Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
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capitulo 8
Andrés no aflojó el agarre en su brazo. Su cercanía era tan intensa que Estefanía podía sentir el ritmo acelerado de su corazón chocando contra su propio pecho. Él la miró con una mezcla de rabia contenida y una profunda desesperación, buscando desesperadamente en los ojos oscuros de ella a la mujer que recordaba.
Se inclinó aún más, hasta que sus labios rozaron la curva de la oreja de Estefanía, evitando que cualquier persona dentro del salón pudiera escuchar lo que estaba a punto de romper su mundo.
—¿Cuánto te pagó para que finjas que no me conoces, Valentina? —le susurró con una voz ronca, rota por el dolor de meses de ausencia y promesas rotas.
Estefanía quedó en un shock absoluto. Su cuerpo se congeló bajo el abrigo de José. Las palabras se atascaron en su garganta mientras su mente repetía ese nombre como un eco alienígena. Valentina. Él no la había llamado Estefanía. El nombre que José le había repetido cada mañana en el hospital, el nombre que estaba grabado en las alianzas de oro y en los marcos de fotos de la mansión, no era el que este hombre acababa de pronunciar con tanta devoción y despecho.
—¿Cómo… cómo me dijiste? —alcanzó a articular, con la mirada perdida en las facciones afiladas de Andrés.
Antes de que él pudiera responder, el pesado cortinaje de terciopelo esmeralda se abrió con un movimiento brusco. La luz dorada y artificial del salón inundó el balcón, interrumpiendo la penumbra.
José estaba de pie bajo el umbral.
Su esmoquin negro impecable y su postura rígida le daban el aspecto de un juez implacable. Sin embargo, lo que congeló el aire del balcón no fue su tamaño, sino sus ojos. Al ver la mano de Andrés sobre el brazo de su esposa, la máscara de perfecta serenidad de José se agrietó por completo. Una furia gélida, territorial y posesiva transformó sus facciones aristocráticas en una mueca de peligro absoluto.
—Suéltala —ordenó José. Su voz no fue un grito; fue un rugido bajo, sibilante, cargado de un poder corporativo y físico que pretendía aplastar a su rival.
Andrés no se movió de inmediato. Sostuvo la mirada de José con un desafío abierto, una valentía que denotaba que no le temía ni a su dinero ni a su imperio. Con una lentitud deliberada que pretendía provocar, deslizó sus dedos por el brazo de Estefanía antes de soltarla, dejando una estela de calor en la piel de ella que desafiaba la autoridad del esposo.
—Llegaste a tiempo, José —dijo Andrés, enderezándose y dando un paso al frente para interponerse sutilmente entre Estefanía y el magnate—. Estaba asegurándome de que tu preciosa adquisición no se cayera del balcón. Parece que el aire de tu mundo la marea.
José avanzó con pasos pesados, el eco de sus zapatos de cuero sobre la piedra sonaba como disparos. Se colocó al lado de Estefanía y, con un movimiento brusco pero cargado de una sensualidad protectora, la tomó por la cintura, pegando el cuerpo de ella contra el suyo. Su mano se clavó en su cadera con una presión posesiva que pretendía marcar territorio frente al intruso.
—Estefanía está donde pertenece: conmigo —sentenció José, enfatizando el nombre con una fijeza letal en sus ojos oscuros—. No sé qué haces en este evento, Andrés. Tus acciones en el mercado no te dan el estatus para pisar el mismo suelo que mi esposa. Vuelve a tu agujero antes de que decida destruir lo poco que queda de tu empresa.
La tensión entre los dos hombres se volvió una fuerza física, una corriente estática tan densa que el cristal de los grandes ventanales de la gala parecía estar a punto de estallar bajo la presión. Estefanía se encontraba en el vértice de ese triángulo, atrapada entre el calor posesivo y controlador de José y la vibración peligrosa y magnética de Andrés. Uno poseía su presente con una estructura de lujo y mentiras; el otro guardaba la llave de un nombre —Valentina— que la hacía temblar desde los cimientos.
Andrés soltó una risa amarga, corta, que no llegó a sus ojos claros. Miró a Estefanía por última vez, ignorando la presencia del magnate.
—Puedes comprar un nombre nuevo, José, y puedes rodearla de todo el oro de esta ciudad —susurró Andrés, dando un paso hacia atrás, retrocediendo hacia las escaleras que conducían al jardín oscuro—. Pero el cristal que construiste para encerrarla es muy frágil. Y las grietas ya empezaron a notarse.
Andrés se dio la vuelta y desapareció en la penumbra de la noche, dejando atrás únicamente el aroma a lluvia que comenzaba a disiparse bajo el sándalo.
José se giró hacia ella de inmediato. Sus manos grandes subieron por los hombros de Estefanía, apretando con una urgencia febril. Su rostro estaba peligrosamente cerca del de ella, y su respiración era rápida, rompiendo por primera vez su compostura quirúrgica.
—¿Qué te dijo? —le exigió, y sus ojos oscuros recorrieron su rostro buscando cualquier indicio de sospecha—. ¡Estefanía, mírame! ¿Qué te dijo ese miserable?
Ella lo miró, sintiendo el peso del collar de diamantes en su garganta. La palabra Valentina quemaba en su pecho como un secreto prohibido. Miró la mandíbula tensa de su esposo, el hombre que pretendía ser su salvador, y comprendió que el abismo de su amnesia escondía una verdad mucho más aterradora de lo que jamás imaginó.
—Nada —mintió ella, manteniendo la voz firme mientras se obligaba a sostenerle la mirada—. Dijo que me había confundido con otra persona.
José la escudriñó durante unos segundos interminables. Luego, aliviado por la mentira, la abrazó con una fuerza que le dolió en el pecho, hundiendo su rostro en su cuello. Estefanía cerró los ojos sobre su hombro, sabiendo que la jaula de cristal en la que habitaba acababa de fracturarse para siempre.