Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: El Veredicto del Eclipse
El silencio que se instaló en la galería de retratos destruida se volvió sofocante, espeso como la brea. Solo el silbido violento de la ventisca exterior, que se colaba sin piedad por los ventanales hechos añicos, rompía la quietud de la madrugada. Los fragmentos de cristal en el suelo tintineaban bajo el azote del viento, reflejando la luz de una luna llena que parecía contener el aliento ante el encuentro de tres almas malditas.
Logan permanecía inmóvil en el centro del pasillo. Sus ojos amarillos, nublados por la fiebre y la podredumbre negra que le devoraba el núcleo místico, recorrieron la escena. Su mente, acostumbrada a la lógica de la fuerza bruta y las jerarquías tradicionales, colapsó por completo en un segundo.
Él no había venido hasta el Castillo de Ceniza para luchar; había cruzado el territorio prohibido consumido por la desesperación biológica, esperando encontrar el cadáver congelado de la mujer que desterró, o en el mejor de los casos, a una prisionera demacrada y harapienta a la que pudiera arrastrar de vuelta a sus tierras mediante cadenas.
En su lugar, la realidad le propinó un golpe devastador.
Frente a él se alzaba una criatura majestuosa. Astra vestía las sedas imperiales del eclipse, un azul medianoche que absorbía la luz y un corsé de cuero de basilisco que moldeaba un cuerpo rebosante de una salud radiante y sobrenatural. La diadema de obsidiana brillaba sobre su cabello oscuro, pero lo que verdaderamente hizo que las rodillas de Logan temblaran fue su aura.
Astra ya no emanaba la energía sumisa y dócil de una Omega; de su pecho brotaba una presión mística de Alfa Suprema, una fuerza tan pura, antigua y aplastante que el lobo interno de Logan, el mismísimo líder de los Colmillos de Plata, agachó las orejas en los rincones de su mente, aterrorizado ante la presencia de una deidad.
A los pies de Astra, Irina continuaba sollozando, con su muñeca destrozada pegada al pecho, arrastrándose en el suelo como un animal herido. Miró a su prometido con los ojos desorbitados, suplicando salvación:
—¡Logan... Logan, mátala! ¡Esa maldita paria me ha roto el brazo...! ¡Usa tu poder y arráncale la cabeza!
Logan ni siquiera la escuchó. Para el Alpha, la presencia de Irina se había vuelto un ruido blanco, un estorbo insignificante en el suelo. Todo su universo se había reducido a la mujer que sostenía la daga envenenada bajo la bota.
En ese instante, el lazo de mate que Logan había intentado extirpar con brujería oscura sufrió un violento efecto de retroceso. Al ver a su verdadera compañera biológica elevada a la cima del poder, el vínculo roto en su pecho ruge con una agonía de arrepentimiento salvaje y desesperado. La maldición del rechazo se intensificó, perforando sus pulmones y haciéndole comprender, con una lucidez aterradora, la magnitud astronómica del error que había cometido. Había tirado al fango el tesoro más grande del continente, y ahora el vacío lo estaba matando.
Olvidando su orgullo, su estatus y el ejército que aguardaba en las fronteras, Logan dio un paso tembloroso hacia adelante. Sus botas pesadas aplastaron los lienzos desgarrados. Extendió una mano pálida y temblorosa hacia Astra, sus dedos curvándose en una súplica patética.
—Astra... Diosa Luna, mírate... Estás viva... —articuló Logan, su voz rota, delirando por el dolor y un deseo posesivo e insano que le nublaba el juicio— Estás más hermosa que nunca... Perdóname, mi Luna. Fui engañado. Vuelve a casa conmigo... Te daré el lugar que te corresponde. Te haré mi única soberana, construiré un altar para ti... Te necesito en mi cama, Astra... Vuelve a mí.
Sus palabras arrastraban la locura de un hombre que se ahoga y estira la mano hacia la misma espada que lo va a degollar.
Astra lo observó desde su imponente altura. En sus facciones perfectas no se dibujó el dolor, ni la duda, ni la nostalgia por los años de romance que alguna vez compartieron. Solo hubo espacio para una fricción absoluta y una sonrisa gélida y despectiva que terminó de despedazar el ego del Alpha.
Astra no respondió. No tenía la menor necesidad de gastar su aliento en un fantasma del pasado que ya no significaba nada para ella.
Antes de que Logan pudiera dar un segundo paso en su dirección, la temperatura de la galería gótica cayó por debajo del punto de congelación. La neblina gris del Alpha fue devorada instantáneamente por una marea de oscuridad absoluta.
Detrás de Astra, las sombras de las esquinas se densificaron a una velocidad aterradora, elevándose y expandiéndose en el aire como las colosales alas de un dragón negro. La luz de la luna fue bloqueada por completo.
Valerius apareció de la nada.
Su imponente presencia física de dos metros de altura se materializó justo delante de Astra, actuando como un muro impenetrable de músculos, cicatrices y poder híbrido que bloqueó por completo la vista de Logan. El Rey Hereje emanaba un aroma tan denso a ceniza mística, sangre ancestral y muerte que el aire mismo pareció volverse denso como el plomo.
El Rey Hereje no esperó a que el invasor justificara su osadía. Con un movimiento lento, cargado de una arrogancia imperial y una devoción posesiva indomable, Valerius pasó su enorme brazo enguantado alrededor de la cintura de Astra, atrayéndola con fuerza hacia sí y pegando la espalda de ella contra su pecho robusto.
Era una demostración pública, brutal y definitiva de propiedad absoluta ante los ojos del ex-mate. Una declaración muda de que el cuerpo, el alma y el poder de la loba del eclipse ahora le pertenecían únicamente al soberano del Castillo de Ceniza.
Valerius clavó sus ojos en el Alpha debilitado. Las pupilas doradas del híbrido habían desaparecido, completamente inundadas por un color rojo carmesí de muerte incandescente, el color de un depredador milenario listo para iniciar una cacería. El Hereje expuso sus colmillos alargados, de los cuales goteaba una pequeña línea de saliva mística, y liberó una orden ultraterrenal, una vibración tan baja y letal que hizo temblar los cimientos de piedra del castillo y provocó que las pocas vidrieras que quedaban en pie se agrietaran:
—Atrévete a mirarla otra vez, perro de establo... y te arrancaré los ojos antes de que puedas pestañear.