Separados al nacer en canastas para salvarlos de una masacre, los gemelos de la estirpe real de Blood Moon crecieron sin saber el uno del otro. Cinthya pasó su infancia en el orfanato de una manada, conociendo y dominando desde pequeña la ferocidad de su loba interna. Al cumplir la mayoría de edad, deja el centro sin haber sido adoptada, momento en el que la directora le entrega una carta de sus padres biológicos y una caja misteriosa. Fiel a su promesa, Cinthya se muda al mundo humano y no abre el legado hasta el día en que se gradúa de la universidad. Es en ese instante cuando la verdad se revela, dando inicio a la búsqueda de su hermano gemelo.
Su hermano, Alexei, fue dejado en otro orfanato lejano antes de ser adoptado por los líderes de la poderosa manada Shadow Fang, creciendo junto a Paul como su hermano adoptivo y sin saber que sus padres adoptivos son los alfas de la manada en la que vive.
El hilo del destino guía los pasos de Cinthya hasta la ciudad donde vive Alexei. Allí, el vuelco de su existencia es total: no solo se reencuentra de forma emotiva con su gemelo Alexei, sino que el lazo la golpea al ponerla cara a cara con Paul, el imponente futuro Alfa de la manada y hermano adoptivo de su hermano. La conexión entre Paul y Cinthya es inmediata, feroz y despiadadamente posesiva. Mientras su amor se consolida, Alexei encontrara a su pareja destinada en la hija del Beta.
Unidos por la sangre y respaldados por la fuerza absoluta de sus mates, los hermanos deberán coordinar a sus soldados para adentrarse en las profundidades de las minas olvidadas del norte. Allí, donde sus padres biológicos languidecen encadenados con plata pura por la tiranía de su cruel tío Lionel, se librará una guerra despiadada y sangrienta. La estirpe real ha regresado para purificar sus tierras de origen. ¿Podrán derrocar al dictador y reclamar el imperio indestructible que les pertenece, o la traición consumirá el legado de Blood Moon para siempre?
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CAPITULO 23. EMBOSCADA EN LA CARRETERA OLVIDADA.
La medianoche nos envolvió por completo a medida que el todoterreno avanzaba por una carretera secundaria, rodeada de un espeso bosque de coníferas. Las luces del salpicadero proyectaban un leve destello azul sobre el rostro tenso de Paul, quien mantenía la vista fija en el asfalto. A su lado, Alexei permanecía inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la negrura exterior, conteniendo a duras penas los instintos de su lobo, Athos. Yo me encontraba en el asiento trasero, aferrando las correas de mi mochila táctica. El lazo con Paul palpitaba en mi hombro izquierdo, enviándome una reconfortante calidez que me ayudaba a mantener a raya el pánico.
Estábamos a escasamente una hora de cruzar la frontera del territorio enemigo de Blood Moon cuando, de pronto, mi loba, Tanja, se puso en alerta máxima. Un olor rancio, impregnado de azufre y sangre fría, se filtró a través de las rejillas de ventilación del vehículo.
—¡Paul, frena! —exclamé, impulsándome hacia adelante.
Paul reaccionó al instante. Clavó el pie en el freno y los neumáticos derraparon de forma violenta sobre el pavimento húmedo, emitiendo un chirrido estridente antes de que el todoterreno se detuviera en seco. Justo a unos metros frente a nosotros, el tronco de un pino colosal yacía atravesado en mitad de la calzada, bloqueando por completo el paso. No se había caído por causas naturales; los bordes del corte eran limpios, producto de una motosierra o de unas garras descomunales.
—Es una emboscada —siseó Alexei, abriendo la puerta del copiloto antes de que el coche terminara de estabilizarse.
De la penumbra del bosque emergieron cuatro siluetas de movimientos inusualmente rápidos y gráciles, pero carentes de la energía lobuna que nos caracterizaba a nosotros. No eran cambiaformas. La luz de la luna llena que se filtraba entre las copas de los árboles reveló unas pieles extremadamente pálidas, unos colmillos retráctiles y unos ojos inyectados en sangre.
—Vampiros mercenarios —gruñó Paul, bajando del coche y colocándose delante de mí de forma protectora. Su lobo negro arañaba la superficie de su mente, ansioso por desgarrar carne—. El tío Lionel no solo usa a sus guerreros; ha contratado sanguijuelas para patrullar las rutas secundarias que llevan a su territorio.
Los cuatro vampiros sonrieron de forma sádica, mostrando sus colmillos salpicados de una saliva pastosa. Uno de ellos, el que parecía el líder, dio un paso al frente con una velocidad cegadora, apuntando hacia nosotros con una ballesta cargada con saetas de plata pura.
—Vaya, vaya, mirad qué tenemos aquí —siseó el vampiro, con una voz sibilante que me revolvió el estómago—. El Alfa Lionel nos pagó una fortuna por vigilar este sector, pero no nos advirtió que los cachorros fugitivos vendrían directos a nuestra red. Esto va a ser un verdadero placer.
A través de nuestro lazo místico, Paul me envió una orden mental clara y directa: «Cinthya, quédate cerca de Alexei. Yo me encargo del de la ballesta. No dejes que os rocen con la plata». Nos despojamos de las chaquetas tácticas de un tirón, listos para liberar a nuestros lobos internos. El contratiempo nos obligaba a retrasar el viaje, pero también era la oportunidad perfecta para demostrarle a la guardia de mi tío de qué estábamos hechos los verdaderos herederos.