Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Descubierto
Nazaria tenía tres años y estaba convencida de que podía manejar cualquier situación.
Esta convicción era, objetivamente, uno de sus mayores defectos.
Era medianoche. Se había despertado con sed — el cuerpo de tres años no consultaba con el alma adulta antes de tener necesidades — y Crista dormía profundamente en la silla junto a su cama. No quería despertarla. Era una noche tranquila. El pasillo estaba justo afuera.
Puedo ir yo sola. Tengo tres años, no soy un bebé.
Esta cadena de razonamiento la condujo, diez minutos después, completamente perdida en el ala oeste de la mansión, descalza sobre el suelo de mármol frío, sin la menor idea de cómo había llegado hasta ahí.
Bien. Esto es culpa mía. Lo acepto completamente.
Iba a darse media vuelta y tratar de recordar el camino de regreso cuando escuchó una voz.
La voz de su padre.
Baja. Tensa. Con un filo que no le había escuchado antes.
Salía de una puerta entreabierta al fondo del pasillo.
No entres, Nazaria. No mires. Da media vuelta ahora mismo y vuelve a tu habitación.
Se asomó por la puerta.
El silencio que siguió dentro de su cabeza fue absoluto.
Su padre estaba de pie en el centro de la oficina. Las manos manchadas de sangre oscura. Una espada completamente negra en la mano derecha que aún goteaba. En el suelo, dos cuerpos rodeados de un charco rojo que se expandía lentamente bajo la luz de las velas.
El caballero Kein estaba de pie detrás de él con una expresión que Nazaria no le había visto antes. No era la seriedad de siempre. Era algo más frío. Más definitivo.
Nazaria se quedó paralizada.
Muévete. Da media vuelta. Muévete ahora.
Su cuerpo tardó tres segundos en obedecer.
Giró y echó a correr.
No vio por dónde iba. El pasillo era oscuro y sus piernas de tres años no eran exactamente eficientes para huir, y chocó de lleno con alguien que venía en dirección contraria. Cayó sentada al suelo con un golpe.
—¡Ah! —le salió solo.
—¡Señorita Nazaria! Dios mío, lo lamento, soy Crista. ¿Se encuentra bien?
Nazaria levantó la cabeza.
Crista estaba arrodillada frente a ella con el rostro blanco de susto, en bata, con el cabello suelto, evidentemente despertada de golpe por la ausencia de su señorita.
Y Nazaria, que tenía el alma de una adulta que había vivido sola toda su vida y que había tomado la decisión consciente de no asustarse por nada en este nuevo mundo porque el pánico era improductivo —
Se echó a llorar.
No fue una decisión. No fue un cálculo. Simplemente ocurrió, como si algo que había estado sosteniendo con las dos manos durante toda la noche se soltara de repente, y los sollozos llegaron fuertes y sin control mientras miles de pensamientos se atropellaban en su cabeza.
¿Por qué hizo eso mi padre? Se me olvidó cómo era en la novela. Estuve caminando sola sin un plan y no sé nada todavía de lo que está pasando realmente aquí. ¿Por qué no dejo de temblar? ¿Por qué estoy tan asustada si ya sabía que él era así? ¿Por qué no puedo parar?
Crista no hizo preguntas. La levantó del suelo, la envolvió en sus brazos con fuerza y empezó a caminar de regreso a la habitación murmurando palabras que Nazaria no procesaba bien porque seguía llorando sin poder controlarlo.
Cuando por fin la acostó y la arropó con manos cuidadosas, Crista se inclinó sobre ella y le preguntó con voz suave:
—¿Tuvo una pesadilla, señorita?
Nazaria, con los ojos todavía húmedos, asintió en silencio.
—Yo me quedo con usted esta noche. No la voy a dejar sola, y si tiene otra pesadilla, la despierto yo misma. No se preocupe.
El agotamiento del llanto llegó rápido, como siempre llega. Nazaria cerró los ojos con Crista todavía sentada a su lado, y en el último momento antes de dormir tuvo un pensamiento claro y frío:
No sé qué pasó esta noche en esa oficina.
Pero tengo que creer en él.
Necesito saber más antes de juzgar cualquier cosa.
Y tengo que ser más cuidadosa.
Al día siguiente, Crista seguía dormida sentada en la silla cuando Nazaria se despertó. Tenía ojeras. Se había quedado toda la noche.
Nazaria la miró un momento en silencio.
Luego la tocó suavemente en el brazo.
Crista se despertó de golpe, evaluó la situación, se puso de pie de inmediato.
—Señorita, buen día. Le voy a traer el desayuno ahora mismo.
Salió rápidamente, como si quisiera darle tiempo de estar sola.
Nazaria se quedó mirando la puerta cerrada.
Acabo de darme cuenta de algo.
Solo conozco a Crista, a Sheins y a Kein.
El duque debería tener más personas de confianza. ¿Dónde están todos? ¿Qué está pasando realmente en este ducado?
No puedo hacer nada todavía. Soy demasiado pequeña. Debo esperar.
Apretó la pequeña manta entre los dedos con la impotencia tranquila de alguien que entiende que la paciencia, por el momento, es la única arma disponible.
Pero voy a aprender todo lo que pueda mientras espero.