Una historia sobre las cicatrices del pasado, las decisiones imposibles y la dolorosa lección de que, a veces, incluso el amor más intenso necesita ser Cuestión de tiempo.
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Capítulo 13: Un hueco en el corazon y llegada a un nuevo destino.
No pensé que saber de la partida de Zoe me dejara un sabor amargo que no puedo quitarme de encima. Sara tiene razón: su partida es solamente mi culpa, y lo peor de todo es que tengo que cargar con las consecuencias de lo que yo mismo decidí. El celular lo tengo lleno de llamadas y mensajes de Tiffany. Una vez más está sonando mi teléfono y es cuando decido atender la llamada.
—¿Dónde demonios estás, Liam? ¿Cómo se te ocurre hacerme esto el día de nuestra boda? —chilló Tiffany del otro lado de la línea, furiosa.
—Estaba despidiendo a Zoe en el aeropuerto —le respondí con voz fría, sin ganas de dar explicaciones.
—¡ZOE, ZOE, ZOE! ¡Me tiene obstinada esa mujercita! ¡Ojalá y se estrelle el avión! —gritó, perdiendo por completo el control.
El estómago se me revolvió de la rabia.
—¡TIFFANY! Que sea la última vez que te refieres así a Zoe, ¿estamos claros?
Hubo un silencio y luego su tono cambió a uno sumiso y falso.
—Sí, Liam... Perdóname. Amor, ¿cuándo vuelves a nuestra casa? Te extraño.
—No lo sé, Tiffany. Estoy solucionando unos problemas —corté de inmediato.
—Recuerda que tu hijo te está esperando —me recordó, usando su última carta.
—Adiós, Tiffany —le dije, colgando la llamada.
Dominic, que estaba a mi lado escuchando todo, soltó un suspiro pesado y me miró con lástima.
—Ay, hermano... en qué lío te metiste.
—El solito se lo buscó, amor —intervino Sara, cruzándose de brazos—. Es más, ruego para que mi amiga se enamore en Londres y tenga a alguien que de verdad la haga feliz.
Apreté los puños, sintiendo una punzada de celos y posesividad en el pecho.
—¡ESO NO VA A PASAR!
—Sara, por favor, no hagas ese tipo de comentarios —le pidió Dominic a su novia, intentando calmar las aguas.
—Es la verdad, Dominic —sentenció ella, sin retractarse.
El cansancio físico y emocional terminó por vencer las defensas de mi mente. En el avión, me quedé dormida prácticamente durante todo el vuelo, usándolo como un refugio para no pensar, para no sentir. Me desperté sobresaltada cuando la voz del capitán resonó en los altavoces, pidiéndonos abrocharnos los cinturones de seguridad porque estábamos listos para descender.
Pudimos aterrizar con perfecta normalidad en el aeropuerto de Heathrow. El choque con la realidad fue inmediato: un frío que amenazaba con congelar los huesos y una densa neblina gris esperándome del otro lado del cristal. Con el corazón latiendo a un ritmo nuevo, hice la fila de inmigración, sellé mi pasaporte y salí a la superficie cargando mis maletas. Una vez afuera, pedí un taxi directo al apartamento que alquilé a la distancia y que, a partir de hoy, se convertirá en mi hogar durante los próximos años.
Un mes después...
El tiempo tiene una forma curiosa de acomodar las cosas. Cuatro semanas habían pasado desde mi llegada, y lo que al principio parecía un laberinto intimidante, ahora se sentía como mi santuario. Adaptarme a mi nueva rutina universitaria no fue un sacrificio, sino una bendición que me devolvió la vida.
Caminar por las mañanas hacia la facultad con una taza de café humeante entre las manos se había convertido en mi momento favorito del día. Dejaba que el calor de la bebida templara mis dedos mientras mis botas resonaban en las aceras. Estaba completamente encantada con lo que había escogido para estudiar; cada clase era un mundo nuevo, cada proyecto me absorbía por completo y me recordaba el valor de mi independencia. Estaba demasiado ocupada construyendo mi futuro como para detenererme a llorar por el pasado. Los kilómetros de olvido estaban funcionando.
Una tarde, mientras me encontraba sentada en una pequeña y acogedora cafetería cerca del campus revisando mis apuntes, mi teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa de madera con una nueva notificación. Era un mensaje de Sara.
—¿Cómo está la europea más hermosa? —leí en la pantalla.
Sonreí de inmediato y le respondí:
—Sarita, ¿cómo has estado, mujer?
—Qué malvada, me tienes abandonada —me reclamó en segundos—. Eres incapaz de llamar a tu mejor amiga, ya me cambiaste.
—Tonta, no te cambio por nadie —le escribí de vuelta con una risita.
—Más te vale, ¡Zoe D'amico! Y cuéntame... ¿ya tengo cuñado?
Rodé los ojos, divertida.
—No cambias, amiga.
—Bueno, te quería comentar... El matrimonio de Liam es como perros y gatos —soltó Sara, cambiando de tema radicalmente.
El corazón se me encogió un poco al leer su nombre, pero me obligué a mantener la compostura. El proceso de sanar requería límites.
—Por un lado me da alegría, pero no puedo seguir pensando más en Liam.
—¿Estás bien? —preguntó ella, preocupada.
Miré la hora en mi reloj, agradeciendo tener una excusa real para cortar el tema antes de que la melancolía me alcanzara.
—Tengo que irme, tengo clases. Te quiero.