Valentina tenía 17 años cuando conoció a Lautaro, un amor inesperado que llegó para cambiar su vida para siempre. Entre miradas, promesas y momentos inolvidables, descubrió un sentimiento que creyó que duraría toda la vida.
Pero a veces el amor no alcanza.
Los malos entendidos, las personas equivocadas y las decisiones tomadas demasiado pronto los separaron. Mientras Lautaro siguió adelante con su vida, Valentina intentó olvidarlo, aunque una parte de su corazón siempre quedó en aquel pasado.
Con los años, Valentina construyó una familia junto a Franco, un hombre que le dio amor, estabilidad y un hogar. Se convirtió en esposa y madre, aprendiendo que la vida puede regalarte una felicidad diferente a la que imaginaste.
Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Porque algunas personas no desaparecen de tu corazón, aunque pasen los años, aunque cambien las vidas, aunque los caminos se separen.
Y cuando el destino decide volver a cruzarlos...
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Capítulo 2 – La noche que parecía una más
El sábado llegó con ese aire de libertad que tanto esperaba Valentina durante toda la semana.
Había trabajado toda la tarde ayudando a su mamá con algunas cosas de la casa. Mientras doblaba ropa, Camila no dejaba de bombardearla con mensajes.
"¿Ya elegiste qué te vas a poner?"
"No me dejes sola con esos pesados."
"Y por favor, hoy no te me escapes temprano."
Valentina sonrió al leerlos.
—Qué pesada sos... —murmuró mientras respondía.
"Voy, tranquila."
Una hora después, el placard estaba completamente desordenado.
Vestidos sobre la cama.
Zapatos en el piso.
Perfumes abiertos.
Nada le convencía.
No porque quisiera impresionar a alguien. Simplemente quería sentirse linda.
Después de varios minutos eligió un vestido negro corto, sencillo pero elegante, unos tacos altos y una campera de jean para el frío de la madrugada.
Se miró por última vez en el espejo.
—Bueno... tampoco estoy tan mal.
Su celular vibró.
Era Sofía.
—¿Estás pronta?
—Cinco minutos.
—Cinco minutos tuyos son media hora.
Las dos se rieron.
Del otro lado de la ciudad, Lautaro terminaba de bañarse.
—¡Dale que llegamos tarde! —gritó Martín desde el auto.
—¡Ya voy!
Bruno, sentado en el asiento de atrás, negaba con la cabeza.
—Este flaco tarda más que una mujer.
—Callate, que después sos vos el que se pasa veinte minutos acomodándose el pelo.
Los tres estallaron en carcajadas.
Eran amigos desde hacía años.
Habían compartido partidos de fútbol, peleas, salidas y secretos que nadie más conocía.
Martín tomó el volante.
—Hoy viene Camila.
—Ya sé.
—Y capaz lleva a una amiga.
Lautaro levantó la vista.
—¿Y?
—Nada... digo nomás.
—No me busques novia.
—No te busco novia. Pero hace rato que no te interesa nadie.
Lautaro miró por la ventana.
No respondió.
Había aprendido que ilusionarse demasiado casi nunca terminaba bien.
Las luces de la discoteca iluminaban la calle.
La música podía escucharse desde media cuadra antes.
Autos estacionados.
Gente riendo.
Grupos entrando.
Otros esperando en la puerta.
Valentina respiró hondo.
—Hace pila que no venía.
Camila la tomó del brazo.
—Hoy la pasamos bien.
Entraron.
El calor golpeó de inmediato.
Las luces de colores recorrían toda la pista mientras el DJ hacía vibrar los parlantes.
—¡Ellos están allá! —gritó Camila señalando uno de los sectores VIP.
Valentina siguió su mirada.
Martín fue el primero en saludarlas.
Abrazó a Camila y luego saludó a Valentina con un beso en la mejilla.
—Tanto tiempo.
—Sí... demasiado.
Bruno apareció enseguida.
—Hola, Vale.
—Hola, Bruno.
Después abrazó a Sofía con esa confianza que solo tienen las parejas que ya aprendieron a entenderse sin hablar demasiado.
Mientras todos conversaban, Valentina observó alrededor.
Fue entonces cuando lo vio.
Apoyado sobre una barra alta, con un vaso en la mano y una sonrisa apenas dibujada, estaba un moreno que parecía completamente ajeno al ruido del lugar.
No hablaba mucho.
Solo escuchaba.
Cada tanto sonreía.
Cada tanto miraba la pista.
Llevaba una camisa negra arremangada hasta los antebrazos y un reloj plateado que brillaba bajo las luces.
No era solo lindo.
Había algo en su forma de estar tranquilo que llamaba la atención.
Como si no necesitara hacerse notar para que todos lo miraran.
Y, sin saber por qué, Valentina no pudo dejar de observarlo.
Del otro lado, Lautaro sintió una mirada.
Giró la cabeza.
Y la encontró.
Una chica de vestido negro.
Cabello castaño.
Ojos miel.
Una sonrisa tímida que desapareció apenas él la descubrió mirándolo.
Los dos desviaron la vista al mismo tiempo.
Martín sonrió por dentro.
Había visto ese intercambio.
Y también Camila.
Los dos cruzaron una mirada cómplice, pero ninguno dijo nada.
Todavía no.
La noche recién empezaba.
Y ninguno de los dos imaginaba que ese simple cruce de miradas iba a convertirse, con el paso del tiempo, en el recuerdo que jamás podrían borrar.