanto como la mente, nacerá un amor capaz de demostrar que el destino nunca se equivoca.
Porque hay encuentros que no ocurren por casualidad.
Hay personas que llegan justo cuando creemos haberlo perdido todo.
Y, a veces, la materia que más duele repetir... es la misma que termina enseñándote la lección más importante de tu vida.
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La tormenta antes de la calma
Capítulo 12
La tormenta antes de la calma
Las palabras del padre de Valeria no dejaron de dar vueltas en su cabeza durante toda la semana.
Aunque sonreía delante de Gabriel y de sus amigos, por dentro sentía que libraba una batalla silenciosa. Cada vez que sonaba su teléfono, el miedo volvía a aparecer.
Aquella tarde, mientras estudiaban en la biblioteca, su celular vibró.
Papá.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—¿No vas a contestar? —preguntó Sofía en voz baja.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No puedo...
El teléfono dejó de sonar.
Un minuto después volvió a hacerlo.
Y otra vez.
Gabriel observó su expresión.
—Ve. Nosotros te esperamos.
Valeria salió de la biblioteca con las manos temblando.
Contestó la llamada.
—¿Hola?
—¿Hasta cuándo piensas ignorarme? —preguntó la voz de su padre al otro lado.
Ella cerró los ojos.
—No te estoy ignorando...
—Entonces explícame por qué sigues perdiendo el tiempo en esa universidad.
—No estoy perdiendo el tiempo.
—Sí lo estás. Desde que entraste ahí solo hablas de tus amigos... y de ese muchacho.
Valeria sintió un vacío en el pecho.
—Gabriel no tiene nada que ver con esto.
—Claro que sí. Ese novio tuyo te está distrayendo.
Ella respiró hondo.
—Él jamás me ha pedido que abandone mis sueños.
Al contrario... me ayuda a cumplirlos.
Hubo unos segundos de silencio.
—Piensa bien lo que vas a hacer, Valeria.
Porque si decides quedarte ahí... también estarás decidiendo alejarte de mí.
La llamada terminó.
Valeria permaneció inmóvil.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.
No sabía cuánto tiempo llevaba llorando cuando sintió unos brazos rodeándola.
Era Gabriel.
No dijo nada.
Solo la abrazó con fuerza.
Ella escondió el rostro en su pecho.
—Tengo miedo...
Él acarició lentamente su cabello.
—No estás sola.
—¿Y si tomo la decisión equivocada?
—No existe una decisión equivocada cuando eliges el camino que hace feliz a tu corazón.
Valeria levantó la mirada.
—¿Y si me arrepiento?
Gabriel limpió una lágrima que corría por su mejilla.
—Entonces yo estaré ahí para ayudarte a empezar otra vez.
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Cuando regresaron con el grupo, todos comprendieron que algo había ocurrido.
Daniel fue el primero en levantarse.
—¿Todo bien?
Gabriel negó con la cabeza.
Lucía abrazó inmediatamente a Valeria.
—¿Qué pasó?
Ella respiró profundamente.
—Mi papá...
Quiere que deje esta universidad.
El silencio cayó sobre la mesa.
Camila bajó la mirada.
Mariana tomó la mano de Valeria.
Sofía habló con suavidad.
—¿Y tú qué quieres?
Valeria respondió casi en un susurro.
—Quiero quedarme.
Quiero terminar medicina aquí.
Quiero seguir construyendo mi vida...
Con ustedes.
Las palabras hicieron que Lucía rompiera en llanto.
—Entonces lucha por eso.
Porque esta también es tu casa.
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Los días siguientes fueron especialmente difíciles.
Valeria apenas dormía.
Gabriel intentaba hacerla sonreír, pero cada vez le costaba más verla feliz.
Una tarde, después de una práctica de laboratorio, él la encontró sola en una de las terrazas de la facultad.
El viento movía suavemente su cabello.
Ella miraba el horizonte con los ojos perdidos.
—Te estaba buscando.
Valeria sonrió apenas.
—Necesitaba pensar.
Gabriel se acercó despacio.
—¿Puedo acompañarte?
Ella asintió.
Durante varios minutos permanecieron en silencio.
Hasta que Valeria habló.
—¿Sabes cuál es mi mayor miedo?
—¿Cuál?
—Que un día despiertes y te canses de todos mis problemas.
Gabriel la miró con sorpresa.
—¿Eso piensas de mí?
Ella bajó la cabeza.
—A veces siento que solo te doy preocupaciones.
Gabriel tomó delicadamente su rostro entre las manos.
—Escúchame muy bien.
No me enamoré solo de tus sonrisas.
También me enamoré de la mujer que sigue luchando incluso cuando siente que ya no puede más.
Tus lágrimas no me alejan.
Me hacen querer abrazarte más fuerte.
Valeria comenzó a llorar nuevamente.
—No sé qué hice para merecerte.
Él sonrió con ternura.
—Existir.
Eso fue suficiente.
Ella lo abrazó con fuerza.
Un abrazo desesperado.
Como si quisiera detener el tiempo.
Como si temiera que, al soltarlo, todo pudiera desaparecer.
Gabriel apoyó su frente contra la de ella.
—Prométeme algo.
—¿Qué?
—No tomes ninguna decisión por miedo.
Hazlo por amor.
Por tus sueños.
Por la mujer que quieres llegar a ser.
Valeria cerró los ojos.
Y, sin pensarlo más, lo besó.
Fue un beso intenso, lleno de emociones acumuladas.
No hablaba de deseo.
Hablaba de refugio.
De despedir los miedos.
De recordar que, incluso en medio de la tormenta, todavía existía un lugar donde ambos podían sentirse seguros.
Cuando se separaron, Gabriel sonrió.
—Siempre voy a creer en ti.
Aunque tú dejes de creer por un momento.
Ella acarició suavemente su mejilla.
—Y yo siempre voy a elegir volver a ti.
A unos metros de distancia, Daniel, Lucía, Camila, Sofía y Mariana observaban la escena en silencio.
Nadie hizo bromas.
Nadie quiso interrumpir aquel momento.
Porque comprendieron que el amor de Gabriel y Valeria ya no era solo el de dos jóvenes enamorados.
Era el de dos personas que habían decidido sostenerse mutuamente cuando la vida comenzaba a pesar demasiado.
Y, sin saberlo, aquella promesa sería la única luz que tendrían cuando una nueva prueba, mucho más difícil, estuviera a punto de cambiar sus vidas para siempre.